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Eduardo Galeano: Retrato frente al mar

Análisis
03/10/2018
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A Helena Villagra, dondequiera que esté

 

Retrato frente al mar

 

En estos días, mirando unas fotografías de Cataluña, recordé algunas de las andanzas que tuve en pueblos y ciudades de esa región, Barcelona, Badalona, Gerona, Pals, Tarragona y otras poblaciones de la costa catalana del maresme, donde estuve desde finales de los años setentas hasta comienzos de los ochentas, un pueblito como Premiá de Mar, donde viví unos años, y en un pueblo vecino, Calella de Mar, donde vivía Eduardo Galeano. Mi familia y yo solíamos tomar el tren hasta Calella a visitar a Eduardo y a los suyos, una población de veraneo donde Eduardo vivía en un pequeño departamento dotado de una terraza donde se podía comer al aire libre. Eduardo se había vuelto un observador minucioso de los turistas, sobre todo de los alemanes que llegaban ahí todos los años a tomar el sol. Se enteró Eduardo, por ejemplo, que éstos contrataban en la agencia de viajes los días completamente soleados, y si alguno de estos días era nublado o lluvioso, les devolvían su dinero. Me decía Eduardo que alemanes y alemanas se tendían a tomar el sol con sus bronceadores con una meticulosidad impresionante, consumían sus alimentos y bebidas con una disciplina que contrastaba con la de los lugareños, de turistas de otras partes que poblaban aquellas playas. Contaba el caso de una madre andaluza que fue a esa playa con sus hijos y les advirtió: "¡Cuidado con ahogarse, niños, porque si se ahogan, los mato!".

 

En Calella de Mar, Eduardo solía organizar parrilladas. Mientras sazonaba las costillas de cerdo que más tarde asaría a la brasa, me decía que esas tiras de costillas se cortaban en trozos pequeños, fracturándolas en sentido transversal para que fueran más jugosas, manejables y crocantes en el momento de comerlas. Mientras, Helena Villagra, su compañera de vida, preparaba ensaladas de varios tipos, frescas y cocidas, que acompañaban de papas hervidas y salsas criollas de sazón uruguaya de chimichurri o guasacaca. Por ahí andaban sus dos hijas pequeñas, y una graciosa perrita a quien Eduardo había puesto el nombre de Pepita Lumpen, pues la había recogido de la calle muy enferma, la curó y atendió y la Pepita era muy vivaz y corría de un lado a otro dando ladridos. Disponían de la comida y la bebida en una pequeña terraza del apartamento, desde donde se veía el mar y las gentes en la playa.

 

Eduardo era muy disciplinado y ordenado para escribir. Tomaba innumerables notas y hacía borradores; pegaba hojitas con alfileres a un corcho, como recordatorios. En esos días estaba trabajando en el libro Memorias del fuego, que comentaré más adelante.

 

Las venas abiertas de América Latina

 

Cuando leemos su ya clásica obra Las venas abiertas de América Latina advertimos con cuanta precisión Eduardo nos refiere estadísticas, números y cifras para ponerlas al servicio de lo que viene comentando, para dar más peso a sus argumentaciones; pero al mismo tiempo su discurso se vuelve cálido, cercano, como si su autor nos quisiera hablar desde su propia intimidad. En este libro nos ofrece un modo expositivo donde se conjuga el gran periodismo al ensayo social y económico, en un texto donde se pone en el tapete las maneras en que han saqueado a América Latina las principales potencias del mundo. Pero lo que aquí debemos poner de relieve no es sólo el "tema", sino el "cómo" ha sido abordado ese tema: de una manera inusual, creativa, que apela a la inteligencia y a la sensibilidad del lector.

 

Galeano nos hace un preámbulo con del título "Veinte millones de niños en el centro de la tormenta". En pocas páginas, lleva a cabo una reflexión cuyas primeras palabras son las siguientes: "La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los Europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron sus dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones".

 

En unas páginas introductorias, Galeano pasa revista a la situación histórica ya típica de América Latina frente al mundo desde hace por lo menos dos siglos, describiéndola esencialmente frente a Europa con las sucesivas empresas, actos políticos y gestiones para empobrecernos, mientras en Europa y EEUU se sirven de nosotros; se quiere ofrecer una historia del saqueo y a la vez contar cómo funcionan los mecanismos actuales del despojo. La forma de la propuesta se adivina en los títulos: la primera se llama "La pobreza del hombre como resultado de la pobreza de la tierra" "Fiebre del oro, fiebre de plata". Refiere desde los primeros trayectos de Cristóbal Colón, las rutas de las especias, los distintos descubrimientos del Almirante, sus asombrosas travesías por los distintos mares hasta llegar a los esplendores del Potosí, en el llamado Ciclo de la Plata. "América era, por entonces, una vasta bocamina centrada, sobre todo, en Potosí", escribe.

 

Este recorrido que Eduardo realiza por la América precolombina es admirable; asombra ver cómo nuestro autor va desgajando los episodios más significativos del proceso de conquista como el de Ouro Preto --la Potosí del Oro-- y cómo todos esos descubrimientos de metales preciosos iban enriqueciendo a Europa. Luego pasa Galeano al "rey azúcar" y a otros monarcas agrícolas, plantaciones y latifundios, y a describir cómo estos fueron desangrando la tierra brasileña y luego a las Antillas, llamadas islas del azúcar: Barbados, Trinidad, Tobago, Guadalupe, Santo Domingo, Puerto Rico, Dominicana y Haití. No sé de alguien que haya descrito -- en lengua castellana-- este asunto sobre el azúcar tan profusamente como Eduardo Galeano, y la importancia de ello en la economía de América Latina, con las repercusiones actuales en las economías de Cuba y Venezuela, por ejemplo.