¿Entre la Guerra Santa y la Cruzada?

17/10/2001
  • Español
  • English
  • Français
  • Deutsch
  • Português
  • Opinión
-A +A
En todo terrorismo hay una combinación de crueldad, de perversidad y de vesanía. Es lo que caracteriza, por ejemplo, el que practican las mafias en Estados Unidos. La especificidad del terrorismo político es que, además, es necesariamente antidemocrático. Sea que se intente como represalia o como demostración de fuerza, lo que hace, y se propone hacer en realidad, es cerrar todo lo que sea posible los espacios democráticos de pensamiento, de expresión y, sobre todo, de acción social deliberada y organizada, conquistados por las víctimas y los críticos de las relaciones de dominación/explotación/conflicto en que consiste todo poder. La idea que subyace a ese propósito es que así se producirá, de todos modos, una polarización política que obligue a las víctimas y críticos del poder, o incluso a los simplemente descontentos con una dada situación social y política, a no tener más remedio que seguir a los que dirigen el terrorismo y, finalmente, someterse a ellos que, así, podrían aspirar a la victoria. Esa idea no es solamente antidemocrática y sectaria. Para las necesidades y propósitos de los dominados es enteramente contraproducente. Cuando tiene éxito, lo que el terrorismo político hace es sustituir la acción consciente, deliberada y organizada de los explotados y los dominados contra sus dominadores y dirigida, por lo tanto, a la producción de una sociedad más democrática. La respuesta de los dominadores es, casi siempre, un terrorismo de estado. En esas condiciones las organizaciones y los dirigentes de las masas son obligados a replegarse u ocultarse. El temor y la inseguridad secuentes para el resto de la población terminan llevando a importantes sectores de ésta a justificar la represión. Así se facilita la acción represiva de los dominadores y de ese modo, sin excepción hasta hoy conocida, se abre una trampa en la cual son atrapados y triturados los mejores miembros de las agrupaciones sociales que combaten contra la explotación y la dominación. ¿Cómo podría ser, de esa manera, victoriosa la causa de la liberación de los oprimidos? Es necesario, en consecuencia, diferenciar: el terrorismo es antagónico a las acciones directas de las masas de explotados y dominados, porque dichas acciones expresan debates y decisiones democráticas sobre los fines y sobre el carácter de las luchas, así como sobre sus modalidades de acción, y son llevadas a cabo por las propias organizaciones democráticas de los dominados. Como toda la experiencia histórica señala, en particular la del siglo XX, la producción de una sociedad democrática está implicada, tiene que estarlo necesariamente, en el carácter de las organizaciones y de las acciones de los explotados y oprimidos. Se ha dicho muchas veces que el terrorismo político es la forma normal que asume la guerra de los pobres y los dominados, porque ellos no tienen otras armas contra los poderosos. No es exacto. Por regla general el terrorismo de los dominados es una reacción desesperada al de los dominantes: a la violencia masiva y salvaje de sus conquistas, a las torturas y a las masacres represivas, a las violaciones continuas de los derechos humanos, a la humillación racista-etnicista y cultural incesante, a las extremas explotación y degradación social de los dominados. En otros términos, el terrorismo de los dominados es una reacción al terrorismo de estado de los dominantes. Eso, desde luego, no lo hace menos antidemocrático, ni, en consecuencia, menos inconducente a los fines de la liberación social. Dos formas de acción contra el terrorismo Por la naturaleza del terrorismo político no puede haber sólo una manera de enfrentarlo. De una parte, todo terrorismo es siempre un crimen contra los derechos humanos. Y cuando mata indiscriminadamente a mucha gente, es un crimen de genocidio. Pero, de otra parte, el terrorismo político, sea de grupos o individuos privados o del estado, tiene su propia especificidad: no es sólo una acción criminal, es también antagónico de los proyectos de producción democrática de una sociedad sin dominación/explotación/conflicto. Dos caminos de acción se abren, en consecuencia, frente al terrorismo político, sea privado, individual, de grupo, o estatal: 1) En tanto que es una acción criminal contra los derechos humanos y puede tomar la forma de un genocidio, como en el reciente ataque a las Torres del Centro Mundial de Comercio y al Pentágono, el terrorismo político debe ser juzgado y castigado como todos los actos criminales. Para eso es necesario identificar, capturar y llevar a los responsables, directos e indirectos, ante los tribunales de justicia. El juicio de esa clase de criminalidad en los tribunales de justicia es y debe ser siempre público. Entraña también un debate político público. De esa manera, el juicio contra los terroristas políticos debe ser parte del debate político de la sociedad y permitir el desarrollo de la conciencia democrática y del horizonte histórico de la democracia como un modo de vida cotidiano liberado de poder, de dominación, de explotación, de discriminación. De todas formas, en este nivel y en esta dimensión se trata del ejercicio de la justicia según las leyes de las sociedades modernas y donde las relaciones sociales, políticas y culturales implican un espacio democrático básico como su elemento constitutivo. Y lo que está en juego en este ámbito es, principalmente, la seguridad de la población de cada país y del mundo en su conjunto. 2) Pero el terrorismo no sólo pone en riesgo los derechos humanos, la seguridad y la vida de individuos y conjuntos de población. Implica además problemas y riesgos igualmente graves para el horizonte de desarrollo y profundización de la democracia en la sociedad humana. Por todo eso, el terrorismo no sólo debe ser juzgado y castigado como toda acción criminal, sino también evitado, prevenido e impedido. Para eso, no bastan los tribunales de justicia. Es necesario cegar sus fuentes y erradicarlo, eliminar sus raíces. En el largo plazo, esto es a escala histórica, esta segunda vía de acción es aún más importante y decisiva que la primera y la que en el largo plazo asegura o puede asegurar el control de esa forma de criminalidad política. Y las cuestiones decisivas en este terreno son, sin duda, la identificación y la ubicación de las raíces del fenómeno. Carácter histórico del terrorismo político Por eso mismo, en este campo es indispensable llegar a explicar con la máxima claridad el carácter del problema, sus fuentes, sus formas, sus caminos. Sin duda muchas explicaciones pueden y deben concurrir con plena legitimidad teórica, desde las que se apoyan en alguna corriente psicoanalítica para colocar en la discusión los problemas de personalidad de los terroristas políticos. O, como en el caso presente, las que buscan en la ideología religiosa las fuentes de los impulsos terroristas, en particular de la autoinmolación de los terroristas. Junto con todas esas posibles explicaciones, en la experiencia histórica de largo plazo una explicación específica es, de todos modos, plenamente necesaria, en verdad sine qua non: la cuestión del poder. La historia de las relaciones de poder - esto es, de las relaciones de dominación, de explotación y de conflicto entre las gentes, entre sus diversas formas de agrupación y de identificación sociales y geoculturales - es la que da cuenta de las formas de violencia social y política entre las gentes. Para explicar la violencia en la conducta y en las relaciones humanas, algunas corrientes de estudiosos han apelado a una "naturaleza humana" que no se habría desprendido de su "animalidad", ni podría hacerlo, no obstante la civilización. Puede ser así. Pero todos pueden también convenir en que la nuestra es la única especie animal que delibera, planea y practica el terrorismo. Y así mismo, que la nuestra es la única de las especies animales en cuyo comportamiento histórico el poder es una de las motivaciones fundamentales. Y que ambas conductas, la tendencia al poder y el terrorismo suelen estar asociados. En otros términos, no es la "naturaleza" la explicación de la forma específica de violencia que se produce en las relaciones sociales de la especie. Es la cuestión del poder. Esa es, precisamente, la cuestión que se hace visible si se estudia la historia del terrorismo político moderno: se trata, en todos los casos, sin excepción, de un intercambio entre el terrorismo de estado y el terrorismo de los dominados, éste normalmente como reacción al primero. En consecuencia, el problema del control y de la erradicación del terrorismo remite al tratamiento adecuado de las condiciones que las relaciones de poder crean para el terrorismo. En otros términos, ese problema no tiene más de una solución real: la continua expansión, profundización y universalización de la democracia en cada uno de los ámbitos vitales de la existencia social de la especie. La dominación, la explotación, la discriminación, no pueden dejar de engendrar el conflicto y la violencia. En especial, cuando esas formas de relación están organizadas, como desde hace 500 años, en torno de la sistemática articulación entre la explotación capitalista del trabajo y la dominación racista de la subjetividad y de la autoridad colectiva. En otros términos, articulada en torno de la colonialidad del poder. En esta perspectiva, por ejemplo, la llamada "globalización" actual produce la continua aceleración y profundización extrema de las tendencias capitalistas de polarización de la población mundial entre una minoría, cada vez más reducida, que controla el trabajo, la autoridad y la riqueza mundiales, y una mayoría creciente que es despojada de acceso al control de cada una de esas instancias del poder. La continuación de esas tendencias implica, necesariamente, la continuación de las tendencias de violencia entre los grupos sociales y entre las identidades geoculturales colocados en tales relaciones de poder. Es decir, los poderosos tienden a ejercer su poder como terrorismo de estado y los otros a reaccionar, entre otras formas, con terrorismo privado. Y no es por coincidencia o accidente que la abrumadora mayoría de las víctimas de esas tendencias del poder son, precisamente, los grupos o sectores que según el criterio de "raza" han sido y son socialmente clasificados como los dominados, explotados y discriminados dentro del patrón de poder imperante. No es difícil mostrar el lugar del terrorismo en la historia de las relaciones de poder en el mundo moderno. Pero, obviamente, aquí no sería pertinente ir demasiado lejos, ni demasiado a fondo. Por eso, la más eficaz manera es abrir de nuevo algunas de las cuestiones centrales que han ingresado al debate que sigue a la infausta vesanía terrorista que se abatió el 11 de Setiembre último sobre la ciudad de Nueva York y sobre el Pentágono en Washington. Con motivo de estos hechos han surgido muchas preguntas sobre la identidad de los autores y de los responsables, sobre sus propósitos, así como sobre el origen del odio extremo, con su radical falta de compasión por las gentes, que ha llevado a estos asaltos contra los símbolos de poder de Estados Unidos asesinando a miles de personas. La tesis más publicitada para contestar esas cuestiones es que se trata de una "guerra de civilizaciones". ¿"Guerra de las civilizaciones"? En primer término, esa tesis implica la típica perspectiva eurocéntrica de conocimiento, en especial de uno de sus más distorsionantes componentes: su radical ceguera a la heterogeneidad histórica y estructural de todos los fenómenos sociales, es decir, de los que tienen lugar en la existencia social humana. El eurocentrismo es, además, prisionero de un modo de producir conocimiento que es, entre otras cosas, dualista y, paradójicamente, también evolucionista. Esa manera de conocer divide el mundo en categorías binarias, y encima las coloca en una serie evolutiva. Por ejemplo: "primitivo"- "civilizado"; "tradicional"-"moderno"; "oriente"-"occidente". El racismo- etnicismo que subyace a esa perspectiva, producto de la colonialidad del patrón de poder hoy mundialmente hegemónico, propone que hay algo llamable "civilización occidental" homogéneamente moderna, racional y democrática opuesta a otra llamable "oriente" (no siempre está presente el término civilización en esa relación), también homogéneamente pre (o peor) anti- moderno, irracional y antidemocrático. Civilización es un término que aunque a muchos les pueda parecer evidente por sí mismo, es un producto del poder. De allí su insanable equivocidad. Fue acuñado por las poderes coloniales constituídos en la parte occidental de Europa, en el proceso originado con la formación de América al final del siglo XV. En dicho proceso, el Atlántico desplazó al Mediterráneo como la principal ruta del tráfico mercantil mundial y su control permitió a esos poderes la continuada colonización del resto del mundo en las siguientes centurias. Así, aquellos poderes se fueron estableciendo como el "centro" del mundo que iban colonizando desde entonces. La articulación mercantil entre sus pueblos y estados, llevó a la formación de una nueva región histórica, la Europa Occidental, que así se estableció como "centro" de control de un patrón de poder en que se amalgamaron el capitalismo como sistema mundial de control y de explotación del trabajo, con la clasificación colonial de la población mundial en torno de la idea de "raza". Esa colonialidad del nuevo patrón de poder implicó no sólo la concentración del control de los recursos de todo el mundo en esa nueva región histórica, sino también de uno de sus más decisivos elementos: las relaciones capital-salario. Esas condiciones produjeron en la nueva Europa Occidental un proceso de cambios en todos los ámbitos de la existencia social. Comenzando con la mercantización de las relaciones sociales, ese proceso produjo la "revolución industrial", la secularización de las relaciones subjetivas e intersubjetivas y la "revolución burguesa". Ese proceso que comenzó con América es lo que se conoce como la modernidad. Al mismo tiempo, en el mundo colonizado ocurrían también profundos cambios, pero de signo contrario: el despojo a las poblaciones colonizadas del control de sus recursos, de sus bienes, de sus conocimientos, de su trabajo; la represión a sus propios modos de conocimiento y de expresión, empujando a los pueblos a la pérdida o a la distorsión de sus identidades; la imposición de la idea de "raza" como el eje de una clasificación social básica para toda la población del mundo, identificado a los pueblos no-"blancos" como biológica y culturalmente inferiores, y en ese sentido anteriores, a los de Europa Occidental. Para eso, los pueblos no- europeos y no-"blancos" fueron sometidos a una dominación política colonial, brutalmente autoritaria, y represiva. De ese modo, en el mundo colonizado, el desarrollo productivo fue canalizado casi exclusivamente para Europa Occidental, y fue bloqueada durante varios siglos la salarización de los trabajadores, así como la expansión e institucionalización de los mercados locales. En esas condiciones, fue también bloqueada la secularización de la cultura y de las relaciones intersubjetivas. Esas nuevas relaciones de poder, llevaron a nuevas relaciones geoculturales entre los diversos sectores de la población mundial: Europa Occidental asumió una nueva identidad geocultural como "civilización occidental y cristiana", y en su condición de centro colonial dominante, acuñó y distribuyó otras identidades geoculturales para los demás sectores de la población del planeta. Originalmente, lo que fue establecido fue la oposición entre "Occidente" y "Oriente", ya que los "negros", "indios" y otros grupos equivalentes no tenían categoría suficiente para ser admitidos como el Otro de los europeos en términos de "civilización". Esas nuevas identidades geoculturales fueron fundadas sobre las relaciones de dominación colonial respecto de Europa, sobre la clasificación social y cultural "racial" de sus pueblos y sobre la peculiarmente eurocéntrica inversión del tiempo histórico: los no-europeos, puesto que "inferiores", fueron considerados, por definición, "anteriores", ya que Europa Occidental se autoidentificaba como lo más nuevo, esto es, como lo más moderno y avanzado, en suma, la culminación de la trayectoria histórica de la especie. Lo más notable es que esa perspectiva del mundo, de la especie y de la historia, elaborada sistemáticamente en Europa desde el siglo XVII, fue impuesta en la nueva Europa Occidental como la única racionalidad. Esa es la perspectiva eurocéntrica. Y más notable aún, y más perverso, es que fue impuesta y admitida como hegemónica en todo el mundo. Esa perspectiva de conocimiento, con su respectivo imaginario, están hoy día en crisis abierta. Quizá la más profunda y decisiva de su historia, porque no solamente es confrontada desde nuevas y viejas racionalidades, sino también desde dentro de ella misma, una vez reconocida su inmensa capacidad de distorsionar no sólo el conocimiento de la experiencia histórica, sino también nuestra percepción del resto del universo. Así lo testimonia hoy el ya vasto debate mundial, de un lado, sobre la colonialidad del poder y del saber y, de otro lado, sobre las implicaciones epistemológicas de la investigación más avanzada de los fenómenos de la naturaleza no humana (en especial Prigoyine y sus asociados). Ambas vertientes del debate van en la misma dirección, en pos de una nueva racionalidad no-eurocéntrica. Lo que, en consecuencia, el término "civilización" mienta ahora, si algo realmente mienta, no puede sino referirse a las experiencias históricas que han sido impuestas sobre las gentes en las diversas regiones constituidas por el colonialismo de Europa Occidental y diferenciadas y especificadas por la colonialidad del poder en cuyo torno fueron interna y externamente articuladas. No se trata más, no podría tratarse, de identidades históricas originarias, ya que incluso los posibles elementos de ese carácter han sido distorsionados, cambiados y modulados en la historia de los últimos 500 años del colonialismo y del imperialismo del "occidente cristiano". Si, no obstante, esa categoría equívoca fuera admitida en lo que se supone que mienta, ¿de cuál "civilización" se trata en la supuesta "guerra de civilizaciones"? ¿De las que habitan el territorio de India? ¿O de China? ¿De la Japonesa? ¿De las que habitan el Asia Sudoriental? ¿De las del "Medio Oriente"? ¿De las de África? ¿De las numerosas agrupaciones llamadas "indias" y "negras" en América? ¿O hay en esta enumeración experiencias e historias que no merecen en "occidente" el nombre de "civilización"? ¿Todas ellas son una misma "civilización" no-occidental y no-cristiana? ¿Y son todas homogéneamente antimodernas y antidemocráticas sólo porque no son de origen europeo y "blanco"? El "Medio Oriente", el Islam y "Occidente" En el contexto inmediato, esa calificación de "civilización" anti-"occidental" es impuesta desde Estados Unidos y su mass media, en referencia al mundo que habita el llamado Medio Oriente y donde la religión mayoritaria es el Islam. Lo primero que es indispensable a este propósito, es admitir que el mundo islámico no consiste en el conjunto de los que creen en un dios Alá y siguen la doctrina del Coran, así como el mundo cristiano no está formado por el conjunto de los que creen en un dios Jehova, en Cristo y en el Espíritu Santo y siguen la doctrina de la Biblia. Hay millones tanto de musulmanes como de cristianos en China, en el Sudeste de Asia, en África, en América, en Australia, y desde la Segunda Guerra Mundial inclusive en Europa. Pero es obvio que cuando Bush habla de la "civilización occidental y cristiana" no se refiere a los cristianos de Asia y de África, ni a los cristianos "indios" y "negros" de América, de Australia o de Filipinas. Y aunque en la coalición global de poder también está Japón, es improbable que sea admitido, a fin de cuentas, como parte de la "civilización occidental y cristiana". En otras palabras, la idea de "civilización occidental y cristiana" está referida, en primer término, a un espacio geocultural cuya especificidad no reside tanto en las creencias religiosas dominantes, como en el dominio mayoritariamente europeo o de ese origen y "blanco" (básicamente Europa Occidental, América, Australia). Del mismo modo, lo que llamaremos aquí el "mundo islámico", se refiere en lo fundamental a un específico espacio geocultural centrado en el "Medio Oriente" aunque hay probablemente más musulmanes en regiones y poblaciones ubicadas también en Asia Central y Sudoriental. Veremos inmediatamente que la especificidad histórica de ambas identidades geo- culturales y en particular la del "Medio Oriente", corresponde, ceñidamente, al resultado de sus relaciones de poder. En efecto, el centro del mundo islámico fue originalmente constituido en torno del Mediterráneo y tuvo su apogeo entre los siglos VIII y XVI. Durante ese período fue, a su vez, el centro del tráfico mercantil y cultural mundial anterior a la colonización de lo que hoy es América. El control de la cuenca del Mediterráneo permitía el control de los flujos mercantiles de China, de Asia Sudoriental, India en especial, de El Cairo, de Bagdad, de Persia, de Basora, de lo que hoy es el Medio Oriente. Entonces fue también el eje avanzado de la investigación filosófica, científica y técnica. Heredero del mundo románico, ese Islam no sólo mantuvo, sino desarrolló la producción textil, la minería, la agricultura y la artesanía comerciales, el comercio con el mundo entonces conocido y las finanzas. Con toda probabilidad, fue dentro de ese mundo o en el ámbito de su hegemonía, que emergió, por primera vez, la relación social fundada en el salario y que tiempo después será conocida con el nombre de Capital. En ese contexto se desarrolló el modo urbano de vivir y la atmósfera para cobijar y estimular las actividades intelectuales, sobre todo la matemática, la filosofía, la historia. Esas actividades permitieron estudiar y rescatar el legado intelectual, filosófico y científico greco-romano, especialmente, pero también el africano, el egipcio, el mesopotámico. Aún se recuerda, incluso en el mundo no islámico, algunos de sus grandes nombres. Avicena, que estudiaba la filosofía griega, Aristóteles sobre todo, e innovaba los estudios de ciencias y de medicina ya en entre los siglos X y XI. En el siglo XII Averroes discutía Aristóteles y sostenía ideas racionalistas y materialistas - en pleno mundo musulmán, ya que en el mundo cristiano habría sido, casi seguramente, reprimido y ajusticiado. La traducción y publicación al Inglés, relativamente recientes, de la obra de Ibn Khaldun, ha permitido conocer mejor a un grande historiador y filósofo social que ya proponía, sobre la sociedad y sobre la historia, muchas ideas que Hegel encontrará sólo 400 años después. En fin, ese mundo estaba habitado por una sociedad en gran medida urbana, industrial, comercial y civil, donde convivían y prosperaban musulmanes y judíos, principalmente, pero también cristianos, mientras el mundo cristiano vivía en una sociedad rural, feudal, oscurantista, religioso-fundamentalista y perseguía a los judíos. Fue sólo después de la conquista de América, que el mundo cristiano se hizo rico y poderoso. El estado español establecido entonces, expulsó de Iberia a musulmanes y judíos e impuso la primera "limpieza étnica" conocida en la historia de la Europa moderna, por medio del infame "certificado de limpieza de sangre" para ser admitido como habitante de España o de América Colonia. El mundo islámico fue desplazado del lugar hegemónico del Mediterráneo y sus relaciones con el mundo cristiano se hicieron más conflictivas. Ya desde las Cruzadas, los poderes cristianos habían invadido el Medio Oriente y destruido y saqueado ciudades y poblaciones enteras. Pero después de América, la nueva Europa Occidental pudo, además, colonizar el mundo musulmán, lo empobreció y desintegró, y se apropió de sus conquistas civilizatorias. Sólo entonces los poderes del mundo cristiano, pudieron considerarse a sí mismos y a la población europea - no a cualquiera de sus poblaciones, como por ejemplo los "indios" cristianizados de América - una "civilización" y secretaron las estereotipadas categorías de "Occidente" y "Oriente". ¿Aún hay que recordar acaso que no es por un accidente de la naturaleza que el Meridiano de Greenwich pasa por Londres y no por Kabul? De otro lado, referida al Islam del Medio Oriente, la tesis de la "guerra de las civilizaciones" omite el hecho de que el desarrollo histórico que hubiera llevado a las sociedades islámicas a su industrialización, a su modernización, a su democratización, a controlar los fundamentalismos de todo linaje, a la secularización de las relaciones subjetivas y a la laicidad cotidiana de la vida social, ha sido continua y deliberadamente trabado y reprimido por "Occidente" y después de la Segunda Guerra Mundial en especial por Estados Unidos. Primero por el despojo realizado durante siglos por el colonialismo europeo y después por el apoyo dado por el imperialismo euro-estadounidense, a los regímenes coloniales y antidemocráticos del Medio Oriente, para impedir procesos de revolución nacional y democrática, laica y en definitiva eurocéntrica. De hecho, antes de la victoria de Israel en la guerra de 1967 y de la muerte de Nasser en 1970, los movimientos democráticos y antimperialistas de toda la región eran laicos y buscaban explícitamente el desarrollo, la modernización y la democratización de esas sociedades asfixiadas bajo regímenes coloniales y dictatoriales. Aunque algunos de dichos movimientos usaban una retórica "socialista", sus acciones reales muestran que en realidad perseguían el desarrollo capitalista industrial y la modernización social y cultural de sus países y el control autónomo del proceso. Era por eso y para eso que requerían la autonomización política, económica y cultural de la región. Es decir, eran, necesariamente, anticolonialistas y antimperialistas. Los más importantes fueron el Nasserismo (sobre todo en Egipto), y el Baathista (sobre todo en Irak). Y fue su derrota frente a la coalición de los dominantes locales y los poderes imperialistas como, sobre todo, Estados Unidos e Inglaterra, y su deformación secuente, precisamente, en Egipto y en Irak, en regímenes autoritarios, lo que llevó al crecimiento de los movimientos políticos-religiosos, es decir los que buscan en ideologías religiosas el sentido de las luchas por la autonomía cultural y política, contra el colonialismo e imperialismo y la rebelión contra el poder, los privilegios y la corrupción de las faunas dominantes. Y cuanto más reprimidos, esos últimos movimientos han tendido a hacerse más autoritarios y retrógrados, política y culturalmente. Aquí bastará mencionar los mayores momentos de esa historia de represión oligárquico-imperialista y de reacción religiosa extremista en el Medio Oriente. En 1953, un movimiento básicamente laico y democrático, dirigido por Mossadegh logró asumir el gobierno de Persia (entonces nombre de Irán actual), y nacionalizó el petróleo. Este acto antimperialista desató la furia de Estados Unidos. La CIA organizó y apoyó la represión y derrota de ese movimiento, a pesar de que Mossadegh era explícitamente adverso al comunismo y a la URSS. Después de la derrota de Mossadegh, Estados Unidos armó y equipó a las fuerzas militares y represivas del Sha, apoyó las bestialidades represivas de su SAVAK, el organismo local de espionaje y represión asociado a la CIA, como su principal aliado político y militar en la región para enfrentarse a la marea democrática y antimperialista que la sacudió casi inmediatamente después, sobre todo el Nasserismo y el Baathismo. La derrota del movimiento laico, democrático y antimperialista de Mossadegh, y la espeluznante represión sobre la resistencia y la crítica, permitió el ascenso del islamismo chiita, bajo la conducción del Ayatollah Khomeini que, finalmente, logró la desintegración de las fuerzas armadas del Sha sin que la CIA pudiera evitarlo. Entonces, Estados Unidos apoyó y armó a Saddan Hussein de Irak para hacer la guerra al naciente régimen revolucionario de Irán, facilitando así que los sectores más autoritarios y conservadores de ese régimen se impusieran sobre los sectores laicos y democráticos, hasta instalar y controlar un régimen teocrático. En esa guerra Saddan Hussein usó armas químicas contra los iraníes y los kurdos, sin protesta alguna de Estados Unidos. Pero cuando Hussein invadió Kuwait, seguro de su alianza con Inglaterra y con Estados Unidos, éstos bombardearon Irak hasta destruir su previo desarrollo industrial y social, y desde entonces no han cesado esa política, al precio del genocidio de la población pobre del país, de sus niños en especial. Y la acusación o pretexto para mantener el embargo y los bombardeos es, precisamente, que se trata de prevenir la producción de armas químicas! Desde la victoria de Israel en la guerra de 1967, y sobre todo durante los 70s y los 80s del siglo XX, Estados Unidos apoyó la ofensiva israelita para obligar a los palestinos y a sus principales organizaciones de resistencia contra la ocupación colonial de su territorio, principalmente a la OLP, a abandonar el Líbano y Jordania. Eso llevó a la invasión y ocupación del Sur del Líbano, con el resultado de más de 17 mil palestinos muertos, y a la masacre terrorista de unas 3 mil familias de refugiados palestinos de los campamentos de Shabra y Shatila. El vacío político dejado por la derrota de las facciones moderadas de la resistencia palestina en el Líbano, fue ocupado por los sectores extremistas que capitalizaron la furia y la desesperación de la población. Así fueron estimuladas las tendencias más extremas del islamismo entre las fuerzas de resistencia palestina contra la ocupación colonial de su país, como Hamas y las guerrillas de Hezballa. De allí proviene el terrible círculo de intercambio terrorista entre Israel, que después de 1967 es el ocupante colonial de las tierras palestinas, y la resistencia palestina. EE.UU. ha sostenido y equipado todas las dictaduras militares de Pakistán, para reprimir y derrotar a los movimientos democráticos, formados por laicos y por musulmanes moderados, que buscaban la democratización social y cultural del país. Los corruptos y brutales grupos dominantes se aliaron a EE.UU., como en América Latina, y fueron apoyados porque los demócratas eran, por supuesto, antimperialistas. Del mismo modo, EE.UU. apoya sin reservas la dominación teocrática, antidemocrática, y en ese sentido preciso antimoderna, en Arabia Saudita, donde la vida de la población y de las mujeres en especial no es, en términos de libertades y derechos democráticos, nada diferente que en Afganistán actual bajo los Talibanes. Cuando en los 70s. fue derrocado el rey de Afganistán, su monarquía absoluta y sus señores terratenientes, y reemplazado por un régimen pro-soviético que comenzó un proceso de reformas sociales, en especial la distribución de la tierra, la expansión de la educación, la liberalización de la situación de las mujeres, Estados Unidos apoyó y armó, a través de Pakistán, la resistencia contra ese régimen. Cuando Rusia invadió Afganistán para proteger al régimen de Babrak Kamal, Estados Unidos organizó, a través de la CIA y del ISI (Servicio Nacional de Inteligencia) de Pakistán, una operación para llevar a Afganistán, entre 1982 y 1992, decenas de miles de musulmanes extremistas, llamados talibanes o estudiantes religiosos, reclutados en diversos países, y educados en Pakistán, para la guerra contra la Unión Soviética. Los talibanes eran los estudiantes de las más de 2000 escuelas religiosas (madrassas) que fueron organizadas en Pakistán, con la financiación de Arabia Saudita, donde niños y adolescentes campesinos y pobres de varios países musulmanes fueron educados en una versión retrógrada y primitiva del islamismo, y en el odio a los Chiitas (rama del Islam opuesto a los Sunitas que dominan Arabia Saudita y los Emiratos del área) y al laicismo o "materialismo" de los rusos "soviéticos". Fueron formados de ese modo más de 200 mil talibanes. Pocos de ellos son afganos. Son provenientes de muchos países musulmanes. Pero no sólo recibieron esa retrógrada educación ideológica, sino que fueron entrenados militarmente y en técnicas terroristas bajo la dirección de la CIA, y equipados con armamento proveniente de Estados Unidos. Ussama Bin Laden, heredero de una de las más ricas familias de Arabia Saudita, ingeniero de construcción, se dice que especializado en demolición de edificios, y a quien EE.UU. sindica hoy como el principal sospechoso de dirigir a los terroristas que atacaron Nueva York y Washington, es uno de los principales jefes entrenados por la CIA en las perversas técnicas del terrorismo, contra los rusos. Cría cuervos y... En gran medida, ese trabajo sucio de Estados Unidos fue financiado con el tráfico de drogas, provenientes del Triángulo Dorado (Tailandia, Birmania, Laos) a lo largo del Creciente Dorado (Pakistán, Afganistán) y del tráfico de armas. Y desde que los talibanes tomaron el poder, según el United Nations Drug Control Program (UNDCP), Afganistán produjo 4,600 TN cúbicas de opio. El doble que antes. No se podría decir, contra ese trasfondo, que la CIA y las demás agencias de inteligencia local e internacional, fueran ajenas a tales fuentes de financiamiento de esa "guerra santa" contra los rusos. Cuando los talibanes se apoderaban de Afganistán, violando todos los derechos humanos, Reagan los llamaba "luchadores por la libertad" y les proporcionó el equipo militar necesario, que entre 1985 y 1987, llegaba a unas 65 mil toneladas anuales. Y cuando finalmente los talibanes impusieron en el país una dictadura teocrática ferozmente represiva, Estados Unidos nunca los criticó, ni recogió las críticas contra sus continuas violaciones de los derechos de las personas, sus execrables abusos contra las mujeres y contra todo rastro de libertad de conciencia y de expresión. El empobrecimiento material de la población afgana, después de más de 20 años de guerra continuada, hasta hoy tampoco ha sido, por supuesto, una preocupación de "occidente". De idéntica manera, Estados Unidos sostuvo durante 16 años la feroz y retrógrada dictadura de Jaffar Numeiry en Sudan. La reacción popular a la destrucción del país llevó al poder, por breve tiempo, a un movimiento democrático al que Estados Unidos ayudó a derrocar por un golpe militar que reprimió a los nacionalistas democráticos. Finalmente se impuso la actual dictadura de retrógrados militares islamistas integristas. En rigor, pues, en el "Medio Oriente" los actuales rasgos no democráticos, el dominio teocrático, las retrógradas relaciones de género, la extensión del "fundamentalismo" religioso, hoy son, ante todo, el resultado del colonialismo europeo y del imperialismo euro-estadounidense, de su alianza con los grupos e intereses sociales más antidemocráticos y con los regímenes más autoritarios y represivos, de su continuado terrorismo de estado contra los movimientos de rebelión y del apoyo militar y político al terrorismo de estado en que se apoya la ocupación colonial de territorio palestino, conquistado en la guerra de 1967 y mantenido en contra de todos los acuerdos de las NN.UU. El autoritarismo político, la imposición de relaciones sociales verticales entre los géneros y los grupos sociales, con el fundamento y la justificación de ideologías religiosas extremamente rígidas, han sido todo el tiempo instrumentos y aliados del imperialismo euro-estadounidense, interesado ante todo en el control de los ricos recursos petroleros del Golfo Pérsico. El costo bajísimo del petróleo por el control de una mano de obra casi gratuita, como en casi todo el mundo dominado, ha sido uno de los pilares de la industrialización de "occidente". La amnesia histórica de la "Guerra de las Civilizaciones" No hay, pues, como dejar de ver que esa tesis se basa en una deliberada amnesia histórica. Pide el olvido de las cruzadas, del colonialismo europeo, genocida y feroz como el de los ibéricos en América Latina, como el de los ingleses en la India o en Irlanda; el de los belgas en el Congo, Ruanda y Burundi, el de Estados Unidos en Filipinas, la esclavitud y del genocidio de millones de "negros". Requiere el olvido del vicioso y masivo terrorismo francés en Argelia y del estadounidense en Viet-Nam; del apoyo de Estados Unidos al genocidio de más de medio millón de gentes en Indonesia y a la represiva, sangrienta y corrupta satrapía de Suharto y sus militares por más de 30 años; del apoyo de Estados Unidos al genocidio racista y a la dictadura en Guatemala; a la bestialidad de las torturas en Argentina, en Chile y Perú; el olvido del asalto de Reagan a Granada, y de Bush (padre) a Panamá; de los bombardeos de Irak, de Sudan, de Kosovo. Demanda el olvido del masivo terrorismo israelita en la conquista de Palestina; del cotidiano abuso en la ocupación colonial de territorios y habitantes palestinos desde 1967, con su espeluznante círculo de desesperado terrorismo palestino y de represión terrorista del estado de Israel; del apoyo de Estados Unidos a las masacres de refugiados palestinos en Shabra y Shatila y en el Líbano; de la ferocidad del colonialismo racista en África del Sur, con su secuela de apartheid en Sudáfrica. Implica el olvido del imperialismo, en fin, de la "globalización" dominada por el capital financiero en su versión más predatoria en toda la historia del capitalismo y que, entre otras cosas, lleva al despojo de recursos de sobrevivencia al 80% de la población mundial, sobre todo la que puebla Asia, África, el Medio Oriente, América Latina. Las tesis de la "guerra de las civilizaciones" no tienen, como puede ser notado, mucho sustento histórico. Llevan, más bien, a escamotear la experiencia colonialista e imperialista euro-norteamericana durante 500 años, como una de las fuentes centrales de donde surte la hostilidad y la resistencia de sus víctimas, incluso el odio hacia este "occidente cristiano", al que ven, no sorprendentemente según todas sus experiencias, como el enemigo real de los pueblos de todo el mundo. En lugar del colonialismo y del imperialismo capitalistas, procuran instalar en el imaginario de la gente, incluso de las víctimas, una entidad suficientemente vaga y equívoca como para que pueda ser asociada a las necesidades concretas del Bloque Imperial Global y de su Estado Hegemónico, Estados Unidos, en cada coyuntura específica. La respuesta Bush al terrorismo: ¿La recolonización global del mundo? Es, precisamente, por su vaguedad y su equivocidad que después de los trágicos ataques terroristas en Nueva York y en Washington, aquellas tesis han emergido como un poderoso instrumento ideológico blandido desde el gobierno y los medios de comunicación masiva de Estados Unidos. En verdad, se han convertido en las tesis virtualmente oficiales del Estado Hegemónico del Bloque Imperial Global, para explicar esos hechos y para justificar sus propias decisiones imperiales. Sin esa perspectiva no se podría entender el sentido del discurso de Bush, ni de la sistemática prédica de los publicistas del establishment "occidental y cristiano". En efecto, en su discurso ante el Congreso de EE.UU., pocos días después del otro fatídico 11 de Setiembre (el primero fue, como varios lo han recordado, el del Golpe Militar de Pinochet, en 1973, en Chile), Bush ha proclamado que esos son actos de guerra y no solamente contra EE.UU., sino contra el conjunto de la civilización occidental y cristiana. Y que, en consecuencia, todos los países integrantes de dicha civilización deben responder juntos, bajo el comando de Estados Unidos, haciendo la guerra a ese enemigo. Pero, puesto que no se sabe, hasta la fecha, quienes, además de los atacantes suicidas, son responsables por esa guerra terrorista, la idea implicada es que todos los demás países y pueblos son esa "otra civilización", la del terrorismo, enemiga de la modernidad y de la democracia. De allí su perentoria exigencia: "Cualquier nación, en cualquier lugar, tiene ahora que tomar una decisión: o están con nosotros o están con el terrorismo". Y su afirmación fundamentalista de que esta es una guerra entre el bien (ergo, pues, la civilización occidental y cristiana) y el mal (todas las demás) "y sabemos que Dios no es neutral". De allí también su reiterada calificación de cruzada a esa guerra. Ese es también el sentido de la caracterización que Bush atribuye a esta nueva guerra. Según él, no sólo será la primera del siglo XXI, sino tendrá un carácter nuevo, no entre estados como siempre habría sido antes, sino contra un enemigo cuya ubicación concreta es desconocida, pero que se presume estar entre los pueblos de las otras "civilizaciones". En ese sentido sería la primera guerra global. La primera parte de esa postura puede ser cierta, en el específico sentido de una profecía autocumplida, en este caso por su principal profeta. La segunda parte, es cierta sólo parcialmente y sobre todo en referencia a las guerras inter-europeas o inter-imperialistas. En realidad, el proceso de colonización del mundo fue una larga y continuada guerra global, literalmente, y es verdad que sus principales antagonistas no fueron los estados, sino los pueblos "de color". Bush acaba de anunciar, además, que está iniciando una guerra "infinita", es decir, muy prolongada y que sería llevada a cabo en muchas partes del mundo - notablemente del mismo que antes fue colonizado - no contra los estados, sino contra "terroristas" que nadie logra aún identificar, ni acusa, ni lleva a los tribunales nacionales de cada país respectivo, ni a los tribunales inter- nacionales. Esto es, la guerra se llevaría a cabo en esos países, no contra, pero independientemente de sus respectivos estados. Para eso será utilizada "cualquier arma de guerra que sea necesaria". Incluidas, por lo tanto, las armas nucleares y las químicas. La guerra "infinita" que Bush anuncia implica, por lo tanto, cuestiones terriblemente serias: 1) el desconocimiento y el avasallamiento de la jurisdicción legal de los estados sobre sus respectivos territorios y poblaciones. O, en otros términos, de la "soberanía" de los estados. 2) en ese caso, el control directo de tales territorios y poblaciones por Estados Unidos, solo o con sus asociados y sus agentes locales, 3) si la voluntad de Estados Unidos y de su Bloque Imperial, no es acatado, la amenaza de fuerza incluye las armas nucleares y las químicas; 4) puesto que es una guerra entre el bien y el mal y "dios no es neutral", la libertad de conciencia y de creencia, la correlativa libertad de expresión y de organización, conquistas mayores de la modernidad y de la democracia, están bajo inmediata amenaza. Por donde se le perciba, la respuesta al feroz, pero sofisticado y moderno terrorismo que se abatió sobre EE.UU., sería un terrorismo de Estado aún más monstruoso, tecnológicamente más sofisticado, usando "todas las armas de guerra", y amenazando abatirse sobre muchos pueblos del mundo durante un largo período. Si esa trayectoria llegara a ser cumplida, la sombra que se cierne sobre el mundo tiene todos los elementos de un proyecto de re-colonización del mundo que no constituye el "centro" del actual patrón de poder. Es decir, de las poblaciones en su abrumadora mayoría no "blancas". Bush parece, pues, emerger como el heraldo de un nuevo período de colonización del mundo. En ese caso, se trataría en efecto de una "guerra mundial de nuevo tipo". En el período anterior de colonización, entre el fin del siglo XV y mediados del XX, el control colonial del mundo fue dividido entre las "potencias" europeas, principalmente, y secundaria y tardíamente con Japón. En el nuevo período que se anuncia se trataría de una colonización global del mundo, es decir, específicamente, bajo el control global del Bloque Imperial Global (los 8 "grandes"), articulado, si no exactamente unificado, bajo la dirección del Estado Imperial Hegemónico, Estados Unidos. El proceso llamado "globalización" ya ha llevado bastante lejos la configuración de una suerte de gobierno mundial invisible, que opera por medio de estados locales cuyos administradores han terminado consintiendo la pérdida real de su capacidad jurisdiccional o "soberanía" (como es, por ejemplo, el caso del Perú desde 1992) y busca continuamente someter a los demás. La "guerra mundial de nuevo tipo" permitiría culminar ese ya avanzado proceso. No se trata, no puede tratarse, sólo o exclusivamente del control de la autoridad mundial, puesto que la dominación opera sobre todo como eje y punto de partida del control y de la explotación del trabajo, de sus recursos de producción y de sus productos. A ese respecto, por ejemplo Ana Esther Ceceña (El Encanto de Afganistán, en América Latina en Movimiento 340, ALAI, Quito, 2 octubre 2001) ha reclamado atender a lo que implica la ocupación directa o indirecta de un área tan estratégicamente ubicada en el corazón mismo del Asia Central, como Afganistán. La ocupación directa, más probablemente indirecta, de Afganistán, podría proporcionar a Estados Unidos, sobre todo, pero a todo el Bloque Imperial Global, el control de una región donde se ubica el 75% de las reservas petroleras mundiales, grandes yacimientos de uranio, gas natural, y diversos minerales de gran valor en el mercado mundial. Pero también algo históricamente quizá más importante, el control del destino de todo el Medio Oriente, de los territorios y poblaciones de las repúblicas ex-soviéticas, y, de esa manera, maniobrar contra el desarrollo de China, Rusia e India, potenciales rivales hegemónicos de Estados Unidos y del actual Bloque Imperial Global. En conjunto, si este derrotero trazado por Bush se lleva a cabo, como probablemente ocurra, se abriría un período en el cual no sólo serán aceleradas y profundizadas aún más las tendencias actuales del capitalismo, la creciente reconcentración del control del trabajo y de la riqueza, sino en particular el control de la autoridad pública mundial. Y en ese caso, la hegemonía de Estados Unidos en el Bloque Imperial se haría más decisivo que ahora, casi una verificación de las hoy controversiales tésis de Hart-Negri (Michael Hart y Tony Negri: Empire, Harvard University Press, 2000). Y un imperio global es, obviamente, una dictadura global. Las perspectivas y las opciones En el corto plazo, las perspectivas son todas sombrías. Para que no lo fueran, habría que esperar que los dos fundamentalismos que ahora se enfrentan se persuadieran o fueran persuadidos de sus fundamentales errores de conocimiento. Pero es obvio que no es el conocimiento, sino el interés y el poder lo que están en juego. Y este específico juego de la especie, nunca fue practicado sino con violencia. Lo más sombrío de todo es que ninguno de los contendientes puede realmente lograr su objetivo formal y sólo conseguirán empeorar las condiciones ya muy difíciles de existencia que la mayoría de la población mundial confronta cada día. Estados Unidos y Bush no podrían eliminar, por medio de su "guerra infinita" y "global", las raíces del otro terrorismo. El terrorismo de estado produce siempre, inevitablemente, más tarde o más temprano, reacciones terroristas de las víctimas. Y ni Bush ni sus aliados, van a cambiar radicalmente el curso de su política, ni sacrificar los intereses que representan y que defienden, como sería necesario para que el terrorismo internacional contra los países imperiales fuera erradicado. Y, de su lado, los terroristas como los que descargaron su furiosa tecnología contra las Torres Gemelas y el Pentágono, tampoco conseguirían forzar a los poderes imperiales por esos medios. Lo que han conseguido es que a las víctimas de Nueva York y de Washington se sumarán, quizá, los cientos de miles entre las poblaciones de las otras "civilizaciones" que serán aplastados y victimizados bajo el terrorismo de estado que Bush comienza a desencadenar. Las víctimas son siempre los pueblos y los más dominados y pobres entre ellos, como en cada una de las ocasiones recientes en que se descargó el terrorismo de estado, en Irak, en Sudan, en Kosovo, en Chechenia. Lo que asoma en el horizonte parece ser una período de conflictos sangrientos en muchas partes del mundo, y de sufrimientos aún mayores que los de hoy para los pueblos de las regiones empobrecidas y dominadas. No es que no hayan opciones más "civilizadas". Los Estados Unidos y el conjunto del Bloque Imperial Global, tienen en sus manos el control de muy poderosos instrumentos para cambiar el curso de esta avalancha: la reducción o condonación de la deuda externa, la distribución mundial del control de recursos de producción, de productos, de ingresos, de acceso a bienes, al control de la identidad, de la autoridad pública. O la inversión en la investigación y control de la contaminación del planeta, de las enfermedades, por lo menos de las que son absolutamente mortales, como el SIDA, o los virus como el Ebola, etc. Pero los imperativos del capitalismo son más poderosos. Y los poderosos nunca han hecho nada en favor de los dominados, en ningún lugar, en ningún momento de la historia, si no son forzados a ello. El terrorismo, sin excepción conocida, nunca sirvió para eso. La movilización mundial para forzar a los dominadores a modificar el curso de esas tendencias, ya ha comenzado. Pero es aún muy dispersa, aunque muy activa, y no tiene aún la claridad básica acerca de sus objetivos específicos, como para convertirse en el corto plazo en una fuerza organizada real, con capacidad para condicionar, hoy, las acciones de los dominantes. Y las confusiones y las decepciones han sido muchas y muy fuertes. No será corto el tiempo en que podamos dejar atrás las marcas de la derrota más profunda y más global de la historia de nuestras luchas. Empero, todo eso hace, en cambio, razonablemente claras las finalidades y el curso de las acciones inmediatas contra los dos terrorismos, porque son los mismos que contra la dominación y la explotación. Aquí, quiero apuntar solamente a las dos que me parecen las decisivas: 1) La ofensiva del terrorismo de estado no sólo va a dirigirse militar, financiera y políticamemte contra los pueblos acusados, con o sin razón, de ser responsables. Por medio de una campaña insistente de sus medios masivos de comunicación, ya ha comenzado a socavar el camino recorrido por la crítica de la racionalidad eurocéntrica y uno de los instrumentos de esa ofensiva será, con toda seguridad, el control de la subjetividad, del imaginario y del conocimiento. Este es un terreno central de la batalla que ha comenzado. El desarrollo de la crítica del eurocentrismo, el apoyo al desarrollo del nuevo imaginario anticapitalista, la sistematización de una nueva racionalidad no eurocéntrica, para que el poder y sus fundamentos puedan ser des-ocultados a los ojos de sus víctimas y de sus aliados, son ahora una finalidad y una tarea más imperiosas y más urgentes que antes. El horizonte y el eje de este nuevo recorrido ya no son inexistentes, ni invisibles. Hay, sin duda alguna, un nuevo imaginario anticapitalista cuyo núcleo es la idea de que la democracia es la condición de la revolución de la sociedad, el eje de la trayectoria de producción democrática de otra sociedad. No su resultado, sino la condición misma de toda alternativa que lleve a la desintegración del poder. Por lo tanto, el estado se plantea como una de las arenas de la lucha inmediata de los trabajadores, pero ya no más como su punto de llegada, mucho menos como eje de control del proceso de producción de una sociedad libre. 2) También está activo un nuevo imaginario y nuevas prácticas de organización y de lucha contra este poder. Su rasgo específico es el rechazo a toda forma de verticalización y burocratización de los movimientos y de las organizaciones y a toda forma de centralización llamada orgánica, jerarquizada y burocratizada. Se plantea, por eso, como desarrollo de formas de coordinación, de intercomunicación, de articulación y movilización conjunta de núcleos, grupos, colectivos, redes, de todas las gentes víctimas y enemigas del patrón de poder actual. No se trata de una preferencia, sino de una práctica en pleno crecimiento por todas partes. El Foro Social Mundial de Porto Alegre fue uno de sus momentos más eficaces de manifestación mundial de esas nuevas prácticas y tendencias de articulación y de coordinación de diversos y heterogéneos movimientos. Y es su desarrollo lo que abre el camino al control parcial o total de ámbitos concretos de la existencia social, donde el intercambio de fuerza de trabajo y de trabajo sin pasar por el mercado, la formación de núcleos de autoridad comunal o tendida hacia ella, ya son instrumentos indispensables de sobrevivencia. Su desarrollo consciente es la otra cara de las finalidades y tareas inscritas en el horizonte nuevo que está en plena constitución. Más allá de esas trayectorias, todas las acciones colectivas, locales y globales que expresen el rechazo a los dos terrorismos, del de los estados y el de sus víctimas, son indispensables. Pero serían posiblemente más eficaces, incluso en el corto plazo, sin son ya parte de la lucha contra el poder del capitalismo, en todas partes.
https://www.alainet.org/es/articulo/105357
Suscribirse a America Latina en Movimiento - RSS