¿Por qué hablamos de Guerra Fría en la tercera década del siglo XXI? (Parte I)

El documento actual busca explicar por qué el autor defiende explícitamente la tesis de una guerra fría actual en el ámbito internacional, a pesar de la existencia de múltiples detractores que, o la niegan, o desconocen la necesidad de aplicar esta como criterio analítico.

06/07/2021
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Imagen: kaosenlared
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Nuestras exploraciones poseen su propia utilidad para cualquier analista u observador internacional, ya que una guerra fría en el ámbito internacional posee innegables repercusiones e implicaciones para todos los conflictos y los procesos que se puedan estar dando en cualquier parte del mundo, a la vez que impone su realidad sobre la gran abrumadora mayoría de las transacciones en el ámbito multilateral internacional.

 

A estos fines, entonces, es menester contextualizar los últimos acontecimientos globales, seguidamente se debe categorizar el término “guerra fría”, para luego poder proceder a analizar el ámbito internacional y las interacciones entre las tres potencias mas importantes del sistema internacional, en la actualidad: Estados Unidos, Rusia y China, a ver si estas encajan en la categoría previamente construida. La guerra fría actual no es una mera reconfiguración de la anterior (la del Siglo XX), simplemente porque el sistema internacional actual no es una mera reconfiguración del sistema internacional posguerra. Entonces, es de suma importancia comprender la naturaleza de la guerra actual, con la finalidad de poder relacionarla a cualquier proceso que se desea eventualmente analizar y comprender.   

 

Primeramente, y si así nos permiten los estimados lectores, hablaremos brevemente sobre ciertos hechos y acontecimientos recientes, a ver si con estos y seguidamente nuestro análisis, podemos contextualizar y explicar porqué quien suscribe ya tiene doce (12) años - desde el 2009 - hablando de una nueva guerra fría entre Estados Unidos, por un lado, y Rusia y China, por el otro.

 

En el marco de las reuniones de los llamados “G7” y la OTAN, celebradas en junio de 2021, el presidente estadounidense Joseph Biden está tratando de enmarcar el mundo pos-pandémico en una lucha entre “democracias” y “autocracias”, en las cuales las “democracias” son Estados Unidos y sus aliados (incluyendo los que son dictaduras, si sea necesario), y las “autocracias” que son repetidamente señaladas, en todos los contextos: Rusia y China. Los países del G7, en su última conferencia en Inglaterra (junio 2021), anunciaron que defenderán "el orden basado en reglas internacionales" de los intentos subversivos de cualquier país, pero resaltando a China (y a Rusia, naturalmente), antes de cualquier otro. Los medios informan que China fue el centro de las discusiones durante el primer día de la cumbre del G7[1].

 

La OTAN se reunió el día siguiente, y naturalmente el enfoque fue el villano de Putin, pero ahora sumaron a China y la declararon un "desafío sistémico", a pesar de que este país asiático, bien alejado del Atlántico Norte, no ha demostrado un interés estratégico y/o militar en cualquier zona del mundo salvo las zonas marítimas al frente de sus costas. El propio presidente gringo indicó que "Rusia y China están buscando abrir una brecha en nuestra solidaridad transatlántica"[2]. El lenguaje de una declaración de prensa emitida después de la cumbre deja claras las intenciones de la OTAN:

 

...Las ambiciones declaradas y el comportamiento asertivo de China presentan desafíos sistémicos para el orden internacional basado en reglas y para las áreas relevantes para la seguridad de la alianza[3].

 

Aparentemente, las “áreas relevantes para la seguridad de la alianza” han crecido significativamente, desde el colapso de la Unión Soviética.  Catastrófico para la OTAN, aparentemente, es el tema de la competencia, la misma que los gringos pasaron todo el siglo XX y lo que ya tenemos del XXI insertando violentamente en la consciencia colectiva de los latinoamericanos, ya que supuestamente es lo “mejor” para nosotros -la bendita “libre competencia en un libre mercado”- aunque ahora que alguien está compitiendo de manera muy efectiva contra ellos, pues tuvieron que llamar urgentemente a la OTAN para que acabe con este “desafío sistémico”. A continuación, presentamos dos extractos de la declaración final de la OTAN, relacionados con China:

 

Artículo 03. Enfrentamos amenazas multifacéticas, competencia sistémica de poderes asertivos y autoritarios, así como crecientes desafíos de seguridad para nuestros países y nuestros ciudadanos desde todas las direcciones estratégicas. Las acciones agresivas de Rusia constituyen una amenaza para la seguridad euroatlántica. El terrorismo en todas sus formas y manifestaciones sigue siendo una amenaza persistente para todos nosotros. Los actores estatales y no estatales desafían el orden internacional basado en reglas y buscan socavar la democracia en todo el mundo. La inestabilidad más allá de nuestras fronteras también está contribuyendo a la migración irregular y la trata de personas. La creciente influencia de China y las políticas internacionales pueden presentar desafíos que debemos abordar juntos como una Alianza...

 

Artículo 55. Las ambiciones declaradas y el comportamiento asertivo de China presentan desafíos sistémicos para el orden internacional basado en reglas y para las áreas relevantes para la seguridad de la Alianza. Nos preocupan esas políticas coercitivas que contrastan con los valores fundamentales consagrados en el Tratado de Washington. China está expandiendo rápidamente su arsenal nuclear con más ojivas y una mayor cantidad de sistemas de lanzamiento sofisticados para establecer una tríada nuclear. Es opaca la implementación de su modernización militar y su estrategia de fusión cívico-militar, públicamente declarada. También está cooperando militarmente con Rusia, incluso mediante la participación en ejercicios rusos en el área euroatlántica. Seguimos preocupados por la frecuente falta de transparencia de China y su uso de desinformación. Hacemos un llamado a China para que cumpla con sus compromisos internacionales y actúe responsablemente en el sistema internacional, incluso en los dominios espacial, cibernético y marítimo[4].

 

Rusia, a su vez, fue señalada unas 62 veces, en un total de 19 artículos de la declaración de la OTAN. No podemos presentar aquí los extractos que mencionan a Rusia, ya que cubren muchas temáticas, y todos estos señalamientos colocan al país euroasiático como la amenaza más grande que existe para la OTAN. Para una lectura más detallada, recomiendo que visiten la página electrónica de esta organización dedicada al mantenimiento del imperio estadounidense (la global, ya que la hemisférica se llama la “OEA”)[5].

 

Inmediatamente después de las cumbres del G7 y la OTAN, el senador estadounidense y demócrata Bernard Sanders escribió un artículo en “Foreign Affairs” titulado “Washington’s Dangerous New Consensus on China: Don’t Start Another Cold War” (El Peligroso Nuevo Consenso de Washington sobre la China: No Empiecen otra Guerra Fría). A criterio de quien suscribe, es importante reflexionar sobre lo que escribe el senador Sanders:

 

...por lo tanto, es angustioso y peligroso que esté surgiendo rápidamente un consenso en Washington que ve la relación entre Estados Unidos y China como una lucha económica y militar del tipo "suma cero". La prevalencia de este punto de vista creará un entorno político en el que la cooperación que el mundo necesita desesperadamente será cada vez más difícil de lograr[6].

 

Para efectos de este artículo, nos interesa igualmente las ideas de un colega de Sanders, el senador Tom Cotton, indicadas en el mismo artículo de Sanders:

 

Hace unos meses, mi colega conservador, el senador Tom Cotton, republicano de Arkansas, comparó la amenaza de China con la que representaba la Unión Soviética durante la Guerra Fría: “Una vez más, Estados Unidos se enfrenta a un poderoso adversario totalitario que busca dominar Eurasia y rehacer el orden mundial”, argumentó. Así como Washington reorganizó la arquitectura de seguridad nacional de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial para prepararse para el conflicto con Moscú, Cotton escribió: “hoy, los esfuerzos económicos, industriales y tecnológicos a largo plazo de Estados Unidos deben actualizarse para reflejar la creciente amenaza que representa la China Comunista[7].

 

Las ideas de Tom Cotton son bastante interesantes, ya que proponen una guerra económica abierta contra China, hasta colocar ese país en el “basurero de la historia”. El senador Cotton identificó la lucha entre Estados Unidos y China como una "prolongada lucha crepuscular que determinará el destino del mundo"[8]. Nos hace sentir que hemos regresado a los mejores momentos del Manifest Destiny, durante el Siglo XIX. Amerita prestarle atención a las ideas del senador Cotton, ya que el sujeto forma parte de los comités de Servicios Armados, Inteligencia y Economía Conjunta del Senado gringo, lo que significa que posee acceso a información bastante estratégica sobre las relaciones entre Estados Unidos y China. Igualmente, es un potencial candidato republicano presidencial para el 2024.

 

Sanders finaliza su artículo con un sentimiento bastante positivo, pero creo que hasta él mismo sabe lo tan perdida que es su causa: “Desarrollar una relación de beneficio mutuo con China no será fácil. Pero podemos hacer algo mejor que empezar una nueva Guerra Fría”. Not a chance, Senator. Not a chance

 

No me he cansado de indicar –desde el año 2009[9]- que, de una manera u otra, existe en el ámbito internacional una guerra fría entre Estados Unidos y sus aliados más fieles (la Entidad Sionista y Gran Bretaña, a la vez de unos países pequeños y países del ex - ámbito soviético, como los del Báltico, por ejemplo), por un lado, y China y Rusia, por el otro[10]. Indico que estoy argumentado a favor de esta idea desde el año 2009, simplemente porque durante el año anterior –el 2008– se dio la breve guerra de Osetia del Sur, entre Georgia y Rusia, la cual en realidad fue una “Guerra Proxy” programada e impulsada por Estados Unidos, a ver cómo funcionarían los rusos bajo este primer escenario de agresión[11]. La respuesta del Kremlin a esta “prueba” gringa fue quizás uno de los elementos más importantes que determinó la necesidad de retomar la rivalidad geopolítica entre Washington y Moscú, por lo menos a nivel regional (Europa Oriental). Desde entonces, las cosas se han complicado un poco.   

 

Esta nueva “guerra fría”, como todos los procesos sociohistóricos, no posee un “inicio” preciso ni un “punto de inflexión”, naturalmente, y para efectos de construir una historiografía y determinar periodos históricos, quizás el tema de una “guerra fría” no sea el más adecuado[12], pero para efectos de analizar las relaciones internacionales de la actualidad, es de profunda importancia estratégica comprender qué tipo de conflicto determina las relaciones entre las 3 grandes potencias de nuestros tiempos: Estados Unidos, China y Rusia.

 

Eso no implica que otros conflictos geopolíticos y no-directos como por ejemplo el conflicto actual entre Estados Unidos e Irán, no entran en la lógica de esta guerra fría indicada, solo que este conflicto geopolítico con dimensiones regionales, posee una jerarquía subordinada a la guerra fría que acabamos de indicar, que indudablemente es de dimensiones globales. Es decir, y esto no es una regla rígida (ya que no existen estas en las ciencias sociales), la “flecha de causalidad” tiene la tendencia de apuntar más desde lo global y hacia lo regional que viceversa.

 

Aunque el efecto es siempre bidireccional, la configuración del poder y las relaciones antagónicas en el nivel de la guerra fría de la actualidad (global) poseen más incidencia en los acontecimientos del conflicto iraní (regional), que el efecto que este conflicto posee sobre la guerra fría en cuestión. En este sentido, más es el impacto de las rivalidades entre Estados Unidos, China, Rusia, Irán y Pakistán sobre las luchas entre los Talibanes y el gobierno de Kabul que el impacto en el sentido contrario.

 

La importancia de lo recién indicado es que el análisis internacional, sea de enfoque global o simplemente de carácter regional (como América Latina o Asia Central, por ejemplo), necesariamente debe partir de una búsqueda previa para determinar si las lógicas, los dictámenes y las realidades de la señalada Guerra Fría influyen determinadamente en ciertos aspectos del tema regional investigado. Por eso es que indicamos que el objetivo del documento actual es determinar la naturaleza de esta guerra fría, con el fin de emplear sus dinámicas –propiamente comprendidas y articuladas- en una vasta y amplia gama de temáticas regionales e internacionales.   

 

Entonces, primeramente, y como un ejercicio quizás teórico e histórico, debemos construir la propia categoría denominada “Guerra Fría”. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “Guerra Fría”? Un antiguo linaje del término se remonta en las escrituras del castellano Don Juan Manuel, a principios del siglo XIV. Juan Manuel era nieto del rey castellano Fernando III, una figura importante en el proceso de la reconquista de la península ibérica. El propio Juan Manuel, además de ser uno de los primeros prosistas en castellano, formó parte de la misma lucha militar, política, cultural e ideológica. Manuel reflexionó en sus obras sobre la naturaleza de la guerra entre cristianos y musulmanes.

 

Algunos escritores modernos han visto las incursiones y escaramuzas irregulares e inconclusas con fronteras fluctuantes y el contexto de las inconmensurables cosmovisiones religiosas analizados por Juan Manuel (Libro de los Estados, escrito entre 1327 y 1332) como análogos al de la guerra fría del Siglo XX. De hecho, afirman que Don Juan Manuel fue el primero en utilizar el término, a pesar de que el efectivamente empleado por el castellano fue “Guerra Tibia”, y no específicamente “fría”[13].

 

El uso que le otorgó Juan Manuel al término “guerra tibia”, en realidad, no carece de relevancia para nuestras investigaciones. Mientras que la guerra real (muy fuerte y muy “caliente”) tiene resultados reales – derrocamiento o paz - la “guerra tibia” no confiere a sus respectivas partes ni paz ni finalidad. En resumen, no es reconocible como una guerra propiamente dicha entre enemigos iguales. Al no ser “concluyente”, el conflicto parece no tener la paz real como objetivo. Es una forma de guerra, sin duda alguna, pero una que carece de finalidad clara, ya que no se da en el calor de la batalla física, sino en un proceso mucho mas complejo, histórico y de larga duración.[14]

 

A finales de la Segunda Guerra Mundial, el británico George Orwell utilizó el término en el ensayo "Tú y la Bomba Atómica" publicado el 19 de octubre de 1945. Contemplando un mundo que vive bajo la amenaza constante de una guerra nuclear, advirtió sobre una "paz que no es paz", a la que llamó una "guerra fría" permanente.[15]

 

Se trata, en general, en una guerra que no demuestra conflictos bélicos claros entre sus contrincantes principales. Tomando la propia “Guerra Fría” de la posguerra mundial como modelo para articular el término, podemos inferir que una “guerra fría” es un estado de conflicto entre naciones que no implica una acción militar directa, sino que se persigue principalmente a través de acciones económicas (competencia agresiva y exclusión de mercados) y políticas (la famosa “containment policy” -política de contención global- gringa del Sigo XX), propaganda, actos de espionaje o, posiblemente, acciones militares, pero libradas por sustitutos, es decir, por agentes secundarios de las potencias que se encuentran en “guerra fría”. Es solamente “fría” en el sentido militar, y en ese sentido solamente se limita a las potencias mismas que forman la “guerra fría” y no a sus agentes, sus “Estados Clientes” y movimientos aliados, etc.[16]

 

Al supuesto factor “ideológico” de una guerra fría se le ha prestado mucha atención recientemente, estableciéndolo incluso como condición previa para poder denominar a un conflicto como una “guerra fría”. En primer lugar, las diferencias ideológicas no propician conflictos geopolíticos de gran escala, aunque innegablemente los complican y los profundizan. Es bastante hipócrita alegar que “ideologías” opuestas no pueden coexistir pacíficamente, cuando el fascismo de Francisco Franco en España fue tolerado e incluso amparado por las supuestas “democracias occidentales”, como Estados Unidos y Gran Bretaña, después de 1945.

 

En segundo lugar, países “comunistas” como China y la Yugoslavia del Mariscal Tito no fueron objetivos gringos en el marco de la Guerra Fría de entonces, incluso fueron objetivos de los propios soviéticos, como igualmente fue la breve guerra sino-vietnamita de 1979. Las profundas diferencias ideológicas quizás limitan la capacidad de formar alianzas y/o sostener relaciones estratégicas, sin duda alguna, pero su presencia o ausencia no determina si una rivalidad geopolítica pudiera escalar a una guerra fría propiamente dicha. En pocas palabras, ideologías antagónicas podrían exacerbar una guerra fría, pero no propiciarla, por lo cual no es una condición sine qua non para que se dé una guerra fría.

 

Lo que separa una guerra fría de un conflicto geopolítico de cualquier otra índole es la necesidad de que las partes -conscientes de la necesidad imperativa de evitar un enfrentamiento bélico directo- se dediquen a enfrentarse en todos los otros ámbitos (político-institucional; económico; mediático; inteligencia; académico-cultural, etc.) salvo el militar, y en el caso de que se materialice un enfrentamiento militar, este se dé solamente a través de terceros, en donde la victoria del Estado u organización “agente” o “cliente” es, a la vez, el triunfo de la potencia patrocinadora.

 

En todos los casos, los propagandistas del mundo occidental salieron activamente a buscar una diferencia ideológica para contrastar su líder –Estados Unidos– con los “villanos” que pretenden acabar con la “civilización” –China y Rusia, naturalmente. Recientemente, el New York Times indicó que:

 

…como dejó bien claro Biden en su discurso ante el Congreso… el desafío es aún más complejo. Estados Unidos se enfrenta ahora a un competidor tecnológico mucho más capaz, un enfrentamiento militar mucho más complejo y un conflicto ideológico más marcado que en cualquier otro momento desde la caída del Muro de Berlín. "Estamos en un gran punto de inflexión en la historia", dijo Biden.[17]

 

Mientras que el ex embajador de Estados Unidos en Rusia, Michael A. McFaul, señaló recientemente:

 

…temo que los desafíos que representan estas dos autocracias (Rusia y China, obviamente) también requerirán estrategias de contención más importantes… Después de todo, competimos con China no solo en los mercados, sino también en cuestiones de seguridad e ideológicas, que tienden a generar resultados más conflictivos y de suma cero[18].

 

Ahora bien, esta búsqueda de “lucha ideológica” que realizan los apologistas y los “pundits” gringos no se fundamenta en complementar la Guerra Fría actual con los criterios de la Guerra Fría anterior –paradójicamente, parte del “establishment” gringo niega la existencia de esta guerra, mientras que otra parte le hace publicidad constante a la misma– sino que los imaginados componentes ideológicos de esta particular guerra fría actúan como mecanismos de movilización y justificación.

 

Es mucho más práctico y efectivo movilizar a la ciudadanía estadounidense y europea –politizada ahora y bien ideologizada desde la presidencia del Magnate Trump– con visiones de luchas por ideales y conceptos abstractos como democracia y dictadura, o con la dicotomía mas empleada en el mundo occidental desde hace milenios –civilización/barbarismo– que con competencias por mercados y cuotas en Wall Street y la Ciudad de Londres. En términos de justificación, el llamado a “salvar la democracia” es mucho más efectivo y aceptable que el llamado a “salvar los espacios de Lockheed Martin, Microsoft y la Turner Corporation (multinacional gringa de construcción)”.

 

Naturalmente, aquí en realidad no existe una “polarización ideológica”, pero ya los apologistas del establishment gringo la construyeron, por si acaso a alguien le hace falta este punto para poder efectivamente apreciar la magnitud y la naturaleza de la lucha geopolítica que estamos observando en el ámbito internacional, en esta tercera década del Siglo XXI. La lucha “ideológica” del momento, ya declarada en las recientes cumbres del G7 y la OTAN, es entre las “democracias” –con todos sus nobles valores de inclusión y derechos humanos– y las “autocracias” –con toda su represión y violación de derechos humanos– y, como nos podemos imaginar, es una lucha de ideas, de sistemas y de cosmovisiones.

 

Absolutamente nadie está dispuesto a explicar porqué se da esta titánica lucha “ideológica” ahora, cuando la China Comunista y la Rusia de Putin ya tienen 72 años y 21 años de existencia, respectivamente. ¿No se dieron cuenta de la inevitable lucha ideológica sino justo cuando la diplomacia rusa empezó a limitar la política exterior gringa? ¿No se percataron del “peligro ideológico” chino excepto después de que estos empezaron a quitarle mercados y fabricar todo mejor que ellos? 

 

La clave es que las potencias de la guerra suelen estar conscientes de las consecuencias de un enfrentamiento directo militar, por lo cual lo evitan a todo costo. Los sionistas y los árabes consideraban que era relativamente factible obtener una victoria militar e incluso de bajos costos (relativamente), por lo cual se dieron varios enfrentamientos militares (guerras “calientes”), como por ejemplo en 1948, 1956, 1967, 1973, 1981, etc.[19] Lo mismo se puede decir de la India y Pakistán.

 

Alternativamente, los gringos y los soviéticos consideraban una victoria militar entre ellos como un elemento de alta incertidumbre y con un precio tan elevado para ambos que en el mejor de los casos hubiera sido una victoria pírrica, y en el peor pudiera haber llegado a un “Mutually Assured Destruction” (destrucción mutua asegurada, o MAD, por sus siglas en inglés), por lo cual luchaban a través de terceros o, alternativamente, sin que una de las potencias participe directamente en un conflicto regional, si la otra ya está presente (por ejemplo, la falta de participación directa soviética en Vietnam o la gringa en Afganistán durante el Siglo XX)[20].

 

Adicionalmente, las lógicas de una guerra fría suelen imponerse sobre la gran mayoría de los otros conflictos o las relaciones internacionales de una dada región (en caso de una guerra fría regional) o del sistema internacional (en caso de una guerra fría global). Por ejemplo, en la actual guerra civil del Yemen (2014 - presente), las lógicas del conflicto entre el gobierno de Al Hady y los hutíes (Ansar Alá) se subordinan a la lógica del enfrentamiento geopolítico o guerra fría entre Arabia Saudita e Irán, que se manifiesta en todo el Medio Oriente[21], salvo en un enfrentamiento militar directo entre la monarquía wahabita y la república chiita[22].   

 

Entonces para nosotros, una guerra fría es:

 

Un conflicto geopolítico -regional o global- en el cual dos o más potencias se enfrentan política y diplomáticamente en los distintos ámbitos multilaterales e institucionales (políticas de contención, sanciones políticas y procesos de “deslegitimación”), o con actos de espionaje y sabotaje, a través de los medios de comunicaciones y las instancias académicas, en lo económico y financiero con competencias agresivas, exclusiones de mercados y sanciones socioeconómicas, o incluso en lo militar, siempre y cuando sea a través de terceros en una “proxy war”[23], evitando así un enfrentamiento militar directo y decisivo.

 

Lo que impide el enfrentamiento bélico entre los beligerantes es la incertidumbre de poder llegar a una conclusión decisiva y rápida, o el tamaño y la naturaleza del daño mutuo que se pueda generar, por lo cual este tipo de guerra suele ser protagonizada por potencias con capacidades relativamente simétricas, o que poseen armas nucleares (este último es un criterio no obligatorio). Finalmente, los conflictos de los “agentes” o “clientes” de las potencias enfrentadas, suelen ser comprendidos en el marco de la guerra fría misma, y raramente fuera de estas.      

 

Sería imposible para quien suscribe negar que este breve y quizás crudo esfuerzo para construir una categoría realmente compleja como lo es la “Guerra Fría” se encuentra repleto de omisiones, falta de precisiones y que sufre de poca profundidad conceptual y sociohistórica. No obstante, esta cruda y poco sofisticada herramienta es lo que surge a raíz de las limitaciones del documento actual. A pesar de esto, esta categoría quizás sí posee suficientes méritos como para discernir si el conflicto actual entre Estados Unidos y las dos potencias euroasiáticas se puede catalogar como una “Guerra Fría”, y qué necesitamos saber nosotros -observadores y comentaristas de las relaciones internacionales- sobre esta guerra, para nuestros futuros análisis. A continuación, veremos la importancia de la “lógica” de una guerra fría, en el análisis de las dinámicas actuales del sistema internacional.  

 

Tomamos, como ejemplo, el rol de la política gringa en África (específicamente la subsahariana), tema que a primera vista no debe estar relacionado con las rivalidades geopolíticas entre estos, los chinos y los rusos. Entre los años 2002 y 2008, el comercio entre Estados Unidos y África creció a 100 mil millones de dólares estadounidenses, luego de la firma de la “African Growth and Opportunity Act[24] (Ley de Crecimiento y Oportunidades para África - AGOA, por sus siglas en inglés), que proporciona acceso libre de aranceles a 6.500 productos para varios países subsaharianos[25].

 

Pero el valor total combinado del comercio entre Estados Unidos y la África subsahariana para el 2017 fue de solo $ 39 mil millones, lo que lo convierte en el tercer socio comercial más grande de África, después de China y la Unión Europea[26]. Varios factores han influido en este declive, como por ejemplo la expansión de la industria del esquisto estadounidense, la limitada diversificación de los productos por parte de Estados Unidos y el anémico crecimiento africano. La desaceleración del intercambio comercial con el continente africano, sin embargo, no es exclusiva de Estados Unidos. El comercio entre África y la mayoría de los países europeos disminuyó fuertemente entre los años 2010 y 2017[27].

 

Un factor clave que explica el marcado declive del comercio (y las inversiones) entre Estados Unidos y África es un cambio estructural en la demanda energética estadounidense. En su punto máximo, Estados Unidos importó $ 99,5 mil millones de petróleo y gas del continente, solo en el 2008. Para el 2018, esta cifra había caído a solo $ 17.6 mil millones. En términos de las exportaciones estadounidenses a África, el gran desafío es el costo relativamente alto de las exportaciones estadounidenses, como sus automóviles, maquinaria y aviones, frente a la producción de bienes chinos con alto grado de diversificación de costos, para cubrir un amplio rango de niveles de ingresos.

 

Parte del declive se debe al colapso de los precios del crudo, sin duda alguna, pero la mayor parte es el reemplazo del crudo nigeriano y angoleño por energía producida en Estados Unidos, a través de los esquistos (el famoso “shale oil”). Estados Unidos, al ver que no posee competidores como la Unión Soviética, y al reducir su interés en los recursos naturales africanos, permitió el declive comercial y las inversiones de infraestructura en África, a ser retomadas en otro momento de su incuestionable unipolaridad que sea más conveniente.

 

Interesantemente, la “Better Utilization of Investments Leading to Development Act[28] (Ley de Mejor Utilización de Inversiones que Conducen al Desarrollo -ley BUILD, por sus siglas en inglés), fue aprobada en el 2018. Había sido iniciada por el Congreso gringo y no por la administración del Magnate Trump. La ley BUILD duplica la protección predeterminada para las inversiones estadounidenses en proyectos de infraestructura en países en desarrollo, hasta un total de 60 mil millones de dólares. La Ley fue una débil respuesta a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China y el financiamiento masivo y la construcción de importantes proyectos de infraestructura en África que la acompañan.[29]

 

Adicionalmente, el Congreso de los Estados Unidos mantuvo la financiación de los programas de ayuda al desarrollo en niveles bastante elevados. La asistencia estadounidense para el desarrollo en la África subsahariana, se colocó unos $ 3.000 millones (aproximadamente) por debajo de la financiación de la UE en 2019. Además, la administración del Magnate Trump continuó con casi todas las iniciativas existentes, lanzó nuevas como "Prosper Africa",[30] e incluso amplió la presencia de USAID en países como el Níger. Por lo tanto, la política de desarrollo exterior (es decir, de injerencia) bajo el Señor Trump siguió siendo bastante tradicional, a pesar de la retorica bombástica del magnate, y las de sus rivales del “establishment” gringo.

 

¿Por qué incrementó (aunque superficialmente) la atención estadounidense hacia la África Subsahariana, después de tanto abandono? ¿Por qué resurgen temas en la política exterior gringa como la seguridad en la región subsahariana, a la vez de la famosa “democratización” que tanto emplea Washington hipócritamente junto a otros temas, y que han estado ausentes desde el periodo de George Walker Bush? Pues el tema energético no puede ser, ya que el “shale” gringo, a pesar de que ya no es rentable, sigue alimentando los intereses geopolíticos del país anglosajón.[31] Simplemente, la única razón que pudiera explicar un “regreso” gringo al continente ancestral, es la China, y solamente la China.  

 

Cualquier gran proyecto en cualquier ciudad de la África subsahariana y que tenga más de tres pisos o cualquier carretera que tenga más de tres kilómetros probablemente fue construida y/o diseñada por los chinos. Esta potencia asiática es omnipresente en todo el continente africano. China ahora es el mayor socio comercial de África, y el comercio entre ambos supera los $200.000 millones anuales. Más de 10.000 empresas de propiedad china operan actualmente en todo el continente africano, y el valor de las empresas chinas allí desde el 2005 asciende a más de $2 billones (millones de millones), con una inversión de $300.000 millones, actualmente bajo consideración.[32]

 

África también ha superado al propio continente asiático como el mercado más grande para los contratos de construcción de China en el exterior. Para mantener este impulso, Beijín anunció recientemente un fondo de desarrollo de infraestructura para África, como parte de la Franja y la Ruta de $ 1 mil millones y, en 2018, un paquete de ayuda africana de $ 60 mil millones, por lo que se espera que África continúe acercándose al gigante asiático, a medida que el desarrollo de infraestructura africana por parte de la China sea más numeroso y robusto.[33]

 

El desarrollo de la infraestructura es lo que más necesita África, y justo eso es lo que la China está mejor equipada para proporcionar. Muchos líderes africanos saben que hace apenas 30 años, China estaba en un lugar similar al que se encuentran la mayoría de los países subsaharianos en la actualidad: un país subdesarrollado, con una economía que para entonces representaba apenas el 2% del PIB mundial.

 

Pero en las últimas décadas, China sorprendió al mundo por la forma en que utilizó el desarrollo de la infraestructura para impulsar el crecimiento económico, creando una red ferroviaria de alta velocidad que ahora supera los 29.000 kilómetros, autopistas con más de 100.000 kilómetros de extensión, construyendo más de 100 nuevos aeropuertos y no menos de 3.500 nuevas áreas urbanas, los cuales incluyen 500 zonas de desarrollo económico.[34]

 

Desde 2011 (ya una década), China ha sido el actor principal del auge de la infraestructura en África, con una participación del 40% en dicha industria, participación que sigue aumentando. Mientras tanto, las participaciones de los otros actores siguen cayendo vertiginosamente: Europa cayó del 44% al 34%, mientras que la presencia de contratistas estadounidenses cayó del 24% a solo el 6,7%.[35]

 

La presencia china y la necesidad de enfrentarla en todos los ámbitos y zonas geográficas es la razón principal que ahora estimula a Estados Unidos a prestar “más” atención al continente africano que la prestada durante la última década, como también a otras partes del mundo. Ni los problemas de proliferación de los grupos e insurgentes islamistas y/o yihadistas -que amenazan los intereses de potencias imperiales o seudo-imperiales (como la Francia de Macron[36])- han logrado llamar la atención gringa, como el éxito chino en la región subsahariana, prácticamente “construyendo” esta zona continental.

 

[7] Ibid,

[9] En el 2010 se publicó el siguiente artículo, el cual ya empieza a abordar este tema:

https://rebelion.org/pax-americana-y-la-crisis-europea-una-lectura-geopolitica/

En el 2012, quien suscribre ofreció una confeencia en inglés en la Universidad Bolivariana de Venezuela (Centro de Idiomas Rosa Luxemburgo), al igual abordando el tema de una nueva Guerra Fría: https://khosomoso.wixsite.com/website/post/international-relations-and-the-bolivarian-revolutions

[11] En el 2015 se publicó un libro en Venezuela titulado “Mulipolaridad e Integración Nuestramericana” de autoría de Omar Hassaan Fariñas (https://isbn.cloud/9789807711050/multipolaridad-e-integracion-nuestroamericana/). El libro contiene un artículo que fue escrito en el 2014, en el cual se expone los detalles de la Guerra Fría que hoy en día, en junio de 2021, es imposible de ignorar. Para ver el artículo, visite:  https://khosomoso.wixsite.com/website/post/multipolaridad-e-integración-nuestramericana

[12] Compartimos el criterio de Stephanson, cuando indica que “como algo parecido al lenguaje publicitario, el pronunciamiento (a menudo seguido de una referencia a esa conocida "economía globalizada") presupone una noción de una época tan inflada y borrosa que puede incluir todo y cualquier cosa. Los conceptos históricos ciertamente tienen el potencial de reensamblar la experiencia pasada de formas novedosas, para satisfacer las nuevas necesidades del presente. Pero el nombre en este caso es un simple eslogan. Además, detrás de ella se esconde no solo una noción transparente e indivisible de la guerra fría como época, sino también un principio esencialista, según el cual todo es reflejo o expresión de una esencia original.” https://issforum.org/essays/PDF/stephanson-14notes.pdf

[14] Ibid.

[16] Ibid.

[18] Ibid.

[23] Una “Proxy War” (guerra indirecta) es un conflicto armado entre dos o más Estados o actores no estatales que actúan por instigación o con el apoyo de otras partes que no están directamente involucradas en las hostilidades. Para que un conflicto se considere una guerra indirecta, debe haber una relación directa a largo plazo entre los actores externos y los beligerantes involucrados (Fuente: Wikipedia).

[34] Ibid.

https://www.alainet.org/es/articulo/212948
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