Comunicologías del sur

03/12/2020
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Imagen: http://buenvivir.signisalc.org
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Las comprensiones sobre la comunicación transcurren en un proceso inagotable y contradictorio de alejamiento, de negación, de reafirmación o de reconstitución de su sentido original, el communicare, que desde su perspectiva discursiva significa diálogo, y desde su carácter social equivale a compartir o poner en común.

 

En este escrito exponemos de manera resumida algunos rasgos de los principales contribuyentes latinoamericano-caribeños a los propósitos de reconstitución del communicare, a partir de propuestas de democratización de la palabra, en experiencias de comunicación dialogal, educativa y participativa que tienen el sello de las luchas y estrategias de exigibilidad, de identidad, de expresión de las hablas y de las vidas con el protagonismo de los pueblos.

 

La comunicación alternativa y alterativa

 

Una cosa es cierta, no es posible el communicare con sistemas secuestrados por un sentido empresarial-utilitario de la libertad de expresión, o con políticas gubernamentales que priorizan el proselitismo publicitario, o con medios que opacan las identidades múltiples de las ciudadanías diversas, o con propuestas culturales que exaltan el individualismo, o con políticas y programas que fomentan el culto al miedo, o con medios y redes que banalizan la vida socapando afectaciones simbólicas a la democracia.

 

La comunicación es un tejido de significaciones y resignificaciones de la realidad real y virtual, enraizándose tanto en la vida cotidiana como en la vida organizativa y de movilización social, en los imaginarios, los conocimientos, las actitudes, las prácticas y las esperanzas, en suma, en los sentipensamientos de las personas en su vida individual y colectiva, con dinámicos intercambios discursivos que se piensan, se sienten, se sueñan, se palpan y se encuentran.

 

Enfatizamos en esta noción, porque uno de los problemas a momento de definir procesos de comunicación es que se la desprende de su pertenencia social, pretendiendo un acto de levitación que la pone por encima de la realidad, queriendo realizar ordenamientos de la realidad desde mensajes preelaborados y difundidos con fines efectistas y de persuasión para moldear pensamientos y conductas.

 

El maestro Luis Ramiro Beltrán califica a estos procesos como informacionales de corte difusionista, identificándoles estas características: 1) son unilineales y erróneamente proponen la noción mecánica de la comunicación como transmisión de información de fuentes activas a receptores pasivos; 2) se basan en la noción errónea de que la comunicación es un fenómeno estático en el cual la fuente es la privilegiada, siendo que es en realidad un proceso en el cual todos los elementos actúan dinámicamente; y 3) inducen a confusión entre la información que puede transferirse por un acto unilateral y la comunicación que es diferente y más amplia ya que su naturaleza bilateral implica necesariamente interacción que busca comunalidad de significados o conciencia.

 

En contraposición se plantea la comunicación horizontal, que se caracteriza porque el proceso de interacción social democrática se basa sobre el intercambio de símbolos por los cuales los seres humanos comparten voluntariamente sus experiencias bajo condiciones de acceso libre e igualitario, diálogo y participación, tríada que está basada sobre la estructura de derechos – necesidades - recursos.

 

Acceso es la precondición para la comunicación horizontal, con oportunidades similares para todas las personas de recibir información. El diálogo es considerado el eje de la comunicación horizontal, en tanto una genuina interacción democrática requiere oportunidades similares para emitir y recibir mensajes, evitando el monopolio de la palabra. Y la participación viene a ser la culminación de la comunicación horizontal, porque los pueblos son actores de su vida y de la expresión de su palabra en procesos de intercambio como un derecho con múltiples finalidades.

 

Estos planteamientos ocurren en el marco del debate sobre el Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC), que confronta a los países desarrollados que buscan legitimar el monopolio que ejercen en la producción informativa, con los países del tercer mundo que pretenden un intercambio con el derecho a producir y difundir información soberanamente, amparados en Políticas Nacionales de Comunicación que se fundamentan en la democratización de la palabra.

 

El aporte latinoamericano a este proceso es no sólo encomiable, sino paradigmático, porque enriquecen la comunicología y las institucionalidades de comunicación. La propuesta cala en la UNESCO, que en su reunión de 1977 en Belgrado institucionaliza los pilares comunicacionales del acceso, participación y autogestión, enfatizando en la necesidad del rol de los medios de comunicación a favor del servicio público; el involucramiento de las poblaciones en la producción, gestión y planificación de los sistemas de comunicación; y la capacidad ciudadana para tomar decisiones autogestionariamente en los procesos sociales y en las políticas de comunicación.

 

Por su parte, Máximo Simpson caracteriza la comunicación alternativa del siguiente modo: 1) acceso amplio de los sectores sociales a los sistemas; 2) propiedad social de los medios; 3) contenidos favorables a la transformación social; 4) flujos horizontales y multidireccionales de comunicación; y 5) producción artesanal de los mensajes.

 

En su esencia, este planteamiento combina factores materiales como el acceso y la propiedad para posibilitar la participación no condicionada, sino auténtica de los pueblos, con elementos relacionados con la producción, circulación y recreación de mensajes, que Simpson los concreta en la necesidad de contenidos trascendentes a la vida de las poblaciones y sus procesos de transformación, así como los flujos que les permitan su participación directa como fuente y construcción discursiva en interacciones con otros.

 

La comunicación popular

 

Coincidiendo con María Cristina Mata, entendemos la comunicación popular como construcción y constructora de las luchas por el poder, que han sido siempre luchas por conquistar o reconquistar la palabra, con la protagónica participación de los pueblos en la construcción de sus proyectos de sociedad.

 

Uno de los rasgos de la comunicación popular, es que expresa las voces de los pueblos que pugnan por incluirse desde los márgenes a los que han sido desterrados. Sin embargo, esto no significa que hayan sido sometidos, ya que por el contrario, viven sostenidos a lo largo de los siglos por sus culturas de resistencia, desde donde asumen la tarea de otorgarse espacios para expresarse, hablar en sus idiomas, mostrar sus formas de vida, y manifestar sus demandas, sus esperanzas y sus propuestas.

 

A esta emergencia desde los bordes de las sociedades, en la que los pueblos encuentran la oportunidad para legitimarse socialmente, se le suele denominar la presencia de “la voz de los sin voz”. La interpretación de esta afirmación que quiere expresar la marginación de la palabra popular, lleva a un debate que la matiza, recociendo que los pueblos sí tienen voz, y que ésta se hace en sus prácticas reivindicativas.

 

En el contexto de las luchas por la reconquista de la democracia, se inscribe también la (re)conquista de la palabra, con su factor dinamizador, los movimientos populares y su acción política reivindicativa. Es en este marco que Jesús Martín Barbero afirma que hablar de comunicación popular es hablar de comunicación en dos sentidos: de las clases populares entre sí y de la comunicación de las clases populares con la otra clase, la que las define como subalternas. En el primer sentido su palabra se hace legítima como identidad y en el segundo la legitimidad es de resistencia y proyección.

 

De aquí resulta que mientras la comunicación entre las clases populares es educativa, dialogal, horizontal, concientizadora y movilizadora, en su relación con las otras clases es confrontativa, contestataria, alternativa y alterativa, de denuncia y de canalización de sus reivindicaciones y propuestas de sociedad.

 

Un hito importante en el decurso de la comunicación popular, coincidiendo con las luchas por la democracia, es su incursión en los medios masivos, particularmente la radio, asumiendo su lenguaje, géneros y formatos en extraordinarios procesos de reconfiguración educativa de los modos de hacer comunicación desde y con los pueblos.

 

Con la comunicación popular, el habla de los pueblos se concentra en su sentido libertario, en una dialéctica en la que se parte de la práctica organizativa de resistencia y reivindicación, se reflexiona sobre ella enriqueciéndola con debates y argumentaciones concientizadores, y se deriva en la definición de acciones para la movilización popular con voluntad colectiva por un proyecto popular.

 

La radio popular, el video educativo, los impresos, la televisión y ahora las redes sociales con sentido educativo, permiten que los pueblos se expresen en el espacio público visibilizando las situaciones de marginación y explotación, incluyendo en la agenda mediática realidades y enfoques que antes se silenciaban, y posibilitando la irrupción de sus voces, cuya energía y sentido contribuyen a que la comunicación popular se convierta en un nuevo paradigma.

 

Con la globalización, la comunicación popular tiene que reubicarse, del mismo modo que las resistencias de los pueblos que no se hacen ya solamente en el ámbito organizativo de los movimientos populares, sino que se rehacen también retornando al campo complejo de la cultura. En este contexto, la palabra popular no se nutre ya tan sólo de su sentido reivindicativo, sino que comparte su identidad con el sentido común en la vida cotidiana, sin dejar la perspectiva histórica de la transformación social.

 

La posmodernidad, desde la perspectiva de la comunicación popular no puede significar la negación del pasado sino la continuidad de procesos de inclusión ciudadana para formas de vida más equitativas. En este tiempo, de innovación tecnológica, la comunicación popular se caracteriza por rasgos en los que cobra sentido una renovada categoría de pueblo investido de ciudadanía con exigibilidad de sus derechos.

 

La comunicación popular recupera la diversidad de opresiones y exclusiones y la diversidad de demandas y estrategias como respuestas desde la pluralidad y polifonía de expresiones que reivindican que otro mundo es posible. Disputa las agendas políticas y culturales que se construyen desde los medios hegemónicos, proveyendo información relevante acerca de las causas de las múltiples exclusiones y de la intolerancia y la represión de las diferencias, para recuperar saberes e imaginar nuevos órdenes económicos, políticos y culturales. Las luchas por los derechos a la información y la comunicación emergen como un campo de acción inexorable para la comunicación popular.

 

En síntesis, la comunicación popular se trata de construir democracias participativas con el aporte de la comunicación, que valoriza los saberes, aprendizajes y prácticas organizativas y solidarias populares, con valores e identidad, ideología, organización y movilización para construir modelos de sociedad con justicia.

 

La comunicación para el vivir bien / buen vivir

 

Ha pasado ya más de un lustro desde que propusimos la Comunicación para el Vivir Bien/Buen Vivir, asumiéndola como una respuesta a la funcionalización de los procesos de comunicación al capitalismo, al (neo)colonialismo, al patriarcado, a las prácticas depredadoras del medio ambiente, a la naturalización de la corrupción y al desarrollo lineal confundido con progreso.

 

Con el convencimiento que para enriquecer las construcciones académicas, las propuestas sociales y las políticas públicas debemos recuperar prácticas y cosmovisiones (cosmoconvivencias) de los pueblos originarios, desde la perspectiva de la comunicación consideramos vital acudir al aruskipasipxañanakasakipunirakispawa y al jaqin parlaña, cuyo valor conceptual y metodológico es tan trascendente como los clásicos de la comunicología legitimada en las escuelas europea (crítica), norteamericana (difusionista) y latinoamericana (participativa)

 

Aruskipasipxañanakasakipunirakispawa quiere decir, de manera resumida, necesariamente debemos siempre comunicarnos unos a otros, o también, los seres humanos estamos obligados a estar comunicados. El concepto tiene dos sentidos: uno inclusivo/dialogal (nos comunicaremos unos a otros) en el ámbito de los intercambios de discurso; y otro vinculante (la obligación de comunicarnos) en la práctica social, para arribar a entendimientos, compromisos y decisiones en un acto de humanización de la palabra, “hablando con el corazón”, constructivamente, con fines de armonización, propio de su génesis comunitaria.

 

Esta concepción de la comunicación por sus características inclusivas de las personas, de las sociedades y de las culturas es participativa; por su aporte a la armonización de las sociedades con la naturaleza y el cosmos es educativa; y por su orientación comunitarista, es popular. En su esencia, es una comunicación de la cultura de la convivencia, aquella que desarrolla batallas por las significaciones de un mundo justo, incluyente, promoviendo las expresiones de los pueblos que rompen sus silencios, que se visibilizan desde sus propias identidades, e irrumpen con su palabra interpeladora, impugnadora, contrahegemónica y expresiva de la construcción de una nueva sociedad.

 

El aruskipasipxañanakasakipunirakispawa fundamenta nuestra conceptualización de la Comunicación para el Vivir Bien / Buen Vivir como un proceso de construcción, de/construcción y re/construcción de sentidos sociales, culturales, políticos y espirituales de convivencia intercultural y comunitaria con reciprocidad, complementariedades y solidaridad; en el marco de una relación armónica personal, social, con la naturaleza y el cosmos; para una vida buena en plenitud que permita la superación del vivir competitivo, asimétrico, excluyente e individualizante.

 

El carácter comunicacional de la comunicación para la buena convivencia, se refleja también en la naturaleza de sus principios. Así, el principio de la armonía pone en relación a los seres humanos consigo mismos, con otros seres humanos en sociedad y con el entorno natural y cósmico. La complementariedad provoca encuentros entre diversos-distintos. La reciprocidad dinamiza la capacidad de corresponder proporcionalmente las solidaridades. La búsqueda del equilibrio provoca interacciones para la superación de las desigualdades y exclusiones con prácticas de reconocimiento afectivo, solidario y amistoso. La integridad activa valores, responsabilidades, obligatoriedades y compromisos vinculantes. Y la interculturalidad traspone el (re)conocimiento de los diversos para promover interacciones que superen las asimetrías sociales, económicas y de poder bajo condiciones de respeto en coexistencias antagónicas y complementarias, en la perspectiva de un devenir de convivencia.

 

Hablar como habla la gente

 

Los caminos para la realización de esta forma de comunicación los encontramos en el jaqin parlaña (hablar como hablan las personas, o hablar como habla la gente) Es una práctica que no se limita al intercambio discursivo, sino que connota entendimiento, hablando como habla la gente, con ellos, desde abajo, siguiendo cuatro principios: i) escuchar para hablar; ii) saber lo que se habla; iii) refrendar las palabras con los actos; y iv) hablar esperanzando o construyendo vitalmente la vida.

 

  1. Saber escuchar o escuchar para hablar

 

Se dice escuchar, pero en realidad, es una apelación a todos los sentidos, equivale a “escucharnos con todos los sentidos”, o “mirar con el corazón”, o como expresa el yapysaka guaraní: “saber ver con los oídos”. Saber escuchar es reconocer en los interlocutores la existencia de otro comunicacional activo y también productor de sentidos, superando la noción lineal entre emisor y receptor.

 

Saber escuchar consiste en traducir los sonidos en identidades, en comprensiones y sentires del mundo que se obtienen mirando, escuchando, palpando, degustando, imaginando, reconociendo las vidas y las historias de quienes expresan su palabra con el habla, la imagen, los gestos, con sus signos, sus símbolos y sus significados.

 

Por esto, saber escuchar es un proceso más complejo que la interacción humana, porque implica escucharnos entre nosotros, participativamente, partiendo de los otros comunicacionales; escuchar a la naturaleza, reconociéndola como constructora de discurso; y escuchar a todos los seres, sobre todo a los más humildes, lo que compromete esfuerzos por un mundo de derechos y de justicia.

 

Escucharnos entre nosotros supone reconocer a los sujetos en sus contextos reales o imaginarios, siempre como realidades en relación, y donde son los propios sujetos quienes deciden sus construcciones personales, sociales y culturales. Como sugiere Jesús Martín-Barbero, se trata de construir sentidos de vida a partir de las mediaciones sociales y culturales -y añadimos- políticas, espirituales y cósmicas.

 

Para escuchar a la naturaleza debemos descentrar los enfoques, las concepciones, las prácticas y las miradas hacia ópticas que muestran cómo fluyen en forma combinada las voces del ambiente, los sonidos de la naturaleza, las tremulaciones de la tierra y los sentidos acumulados en las sabidurías populares y en las prácticas reivindicativas.

 

Corresponde visibilizar a estos seres excluidos de la sociedad, de la historia y de los medios de comunicación con alternativas de expresión de sus voces, de su sonidos, de sus movimientos y de sus latidos en sus propias y particulares gramáticas que en situaciones de crisis como el cambio climático se expresan en erupciones, aludes, sequías e inundaciones demandando por las causas y efectos que provoca la voracidad del capitalismo.

 

En situaciones cotidianas los sonidos de la naturaleza y las voces del ambiente por una parte se escuchan en testimonios, frases, poesía, canciones, leyendas, imágenes y análisis sobre el equilibrio hombre – sociedad – naturaleza – cosmos; por otra parte se almacenan en la belleza y bondades de la naturaleza recogida en la filosofía de los pueblos cuya existencia se rige bajo el principio de la vida; y también se expresan en los reconocimientos de la naturaleza como sujeto con derechos.

 

Saber escuchar requiere revitalizar y contemporaneizar la comunicación popular, espacio de visibilización de las identidades diversas; ámbito de irrupción de la palabra interpeladora, impugnadora y contrahegemónica; y proyecto expresivo de las propuestas que construyen una nueva sociedad basada en la solidaridad y en la justicia.

 

  1. Saber compartir o saber lo que se habla

 

Saber compartir es saber complementarse. Y como éste es un proceso a ser construido, es necesario dotarle de sentido educativo, pues no van a ser procesos de difusión, publicidad o transmisión de conocimientos los que van a legitimar el buen convivir, sino necesariamente prácticas dialogales para la producción de nuevos conocimientos.

 

Recordemos con Freire que la educación no es la transferencia o transmisión de la sabiduría o de la cultura, ni la extensión del conocimiento técnico, sino que se trata de compartir, reconocer, intercambiar y (re)crear experiencias y saberes para construir sociedades de vida solidaria en un mundo que hay que transformar críticamente, incitando apropiaciones positivas de las prácticas de vida en comunidad, donde los seres vivos, animados e inanimados, se protegen unos a otros.

 

El reconocimiento de la solidaridad, la confianza, el equilibrio, la complementariedad y la reciprocidad como valores y principios de la vida comunitaria requiere de construcciones discursivas con sentido, con argumentaciones que permitan que los procesos de comunicación para la buena convivencia se desarrollen como acción comunicativa en el sentido que propone Habermas, con reflexión crítica, lenguaje razonado e interacciones en función de acuerdos y entendimientos.

 

Es por esto que el jaqin parlaña asume que se debe hablar sabiendo lo que se dice. Esta es la razón para otorgarle una trascendental función comunicativa al silencio, que es el tiempo destinado a la conexión de los seres humanos con el mundo interior de sus subjetividades, pero también con el exterior social, natural y cósmico en un marco de respeto mutuo.

 

De la pausa conectada mediante la reflexión y la meditación emergen los conceptos, las acciones y las construcciones discursivas con sentido, que permiten superar la noción del saber memorístico o acumulado, por la capacidad de “sentisaber” los cómos, o los modos de comunicarse para generar más comunicación. Se comprenderá entonces la inconveniencia de la difusión y la información como único camino.

 

En desafíos civilizatorios como la sociedad del buen convivir, es necesario trabajar narrativas de amor por la vida en géneros testimoniales, historias de vida, relatos y crónicas que permiten conocer, entender, apropiarse, recrear con sentimiento y expresarse en lenguaje coloquial, cotidiano y ejemplificador. Es importante hablarles a las subjetividades y recuperar la noción de un nosotros con identidad cultural y social aunque las historias sean particulares, enlazando rememoraciones reales o virtuales y vividas o contadas.

 

  1. Saber vivir en armonía y complementariedad refrendando las palabras con los actos

 

Definitivamente, la comunicación es un proceso relacional que se hace en las prácticas sociales. La palabra no se expresa solo con mensajes, sino también con acciones. Y en la comunicación para la buena convivencia se tienen que refrendar las palabras con los actos, en una demostración de consecuencia entre lo que se predica y lo que se practica.

 

Es por esto que la comunicación para el buen convivir, al mismo tiempo que por ejemplo señala las formas de la lucha contra la corrupción, es el espacio de observación y control de las prácticas de transparencia. En definitiva, se deben (re)crear pensamientos y prácticas donde la reciprocidad se reconoce como forma de vida, la comunidad como forma de organización, la convivencia con la naturaleza y el cosmos como identidad, la igualdad entre hombres y mujeres como cotidianeidad, la equidad como dignidad y la vida plena como destino.

 

Para una vida en armonía y complementariedad, los Estados deben promover políticas inclusivas; la ciudadanía practicar en distintos ámbitos formas de convivencia comunitaria; y las experiencias de comunicación ofrecer espacios donde los diversos intercambien historias, narrativas y proyectos, y que se complementen, reafirmándose, en sociedades de la solidaridad con prácticas de unidad desde la diversidad y desde la pluralidad.

 

  1. Saber soñar o hablar esperanzando

 

El saber soñar está referido a cómo complementarnos de manera equilibrada. Se trata de diseñar un futuro que empieza en la acumulación histórica de la reciprocidad comunitaria.

 

Saber soñar es forjar utopías con caminos construyéndose colectivamente para aprender a recorrerlos en armonía, con la palabra como camino para la buena convivencia y como punto de llegada en un mapa que está en permanente elaboración. La palabra expresa las conquistas, advierte las dificultades y alimenta los sueños y las esperanzas, en un ejercicio donde se debe soñar con los pies en la tierra.

 

Una vía posible para este cometido, es trabajar, como sugiere Françoise Houtart, estas transiciones del bien común de la humanidad: a) redefinir las relaciones con la naturaleza pasando de su explotación a su respeto como fuente de vida; b) reorientar la base de la vida privilegiando el valor de uso por sobre el valor de cambio; c) reorganizar la vida colectiva generalizando la democracia en las relaciones sociales e institucionales; y d) instaurar la interculturalidad, para que los bienes comunes universales como el agua, la biodiversidad, el aire o las materias primas sean derechos globales a los que todos y todas podamos tener acceso, del mismo modo que al disfrute de otros bienes comunes o derechos como la educación, la alimentación, la salud, la vivienda y la comunicación.

 

A estas transiciones por el bien común, podemos añadir otras, comunicacionales, como: a) de la asimetría al equilibrio informativo; b) del monopolio de la palabra dominante a la polifonía de voces; c) de la centralidad cultural a la diversidad; d) de la dispersión a la alteridad e interculturalidad; e) de los monopolios y oligopolios mediáticos a la democratización del acceso; f) de la manipulación al diálogo; g) de la banalización al respeto de la vida; h) de la naturalización de la mentira a la recuperación de la verdad; i) de la individuación competitiva a la solidaridad comunitaria; j) de la sociedad del miedo a la cultura de la esperanza; y k) de la legitimación de la inequidad a la promoción de la justicia.

 

Desde el sur

 

En el continente, acompañando la palabra que camina, se han consagrado en la teoría y en las prácticas paradigmas de comunicación que se corresponden con lo que Boaventura de Sousa Santos denomina epistemologías del sur, es decir, las formas de resistencia de sociedades que diseñan sus perspectivas del mundo desde una mirada comunitaria, donde el encuentro, la reconciliación y la armonía son búsquedas cotidianas de vida en plenitud.

 

Las comunicologías del sur reportan otras formas de vida, otras, y otras nociones de comunicación, otras. Sirven como guías para Estados que quieren constituirse con la plena vigencia de los derechos colectivos, individuales, los de la naturaleza y los de la comunicación. Son los caminos de democratización de la palabra y de la sociedad, para la construcción de sociedades de diálogo, culturas del reencuentro, sistemas de reconciliación y futuros con inclusión.

 

La Paz, 2 de diciembre de 2020

 

Adalid Contreras Baspineiro

Sociólogo y comunicólogo boliviano. Experto en estrategias de comunicación

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/210055
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