Revolución, sexualidad y vida cotidiana

30/10/2017
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Wilhem Reich
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Nos acercamos a noviembre, vísperas del centenario del mayor acontecimiento histórico que podamos recordar. Si bien el historiador inglés Eric Hobsbaum al referirse al “corto” siglo XX, sitúa el inicio con la primera guerra mundial en 1914, para culminarlo con la implosión de la Unión Soviética, creo que los cambios decisivos de la historia mundial recién se verifican en el hundimiento del imperio ruso con las revoluciones de febrero y octubre de 1917. Por primera vez en la historia se ensaya una resolución colectiva de algunas de las muchas miserias y malestares de la modernidad con sus regulares tragedias. Expresión política heredera de una de las variantes interpretativas y polémicas situadas en la huella de una figura intelectual determinante del pensamiento contemporáneo como Marx. En modo alguno minusvaloro la significación de la caída de grandes imperios como el alemán, el otomano o el austrohúngaro, pero la intencionalidad política del proceso revolucionario soviético, con su deriva de alcances y profundos límites, supera las circunscripciones geopolíticas y realimenta la efervescencia intelectual y la búsqueda de alternativas a la alienación y la opresión, tan tempranamente denunciadas por el romanticismo político.

 

No dejaría de inscribir en la tradición crítica, innovadora y revolucionaria, aunque concentrada en la esfera individual por oposición a las soluciones comunitarias, al pensamiento de otro exponente cardinal de aquel siglo, como Freud, con sus descubrimientos de la sexualidad infantil, el inconsciente y sus diversas tópicas del aparato psíquico, interpelando escandalosamente el espíritu victoriano de su época. Que los caminos para mitigar parte de los malestares y sufrimientos hayan tomado por entonces caminos paralelos y hasta mutuamente estancos nos lleva hacia otra efemérides en la que me concentraré: noviembre debe recordarnos no sólo el centenario de aquella revolución, sino el 60° aniversario de la muerte de Wilhem Reich, quien se propuso intersectar estas grandes líneas de pensamiento esbozadas, tanto como la acción política y la transformación de la vida social. Que la revolución y las experiencias reicheanas hayan fracasado en última instancia, no debería desalentar el estudio de sus derroteros y reanimar la búsqueda de sus horizontes intencionales.

 

Reich fue en verdad el discípulo olvidado de Freud, habiendo sido su asistente en el Policlínico de Viena y miembro de la Asociación Psicoanalítica. Su exclusión de la historia del pensamiento psicoanalítico no se explica por la ausencia de obra, sino porque tuvo la herética iniciativa de ingresar al Partido Comunista austríaco, fundar la Asociación Socialista de Información e Investigaciones Sexológicas, desde donde comenzó a pergeñar estrategias de militancia político-sexual en la juventud proletaria, en momentos en los que las diversas corrientes marxistas eran indiferentes a la vida sexual, cuando no consideraban sus preocupaciones como rémoras burguesas. Al igual que su maestro, nunca se desinteresó por la salud mental, sino que la concibió condicionada por la moral represiva, la monogamia y el matrimonio patriarcal, distanciándose de este modo de su inspirador, además de superar el estrecho círculo de los pacientes burgueses. No obstante, Freud ya había conocido disidencias de sus discípulos como con Adler en 1911 y posteriormente con Jung tres años después. Pero a diferencia de ellos, Reich no figura en el círculo de los fundadores de la teoría psicoanalítica.

 

Con posterioridad a su exclusión, creó la Asociación Alemana por una Política Sexual Proletaria -originalmente con la venia del Comité Central del Partido Comunista- que resultó más conocida por su abreviatura “Sex-Pol”, que en su apogeo llegó a reunir a muchos miles de miembros hasta el ascenso final del nazismo. Estimulando la rebelión sexual de los jóvenes, se proponía transformarla textualmente en una lucha revolucionaria contra el orden capitalista, integrándola a un programa político-sexual con contenido de clase. Planteaba que las tibias y dispersas reformas de la vida sexual se veían doblegadas ante los constantes ataques de la reacción cultural y sexual. Para lograr tal objetivo se propuso crear una fuerza revolucionaria organizada constituida por la asociación de las masas que padecen la miseria de la opresión sexual, independientemente de las tendencias políticas a las que pertenezcan sus integrantes. Tenía por objeto exclusivamente la liberación sexual del pueblo trabajador. Reich no fue por tanto, sólo un pensador contemplativo o un simple terapeuta, sino un organizador político y social.

 

La emergencia del nazismo lo llevó a establecer correlaciones entre sus tesis sobre la opresión y el autoritarismo en su obra “Psicología de masas del fascismo”. Lo concebía como el “sargento mayor” dentro de una sociedad sojuzgada por la autoridad, cuya célula básica consiste en la familia patriarcal que educa en la obediencia y la represión sexual infantil. Un producto no necesariamente acotado a límites geográficos o contextos políticos sino el síntoma regular de la patología social. Como resultaba previsible, el libro fue prohibido por los nazis, además de costarle la expulsión del PC por “compartir las posiciones del trotskismo contrarrevolucionario” y sostener que “la clase obrera alemana ha sufrido una enorme derrota”. Pero la pregunta cardinal seguía insistiendo en el punto de inabordada convergencia entre Marx y Freud: ¿por qué las masas aceptarían pasivamente y hasta celebrarían su propia represión o inclusive, por qué seguirían a líderes o partidos con políticas absolutamente contrarias a sus propios intereses? Tal vez en la dirección de esta respuesta es que Lacan le atribuye a Marx y no a Freud, haber descubierto el síntoma. Cuando Žižek se autoresponde en su libro homónimo, “porque no saben lo que hacen”, deposita en la ignorancia asumida el fundamento de cualquier ideología. Concluye con ello que refleja un placer nacido de la instrucción de renunciar a todo goce.

 

Lejos de ser indiferente a los acontecimientos de Rusia, celebró las políticas de educación sexual de los primeros años, el control de la natalidad y la abolición del matrimonio. Su posterior decepción quedó reflejada en su libro “La revolución sexual” cuando con el ascenso y consolidación del stalinismo se revirtieron tales políticas para consolidar no sólo la familia patriarcal tradicional, sino las trabas al aborto y hasta la represión de la homosexualidad, además de las formas de autoritarismo reflejadas en la ausencia de democracia, libertad de expresión, prensa y reunión.

 

El contexto histórico de su biografía, no ayudó a la consecución de sus propósitos originales, ni a una producción y experimentación sostenida de sus concepciones. No sólo sufrió la decepción con el proceso revolucionario soviético (como buena parte del pensamiento marxista posterior) sino que soportó la expulsión tanto de la Asociación Psicoanalítica y del Partido, vivió el apogeo del nazismo hasta obligarlo al exilio escandinavo donde fue particularmente maltratado. Y en su última fase, ya estadounidense, lo recibió el período macartista.

 

No resulta inexplicable que sobre el final de su trayectoria haya vuelto a sus orígenes con la cura individual, abandonando toda pretensión política colectiva, ni que haya simplificado y hasta alquimizado sus tesis en busca de la piedra filosofal del impulso erótico, concluyendo que en el corazón de toda materia existe una energía hasta entonces desconocida, a la que llamó “orgón” describiéndola como la “materia vital básica del universo”, que a su vez vinculó con tradiciones orientales como del “CHI” de los chinos, el “KI” de los japoneses, el “PRANA” de los yoghis de la India, el “KUNDALINI” de los lamas, entre otras. Tres años después fundó el Orgone Institute, dedicado al estudio de la “ciencia” de la ergonomía. Concibió a la vez una suerte de Jaula de Faraday que concentraría tal energía curando toda clase de enfermedades. Einstein llegó a interesarse y medir sus propiedades sin hallar resultado alguno.

 

Fue investigado por el FBI, luego por la Food and Drug Administration que lo acusó de fraude por sus “cajas orgónicas”. Reich se negó a concurrir a la citación judicial aduciendo que un tribunal no es el ámbito más adecuado para discutir sobre ciencia, con lo cual fue condenado a 2 años de cárcel por desacato y violación a las leyes de la propia Food and Drug. Murió el 3 de noviembre en la prisión, no sin antes haber escondido 200 cajas con materiales para ser abiertas 50 años después de su muerte para eludir el macartismo, hoy en manos de Harvard y el museo Reich. Le debemos además su influencia sobre Marcuse, Adorno y hasta más ingenuamente en Fromm.

 

Pero sobre todo la advertencia de que la liberación social es mucho más que una transformación de la propiedad.

 

Emilio Cafassi

Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, cafassi@sociales.uba.ar

 

Publicado en La República 29/10/2017

https://www.alainet.org/es/articulo/188932
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