Los espejismos del poder

Lamentablemente las dictaduras no han terminado. Se expresan no sólo mediante figuras militares carismáticas o líderes prepotentes, sino que operan merced a una suerte de teología cuyo basamento es el dinero.

20/04/2021
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Foto: https://www.educa.com.bo/militarismo-1964-1978
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Como animales que somos, los humanos necesitamos marcar territorio, apoderarnos de un espacio. Esto es esencial en nuestra naturaleza. Luego, debemos proveernos de alimento, buscar abrigo a la intemperie y saciar nuestra sed. Después, para reproducirnos, requerimos de un semejante del sexo opuesto que nos procure compañía y una descendencia, además de placer sexual o espiritual; cuidar de una prole, darle de comer y cubrir sus necesidades básicas hasta que puedan valerse por sí mismos.

 

La educación y el trabajo son conceptos humanos, los cuales hemos ideado para convivir en una sociedad según ciertos convenios o contratos, regidos por determinadas leyes. Si no reglamentamos este comportamiento básico mediante leyes válidas para todos (universales) por igual, el mundo sería un caos o un despelote, no existiría como tal la sociedad. El concepto de institucionalidad es básico para mantener este tejido social o comunitario: las instituciones educativas, culturales, religiosas, las empresas financieras o comerciales, privadas o públicas, han creado cuerpos de leyes, normas para su funcionamiento regidas esencialmente por la Razón, es decir, la sensatez, y guiadas por un sentido de justicia, equidad y rectitud moral, y estos deberían en teoría funcionar, para ser llevados luego a la práctica.

 

Todas estas instituciones, empresas y corporaciones que tienen su origen en las sociedades primitivas tribales, se han ido configurando en el tiempo a través de diversos esquemas de funcionamiento y conducidos hacia el que ha sido el quebradero de cabeza de la llamada modernidad: el Estado. Un Estado fuerte que tendría como base fundamental el sistema democrático, un gobierno del pueblo para el pueblo tal como lo idearon por primera vez los ciudadanos griegos cuando discutieron estas ideas en el ágora, en los mercados públicos de Atenas y de otras ciudades griegas, en cuyos jardines también se produjeron las primeras ideas sobre los modos de enseñar y transmitir el conocimiento, como los jardines de Academus o de Bermudo. De esa prístina idea griega surgió la educación y las formas de organización social en occidente, que luego fueron emuladas en otros países con dispares resultados; disparidad que forma parte de la naturaleza humana; es decir, nunca va a ser un diseño único, impecable y perfecto, sino apenas aspirando a un equilibrio.

 

Tal equilibrio sería imposible de lograr sin la implementación de normas o leyes, y sin instituciones que las hagan cumplir. Dichas leyes deben ser pensadas y redactadas por personas estudiosas y calificadas, estadistas, juristas o abogados, y complementadas y cotejadas con el resto de las ciencias sociales además del derecho: la psicología, la antropología, la sociología, la economía y, sobre todo, la filosofía. Ninguna de estas ciencias o disciplinas opera por si sola y con independencia de las otras; entre ellas debe tejerse un diálogo que permita un intercambio comprensivo entre las ciencias puras y las aplicadas: la física, las matemáticas y la química,  desde sus primeros experimentos hasta la tecnología y  la cibernética, permitirían su buen funcionamiento y sus maneras de ser aplicadas para el aprovechamiento colectivo, para una convivencia entre seres humanos, animales y plantas, a la par de salvaguardar el equilibrio natural.

 

En la época llamada moderna, que arranca desde científicos y filósofos como Descartes, Kant, Spinoza, Pascal, Spinoza, Hegel o Goethe, quienes intentaron hacer contribuciones tanto a la física como a la biología, la geometría o la psicología, y sin descartar la religión, debieron hallar  métodos como primeras tentativas para organizar el pensamiento, y que, como lo pensaba  Descartes, permitirían una completa certidumbre de las cosas, superando todas las posibles dudas, a lo cual llamó duda metódica y supuso una teoría de las deducciones y otra de las intuiciones.

 

Desde estos filósofos que abogaron por la Razón hasta los empíricos ingleses que meditaron sobre la naturaleza del Estado como Thomas Hobbes, John Locke, George Berkeley, David Hume y Herbert Spencer, quienes tomaron al Estado como núcleo de sus meditaciones, siempre le observaron como a una suerte de ente o de monstruo (Hobbes lo llamó el Leviatán) que comenzó a crecer desmesuradamente hasta convertirse en una entidad represora (el Gran Hermano lo bautizó con ironía crítica el novelista George Orwell) o un Ogro filantrópico (al decir del poeta y ensayista Octavio Paz) de quien se espera todo, se le pide o exige, pero en un momento dado cobra con creces todos los favores o ventajas que ha prodigado, para poder convivir bajo su amparo. Cuando Hobbes y Locke asoman la idea de realizar un contrato social entre los representantes del Estado y los ciudadanos, lo hacen dominados por la idea de controlar los instintos básicos de posesión, envidia o codicia presentes en todos los seres humanos sin excepción, que pueden salvarse, transfiriendo a través de ese contrato su seguridad a los gobernantes, para que aquellos los libren de esas fuerzas destructivas que se procrean entre los ciudadanos casi automáticamente, como sostiene Hobbes, mientras que Locke aboga por la libertad individual y la igualdad en la sociedad, y Spencer defiende al individuo de los abusos del Estado.

 

Cuando los gobernantes sienten que no solamente pueden representar a los ciudadanos, sino defender sus derechos y exigirles obligaciones, pueden también controlar sus instintos e impulsos, e incluso controlar sus ideas y su pensamiento, entonces el Estado ya no estaría cumpliendo con su rol primigenio de crear una ciudadanía libre, sino manipulando la conciencia de los ciudadanos. ¿Cómo lograría el Estado tal meta? La respuesta es sencilla pero compleja en su trasfondo: mediante una ideología. En este contexto, la ideología sería algo así como el conjunto de razones articuladas para convencer a los individuos de que las ideas aportadas por el Estado son verdaderas y únicas, y emanan siempre de una misma fuente infalible. Los mensajes profundos contenidos en determinada ideología pueden expresarse, directa o indirectamente, a través de directrices emanadas de un partido, buró político o un determinado líder; o bien mediante mensajes subliminales pre-elaborados como los provenientes de la televisión y los medios de comunicación (o usando ambos medios al unísono), los líderes se hacen eco de estas ideas y las multiplican mediante un discurso político dirigido al mayor número posible de personas, al que eventualmente llamamos la masa.

 

Todos estos elementos vendrían a configurar una suerte de semántica ideológica del poder –si se me permite la expresión. Los líderes se convierten en voceros de determinada ideología y esta ideología, a su vez, se siente con el derecho de imponerse a la sociedad, durante un período de tiempo (en principio un tiempo limitado), puesto que hay que alternar con las ideologías de otros partidos, en nombre de lo que se ha dado en llamar pluralismo: la posibilidad que tiene la sociedad de experimentar con diversas ideologías a fin de averiguar cuál de éstas puede ser la más beneficiosa, pues la perennidad en el poder de una sola ideología hará que sus instituciones se atrofien. Encontrándose en el ejercicio del poder, los partidos, a través de sus respectivas ideologías, deben respetar las reglas de un juego democrático plural, sino desea incurrir en los excesos de una tiranía.

 

Y aquí llegamos al punto. Una tiranía se produce, sencillamente, por un embeleso de poder, cuando en el ejercicio del mismo se llega a creer que manteniéndose ahí el mayor tiempo posible, se pueden producir los mejores beneficios a determinada nación o comunidad, cuando se trata más bien de que la clase dirigente, sumida en su condición de regir los destinos de esa nación, se cree eterna y universal, confirmando una y otra vez que su ideología debe funcionar siempre para mantenerse allí a toda costa. El ejercicio del poder se convierte así en un hábito, en una costumbre política, en una práctica repetitiva y burocrática, que suele prodigar más beneficios reales a la clase dirigente que a los ciudadanos (sus funcionarios a menudo se deshumanizan y alienan en sus cargos); y los posibles beneficios derivan no sólo del estatus que ejerce el partido de gobierno o el líder de turno, sino que permite el manejo del aparato administrativo para privilegiar a la clase que ejerce el poder circunstancialmente, la cual en el fondo pretende prolongar su mandato con la anuencia de las otras clases establecidas, como la burguesía, los comerciantes o los militares. Generalmente, los pactos entre las distintas clases, mientras se está ejerciendo el poder, se realizan en función de recibir beneficios materiales adicionales que se convierten, a la larga, en privilegios; a su vez, estos privilegios se van haciendo costumbre y esa costumbre, a la postre, adquiere los rasgos de una tiranía inconsciente, es decir, de un régimen que basa su poder en imposiciones ideológicas permanentes. Al tener de su lado a la clase militar, la tiranía se ejerce a través del amedrentamiento o la represión, el maltrato o la violencia, y a su vez, deriva en una demonización de la rebeldía social a través de distintos nombres: alteración del orden público, anarquía, caos, etc. En estos casos, el Estado implementa un fuerte aparato represivo –llamado eufemísticamente fuerzas de seguridad o de inteligencia— que trabaja con técnicas avanzadas de espionaje, las cuales a su vez, son convertidas en sutiles procedimientos de invasión a la privacidad.

 

En casos extremos, se reduce la conciencia de los ciudadanos a una uniformidad ideológica basada en el miedo, cuyo fin es moldear a los ciudadanos y reducirlos a fórmulas simples de pensar para impedir el disenso y la crítica: maniqueísmo, pánico, manipulación mediática, empleo de técnicas alienadoras de la fuerza de trabajo por parte de los patronos o los burócratas. A su vez, las gestiones administrativas se disfrazan usando un complicado mecanismo propagandístico que conduce al individuo hacia los espacios del absurdo y la ansiedad, creando en él vacíos existenciales, fragilidad memorística y angustias inducidas que, en el seno de la sociedad capitalista avanzada, se reconducen mediante el consumo compulsivo, el derroche inconsciente o el impulso orgiástico.

 

Los distintos modos de tiranía aparecen, pues, camuflados por una serie de factores que intentan establecerse, primero, en los hábitos del individuo, para luego pasar a planos psíquicos profundos que pueden lograrse merced al empleo de mensajes subliminales, miedo a perder el empleo, sensación de derrota o fracaso, de sentirse perdedores en una sociedad de ganadores, donde la realización humana se mide con el baremo del éxito económico (acumulación de capital) y no gracias a la satisfacción personal o el logro en colectivo.

 

Esta deformación de los parámetros sociales y ciudadanos se hace costumbre principalmente a causa de tres tipos de dictadura: dictadura ideológica, dictadura del mercado y dictadura militar. La dictadura ideológica se construye generalmente sobre la base de una serie de lugares comunes: primero, el logro de la propiedad privada (casa, enseres domésticos, automóvil) o de recreación (diversión, entretenimiento, turismo, televisión, gula, alcohol, cultura de masas); éxito personal o profesional (grados académicos, premios, ascensos laborales, vestimenta, moda, artefactos de última generación). La dictadura del mercado consistiría, en este caso, en la adaptación del individuo a las fluctuaciones, altos y bajos de la economía de mercado como algo natural: devaluaciones de la moneda, caídas en las bolsas de valores, bancarrota de países que son “salvados” por instituciones financieras poderosas (como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional).

 

Por último, la dictadura militar es la más visible y letal: se traduce en la ostentación directa de un arsenal bélico mostrado al conjunto de las naciones como símbolo inequívoco de poder, a usarse cuando llegare el momento.

 

Durante el Imperio Romano, especialmente, se produjo un modelo de castas de emperadores que mostraron un periplo muy detallado de las diversas formas de despotismo, crueldad y prepotencia. A su vez, durante estos imperios surgieron grandes manifestaciones culturales que emularon o parodiaron a las de la cultura griega helénica, llamada clásica. Escritores geniales como Horacio, Virgilio y Ovidio se vieron fustigados por las tiranías de aquellos imperios, constituyendo una de las pugnas más dramáticas de la historia de la cultura. Emperadores hubo, entre los extremos del noble Adriano y el cruel Calígula; así como en el siglo veinte asistimos a la decadencia de las tiranías de un Mussolini, un Hitler o un Franco, marcados por el fascismo o el nacional-socialismo, que llevaron a la cultura política moderna a un verdadero abismo moral, por lo descarado de su propaganda y por lo sanguinario de sus procedimientos de exterminio.

 

En América Latina ocurrió otro tanto. Los precarios ejércitos nacionalistas surgidos en América durante el siglo diecinueve, guiados en buena parte por una mezcla de ideas de la Ilustración moderna de Europa con ideas nacionalistas americanas, debieron enfrentarse a ejércitos españoles e ingleses en países como Argentina, Perú, Bolivia, Ecuador, Chile, Colombia, Cuba y Venezuela, y aunque la mayoría de éstos salieron victoriosos en su momento; años después fueron traicionados por los intereses de los terratenientes, burgueses, banqueros, comerciantes y caudillos militares. Es de observar especialmente el fenómeno del caudillismo latinoamericano, representado en una casta de militares provenientes casi todos de las guerras de independencia, que luego traicionaron sus ideales plegándose a intereses oportunistas y haciendo convenios turbios con gobiernos foráneos, terratenientes y burgueses criollos. Bastaría con citar sólo el caso de Simón Bolívar, un mantuano caraqueño que desde niño presenció la humillación y la injusticia a las que eran sometidos los negros esclavos, los indios y los campesinos explotados por terratenientes, mientras el imperio español hacía todo lo posible por ponerle las manos a varios países americanos, entre ellos a Venezuela, pero una vez Bolívar y sus generales armaron toda la estrategia militar para enfrentarlos, fueron derrotados por las fuerzas patriotas.

 

Este triunfo estratégico y moral sobre España comportó para Venezuela un suceso extraordinario, un ejemplo de dignidad y coraje. Luego de la muerte de Bolívar se fue debilitando su legado precisamente por esta fatal obsesión de detentar el poder que presentaron sus sucesores, cuando generales como Carlos Soublette y José´ Antonio Páez, que habían luchado al lado de Bolívar, se creyeron estar a la par de la grandeza del Libertador, se alejaron de sus ideales y se atornillaron a un poder oscuro en los años subsiguientes, cometiendo toda clase de desmanes. Ello provocó una vez más la reacción de los desclasados y campesinos, indios, negros, esclavos, peones, mujeres: todos se unieron en torno a un ideal de federación capitaneado por Ezequiel Zamora, a quien honraron con el título de General de Pueblo Soberano, así como habían hecho con Bolívar honrándolo con el de Libertador. Zamora no era un intelectual ni un político pero si un guerrillero nato que tuvo el suficiente valor para librar unas batallas del pueblo contra el poder caudillista de José Antonio Páez, saliendo airoso. Pero una vez más el ideal patriota fue traicionado por los intereses trasnacionales en Venezuela, y Zamora fue asesinado luego de haber salido victorioso en las más arduas batallas intestinas que se hayan librado en Venezuela.

 

Lo que vino luego en Venezuela fue una cadena de dictadores grandes y pequeños, donde se incluye al propio Páez, Cipriano Castro y finalmente Juan Vicente Gómez, quien sería protagonista en el siglo veinte de una larga dictadura de cuarenta años, con su secuela de represión, encarcelamientos, ejecuciones. Infinidad de luchadores sociales, escritores, periodistas, científicos se pudrieron literalmente en cárceles y mazmorras. A éste sucedieron otros militares que intentaron dar un giro distinto al país, como Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, hasta desembocar en los años cincuenta en Marcos Pérez Jiménez, militar que puso a funcionar un aparato represivo (la Seguridad Nacional) para reducir a los disidentes en lo que se anunciaba como el preludio de la democracia venezolana representada por los emergentes partidos políticos (AD, URD, COPEI, PCV, MEP, MAS, MIR y otros) la mayoría de ellos de signo neoliberal, aunque algunos se anunciaron en su momento como socialistas o revolucionarios que, apenas derrocaron a Pérez Jiménez y llegaron al poder, hicieron pactos con los Estados Unidos, --como fue el caso de Acción Democrática—para aprovecharse de la riqueza petrolera del subsuelo. Lejos de ser un factor de progreso real para Venezuela, el petróleo se ha convertido para la nación en un arma de doble filo, que comenzó siendo un símbolo de modernidad y progreso terminó siendo un elemento deformador de la economía y del verdadero avance social, cuyas consecuencias negativas sufrimos hoy día, por el equívoco manejo que se ha hecho del recurso y de la errática gerencia de su empresa.

 

El caso de Juan Vicente Gómez es emblemático como dictador en Venezuela. Alguien lo ha calificado incluso como un “tirano liberal” por la astucia que mostró para perpetuarse en el poder, haciendo pactos y negociaciones con los principales terratenientes y empresas privadas en el país, y con naciones que se mostraban como ejemplos de modernidad, tales los casos de Estados Unidos, Inglaterra, España o Francia, logrando mantener acallada a casi toda la disidencia hasta su muerte, en 1940.

 

Pero Venezuela no fue un caso único. Por toda la geografía de América pulularon pequeños, medianos y grandes dictadores, con características para todos los gustos: Alfredo Stroessner (Paraguay), Fulgencio Batista (Cuba), Augusto Pinochet (Chile), Jorge Videla (Argentina), Hugo Banzer (Bolivia), Anastasio Somoza (Nicaragua), François Duvalier (Haití), Alberto Fujimori (Perú), Horacio Leguía (Perú), Juan María Bordaberry (Uruguay), Carlos Castillo Armas (Guatemala), Rafael Leónidas Trujillo (República Dominicana). Lo cierto es que la mayoría de estos dictadores han contado con la anuencia o el apoyo tácito de los Estados Unidos para perpetuarse en el poder, pues esta nación mantiene gran parte de sus exigencias energéticas, comerciales y de alto consumo de bienes y materia prima de otros países, para mantener así su poderío material y sostener un discurso ideológico neoliberal que desde la segunda mitad el siglo veinte se ha mundializado, es decir, se ha globalizado a través de medios de comunicación, redes sociales, cine, televisión, y en menor medida por medios impresos, los cuales, curiosamente, en Estados Unidos tienen más credibilidad que los digitales. Las guerras ahora no se libran físicamente, sino que están conducidas por misiles, drones, injerencias militares, falsas ayudas humanitarias y procedimientos químicos o bacteriológicos.

 

Las dictaduras de América Latina han dejado un lamentable saldo de muerte y sangre, constatado una vez más por esa adicción a la droga del poder, que es uno de los peores males psíquicos que se puedan esgrimir desde la praxis política, pues se trata de una suerte de locura consciente, de insania inducida a producir el mal ajeno, de aprovecharse de las debilidades o carencias de nuestros semejantes, una filosofía basada en el desmembramiento del otro, en la apuesta a su fracaso, al dominio sobre la derrota de nuestro semejante, con lo cual es imposible construir un mundo mejor. Después de tales dictaduras a fines del siglo veinte, se produjo un repunte de gobiernos progresistas de signo socialista de izquierda conducidos por presidentes como Kirchner, Mujica, Correa, Morales o Chávez, pero otra vez volvió por sus fueros un grupo de neoliberales apoyados por Estados Unidos, España y Francia y otros gobiernos títeres de América Latina, que sometió a tales países a un proceso de regresión social, colapso y privatización de los bienes y servicios, con los resultados que estamos apreciando actualmente: huelgas, paros, protestas callejeras, cientos de heridos y fallecidos y ahora, para colmo, una pandemia letal que tiene todas las características de haber sido inducida con fines políticos, y ha llevado a la humanidad y a numerosos gobiernos del mundo a un punto radical de reflexión acerca de su destino.

 

Lamentablemente las dictaduras no han terminado. Se expresan no sólo mediante figuras militares carismáticas o líderes prepotentes, sino que operan merced a una suerte de teología cuyo basamento es el dinero, un símbolo encarnado del llamado “Estado Moderno” y sustentado en algo que han llamado eufemísticamente “sistema financiero” (que de sistema no tiene mucho, pues funciona al antojo y al azar de las fluctuaciones de la moneda y de unas leyes del capital que se modifican continuamente, y por tanto no son leyes). Esta trinidad teológica del dinero está avalada por la llamada empresa privada, compuesta por un conjunto de comerciantes movidos casi todos por intereses similares, lo cual los pone a competir ferozmente por el mismo objetivo y el mismo botín. Los mandatarios neoliberales actuales se comportan, en efecto, como dictadores de nuevo cuño; casi todos provienen del sector empresarial o de escuelas de guerra como West Point. Vemos cómo en Europa lanzan de pronto, como en un acto de magia, a los candidatos para cada nueva elección, y son colocados luego como piezas de ajedrez en el tablero del sistema, esperando a que cumplan sus roles, manipulables por los verdaderos dueños del poder que operan tras bastidores, organizados en clubes exclusivos, que se reúnen cada cierto tiempo a deliberar y a darle un vistazo al panorama mundial, para ver dónde se pueden reparar algunos daños menores o poner paños calientes en sitios estratégicos para que todo siga igual.

 

El espejismo del poder propiciado por  la más poderosa de las drogas, ha cobrado vida bajo nuevas formas, pues se halla oculto tras entidades, organizaciones, empresas e instituciones de un Estado en franco estado de deterioro, las cuales han fracasado en su intento de producir bienestar al conjunto de los ciudadanos, privilegiando a pocos y enviando mensajes funestos a quienes aspiran organizarse de otro modo, buscando sacar al mundo de los atolladeros morales y sociales en donde se halla metido.

 

-Gabriel Jiménez Emán ha merecido el Premio Nacional de Literatura de Venezuela (2019) por el conjunto de su obra.

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/211902
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