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La crisis y el cierre de embajadas y consulados

Opinión
09/12/2009
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Hace algunos días se comentaba, en este mismo espacio, algo que ojalá hubiese sido un rumor: el cierre de dos embajadas de México, una en Angola, recién abierta en julio del año en curso, y la otra en Pakistán, que apenas está cumpliendo su primer año de vida. A estos abortos de la política exterior de México hay que sumar el cierre de tres consulados: en la ciudad de Guatemala, en Porto Alegre, Brasil; y en Guayaquil, Ecuador. La racionalidad que subyace a esta medida es simple y llanamente económica: el país está en crisis y hay que reducir gastos.
 
Los ahorros que le representarán estos abortos al erario público son, de apenas, 22.5 millones de dólares. Para mitigar las críticas, las autoridades de la cancillería mexicana insisten en que se trata de una medida temporal y que, en cuanto mejoren las cosas, se reabrirán las legaciones diplomáticas hoy por hoy sacrificadas.
 
Por supuesto que no hay duda de que el país enfrenta severos desafíos económicos. Es verdad también, que hay que racionalizar el gasto, dado que los ingresos por concepto de exportaciones petroleras, remesas, inversión extranjera y turismo han bajado, amén de que la recaudación tributaria es pequeña y en tiempos de austeridad más –hace unos días, por ejemplo, el Sistema de Administración Tributaria reportaba devoluciones históricas a los contribuyentes. También es cierto que las dependencias gubernamentales deben hacer ajustes para garantizar sus operaciones, maximizando los recursos de que disponen, al máximo.
 
Sin embargo, las decisiones para recortar los gastos a diversas dependencias, no parten de un análisis cuidadoso acerca de los costos y las ganancias en un sentido político-social. La premisa parece ser: si hay gasto, hay que reducirlo. ¿Qué implicaciones tendrán esos recortes? Desafortunadamente esas son consideraciones secundarias.
 
La cancillería mexicana tradicionalmente ha sido muy castigada en términos del presupuesto que se le asigna a las diversas dependencias de la administración pública federal. En los tiempos del gobierno de Vicente Fox, cuando se dio a conocer la llamada diplomacia económica, se instruyó a todas las representaciones mexicanas en el exterior para que, además de hacer todo lo que hacen, se abocaran también a la promoción del comercio y las inversiones. La idea no es mala. En países como Australia y Canadá, los ministerios de asuntos exteriores y comercio están bajo una misma sombrilla, juntos, sí, aunque no revueltos. Un funcionario canadiense alguna vez comentaba a quien esto escribe, que cuando se dio la fusión, los diplomáticos de carrera acusaban a sus contrapartes en el ministerio de comercio, de carecer del tacto y el oficio político para negociar. Los economistas, por su parte, decían que los diplomáticos tenían una vida fácil, disfrutando de cocteles y recepciones costosas en las que nunca resolvían los problemas cotidianos e importantes del país. Por lo tanto, y siguiendo con este ejemplo, la convivencia no ha sido fácil, pero lo que sí es cierto es que hay especialistas en cada rama –la diplomática, la consular, la comercial y la de inversiones- que garantizan que Canadá promueva apropiadamente sus intereses en el mundo.
 
 Numerosas embajadas mexicanas en el exterior, tienen una carencia espeluznante de personal. Operan con muchas dificultades y la carga de trabajo para quienes ahí se encuentran, es enorme. Tratándose de uno de los pocos servicios civiles de carrera en el país, el cual supone que quien está a cargo de la política exterior, constituye uno de los sectores en la administración pública federal más calificado, se debe aprovechar la formación y la experiencia que existe. Sin embargo, lo urgente no deja tiempo para lo importante, y en medio de las exigencias cotidianas, numerosos miembros del servicio exterior terminan haciendo más y más cosas. Volviendo a la encomienda que Vicente Fox le dio al servicio exterior mexicano, fue necesario que el personal se abocara efectivamente a la diplomacia económica, sin descuidar todas las demás tareas que tiene a su cargo, y en la mayoría de los casos, sin más recursos presupuestales.
 
 Cuando Felipe Calderón asumió la presidencia, dijo, entusiasta, que su gobierno quería “más México en el mundo”, lo que, en otras palabras significa que después del caos en que quedó sumida la política exterior mexicana tras los desatinos de su antecesor, parecía que había la voluntad política para reconstruir las relaciones internacionales de México. Sin embargo, la problemática interna, dicen algunos, llevó al mandatario mexicano a obviar la política exterior, con todo y que ya existía el compromiso de volver al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en el período 2009-2010. Por momentos, sin embargo, parecía que se revaloraba a la agenda internacional, por ejemplo, con los acercamientos con Cuba, la intentona de mejorar los vínculos con Venezuela, el apoyo inicial a Manuel Zelaya, y hasta el fondo verde –que, dicho sea de paso, es uno de los temas centrales en la cumbre de Copenhague y del que se hablará a detalle en una entrega posterior- parecían una luz en el final del oscuro túnel de la política exterior mexicana. La decisión de abrir embajadas en Angola –en una región y continente en que México claramente está subpresente o subrepresentado- y en Pakistán, fueron aplaudidas por propios y extraños. Y de repente, todo se vino abajo.
 
 Cuando un país cierra una embajada, misión y/o consulado en algún lugar del mundo, el mensaje que envía es muy claro: no me interesas o peor aun no eres importante. Aunque sea reiterativo respecto a lo que se comentó en un artículo previo, cerrar las embajadas en Angola y Pakistán es un error gravísimo. México, en el Consejo de Seguridad, cotidianamente debe lidiar con problemas que aquejan al continente africano, y para ello, necesita información de primera mano. Pero ¿cómo puede allegarse la información que necesita, cuando carece de misiones diplomáticas en un continente en el que hay 53 países? En estos casos, México, para tomar decisiones, debe reposar en la información de terceros. Cada embajada, misión y/o consulado de México en el mundo equivale a sus ojos y oídos, y sin ellos, francamente está indefenso –o sea, ciego y sordo. Otro tanto se puede decir de Pakistán, vecino de Afganistán, que es también tema recurrente en los debates del Consejo de Seguridad.
 
En suma: para que México pueda contar con una política exterior que sirva a sus intereses, hace falta una visión estratégica de mediano y largo plazos. La improvisación es mala consejera. ¿Qué puede comprar México con 22.5 millones de dólares? De entrada hay que partir de que la promoción de sus intereses en el mundo tiene un costo, no sólo financiero, claro está, aunque los dineros siempre son importantes. No faltará quien argumente que cerrar las embajadas en Angola y Pakistán es una decisión difícil, pero que tiene un costo mínimo. Desafortunadamente, los gobiernos de esas naciones no lo perciben de esa manera. Además, si resulta que ambos países no interesan ni son importantes, ¿por qué entonces se abrieron, para empezar, ambas legaciones diplomáticas? Mejor, para no pasar vergüenzas, se debieron quedar las cosas como estaban.
 
La imagen de México en el mundo se encuentra muy dañada. La percepción de que México es un país problemático, se encuentra ampliamente difundida en el seno de la comunidad internacional. Lo que sorprende es que México no es el único país en problemas, y pese a ello, otras naciones no renuncian a tener una política exterior ni a promover sus intereses en el mundo. Por lo menos una parte de los problemas que aquejan internamente a México, puede solucionarse a través de la cooperación y la solidaridad del mundo. Pero con una política aislacionista y aldeana, no lo va a conseguir.
 
Si el problema es sólo de dinero, seguramente que algunos pequeños ajustes en los ingresos que reciben los consejeros del Instituto Federal Electoral, los magistrados del poder judicial y los legisladores ayudaría a liberar 22.5 millones de dólares anuales. Pero no. El problema es mucho más profundo y tiene que ver con la falta de un proyecto de nación. Mientras eso no esté definido, el país seguirá a merced de la improvisación.
 
- María Cristina Rosas es Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México
 
etcétera, 8 de diciembre, 2009
https://www.alainet.org/es/active/34952

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