Boletín 49 (2020)

Nosotrxs no escuchamos al agonizante gobierno de Donald Trump

11/12/2020
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  • Opinión
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Ilustracion: Madhuri Shukla (EE. UU.)
Wring [Estrujar]
2020.
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La noche anterior a las elecciones de la Asamblea Nacional en Venezuela, el presidente Nicolás Maduro habló frente a un grupo de visitantes en el Palacio Miraflores de Caracas. Contó cómo llegó a ser miembro de la Asamblea Constituyente, que se formó en 1999 y estableció un marco legal para el sistema político venezolano. Dijo que había sido miembro de la Asamblea Nacional durante su primer y segundo periodo (2000-2005 y 2005-2010), y que fue presidente de dicha institución durante su segundo mandato, antes de que le pidieran que asuma el cargo de ministro de Relaciones Exteriores. Durante las elecciones para el cuarto mandato de la Asamblea Nacional (2015-2020), el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), que él lidera, perdió la mayoría en la Asamblea “porque cometimos errores”, me dijo, “seamos claros”.

 

Cuando asumió la cuarta Asamblea Nacional en Caracas, fue utilizada por el gobierno de Estados Unidos y un sector de la derecha venezolana para intentar derrocar al gobierno de Maduro y la Revolución Bolivariana. Dentro de la Asamblea Nacional, el gobierno estadounidense y los grupos más extremos de la oposición nacional eligieron a un político desconocido, Juan Guaidó, y lo posicionaron como su instrumento para deslegitimar la política de Venezuela. El Departamento de Estado de EE. UU. designó extrañamente a Guaidó como presidente de Venezuela, cuya autoridad derivaba casi por completo del pronunciamiento del secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo. Todos los intentos por derrocar al gobierno del presidente Maduro fracasaron, aunque la intensificación de las sanciones de EE. UU. y la confiscación forzosa de más activos venezolanos fuera del país han afectado muy duramente al pueblo de Venezuela y a la capacidad del país para ejercer plenamente su soberanía.

 

De acuerdo con la Constitución de Venezuela, el cuarto periodo de la Asamblea Nacional termina en diciembre de 2020, lo que significa que se debían realizar elecciones para el quinto periodo. Tales elecciones se llevaron a cabo el 6 de diciembre. Poco antes, me reuní con una serie de líderes políticxs en Caracas que se oponen al gobierno del presidente Maduro y que se enfrentaban a lxs candidatxs del PSUV en estas elecciones. “Somos la oposición invisible”, dijo Pedro José Rojas, líder de Acción Democrática (AD), que junto con el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) forman la partidocracia o el viejo establishment político. Estos partidos están contra el gobierno, pero no contra el sistema político, y no están a favor de la oposición extrema de Guaidó o del intento estadounidense de cambiar de régimen.

 

Las sanciones unilaterales de EE. UU. “han tenido un impacto devastador para el pueblo venezolano”, dijo Rojas, “no han logrado lo que se supone que harían”, es decir, conducir a un cambio de régimen a través de técnicas de guerra híbrida empleadas por el gobierno estadounidense contra Venezuela desde la elección de Hugo Chávez en 1998. Juan Carlos Alvarado, uno de lxs líderes de COPEI, dijo que “el bloqueo ha tenido un impacto terrible en el país”. De hecho, toda la oposición que está participando en las elecciones y que cree que la vía democrática es la única posibilidad, dice que en 2021 quisieran trabajar junto al presidente para establecer una comisión que investigue el brutal impacto de las sanciones de EE. UU. sobre las personas que viven en Venezuela.

 

Guaidó y la oposición antidemocrática extrema —junto con el gobierno estadounidense y la Unión Europea— han señalado mucho antes de las elecciones que los comicios del 6 de diciembre eran fraudulentos; después de que se realizaran, tanto Estados Unidos como la UE dieron rancias declaraciones de condena. El Departamento de Estado de EE. UU. ha interferido en las elecciones en numerosas ocasiones, a través de sanciones a funcionarixs del Consejo Nacional Electoral (CNE), incluyendo a su presidente, sanciones a candidatos opositores y a través de una narrativa moldeada para enfocarse en acusaciones de fraude no probadas. Políticos de la oposición como Bruno Gallo (Avanzada Progresista) y Timoteo Zambrano (Cambiemos) me dijeron que no hay ningún fraude en estas elecciones, sino algunas irregularidades normales (como que los medios estatales favorecen a los candidatos oficialistas, aunque los medios privados favorecen a la oposición, según dijeron). Gallo señaló que pasó diez años investigando de cerca al CNE en busca de fraude, con la intención de debilitarlo, pero que no pudo encontrar ninguna evidencia que lo comprobara. Esta es una elección justa, dijeron, en lo que respecta a las elecciones.

 

Los resultados llegaron hacia la noche, el PSUV ganó la mayoría de los escaños, aunque tanto la oposición de derecha como de izquierda ganaron un tercio de los votos. En un hermoso día de diciembre en Caracas, más de cinco millones de personas acudieron a los centros de votación de todo el país para emitir sus votos. La participación —cerca del 32%— es cercana al promedio para elecciones no presidenciales, especialmente considerando la pandemia, la escasez de combustible (que dificulta el transporte), y la atmósfera de miedo creada por la extrema derecha con sus llamados a boicot. En comparación, una elección en Rumania el mismo día tuvo una participación de 30%, y la elección municipal de febrero en Costa Rica tuvo un 34%. No hubo violencia en el país, ni hubo ninguna queja seria de fraude presentada ante el CNE. La mañana siguiente, el ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, Jorge Arreaza, dijo que la campaña electoral y las votaciones se llevaron a cabo “en una jornada pacífica en la que triunfó la democracia y en la que el pueblo venezolano triunfó”.

 

Desde la campaña electoral que llevó a cabo un movimiento popular liderado por Hugo Chávez en 1998, Estados Unidos y sus aliados han librado una guerra híbrida contra la posibilidad de un futuro diferente para Venezuela y Latinoamérica. El término “guerra híbrida” es un concepto clave en nuestro trabajo en el Instituto Tricontinental de Investigación Social, ya que ha ayudado a enfocar nuestra atención en las diversas formas de guerra utilizadas por Estados Unidos y sus aliados contra cualquiera que desafíe su autoridad. Nuestro dossier de enero de 2021 ofrecerá un análisis de coyuntura de la situación mundial y desarrollará con mayor profundidad el concepto de guerra híbrida.

 

En lugar de llevar a cabo un ataque militar directo contra sus adversarios, EE. UU. ha desarrollado una guerra en ejes como la diplomacia, las comunicaciones, la industria y el comercio. Por ejemplo, el control estadounidense sobre los conglomerados de comunicaciones para moldear la narrativa de los asuntos mundiales ha sido utilizado como arma contra adversarios como Venezuela, cuyos gobiernos son descritos por estos medios como un “régimen” y no un “gobierno”, y cuyas dificultades en un escenario complejo son atribuidas totalmente a las políticas gubernamentales o a la “corrupción”, en vez de considerar el impacto del colonialismo, la intensificación de las desigualdades por el sistema mundial capitalista, y el duro ataque de las potencias imperialistas, incluyendo el régimen de sanciones.

Como parte de esta guerra de información —un frente de la guerra híbrida—, es importante para Estados Unidos y la Unión Europea deslegitimar la cultura política de Venezuela y por lo tanto rechazar estas elecciones. Las declaraciones publicadas por EE. UU. y la UE probablemente fueron escritas días antes de las elecciones mismas, porque no reflejan en absoluto los eventos que ocurrieron el 6 de diciembre. La UE no envió observadores a Venezuela, y por lo tanto basó sus declaraciones en el prejuicio más que en informes creíbles en el terreno. Yo fui observador electoral para el CNE y quisiera decir —en mi opinión personal y profesional— que no vi ninguna evidencia de fraude en estas elecciones. Esa fue también la visión de los líderes de la oposición que me dijeron categóricamente que no creen que haya habido ningún fraude.

 

Las guerras híbridas toman muchas formas y ninguna es fácil de visualizar. En esta cuarta y última Exposición de afiches antiimperialistas: Guerra híbrida, 39 artistas de 18 países contribuyeron con afiches que ayudan a dar una expresión visual a este concepto definitorio de nuestro tiempo. La exhibición fue inaugurada el 3 de diciembre en solidaridad con el pueblo de Venezuela en el periodo previo a las elecciones para la Asamblea Nacional. Aborda cómo la guerra híbrida dirigida por EE. UU. se manifiesta desde Venezuela hasta India, desde Cuba hasta China y Brasil. Estos carteles son un testimonio vivo de las luchas populares contra el imperialismo.

 

La noche antes de las elecciones, el presidente Maduro dijo que el pueblo venezolano esperaba que Estados Unidos negara la validez de las elecciones y evitara que lxs representantes políticxs de Venezuela impulsaran la agenda necesaria para resolver los grandes problemas que el pueblo enfrenta. “Estados Unidos dijo que no aceptarán los resultados de las elecciones mucho tiempo antes de que las elecciones se realizaran”, me dijo Maduro en Miraflores. “Nosotrxs no escuchamos al agonizante gobierno de Donald Trump”.

 

La nueva Asamblea Nacional asumirá el 5 de enero de 2021, quince días antes de la transferencia de poder en Estados Unidos (donde Trump también acusó fraude). “EE. UU. no decide lo que hacemos en Venezuela”, dijo Maduro. Eso es cierto políticamente, pero debido a que Estados Unidos controla la información y la actividad económica mediante el control de partes del sistema financiero y de los sistemas de reconciliación de pagos, sí limita la posibilidad de Venezuela de actuar en nombre de su propio pueblo. Hugo Chávez solía decir “viviremos y venceremos”. Ese es el sentimiento dentro de Venezuela a lo largo de diversas corrientes políticas, es lo que da esperanza a la gente.

 

 Instituto Tricontinental de Investigación Social.

 

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/210159
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