Gualcarque, río Berta Cáceres

02/03/2018
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1

Berta Cáceres: ya lo dijo el poeta,

Primero fueron los ríos, las montañas, el sol,

La fauna, en fin,

Desde el pináculo de la cordillera

Bajaba como un venado extraviado

El río Gualcarque, límpido, 

En tiempos de verano ardiente,

Y espeso como la selva húmeda

En época de invierno.

 

Entonces era la luz del agua,

La catarata vertical que caía

Entre los riscos encumbrados

En la altura del cielo.

 

Antes que el hombre fueron las vegetaciones,

Dijo también el aeda,

Fueron los animales florecientes

En la extensión de la tierra

Que parecía animal feroz y agresivo.

 

Nada poseía la luz del reconocimiento

Que encendiera su existencia

En la lengua del misterio.

 

Selvas y pinares, ríos y lagos,

Todos ellos sin sustantivo ni verbo

Como una gramática perdida en la profundidad

De la bruma y la inexistencia.

 

Pero, un día el río Gualcarque

Con su caída infinita del agua

Llegó a poblar la vasta oquedad

Que habita en el barro y la garganta

De los cerros y los valles.

 

Fue cuando el maíz dijo presente

En el recodo del día y de la noche.

 

El maíz que fue molde

En el cual se aferraba la mano poderosa

De la luz desparramada,

La existencia luminosa,

La palabra “y sus deberes”

El canto y su música

La costumbre y su raíz

El viento del sueño,

Todo como una masa que huele a comunión.

 

En las tierras del valle y la montaña

Los lencas, cares y potones

Pervivían con sus dioses antiguos

Eran lenguajeros de milpas rotundas

Lúcidos campesinos que añoraban

Sus ancestros esculpidos en la memoria.

 

2

 

Gualcarque bajaba como un venado

Que salta los peñones del abismo

Para convertirse en serpiente del tiempo

Que ondula senderos como agua

De lento ritmo zigzagueante

A veces torrencial

A veces como el espejo rutinario

Que devuelve el paisaje

Reflejado en el tenso fluir

Hacia el incógnito deambular de su deceso.

 

Gualcarque, río antiguo,

Testigo indubitable de la compostura

Que los lencas realizaban en su ribera

Para agradecer su magnánima pureza

De fuente creadora que da la vida

A la existencia plena.

 

Compañero del río Ulúa

En edad de niño tímido y silente

Cuando se desliza hacia la lucidez

Fabulosa de la resurrección.

 

Eran las milpas florecidas que en su regazo

Iban creciendo como soldados permanentes

Que arrojaban al suelo sus armas

De mazorcas efervescentes.

 

Por todo su cuerpo de agua nutricia

De agua como un tronco de árbol de ceiba ferviente

Iba el río Ulúa bandeando las playas

Que se multiplicaban como una piel terrosa.

 

Gualcarque era un compañero más del río Ulúa

Tal vez un poco lejano

Pero en el etéreo conversar de los ríos

Ambos se comunicaban por una brisa

Que viajaba en las alas del viento.

 

Era el centro donde el agua golpeaba las rocas,

Los cauces de los remolinos

Que parecían trépanos insurrectos

Mientras la espuma se deslizaba rápida

Hacia el escondrijo de la belleza

Que navegaba con sus atuendos

De pinos y flores verticales

En el sin fin de la espuma que el cauce

Arrastraba como una cabellera uniforme

En el retumbo de los deslices.

 

3

 

Desde las montañas profundas y altas

Donde pernocta la niebla

Que es manto de algodón

Disipado por el viento fijo

A veces como un látigo

Que golpea los riscos y los farallones,

Desde las entrañas de las selvas crecidas

En las faldas ubérrimas

Nace primero un arroyo frío y de cristal

Que salta de piedra en piedra

Y luego el otro arroyo y los mil riachuelos

Que crecen y crecen alegres

Como niños traviesos y saltarines

Convocados a los barrancos enormes

En donde parecen desfallecer

Y así van formando ríos desde las sierras

Empinadas hacia el cielo

Con su picos que hieren el azul cielífero

A veces confundido por el verde

Color de sus rostros.

 

Por elevadas planicies extensas

Y valles que se desparraman

Entre las sierras tremebundas

Desde donde se desprenden

Los ríos salvajes y caudalosos

“Eran los ríos arteriales”.

 

Convertidos en madres fortísimas

Que dejan deslizarse en sus entrañas

Ríos inconmensurables y desbocados

Desde la Sierra Espíritu Santo

Donde los picos alcanzan hasta 2285 metros

En el Cerro Azul de Copán,

La Sierra Omoa a 2400 metros,

La Sierra Nombre de Dios

En donde el cerro Calentura

Asciende a 667 metros,

Así se erigen montañas impertérritas

De La Masica, Mico Blanco, El Tiburón,

Cangrejal que incluye su monte más alto de 2430 metros

Y le siguen no en orden lineal

Si no desperdigados por la orografía

De un país que Lempira, Entepica y Mota

Defendieron irascibles y rabiosos

Aquellos montes de la libertad que era un quetzal

Volando sobre los árboles enhiestos de bostezos

Ocultos en la vegetación de la desmesura.

 

Y también La Sierra Montecillos de 2744 metros,

Sulaco, La Esperanza, Agalta, Gallinero,

Atima, Mico Quemado, Misoco, Almendárez,

Y Punta Piedra, convertidos en moles incesantes,

Vegetaciones diseminadas con aromas de pinos,

Robles, ceibas, guajiniqueles, almendros, guanacastes,

Cedros, caobas, guayabos, en fin,

Jardines verdosos como abrigos inimaginables.

 

Desde ese vientre hiperbólico nacieron los hijos hídricos

Que poblaron la tierra con sus vertientes raudas

Las cuencas húmedas e iridiscentes

Fluían trepidando a veces con sonoros ruidos

O suaves sonidos de agua arremansada en el recodo

De una vuelta abierta entre la espesura del follaje:

Oh Chamelecón, dios de la fertilidad marina,

Serpiente emplumada de ramas y troncos silvestres,

Oh, Jicatuyo, joven guerrero del declive acuoso

Oh Puringla, combatiente natural ferruginoso,

Oh Zarzagua, vértigo del descenso,

Oh Sulaco, soñador de la abundancia sin nombre

Oh Humuya, egueguan de la intrepidez,

Oh Ulúa, dios permanente de la resurrección florida

Oh Leán, margen desnudo de la raíz innómine,

Oh Cangrejal, laberinto de las rocas vertiginosas

Oh Mangulile, sílaba de la madre que perfuma la noche

Oh Papaloteca, musgo cristalino del destello

Oh Aguán, rocío abundante de la perfección,

Oh Paulaya, gracia de primavera en el torrente

Oh Sico, patriarca de los nenúfares,

Oh Plátano, numismático de la herencia proteica

Oh Jalán, vivencia de la luz espesa

Oh Talgua, pedrería que fulgura resbalante

Oh Guayape, dios del oro líquido que se esfuma

Oh Guayambre, lámpara luminosa que relumbra

Oh Patuca, trenza del cabello selvático

Oh Mocorón, constante amanecer del murmullo,

Oh Cruta, luminoso en el decurso del sendero

Oh Wans Coco o Segovia, larguísimo laberinto

Que asoma su testuz de torrenciales multiformidades

Oh Choluteca, ventana horizontal que respira marañas

De pájaros fiesteros.

4

 

Y la historia se convirtió en el huracán del tiempo

En un río de aguas vigilantes y sufridas.

 

La historia convertida en río que serpentea

Y gira como un trompo alargado

Que baja siempre a su vorágine.

 

Nos va dejando en los remansos

Trazos esculpidos de humedad

Que refresca toda memoria insoslayable.

 

El río es siempre movimiento

Y cambios de rumbo pasajero

Para él existe el acá, el allá,

Este lado o el otro,

Nunca para su fluidez sucedánea

En el continuum

Donde se une lo entero

Con lo no entero como un chispazo diverso

Que no vuelve al punto de partida

En donde lo acorde y lo discorde

Es un todo en el despertar del sueño del recuerdo.

 

Y porque el río es también volumen

Y masa acumulada de energía

Que se despliega hacia el océano

Se puede asegurar

Que es como la materia infinita

En movimiento perpetuo.

 

La primera vuelta se detiene un instante

En la rueda calendárica:

1537: Lempira reúne 30.000 lencas

Que se insurreccionan

Contra el invasor español

En la tercera parte del territorio

Pero una traición lo derriba

Desde el punto más alto del Congolón

Asesinado por un disparo de arcabuz tenebroso.

 

Es la primera estación del río diverso.

 

Luego, en 1827 surge la batalla de La Trinidad

El segundo momento del recodo

Del río circular que se detiene

En el campo inmarcesible del sustento,

Francisco Morazán recorre la cintura americana

Con su ejército masivo de hombres utópicos

Que sueñan una república de vértice luminoso.

 

Pero otro asesinato de viento endurecido

Arrasa el límite de la espera

Que es el verde horizonte de los sueños.

 

Es la segunda estación del río diverso.

 

En 1954, una pólvora incendia

Los campos del banano arremolinado

En las riberas de los ríos asamblearios,

Es el fuego que fulmina

Las raíces enhebradas de injusticia.

 

Y otra vez, la traición con rostro

De virgen endurecida

Hunde sus colmillos de bestia sedienta

Y desgaja los frutos arcaicos

Del desborde punzante.

 

Es la tercera estación del río diverso.

 

En 2009, de nuevo la tierra estremecida

Respira fulgores,

Arterias que empujan con fuerza

Fluviales retornos de la almendra,

Todo era una flama de vigilia

Con fronda de pájaro primogénito

Y así, otra vez el dragón

De las siete cabezas cavernícolas

Lanzó el fuego abominable de muerte

Con dentelladas de ratas mortales

Que sádicas roían el brazo cósmico

Del párpado que sueña.

 

Es la cuarta estación del río diverso.

 

¿Qué hemos sido

Camaradas, compañeros,

Desde entonces?

 

¿Somos acaso la pluma soplada

Por algún viento inexorable?

 

¿Somos la hoja del árbol

Barrida en el colapso?

 

¿Somos la nube disipada

Por el sol candente?

 

¿Somos la casa derrumbada

Por el terremoto inescrutable?

 

¿Somos la piedra del estorbo

En el camino irrenunciable?

 

En fin: ¿Qué nos deja la herencia

En el río que acaece?

 

6

 

Berta Cáceres,

Hija de los ríos de augusta

Claridad efervescente,

Voz que deambula y crece

En las riberas pedregosas

Donde los dioses bajan

A beber el agua eterna,

Palabra que recuerda el tono permanente

De los próceres vertidos

En el torbellino que sulfura,

Gesto de la mano que señala

Agujas temblorosas en la brújula.

 

Berta Cáceres, fémina radiante

Que surge toda humedecida como una flor de agua

Que navega en los remansos y remolinos

Del río que la procrea siempre sin detenerse

En el ojo límpido de las congregaciones.

 

Berta Cáceres, vocablo rumoroso

Que convoca a todos los bienes

Que la naturaleza posee

En la entraña volcánica de la espesura.

 

Y entonces vienen los ríos, los lagos y las lagunas

Con sus pies de agua que ruge

Y vienen las montañas, los cerros, las cúspides,

Caminando con pie de gigante estremecido,

Y vienen los venados, los tigres, las tortugas,

Los cenzontles, los quetzales, los guazalos,

En fin, la fauna entera llega,

Y también se desplazan los minerales, la plata, el oro,

El tugsteno, en fin, van llegando hacia

El lugar donde Berta Cáceres emprendió el vuelo

Donde las águilas le entregaron alas

Del tamaño de la tierra,

Los jaguares le dieron la parda vestimenta

Que posee manchas mágicas de inmortales

Sueños humanos y recurrentes

Los pinos le cedieron esa altura que conversa

Con los riscos y los cielos encapotados algunas veces

Y claros como un sol perfecto

 Y todos a la voz de una le fueron concediendo

Estas y aquellas virtudes del planeta

Desde el más simple de los aromas

Hasta el más complicado remolino de la aguas

Que bajan turbulentas o tranquilas

Hacia el océano inmenso que existe

En la utopía mayor del mundo:

“Ríos del mundo uníos”.

 

https://www.alainet.org/es/articulo/191378
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