El Nuevo Orden Mundial según Trump y los ultranacionalistas de extrema derecha

28/09/2020
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Cuando Donald Trump ganó sus primeras elecciones, gracias a las particularidades del sistema electoral de Estados Unidos, aunque formalmente fue un triunfo de los republicanos, en realidad los que accedieron al poder fueron los ultranacionalistas de extrema derecha de ese país, representados, en primer lugar por la oligarquía supremacista blanca, dueña de industrias y negocios en el territorio nacional, y los principales promotores de las ideas sustentadas en los mitos del excepcionalismo “americano”, del pueblo estadounidense como el nuevo pueblo elegido por Dios, que se hace público por primera vez en el destino manifiesto; en segundo término están todos aquellos ciudadanos, que sin pertenecer a esos sectores privilegiados, resultan estar convencidos de la superioridad natural de los estadounidenses “puros”, es decir, hombres, blancos, protestantes; son estos seguidores supremacistas, fascistas y nacionalistas de extrema derecha, los que representan la base electoral de Trump; unos y otros anhelan al EEUU de la posguerra y odian a los globalistas que, desde su punto de vista, han arruinado a su nación, de allí su consigna de hacer grande a américa otra vez, a través de sus líneas centrales: América Primero y América Crece, o crecer en américa.

 

El gobierno de la administración Trump, muchas veces tildado de incompetente, irracional y hasta de idiota, en realidad ha servido a estos intereses y prioridades, lo cual explica muchas de sus decisiones y políticas en materia nacional e internacional, e implican el reconocimiento de la emergencia de un nuevo orden mundial diferente a la bipolaridad de la guerra fría y también al momento unipolar que sucedió a la caída de la URSS, básicamente caracterizado por una economía globalizada y un poder militar incontestable de EEUU, con presencia directa en el todo el mundo como gendarme global, que usó como excusa la guerra contra el terrorismo, cubriendo su intervencionismo planetario con el velo de legitimidad cómplice de los organismos multilaterales y el apoyo irrestricto de sus aliados/vasallos; no, en mi opinión el estatus que busca Trump y su gente es el que vivió EEUU al finalizar la segunda guerra, es decir, el estado más poderoso del mundo, con la mayor economía, capacidad industrial y tecnológica, además de poseer una ventaja militar absoluta, con la potencial de proyectar poder convencional a escala mundial, además de ser el único país con la capacidad y la voluntad, intencionalmente demostrada contra Japón, de usar armas atómicas de destrucción masiva; súmele a ello un control neo-colonial directo y con mano firme de todo el territorio continental americano, como zona de influencia exclusiva al tiempo que mantenía alianzas con socios extracontinentales para contener y limitar el poder y la influencia del otro bloque de poder mundial, al menos hasta que decidiera dar el golpe definitivo a la URSS, escenario que desapareció cuando está ultima alcanzo el status nuclear.

 

En este sentido vemos como el Presidente y candidato Trump, decide establecer una confrontación directa con China, ante el crecimiento imparable del gigante asiático, así como, el inevitable desplazamiento del péndulo del poder geopolítico mundial desde el atlántico norte a Asia; para ello, además de culpar irresponsablemente a China por la pandemia global de la Covid-19, desata una guerra comercial contra ese país y recurre a las sanciones unilaterales para forzar el regreso de la producción industrial a su nación, junto con los empleos y la tecnología que dice les fueron robados, siendo su intención final desacoplar la economía estadounidense de la china; es cierto que es más fácil decirlo que hacerlo, y las cosas no han salido como él y sus gente lo imaginaron, pero eso amerita un análisis por separado de este artículo. De esta forma se reconoce el poder de China y se le declara como el principal enemigo y rival estratégico por lo que, a la intención descarada y absurda de debilitar y aislar su economía, se suma la política de contención militar a través de una serie de alianzas que pretenden comprometer a socios tradicionales y nuevos actores en un papel más activo de presencia y poder militar en adición y apoyo a la propia presencia armada de EEUU, lo cual a la larga podría permitir disminuir el gasto militar propio en la medida en que los costos de contención sean asumidos por estados como Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, la India y otras naciones del sudeste asiático con disputas territoriales con China.

 

Ahora bien para volver a la situación de la posguerra, que se rompió solo cuando la URSS desarrollo el potencial nuclear y alcanzo el equilibrio estratégico militar con la capacidad de represalia y la destrucción mutua asegurada que dio origen a la guerra fría, la administración Trump ha venido rompiendo en forma sistemática los tratados de regulación nuclear, saliéndose del INF (tratado de armas nucleares de alcance intermedio) y el tratado de cielos abiertos, así como comprometiendo seriamente la renovación del START III; la intención, como ha denunciado Rusia, no es otra que liberar sus manos para desarrollar y alcanzar una ventaja abrumadora sobre cualquiera en el mundo en términos cuantitativos que le permita mantener a todo el globo a punta de pistola; además que no se descarta que, al igual que contra Japón, exista la voluntad de demostrar ese poder destructivo. Obviamente tampoco en este caso las cosas salen a pedir de boca del inquilino de la casa blanca; por una parte los rusos han logrado en forma sorpresiva una ventaja cualitativa y asimétrica en materia nuclear desarrollando la tecnología hipersónica, que tiene la capacidad de vencer los sistemas antimisiles que en teoría podrían detener el resto del vasto arsenal ruso, eliminando temporalmente la ilusión estadounidense de salir ilesos de una conflagración atómica; por otro lado China está aumentando y modernizando a un ritmo inalcanzable su poder bélico convencional en todos sus componentes y muy especialmente en la marina, razón por la cual EEUU se da cuenta que pronto ya no podrá contener en solitario el poder chino en el pacifico; tomando en cuenta ambas variables no es de extrañar que la posibilidad de que una alianza militar, real y completa, se concrete entre Rusia y China constituya la peor pesadilla de los Estados Unidos.

 

En este nuevo ordenamiento mundial EEUU ya no necesita, o al menos así lo entienden en la administración Trump, la legitimación de los organismos multilaterales, por lo que se salen, desconocen e incluso sancionan a algunas de estas organizaciones, acuerdos y pactos, optando por una línea de acción unilateral y extraterritorial de sus propias leyes, contraviniendo el derecho internacional. Tampoco necesitan disimular una relación de respeto y sociedad con sus aliados, quienes ahora deben aceptar su condición de vasallos o someterse a las represalias del amo; de hecho en este nuevo orden, la opción a las alianzas tradicionales es lo que Chomsky llama la conformación de la internacional reaccionaria, que no es otra cosa que el establecimiento de estados sátrapas que representen el poder imperial en diversas zonas del mundo, pero con sus propias capacidades y recursos, de modo que la presencia directa de las tropas imperiales no sea necesaria sino como complemento, quedando siempre abierta la posibilidad de proyectar poder si la situación lo amerita; este es un movimiento que le permite concentrar sus fuerzas en territorio nacional, devolver sus muchachos a casa, y disminuir el costo económico, y el costo político que representan las pérdidas de vidas de estadounidenses en el extranjero. Dentro de esta estrategia de estados sátrapas está el fortalecimiento de la Anglósfera (Reino Unido/Canadá/Australia/Nueva Zelanda), que incluye al Reino Unido fuera de la Unión Europea, como representante de EEUU en sus ambiciones en el ártico, y a Polonia/Ucrania/naciones bálticas para contener (acosar) a Rusia en el frente europeo; mismo papel que juega Israel en Asia occidental, ahora reforzado por las acciones unilaterales de Trump y su yerno; idéntico rol de Japón y Corea del Sur en Asia, al que pretenden anexar a la India en la contención de China; y finalmente Brasil/Colombia desempañando el mismo rol en el contexto latinoamericano. Todos estos estados, reciben y recibirán trato preferencial en el fortalecimiento de su poder militar, por cuanto para disminuir la presencia directa del imperio, es necesario que sus satélites locales posean ventaja bélica sobre sus vecinos y cierta capacidad de disuasión contra los rivales estratégicos del hegemón.

 

Recapitulando, América primero implica, la reindustrialización de Estados Unidos vía desacoplamiento con la economía china y el regreso de la producción a suelo estadounidense con los consecuentes empleos y generación de riqueza localmente, es decir una economía industrial que produce para sus propias necesidades y para un mercado mundial cautivo (literalmente hablando). También incluye la concentración de sus fuerzas militares en su territorio, conservando la capacidad de proyectar ese poder a escala mundial si fuese necesario, y el desarrollo de armas nucleares “super duper” en grandes cantidades que garanticen una ventaja absoluta sobre los rivales geopolíticos, dejando de lado la política del equilibrio estratégico por la de confrontación estratégica entre potencias.

 

Ahora bien, Crecer en América no es otra cosa que lo que yo llamo el neocolonialismo monroista del siglo XXI (publicado en https://tableroordenmundial.blogspot.com/ y alainet.org), pues se trata de reimplantar la doctrina Monroe y someter a todo el territorio continental desde Alaska hasta Tierra del Fuego al dominio colonial directo y exclusivo de Estados Unidos; está estrategia implica eliminar y execrar toda presencia e influencia de Rusia, China o cualquier otra potencia mundial, regional o local de suelo americano, valiéndose para ello de la presión, el chantaje, manipulación, guerra sucia, competencia desleal y sanciones extraterritoriales; así mismo significa recuperar, por cualquier vía, el poder político en todo ese vasto territorio, bien sea apoyando, incluso contra sus propios pueblos, a los gobiernos alineados con el imperio, fomentando la llegada al poder de grupos de extrema derecha reaccionaria como los de Bolsonaro, Duque y Piñera, e incluso comprando traiciones como la de Moreno en Ecuador; más allá de consolidar su presencia en los estados que ya se encuentran entregados a su voluntad, la estrategia neocolonial, implica detener los procesos políticos en aquellas naciones que desarrollan una política diferente, alejada, o completamente independiente de la voluntad imperial, como hicieron con el golpe de estado en Bolivia, y ahora con la persecución judicial a los líderes progresistas para evitar su libre participación y regreso potencial al poder en Brasil, Ecuador y Bolivia, contra Lula, Correa y Morales respectivamente; finalmente está la voluntad expresa de intervenir militarmente en forma directa o indirecta para cambiar por la fuerza el poder en Nicaragua, Cuba y Venezuela, quien resulta ser la más amenazada en este momento de profunda crisis multiforme, en el marco de las elecciones presidenciales e EEUU y las parlamentarias en la nación bolivariana.

 

América Crece, tiene como propósito final recuperar y consolidar todo el territorio continental como zona de influencia exclusiva de los Estados Unidos, asegurando bajo el control del hegemon los recursos naturales, un mercado cautivo para sus productos y la mano de obra de barata y explotable para la relocalización de algunas de las fábricas que aspiran sacar de China en particular y de Asia en líneas generales, de igual forma, en términos geopolíticos, estarían reforzando la capacidad de defensa en su bajo vientre, y manteniendo lo más lejos posible de sus costas, espacio aéreo y suelo cualquier amenaza militar convencional directa.

 

En opinión de quien escribe, este es el nuevo orden mundial según Trump y los ultranacionalistas de extrema derecha de su país y la internacional reaccionaria que se está consolidando en el mundo, pero las acciones que están desarrollando para lograr esa aspiración están llevando al mundo a un peligroso riesgo de conflictos internos (guerras civiles, incluso en el seno de la propia sede imperial), locales, regionales, y continentales, o peor aún, a una confrontación mundial con un alcance destructivo potencialmente apocalíptico; no obstante ellos no están jugando solos en el tablero mundial, hay otros poderes abriéndose paso y postulando un nuevo orden multipolar y pluricéntrico. Por otro lado también existe una humanidad que cada vez siente más y más los efectos de la enorme desigualdad social, económica y política; una población mundial, y especialmente del sur global, a quienes la crisis de la pandemia está haciendo pensar en la necesidad de un cambio de cosmovisión en la que el destino del mundo, y de la especie no esté atada a la voluntad de un imperio, de los ricos y poderosos, de una pequeña minoría privilegiada, y menos aún de un hombre.

 

Pltgo. MSc. Oswaldo Espinoza es Docente/investigador UBV-CEPEC. Investigador asociado del CIM. Participante de la Especialización en Epistemologías del Sur de CLACSO. Administrador de los blogs: https://tableroordenmundial.blogspot.com/ y https://descolonizarlaeducacion.blogspot.com/ Colaborador como analista para: Mundo.sputniknews.com, Alainet.org, Otrasvoceseneducación.org, Analéctica.org, Aporrea.org, Rebelión.org, Barometrolatinoamericano.blogspot, Cubadebate y Cubainformación.

 

 

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/209085
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