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¿Se está derechizando la política mundial?

Análisis
21/02/2019
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La primera semana de febrero de este año, en una cena de trabajo en La Habana, Cuba, un grupo de personas terminamos debatiendo sobre la situación política mundial en general y la latinoamericana en particular. Los presentes, todas personas con perspectivas progresistas, coincidimos en que la coyuntura política actual es poco favorable a los posicionamientos de izquierda. Algunos asumieron un discurso pesimista desde el cual avizoraron un futuro lúgubre sobre todo para América Latina. Gran parte de la discusión giró en torno de los errores de las izquierdas que gobernaron desde principios de los 2000 en la región; gobiernos que “fracasaron” sentenciaron casi todos.

 

Sin embargo, sostengo que esa visión tiende a ser simplista. Creo que todavía es poco lo que estamos entendiendo, sobre todo desde las izquierdas, acerca de cuáles son las claves para entender el mundo y la política actuales. Dicho lo cual, propongo en este trabajo analizar cuatro claves que considero explican en buena medida lo que está pasando hoy en el mundo. Analicemos.

 

  1. Los perdedores del capitalismo financiarizado

 

El capitalismo de corte keynesiano surgió, tras la debacle del crash financiero de 1929, como una estrategia para salvar el propio capitalismo que, dadas sus dinámicas internas, tendía (y tiende) a crisis estructurales periódicas en el marco de sus procesos de acumulación. Un capitalismo con orientación social tendiente a que, desde el Estado, se gestionaran equilibrios que garantizaran alguna distribución de riquezas. El New Deal del presidente Franklin Delano Roosevelt (1932-1945), aplicado para reparar la catástrofe de 1929, iba en esa dirección. En efecto fue un nuevo trato que las élites del capitalismo productivo fordista de aquella época, propusieron en forma de contrato social a las mayorías no ricas estadounidenses.  

 

Las mayorías blancas de Estados Unidos (los negros no fueron incorporados ni considerados en ese proceso) aceptaron el pacto que le ofrecieron sus élites en dos sentidos fundamentales: que les ofrecieran un Estado fuerte capaz de contener la avaricia de los grandes capitalistas, y a cambio se incorporarían a la maquinaria productiva y a estructuras estatales como el ejército (este último fundamental para la prospectiva que las élites militares hacían de cara al futuro del naciente imperio mundial). Ese pacto se sustentó, a su vez, mediante un aparato discursivo que instauró un conjunto de imaginarios (en el sentido de Glisant) en la mente de esas mayorías. Sin hegemonía cultural (Gramsci) las élites minoritarias no pueden gestionar el poder que poseen sobre las mayorías. Así, se dio impulso a nuevos idearios sobre la patria, el ser americano y el horizonte de vida estadounidenses. Todo ello con el fin de generar un sentido común legitimado, esto es, naturalizado por las mayorías, y que, a su vez, materializara ese pacto en la vida concreta de la gente.  

 

Uno de los pilares esenciales de aquello, y que es lo que concierne a este análisis, fue el ideal de clase media. La clase media (sector social que sostuviera el nuevo estado de cosas organizado y gestionado por las élites) no solo podía ser un indicador económico referido a niveles de vida y consumo. Precisaba constituirse, más bien, como un horizonte desde el cual se proyectaran al futuro las mayorías. Debía ser una visión de mundo. En ese contexto, emergió una de las bases fundamentales sobre las que se cimentó el “american way of life”. Si bien este concepto hunde sus raíces históricas en los pilares de la proclama de independencia de 1776 -libertad y búsqueda de la felicidad-, así como en la ética protestante fundante de los Estados Unidos, con el New Deal adquirió nuevas dimensiones contextualizadas al siglo XX en desarrollo.

 

Es decir, una vida de devoción por el trabajo (ética protestante de Weber), núcleo familiar en torno de la casa (la propiedad privada de los padres fundadores) y el consumo como forma de dar contenido a la existencia del individuo. Esto entremezclado también con la idea de la libertad individual entendida como la capacidad del individuo de poseer propiedades y protegerlas por sí mismo: las armas. De ese modo, se da un giro a las ideas fundantes del modelo de vida norteamericano hacia el ideal de clase media que se proyecta hacia un futuro mejor que el pasado. Este ideal propone a la gente un nivel de vida superior al de sus antepasados en una visión de progreso sostenido. Un Estados Unidos siempre en crecimiento y desarrollo; y con ello una clase media que se expande y cada generación vive mejor que la anterior.

 

Tras la catástrofe de la segunda guerra mundial, Estados Unidos, mediante el Plan Marshall, financió y gestionó la reconstrucción de gran parte de la Europa occidental devastada por el conflicto bélico. Lo cual se enmarcó en una estrategia geopolítica tendiente a asegurar que estos países no entraran en la órbita soviética, y de esa forma proyectar una prosperidad (sociedades productivas y con alto consumo) que rivalizara con el ideal de vida soviético. En este contexto es que llega el ideal de clase media del tipo del New Deal a la Europa occidental. Y, mediante el aparato propagandístico mediático y cinematográfico, se impuso al mismo tiempo en gran parte del mundo.

 

Desde la década de 1930 hasta medianos de los 1970 este ideal tuvo bases materiales que lo sustentaron. En efecto, millones de estadounidenses (y europeos) entraron a engrosar la clase media y vivieron mejor que sus padres y abuelos. Esa clase media estaba fuertemente vinculada al capitalismo productivo. Empero, a mediados de los 70 el capitalismo productivo experimentó un ciclo de agotamiento debido a una sobreproducción sin aumento de la demanda interna y externa. El núcleo productivo-industrial se debilitó. Una parte de las élites, en ese contexto, buscaron nuevos mecanismos de acumulación los cuales encontraron en el sector financiero. De esa forma es que se da un cambio sustancial: el sector financiero especulativo comenzó a ganar preponderancia frente al sector productivo. La banca financiera creó, así, sus propios instrumentos de generación de riquezas, y, por consiguiente, surgió una élite vinculada a la acumulación financiera sin ligamento con la economía real. Esto es, con las clases medias. El modelo de economía productiva del New Deal, que precisaba una clase media fuerte produciendo en los grandes polos industriales, se socavó. Las élites financieras no necesitaban estar vinculadas directamente con las clases medias. (El siguiente dato es muy ilustrativo: en Estados Unidos, los actuales salarios reales, ajustados a la inflación, son inferiores a los de 1979 (Krugman, 2018).

 

A partir de los 70 el capitalismo financiarizado, por definición globalista ya que tiende a la desterritorialización, se instaló en el mundo. El neoliberalismo desregulador que encabezaron Reagan y Thatcher en los 80 afianzó la financiarización pues le quitó capacidad de control al Estado, en tanto representante del interés general, frente a sectores económicos vinculados a la economía financiarizada. A su vez, las élites políticas dieron paso a la lógica de la política lobista en la que grandes intereses económicos, por medio del inversionismo político, se apoderaron de los partidos tradicionales. El liberalismo se fue socavando con partidos y actores políticos controlados por agentes del capitalismo financiarizado. Estos partidos quebraron el ideal liberal de la representatividad, en tanto quedaron entrampados en la dinámica de defender intereses de los grandes personeros de una economía financiarizada desvinculada de la economía real; o lo que es lo mismo, del ciudadano real.

 

Esta economía financiarizada y globalista, así las cosas, ensanchó distancias entre minorías ricas sin ligamentos con los ciudadanos comunes y mayorías. Toda vez que la desregularización, en una lógica de mercado libre que se podía autorregular, permitió a las élites del capitalismo financiarizado actuar a sus anchas sin controles. En ese proceso, sobre todo perdieron las clases medias de los países centrales debido a las dinámicas de desterritorialización que debilitó los polos industriales. Y, de otro lado, por procesos políticos cada vez menos representativos de sus intereses. El capitalismo globalista convirtió las otrora sagradas clases medias en perdedoras: en el marco de una lógica que enriqueció a unos pocos mientras precarizaba a otros muchos. 

 

Y volvamos a la clase media entendida como ideal de vida. Las clases medias precarizadas vieron ese ideal socavarse, y, por consiguiente, su proyección al futuro cayó en la negatividad: ya no van a vivir mejor que sus padres y abuelos. En sociedades occidentales fundadas en la visión moderna de la superioridad occidental (racial, histórica, moral y económica), no poder vivir mejor ni que haya progreso constituyó una suerte de muerte ontológica para estas clases medias. Esto es, ya no podían ser superiores. Y esas clases medias se volcaron, pues, al calor de los últimos años, hacia idearios reaccionarios que dibujan un pasado de gloria y pureza al cual hay que regresar. He ahí las bases sociales de todos los movimientos de extrema derecha surgidos en Estados Unidos y Europa los últimos años. Se nutren de las clases medias perdedoras del capitalismo globalista financiarizado. Que, frente a sus países cada vez más menos blancos por la inmigración, y con economías incapaces de absorber buena parte de esa inmigración de trabajadores no especializados, reaccionan contra todo eso plegándose hacia un pasado donde eran “grandes”. Ideas de patria, pureza y progreso emergen como significantes vacíos (Laclau, 2006) que aglutinan demandas diversas de esas clases medias precarizadas.

 

Por tanto, la primera clave que debemos entender de esta aparente derechización de la política mundial, es, pues, estas voces de clases medias venidas a menos. Que recurren a imaginarios reaccionarios para dar sentido a sus actuales situaciones de precariedad, y así, proyectarse en un “mejor futuro” que, paradójicamente, es un pasado.

 

  1. La mutación del capitalismo hacia el individuo

 

Asistimos a una fase del capitalismo en la que, al decir de Byung-Chul Han, el individuo “ahora se explota a sí mismo figurándose que está realizándose”. Hay que entender cómo funciona el capitalismo en estos tiempos para tener una mejor idea de por dónde va el mundo. Gramsci nos enseñó que al capitalismo debemos entenderlo más allá de Marx y su dialéctica materialista hegeliana por cuanto constituye, también, un aparato de generación de mentalidades. Es decir, el capitalismo se instauró como sistema preponderante en el mundo no porque sea mejor, ni porque como creen los liberales de derecha su lógica de la demanda se corresponda a la naturaleza humana. El capitalismo, ante todo, hegemonizó porque se convirtió en un sentido común asumido como único posible en el horizonte de vida de la gente. Ahí es que, consideramos, están las claves principales para entender su actual deriva.  

 

El capitalismo del siglo XXI se enmarca en un cambio sustancial de nuestras sociedades. Las cuales pasaron del paradigma de la disciplina (Foucault) al del control. Pero es un control no tanto de un externo al individuo (como en el siglo XX), sino que, por el contrario, del individuo contra sí mismo (Chul Han, 2010). Esto como consecuencia de lo que Chul Han categoriza como un exceso de positividad del actual individuo; a resultas de que ya no es el sujeto del deber hacer (vivir para hacer lo que dice la norma) sino que del poder hacer (vivir para poder hacerlo todo). Entonces, el individuo de hoy se proyecta al mundo desde la lógica del emprendedor, del Yes we can, que es asumir que todo se puede desde el esfuerzo individual. Está en cada uno de nosotros el poder cambiar las cosas. Así, la libertad se entiende como la capacidad de hacer mucho; mientras más ocupado y gestiones realice el individuo (el multitasking) es más libre. Entonces, este sujeto del sí puedo vive encerrado en su propia positividad; en su poder hacerlo todo. De tal suerte que si no lograr alcanzar ese hacerlo todo, ser gerente y emprendedor de su propia vida, no apunta contra las estructuras sociales como causantes de ese no poder realizarse sino que contra sí mismo. En ese contexto, nuestras sociedades tienden a la depresión. Al enojo que es pasajero e individual: pasa rápido y luego viene otro enojo y así casi infinitamente.

 

Este individuo del emprendedurismo y el mulitasking, que vive en una jaula de su propia híper positividad, es el producto más acabo del actual sistema. Un capitalismo que, al calor de la instalación de la financiarización globalista, entendió que era más efectivo centralizar todo en el individuo. Por dos cosas fundamentales: se precisaba un individuo de alto rendimiento que produjera mucho y cuestionara poco y una sociedad que no se detenga en el contenido (la verdad) sino en los datos (el efecto). Y que, asimismo, no cuestionara las estructuras y relaciones de poder injustas inmanentes al propio capitalismo. Que en tanto tales son parte del mismo sistema y por ello no se perciben en primera instancia. Así, cuando vemos el surgimiento de esta aparente derechización tenemos que entenderla desde la deriva hacia el individuo del actual capitalismo. Un individuo instrumental a esquemas de poder de suyo desiguales e injustos que naturaliza (e incluso celebra) que se socave la solidaridad. Es un individuo enjaulado que no se ve en el otro ni en lo otro. Cuya empresa de vida es hacerlo todo por sí mismo sin ayuda ni intervención de lo externo. Ese individuo ve en un Trump o un Macri el paradigma de hombre realizado. En un Bolsonaro y su política anti-solidaria una necesidad.

 

Este capitalismo hay que entenderlo desde sus bases y génesis para combatirlo y reinstalar la politización y lo colectivo-solidario en el mundo.

 

  1. Los efectos de verdad desplazaron la verdad

 

Cuando Donald Trump declara una “emergencia nacional” por la “crisis en la frontera” de Estados Unidos con México, debido a la “entrada” de asesinos, traficantes y la “violencia en esa zona”, vemos una clara manifestación del título de este apartado. Trump habla de una situación fronteriza totalmente inexistente, pues las ciudades y condados colindantes con la frontera con México ni siquiera figuran entre los de mayor actividad delictiva del país. No hay por tanto una crisis de seguridad fronteriza que amenace el resto del territorio estadounidense. Pero lo dice el presidente y es verdad para cerca de un 40% de los estadounidenses. Y se convierte en una verdad que no se discute ni se pone en cuestión. Es la lógica de fake news y los alternative facts. En el fondo de esto subyace la clave que proponemos analizar: ya no importa la verdad sino los efectos de verdad.

 

Dice Harari que los seres humanos somos relato. Y que estos relatos han sido fundamentales en el devenir histórico del homo sapiens, pues posibilitaron que grandes grupos humanos se pudieran organizar en torno a objetivos comunes dando nacimiento así a las grandes civilizaciones (Harari, 2015). La modernidad que inicia occidente en el siglo XV tras el “descubrimiento” de América es un gran relato. El relato de la modernidad basado en un horizonte de progreso lineal y constante que, en el fondo, fue una secularización de concepciones judeocristianas como la salvación. Ahora la salvación es el progreso y el dinero y el poder son Dios. En el marco de la modernidad se entendió que la ciencia objetiva, la verdad producto de la precisión matemática, suplantarían al mito y las verdades teológicas escolásticas. Dos pensadores europeos sirvieron de sustento filosófico a esa visión de la modernidad: el francés René Descartes (1596-1650) y el británico Francis Bacon (1561-1626). El primero con su propuesta del sujeto cognoscente que existe en tanto piensa (considerando solo una forma de pensar-existir) que, asimismo, realiza una radical separación entre sujeto pensante y objeto. Y el segundo con su idea de sujeto que interviene la naturaleza (que la viola explicitó) para conocerla en sus detalles y denominarla; el ser que se reafirma en el dominio y control de lo natural y así toma posesión del mundo. Estas dos concepciones (epistémicas y ontológicas) fueron claves para instalar la modernidad. Y estaban basadas en un relato de verdad. La modernidad, en sus diferentes estadios del siglo XV al XX, fueron grandes relatos.

 

El siglo XX dio lugar a transformaciones fundamentales en estas lógicas. Me concentro en una de ellas para los propósitos de este análisis: el surgimiento de la pragmática. La pragmática no persigue verdades, ni desde luego grandes relatos, sino resultados. Si antes era importante un gran relato, como el del marxismo o el liberalismo, ahora lo determinante es el resultado, esto es, su efecto. Con la irrupción de la computarización esto tomó mucha mayor fuerza en casi todos los ámbitos de nuestras sociedades. Lo cual no surgió de manera neutra sino que dirigida en tanto inscrita en el capitalismo hacia el individuo; del cambio del paradigma de la disciplina descrito por Foucault al del control y rendimiento de Byung-Chul Han. A su vez, este cambio se dio de la mano del tránsito del capitalismo productivo al financiero globalista. Las élites que gestionan el mundo lograron convertir esto en hegemonía cultural en sentido gramsciano.

 

Por tanto, se produjo una especie de colonización de la vida. Donde esa pragmática penetró en todos los espacios y discursos. La importancia del resultado suplantó lo que otrora eran grandes debates ideológicos que, en el fondo, constituían formas distintas de entender la vida y proyectarse al futuro. Ahora casi todo se reduce a la lógica del resultado. Las izquierdas y sectores críticos cayeron en esa lógica (trampa) del resultado. En definir sus programas y el contenido de sus discursos de acuerdo a la pragmática. Incluso una revolución pasó a valorarse no por el cambio de paradigma histórico que hubiera acometido, sino por datos. Los números son lo que importa. Así, se fue colocando a los propios sectores críticos en un terreno que es favorable a las élites.

 

Ese es el mundo que viabilizó la lógica del fake news dirigida a sujetos del rendimiento y gerentes de sus propias vidas. Quienes, a través de sus celulares, se auto-informan del mundo y determinan sus propias verdades. Las cuales tienen sentido no por su contenido y verificación sino por el efecto. Es verdad y existe aquello que tiene un efecto; que mueve y logra posicionarse. Un banquero devenido en candidato presidencial de un país, puede erigirse por su Twitter en “defensor de los pobres”. O un supremacista blanco que aplica políticas que implican sufrimiento y muerte de gente de color pobre, se reúne con un grupo de negros en Casa Blanca, y desde la foto que genera ese momento, anuncia que “ama la gente negra”. Un racista y misógino, en un país políticamente caotizado por diseño, aparece con un discurso abiertamente racista y misógino, a la vez que homofóbico, diciéndose hombre de valores y de Dios. Por otro lado, sabemos si alguien es “feliz” por sus publicaciones de Facebook y Whatsapp. Las parejas felices frente al mundo. Cualquier cosa puede ser verdad siempre que produzca un efecto.

 

La política actual se inscribe en esa lógica. No hay casi espacios para discutir razones ni contenidos por cuanto solo se habla de efectos. Los cuales tienden a estar esencialmente determinados por coyunturas (realas o ficticias) por lo que la discusión pública actual pasa de una prioridad a otra muy rápido. Y en ese marco, los sectores progresistas que, incluso cuando eran gobierno, cayeron en la trampa de la política pragmática, tienen ahora que abrirse paso en un escenario muy desfavorable. Donde se cierra todo espacio a hablar de otras posibilidades, de otras opciones de organizar y gestionar nuestros países. Así las cosas, es cada vez menos plural la discusión pública. Todo gira en torno de lo mismo en el fondo. Es una repetición de datos y efectos. Donde la verdad puede ser cualquier cosa porque nada se verifica ni contrasta, y no hay otros posibles. Si lo que se dice tiene un efecto es verdad. Trump y Bolsonaro pueden hablar de democracia; y Macri en Argentina puede proclamar que le interesan los pobres al tiempo que desmonta toda la protección estatal para los vulnerables. O Duque en Colombia puede decir que “trabaja por la paz” mientras intensifica las relaciones de poder ancladas en la guerra con su consecuente saldo de más muerte sobre todo entre los pobres. Lo que dicen es verdad en tanto tiene un efecto. Y queda cerrado ahí el debate.

 

El desplazamiento de la verdad por los efectos de verdad, es, por tanto, una clave fundamental de nuestros tiempos. Tenemos que salir de esa trampa con nuevos mecanismos que fomenten más discusión y pensamiento. Y que la política sea para hablar de varios posibles y otros horizontes de vida.

 

  1. La emergencia de los valores

 

La pragmática implicó también un vaciamiento de la política. Las ideologías y conceptos propiamente políticos (entendida la política como ese proceso social donde se dirimen visiones y proyectos mediante el debate y la negociación dentro y en los márgenes de las instituciones formales) quedaron desacreditados, por cuanto “inservibles” en un mundo signado por los resultados. Un emprendedor de su propia vida, que ha anulado toda posibilidad de reconocerse en el otro, que no se enfrenta a lo externo sino contra sí mismo, considera las discusiones ideológicas una pérdida de tiempo. Puesto que “no dan de comer ni pagan las cuentas”. En ese contexto, dicho vaciamiento fue siendo ocupado por la moral. La moralización de la política donde ya no importa ser de derechas o de izquierdas sino ser “honesto”. Así, el gerente de su vida se vuelca hacia un posicionamiento donde se mezclan dos factores: la pragmática (una política que genere resultados) y la moral.

 

En el centro de todo esto se situaron los valores. Si nos fijamos en los actuales parámetros en que, mediáticamente, se desenvuelven las figuras públicas advertiremos que es uno esencialmente moral. Un personaje público es legítimo en la medida de que sea moralmente aceptado. Asistimos a la política de “buenos” y “malos”. Lo cual ha cooptado profundamente la discusión pública. Hay dos imaginarios fundamentales para entender esta moralización: la corrupción y la pérdida de valores. Desde esos das concepciones es que debemos mirar esto de la emergencia de los valores.

 

La corrupción según se discute mediáticamente hay que entenderla en dos sentidos: se ha usado como pivote para atacar lo público graficando una realidad en la que solo son corruptos los políticos, y, al mismo tiempo, se ha abordado como cuestión eminentemente moral. Y en ese contexto, se ha debilitado particularmente a las organizaciones y líderes progresistas que, de 1998 a 2013, fueron mayorías en los gobiernos de América Latina puesto que aquellos tomaron el Estado para hacer política y así atender las injusticias históricas de la región e intentar darle un giro a las relaciones de poder (de élites rentistas versus mayorías) de nuestros países. De ahí la fuerte tendencia que tuvieron esos gobiernos en cuanto a tomar control de sectores económicos estratégicos, emprender procesos de refundación constituyente con nuevas constituciones y definir la política como herramienta que garantice lo común. Estos procesos fortalecieron el rol del Estado en lo económico, social y cultural. Con nuevas propuestas de organización económica y gestión de los equilibrios propios de sociedades de mercado reguladas por un Estado representante (y defensor) del interés general y no de grupos oligárquicos. Y con la intención, en algunos casos más exitosos que otros, de instalar nuevos imaginarios en el sentido común entendiendo lo cultural como parte de una disputa inter-clasista (y en muchos de nuestros países, como Bolivia por ejemplo, inter-étnica o inter-racial).

 

De modo que, una vez se dieron las condiciones internas y externas para atacarlos, las élites que habían perdido privilegios (sobre todo el privilegio de tener el Estado bajo su control) lo primero que hicieron fue buscar mecanismos mediante los cuales debilitar esos estados. El eje de la corrupción fue, entonces, usado por estos grupos como significante desde el que manipular conciencias instalando una realidad en la que todos los políticos eran corruptos. Y si en los últimos años (más de una década) el paradigma de político eran los dirigentes de izquierda en los gobiernos, pues había que debilitar el Estado para sacarlos con el rechazo mayoritario.

 

Se creó un sentido común dirigido a convencer a la gente de que el Estado es una suerte de monstruo donde la corrupción es la norma. Para ser efectivo este discurso se inscribió en la desustancialización de la política, y así, posicionaron que las ideologías habían sido un ardid de los líderes de izquierda para tomar el Estado y hacerse ricos. Ellos mismos no creen en lo que dicen, repiten los medios. Por tanto, las ideologías no importan. Ser de derechas o izquierdas da lo mismo si se es un corrupto. Así, se llegó al caso de un país latinoamericano donde un presidente nombró ministro de energía a un personaje de la televisión que no sabía nada de materia energética; pero es honesto y no va a robar dijo el mandatario. A la gente esto la convenció. Igual el caso de los multimillonarios y banqueros que ahora se presentan como “esperanzas nacionales” en muchos de nuestros países: “son honestos” y por tanto no van a ser corruptos.

 

Por último, veamos el tema de los valores. Las políticas que fomentaron derechos para sectores marginados históricamente como los de preferencias sexuales diversas y mujeres hicieron visibles estos grupos. Les dieron protagonismo e incidencia mediática. Lo cual alteró un estado de cosas profundamente anclado en visiones patriarcales, machistas y excluyentes donde solo existe y es posible una normalidad. La normalidad de familias tradicionales de hombre, mujer e hijos. Todo lo que no encuadre en ese esquema es anormal e incluso anti-natural. Y peor aún, no está sancionado por Dios. Por tanto, surgió una respuesta a esa propuesta de visibilizar otras formas de vida y preferencias. Aunado al vaciamiento de la política, se instaló un contexto donde los prejuicios de grupos privilegiados entraron fuertemente en la discusión pública. Hablamos de hombres generalmente blancos de clases medias acomodadas que se articularon con sectores históricamente conservadores, como iglesias y militares, para emprender un tipo de cruzada contra el mal. Han sido instrumentales en el posicionamiento de ideas como la “ideología de género”. Hombres llenos de prejuicios, y que se reafirman en sus privilegios de machos, lograron, con la participación de medios hegemónicos que vieron esto como otra oportunidad de atacar el progresismo, darle un giro a la situación y presentar derechos adquiridos como concesiones impropias de quienes quieren “destruir la familia”. Se articularon, no necesariamente de manera formal y estructurada, pero sí orgánica y como tendencias (algo muy propio de lo político de estos tiempos), hombres y mujeres que asumieron la defensa de los valores como una necesidad fundamental de esta época.

 

Ese ideario de pérdida de los valores logró constituirse un muro fortísimo que, en países como Brasil, Guatemala y República Dominicana, define totalmente la discusión pública y condiciona los posicionamientos de partidos y líderes de todas las vertientes. De ahí es que se dieron las condiciones de posibilidad, en el ámbito cultural, para el surgimiento de opciones de corte extremista como Bolsonaro y que personajes como pastores evangélicos se conviertan en centrales en la agenda pública de nuestros países. Se estatuyó un sentido común de tipo conservador, que mira a un pasado que es preciso restaurar, y que asume la política como el espacio para una cruzada de valores en defensa de la familia y lo moralmente correcto, que ha permeado todos los espacios. La gente quiere que sus hijos tengan un futuro donde puedan seguir los niños siendo niños y las niñas, niñas. Todo lo cual genera condiciones muy desfavorables a discursos aperturistas y progresistas que promueven derechos. Mucho menos a opciones que propongan cambiar las cosas. En todo caso, lo preciso es volver a “cómo eran antes” las cosas; cuando había “valores”.  

 

Este encuadre de igual manera genera una perversa lógica donde las cuestiones realmente fundamentales, como la justicia para los excluidos, hacer que los de arriba asuman mayores responsabilidades fiscales y universalizar derechos de educación y salud, quedan en un segundo plano incluso en las personas con las vidas más miserables. Las principales víctimas de los sistemas. Quienes ahora se preocupan más porque no se puedan casar dos hombres porque eso va contra Dios, y están más atentos a que no haya leyes que posibiliten el aborto bajo ninguna causal, a que, por ejemplo, el Estado pueda proveerles mejor salud y educación.

 

Ese es, pues, el mayor obstáculo de esta emergencia de los valores y moralización de la política: que hace que los de abajo confundan cuáles deben ser las prioridades. Quieren volver a un pasado que, desde la óptica de la moral y los valores, “era mejor” pero que, sin embargo, era un tiempo en que los pobres no valían nada y estaban condenados a la miseria. Hay que entender esta clave del posicionamiento de los valores para rehacer la discusión pública y colocar en el centro lo que realmente importa. Y poder con ello llegar a las mayorías sin que sientan que estamos atentando contra sus valores.

 

  1. Conclusiones

 

Lo que en otros tiempos eran disputas ideológicas, de los sujetos contra un externo que normalmente era el sistema y sus mecanismos de control, hoy se escenifican al interior del individuo: del emprendedor de su propia vida contra sí mismo. De ahí que tienda a no concebirse de ninguna clase social. Surge un mundo en el que no hay mucho lugar para los grandes relatos. Las izquierdas siguen enmarcadas en una lógica de épica y grandes relatos. Las derechas enuncian desde la pragmática para conectar con el gerente de su propia del siglo XXI. Mientras que la mayoría de las izquierdas le siguen hablando a colectivos del siglo XX.

 

En el ámbito religioso, surgen con fuerza iglesias como las neopentecostales con una idea de la salvación profundamente individualista. De relación directa del hombre con Dios. Estas iglesias trabajan directamente con el individuo y la negatividad propia de la vida; con los problemas cotidianos que ocupan la mayor parte de la existencia de una persona (lo más concreto de la vida son el dolor y el sufrimiento). Así, es una lógica religiosa que conecta con la gente desde la pragmática. Plantea, a su vez, una teología del éxito individual que resulta muy atractiva. Propone un Dios que sanciona, en lugar de castigar, las riquezas materiales y el horizonte de vida neoliberal.

 

Pero este mundo resulta confuso si se analiza desde esquemas clásicos. Por ejemplo, ¿qué es Bolsonaro? ¿Un nacionalista?, no tanto porque se pliega a una agenda mundial de corte conservadora que no se ancla a ningún país particular, y su súper ministro de economía es un Chicago Boy que promueve un neoliberalismo globalizante. ¿Qué es Trump y quiénes le apoyan qué son? Trump se sirve del populismo de derechas instalando un lenguaje dirigido a sectores blancos precarizados. Su discurso es profundamente localista; inscrito en la lógica de pueblo pequeño de la llamada “deep America”. Pero también es un imperialista y no hay imperialismo sin visión totalizante mundial. Macri, ¿a qué sectores representa? Su política económica está determinada por la apertura al capital internacional financiarizado. Al tiempo que aúpa el agronegocio de las oligarquías tradicionales del campo argentino y estructuralmente ambos intereses chocan. Las derechas europeas, ¿qué son? Son élites con pueblo muchas de ellas lo cual es, también, clasistamente contradictorio.

 

Es decir, el mundo de hoy no se puede entender desde dicotomías lineales. No tenemos los marcos categoriales adecuados para capturar la complejidad de los actuales procesos. Lo que podemos hablar, y fue el propósito de este texto, es de claves para entender el mundo y la política actuales. Y desde ahí abordar lo que está pasando. A partir de ello buscar las formas de diálogo adecuadas y estratégicas en estos nuevos marcos. Cada una de las claves propuestas plantea múltiples desafíos y escenarios. Si logramos conectar estas claves, y sus diferentes escenarios, creo podemos diseñar mejor la ruta a seguir para transformar en este mundo. La revolución tecnológica de hoy trata precisamente de integrar adelantos, más que de crear nuevas tecnologías en sí.

 

Quienes pudieron advertir vieron que en el texto siempre hablé de “aparente derechización”. Y es porque considero que no es algo definitivo. Todo está en disputa. No hemos perdido ni fracasado. Estamos en medio de procesos que tienen tendencias y ciclos. Salgamos a disputar sin asumir pesimismos lineales.

https://www.alainet.org/es/articulo/198316

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