Testimonio carcelario (anecdotario)

Celda 12, ¡control!

12/06/2019
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Es el grito con que me despertaron en el Campo de Concentración de Emboscada, a 45 Km. de Asunción, una madrugada de 1977, durante el gobierno de “Paz y progreso sin comunismo “de Alfredo Stroessner.

 

Eran las cinco de la mañana y hacía frío dentro de esa montaña de piedra donde fue construido un cuartel tipo feudal. Un bruto sargento nos ordenó ponernos de pie, pasó lista de los prisioneros políticos y nos conminó volver a nuestros lugares.

 

Sentado en una esquina de la CELDA 12 que compartía con 45 compañeros víctimas envuelto en una vieja frazada, traté de comprender la situación. Miraba los barrotes de celda y no me resignaba a aceptar la realidad. Estaba rodeado de caras extrañas y doloridas de hombres que se acurrucaban para defenderse de la baja temperatura acusados de ser comunistas, es decir, de gentes que atentaban contra la civilización occidental y cristiana.

 

La Celda 12 estaba destinada exclusivamente a los prisioneros políticos que pensaban que Darwin descubrió la ley de la evolución de la naturaleza y que Marx descubrió la ley de la evolución en la historia.

 

Estuvimos en ese Campo de Concentración más de 400 prisioneros y para evitar la contaminación ideológica nosotros los de la CELDA 12, teníamos horarios diferentes sobre todo los momentos destinados a recreos.

 

Supuestamente, estábamos en la CELDA 12 la flor y nata del marxismo leninismo, trotskistas, maoístas, ligas agrarias campesinas, Teología de la Liberación, independientes, liberales, PM (organización política/militar), febreristas, PORA (Partido Obreros Revolucionario Armado).

 

Yo pertenecía al Movimiento Popular Colorado, (MOPOCO), reformista porque mi lucha fue por mejorar la condición económica y social del magisterio: con salario digno y vivienda digna. También porque aplicamos en mi Escuela Alberdi de San Lorenzo la metodología de la educación liberadora de Paulo Freire.

 

Finalmente, salimos de ese infierno la mayoría socialistas. Socialistas por contaminación. La ironía del destino…

 

Recuerdo que durante el control hubo un intenso barullo al que sucedió un silencio inquietante. El silencio de las cárceles es más silencioso que los otros.

 

El asedio de la angustia, sumado al ronquido de mi vecino, no me dejaban dormir.

 

Mi hija Celeste, huérfana, de 7 años de edad, en vez de ir a la escuela estaba en la celda de las mujeres seguramente sufriendo el frio como nosotros. Pero ella tuvo la suerte de compartir el catre de la prisionera heroica, Dra. Gladys M. de Sannemann. Estaba seguro que ella estaría bien protegida, pensamiento que me tranquilizó.

 

Como a las seis, tomamos el desayuno en el comedor, es decir, bajo la sombra de un frondoso árbol de “Guapo’ y” bajo la mirada atenta del coronel José Félix Grau, el Carnicero de la Muerte, comandante de la prisión con el jefe de Guardia, Mayor Fidel LARRAMENDIA, gordito, tan petisito que su sable de acero muy largo, tocaba la tierra haciendo un particular ruido de metal tililin, tililin…

 

Nos instalamos con Celeste en la cola de la fila para poder conversar muy discretamente. Estaba prohibido “hablar”. Teníamos miedo que nos castigara el famoso coronel Grau, borracho consuetudinario. El desayuno era servido en un jarro de lata con mate cocido negro con tres galletas cuartel, es decir, duras como una piedra. El mate cocido tenía un gustito a nafta porque el agua que trae el burrito era del contaminado rio Piribebuy en un envase vacío de nafta Shell de 200 litros. Al imperio le sentíamos hasta en nuestras tripas.

 

Compartí el desayuno con mi hija Celeste que llegó envuelta en una frazada y me dio un fuerte abrazo. Vino al comedor en compañía de la Dra.Sanneman. Noté que no le gustó el desayuno pero teníamos hambre atrasada. No teníamos opción: Shell o nada, Shell o Esso, más marcas preferidas en Paraguay para lo lujosos vehículos de los capos.

 

Luego el Sargento ordenó: “Cada uno a su celda".

 

Varios de mis compañeros se volvieron a dormir y se sentía en la celda el fuerte olor de la nafta. Recordé su propaganda radial: “cargue nafta Shell, un tigre en su motor” pero nunca pensé que cargaríamos ese veneno en nuestro motor estomacal que nos provocaba permanente diarrea.

 

Yo intenté hacer lo mismo, es decir, dormir, pero en mis oídos resonaba todavía el grito del analfabeto sargento (seguramente entrenado en la Escuelas de las Américas en Técnicas de torturas, Zona del Canal de Panamá). Celda 12, ¡control!

 

Era un grito que me resultaba familiar, que había oído antes. ¿Cuando? ¿Donde? Me puse a pensar. Hasta que me di cuenta de que lo familiar no eran los términos, sino el volumen de la voz, la expresión de la prepotencia militar/policial.

 

La historia de esta pesadilla había comenzado tres años antes, cuando en mi pueblo, San Lorenzo, el 26 de noviembre de 1974, local del Instituto “Juan Bautista Alberdi” donde me desempeñaba como Director, me detuvo la policía política de Alfredo Stroessner, junto con mi sobrino argentino de 17 años, Lorenzo Lidio Jara Pérez que estaba de visita proveniente de Clorinda. Nos lanzaron como “papa” al interior del famoso “Centro de Tortura Movil” marca Chevrolet de la General Motors. Un centro móvil utilizado para el “precalentamiento” a cargo de policías karatecas. El vehículo era más bien conocido como la famosa “Caperucita Roja” que provocaba pánico a la población cuando pasaba por las calles de nuestro barrio.

 

Llegamos a Asunción alrededor de las 20.00 pm. A Lorenzo Lidio lo llevaron a la Sala de Tormento donde perdió un ojo y a mi directamente a la Oficina del Jefe de Investigaciones, Pastor Coronel, donde se instaló un Tribunal militar de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay (Operación Cóndor), me sometieron durante 30 días de interrogatorios/torturas y terminaron calificando mi delito como terrorista intelectual y maestro subversivo.

 

Posteriormente, me comentaron que Stroessner estaba sentado en el fondo del tribunal para escuchar mi declaración y condena.

 

Me tuvieron desnudo esposado y engrillado, solamente faltaba que colocaran en mi frente la palabra INRI, es decir “instigador natural de la rebelión de los infelices”, parafraseando al destacado poeta salvadoreño, Roque Dalton.

 

Luego de recorrer varios centros de torturas me llevaron al Campo de Concentración de Emboscada el 6 de setiembre de 1976 donde el aullido, digo, grito de un sargento nos conminaba en estos términos que se repiten hoy en mis terribles pesadillas nocturnas, celda 12, ¡control!

 

 Martín Almada

 Víctima del Plan Cóndor y descubridor de sus Archivos Secretos/Archivo del Terror, El 22.12.1992

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/200392
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