Maracaibo, la ciudad que renace

10/10/2018
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Según los griegos, el ave fénix vivía nueve veces más que un cuervo. Esta maravillosa ave que muere en un incendio, quemada por el sol, vuelve triunfante de la muerte y aunque los humanos no volvemos, la humanidad y a veces las ciudades si lo hacen.

 

Mi ciudad que para nacer tuvo  que ser fundada varias veces, la que se ha olvidado a sí misma, la que sigue quedando tan lejos de las prioridades de Caracas y que ahora recién comienza a superar meses de oscuridad anda vestida de ave fénix.

 

Anda así porque anda mirando su orilla. Maracaibo nace en el borde del Lago, pasa el puerto y empieza a contar. La Avenida 1 de Maracaibo es la Libertador y tenía demasiado tiempo plagada de espantos. Allí llega el metro más extraño que tenga ciudad alguna porque nadie parece ver donde empieza y desemboca como mal puesto en un espacio de caos. Luego todo era sucio, tarantín y clandestinidad y quedaba ese pedazo de una vieja urbanidad como desafiando el tiempo.

 

Cuando era niña todavía vivían algunas de esas casas comerciales que en otras ciudades se convirtieron en modernas tiendas, como Beco. Quedaron después solo hileras de kioscos y tiendas sin fachadas. Espacios donde caminar enredados en callejones estrechos bajo un calor intransigente, que te impedía sentir y ver lo que había sido ese espacio.

 

Por allá queda una estatua y atrás un convento. Esa era la Universidad del Zulia. Por acá están casas sin mucho nombre y luego la plaza, que se volvió de latón. Luego la basílica sin calle derecha y atrás los tribunales apenas visibles en medio del desorden de las partes posteriores del Hospital Chiquinquirá.

 

Ese Maracaibo quedó así como contando que es una ciudad que fue varias veces traicionada. Primero todos los desmanes que alejaron a sus verdaderos dueños y con los que se hizo blanca la tierra india. Luego fue española, al rato alemana, al rato venezolana. Su vida de ciudad de puerto marcó sus tiempos, la literatura que le entró, su afición por la cultura. Sus nombres de griegos y sus ropas caribe. Su negocio pujante del plátano y el café. Sus pequeños hatos y haticos y sus haciendas de Bella Vista.

 

Su poca comprendida identidad propia, forjada por estar cerca de Colombia, lejos de Caracas, con su propio sistema de comercio con el Caribe y con Europa. Su penuria permanente para encontrar agua, las pequeñas y pobres casas de San Juan de Dios y su milagro que ahora le dan el nombre a la segunda avenida.

 

Esa ciudad que estalló en petróleo y se volvió casa de desplazados económicos. Si, de casi inmigrantes que llegaron de Falcón, de Lara, de los Andes y de Oriente. Esos hombres y mujeres que en Maracaibo o en la Costa Oriental del Lago tuvieron su vida en la industria petrolera y sus arrabales.

 

Esa ciudad que se llenó de campos petroleros, holandeses o norteamericanos. Esos que dejaron sus nombres como Tierra Negra. Sus estructuras como el Colegio Claret y el Centro Médico de Occidente y su cultura, como los refrescos, el anhelo fijado en Miami y la vida del norte.

 

Esa ciudad que ya empezó en esa época a olvidar su centro y a crecer hacia 5 de julio para luego aspirar al norte y borrar su lago. Esa que hoy se despierta de la herida infame de cuando “la piqueta le cayó”. Esa donde los deseos de adaptarse crea negocios en serie, con un solo concepto que cierran seis meses después.

 

Esa que hoy es un cementerio si usted la visita paseando Bella Vista o la Avenida Delicias. Esa a la que tantas cosas le duelen y que perdió la apuesta. No logró parecerse del todo a Miami o a Caracas y con tantas vueltas se le había olvidado quien era.

 

Maracaibo no es hoy una ciudad esplendida. Tiene demasiadas heridas juntas, años de descuido, una vida que cambia de rumbo cada tantas horas. Una población que penosamente convive, un momento económico demasiado difícil. Sin embargo, la ciudad lucha por despertarse y hacerlo desde su primera avenida es un gesto cargado de símbolos.

 

¡Qué emoción tan grande poder ver lo que apenas era la parte de atrás de la Basílica! Esos callejones que poco ofrecían desde la Casa de la Capitulación hasta el Centro de Arte Lía Bermúdez. Al ver allí, al quitar tanto estorbo, construcciones con arcos, plazas que se conectan, espacios que todos tienen de fondo el lago, pareciera que finalmente puede Maracaibo contar con una alegría. ¡Un maravilloso sentimiento de ganar una batalla que sentía que había perdido desde antes, que sirve para dar una tregua a nuestras almas afligidas!

 

Un acto que sólo servirá si se mantiene y se extiende porque todas las dinámicas del centro tienen que cambiar y eso no depende sólo de limpiar. Todas las fuerzas creativas tienen que ir hacia descubrir la historia que nos han negado, los lugares que se escondieron, la raíz que no tenemos.

 

Siempre he creído que Maracaibo es una ciudad a la que se le negó su historia y su arquitectura para hacer de nosotros caricaturas sin arraigo. Mirando siempre un movimiento de construcción que es un ejercicio de desmemoria porque nuestro Saladillo lo tumbaron para hacer una torre y hacer casitas de cartón en Costa Verde, para luego cerrarlas y reproducirlas en Galerías.

 

El problema es que teniendo tantas cosas, la ciudad nos la simplificaron diciendo que bastaba con tener “lago, China y puente”  y ahora el reto será permear ese pensamiento para decirle a la gente que esa es su ciudad.

 

Maracaibo así con tanto pendiente pero dando pequeños pasos tiene que lograr otra cosa difícil y es que todos los amigos, reales o impostores, que tan preocupados andaban por su suerte deben ser invitados a descubrir que tiene Maracaibo mucho más que contar que una cita en el Apocalipsis.

 

Aquellos que sinceramente prestaron sus nombres para hablar de las malas horas podrán regocijarse de saberla superada y que la ciudad entra a mejores historias, para el resto, no cabe una palabra en estas líneas de optimismo.

 

https://www.alainet.org/es/articulo/195813
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