Epistemología e investigación científica

20/11/2019
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Nota introductoria

 

El 16 de noviembre recién pasado se conmemoró el XXX Aniversario del asesinato de los jesuitas de la UCA. Su ejemplo y enseñanzas afianzaron en mí un respeto incondicional por el conocimiento filosófico y científico que, estoy seguro, no voy a perder jamás. En casi todos sus aniversarios he escrito algo que recuerde sus ideas y legado. En esta ocasión me limito a dedicar a su memoria estas páginas que recogen mucho de lo que me quedó de esos “pesos pesados” del conocimiento, la disciplina intelectual y el rigor académico.

 

 

 

I

 

Me han pedido que reflexione sobre dos temas interesantes y no exentos de complejidad: la epistemología y la investigación científica, lo mismo que sobre sus perspectivas. Nadie que tenga una alta estima por el conocimiento científico, como el caso de quien esto escribe, puede rehuir una discusión como la sugerida en el título de estas páginas. Preguntas inevitables, de entrada, son la siguientes: ¿qué es la epistemología? ¿Qué son la ciencia y la investigación científica? ¿Cuál es la relación que existe entre ambos quehaceres? Estas y otras preguntas han recibido un tratamiento detallado por los especialistas –filósofos de la ciencia, historiadores de la ciencia y epistemólogos— de tal suerte que lo cabe esperar en lo que sigue es una repetición de algo ya dicho por otros, pero que no es del todo improcedente repetir una y otra vez en una época –la nuestra— en la cual el oscurantismo, el rechazo y la denostación de la ciencia, y la apelación a las fantasías constructivistas, y de otra procedencia, están tan en boga incluso en ambientes en los cuales la ciencia y sus conquistas teóricas y experimentales deberían ser defendidas a capa y espada.

 

Antes de intentar dar una respuesta a las preguntas planteadas, considero oportuno detenerme en la expresión “la ciencia y sus conquistas teóricas y experimentales deberían ser defendidas a capa y espada”, especialmente porque la última parte de la misma (“a capa y espada”) suscitó un interesante debate del autor de estas líneas con un grupo de estudiantes, algunos de los cuales entendieron que la afirmación “defender la ciencia a capa y espada” significaba que el conocimiento científico era un dogma de fe, una verdad absoluta e irrefutable, pues sólo los dogmas irrefutables –argumentó un alumno— eran defendibles “a capa y espada”. Expliqué –espero que con éxito— que la ciencia no era eso y que se la tenía que defender a capa y espada porque era la mejor manera que teníamos de explicar cómo funciona la realidad que nos rodea y nos constituye física, química y biológicamente.

 

Expliqué que el conocimiento científico no es irrefutable, sino todo lo contrario: que la refutabilidad es uno de sus nervios; que es una aproximación siempre mejorable a las estructuras de la realidad, que por su parte no dejan de mostrar nuevos enigmas. Insistí, una y otra vez, en que defenderla a capa y espada significa defender sus dos pilares fundamentales: la argumentación lógica y las pruebas empíricas, que son la mejor receta para que la ciencia misma se corrija y para corregir visiones fantásticas, ilusorias e irracionales sobre la realidad natural, social y humana. Esas visiones ilusorias y fantásticas, construidas a partir de falacias y argumentaciones ideológicas que dan la espalda a la evidencia empírica (natural, social, histórica) son una amenaza para la libertad, la paz y la emancipación. El conocimiento científico es la mejor herramienta que tenemos para hacerles frente, además de otras implicaciones prácticas derivadas del mismo, desde que se constituyó a partir de los aportes de los padres fundadores Copérnico, Kepler, Galileo, Newton y Darwin.

 

 En fin, pues, no todo lo defendible “a capa y espada” es dogma o verdad indiscutuble. Que los defensores de dogmas o ilusiones (religiosas o políticas) los defiendan a capa y espada les da una ventaja respecto a los que no se atraven a defender a capa y espada la causa de la ciencia. Esta es una causa que las personas razonables y progresistas –no digamos las personas que están integradas como alumnos o como docentes e investigadores en instituciones universitarias— deberían luchar con sus mejores armas, es decir, las armas de la razón y de los datos de la realidad.

 

“Al fin y a la postre –anota Steven Pinker--, la mayor recompensa de inculcar el aprecio de la ciencia estriba en que ‘todo el mundo’ piense de forma más científica… los humanos somos vulnerables a los sesgos cognitivos y a las falacias. Aunque la cultura científica no sea en sí una cura para el razonamiento falaz cuando se trata de señas de identidad politizadas, la mayoría de los problemas no empiezan de esa manera y todos saldrían ganando si pudieran pensar en ellos de un modo más científico. Los movimientos que aspiran a propagar la sofisticación científica, como el periodismo de datos, el pronóstico bayesiano, la medicina y la política basadas en evidencias, la monitorización de la violencia en tiempo real y el altruismo efectivo poseen un enorme potencial para promover el bienestar humano”1.

 

II

 

Dicho lo anterior, veamos qué es la epistemología, también conocida como filosofía del conocimiento, teoría del conocimiento o filosofía               de la ciencia. Es una disciplina filosófica que se ocupa de invesitgar qué es el conocimiento científico, sus condiciones, límites y posibilidades; su evolución histórica; sus diferencias y semejanzas con otras formas de conocimiento; sus características esenciales, sus soportes institucionales y sociales, y sus fronteras. En el debate epistemológico más reciente, ocupan un lugar central los temas relativos a las bases neuronales del conocimiento humano, para lo ocual se están volviendo decisivos los aportes de la psicología congnitiva, la psicología evolucionista y la biología evolutiva.

 

La crítica popperiana al inductivismo (y el empirismo positivista) encuentra un respaldo firme en las contribuciones de Antonio Damasio, Steven Pinker y Michael Gazzaniga en el asunto, tan debatido, de si en el proceso de conocimiento los seres humanos encaran la realidad sin ningún presupuesto (psicológico, mental, emotivo), es decir, como una tabla rasa, o si ese proceso tiene condiciones (mecanismos, predisposiciones psicobiológicas) previas a la experiencia, que la hacen posible y le marcan unos derroteros determinados. Las conclusiones, respaldadas por sólidas evidencias empíricas, se inclinan fuertemente en le segunda dirección: no somos, ni podemos ser, tablas rasas, pues ello supondría la renuncia, imposible, a nuestra naturaleza biológica, de la cual emergen precisamente –por selección natural— nuestras facultades congnoscitivas fundamentales, al igual que nuestras facultades morales2.

 

La epistemología es cultivada, principalmente, por filósofos, aunque también hay científicos e historiadores de la ciencia que se ocupan de los temas y problemas propios de la disciplina. Entre los filósofos de la ciencia más influyentes y conocidos destacan Karl Popper, que dejó una huella imborrable en el debate epistemógico con su tesis de que el conocimiento científico descansa en una dinámica de conjeturas y refutaciones; Thomas Kuhn, con su aporte sobre los paradigmas y las revoluciones científicas; e Imre Lakatos, con su visión del quehacer científico como algo enmarcado en programas de investigación de carácter institucional.

 

Esos autores son sólo tres, de una larga lista de nombres que se remonta a Parménides, Sócrates, Platón y Aristóteles, en la antigüedad helénica; Plotino y San Agustín en mundo latino; y que desde los inicios de la ciencia moderna no ha dejado de crecer, comenzando con Francis Bacon, René Descartes, John Locke, David Hume e Inmanuel Kant, hasta el siglo XX, cuando, al lado de Popper, Kuhn y Lakatos se puede poner a Alfred Ayer, Bertrand Russell, Mario Bunge y Alexander Koyré. Algunos de los científicos que hecho importantes aportes a la filosofía de la ciencia son los físicos Steven Weinberg y Alan Sokal, y los biólogos evolutivos Stephen Jay Gould y Francisco J. Ayala.

 

 Asimismo, la epistemología y la ciencia son dos campos especializados del conocimiento humano que deberían estar en comunicación, lo cual no siempre ha sido ni es así. No han faltado los epistemólogos –serios o de mera pose— que han elaborado sus reflexiones sobre la ciencia sin dirigir la mirada a la realidad efectiva del quehacer científico, en algunos casos con la pretensión, sin fundamento, de decir a los científicos cómo debería ser su trabajo. Es una práctica que poco a poco se ha ido subsanando, pero que todavía encuentra adeptos en círculos filosóficos a los que la ciencia no sólo les es ajena, sino que predican, afincados en una presunta “segunda cultura”, una fobia contra lo científico que no hace ningún bien, en particular, al campo de conocimiento en el cual se mueven y, en general, a las humanidades.

 

La epistemología, precisamente, tiene una larga historia, desde sus formulaciones modernas, allá por el 1600, hasta el momento actual –sin contar las elaboraciones sobre el problema del conocimiento iniciadas con los presocráticos—, cuando los filósofos de la ciencia más audaces y rigurosos han incursionado en el mundo científico y algunos científicos lúcidos han incursionado en la reflexión sobre el conocimiento. Gracias a esos esfuerzos, de los cuales fue un pionero Karl Popper, ambos campos se han enriquecido extraordinariamente, y ahora se conoce bastante bien –aunque eso no quiere decir que todo sea prístino— qué es la ciencia y qué es la investigación científica.

 

III

 

¿Cómo se puede definir la ciencia? Brevemente, como un cuerpo de conocimientos de carácter explicativo sobre la realidad natural y social, basado en formulaciones teóricas, lógicas y sistemáticas, y un conjunto de pruebas empíricas tomadas de la realidad siguiendo procedimientos y técnicas que pueden ser validadas por terceros. Esta definición va a contracorriente de una, que aparece recurrentemente, en distintos manuales de investigación según la cual “la ciencia es el método”. Entre las mejores formulaciones de lo que es la ciencia se encuentra esta de Steven Pinker:

 

“¿Qué es lo que distingue entonces a la ciencia de otros ejercicios de la razón? Ciertamente no es el método científico, un término que se enseña a los escolares pero que jamás sale de los labios de un científico. Los científicos emplena cualesquiera métodos que les ayuden a entender el mundo: la onerosa tabulación de datos, las proezas experimentales, las fantasías teóricas, los modelos matemáticos elegantes, la simulación informática rudimentaria o la narración verbal extensa. Todos los métodos se ponen al servicio de dos ideales y son esos ideales los que los defensores de la ciencia desean exportar al resto de la vida intelectual. El primero es que el mundo es inteligible. Los fenómenos que experimentamos pueden explicarse mediante principios que son más profundos que los fenómenos mismos… El segundo ideal es que debemos permitir que el mundo nos diga si nuestras ideas sobre él son correctas o no. Las causas tradicionales de la creencia (la fe, la revelación, el dogma, la auroridad, el carisma, la sabiduría, el análisis hermenéutico de textos y el resplandor de la certeza subjetiva) son generadoras de error y deberían ser descartadas como fuente de conocimiento”3.

 

Otro científico, el físico Carlos Rovelli, apunta un argumento que complementa al de Pinker:

 

“En el célebre mito que Platón cuenta… los hombres encadenados, en el fondo de una caverna oscura, sólo ven las sombras que un fuego que arde proyecta en la pared, frente a ellos. Piensan que ésa es la realidad… Nosotros estamos también en el fondo de una caverna, encadenados a nuestra ignorancia, a nuestros prejuicios… Querer ver más lejos muchas veces nos confunde: no estamos acostumbrados. Pero lo intentamos. La ciencia eso. El pensamiento científico explora el mundo y lo dibuja una y otra vez, ofreciéndonos imágenes cada vez más completas: nos enseña a pensarlo de manera más eficaz. La ciencia es una exploración continua de formas de pensamiento. Su fuerza es la capacidad visionaria de superar ideas preconcebidas, desvelar nuevos misterios de lo real y construir imágenes del mundo más precisas. Esa aventura se basa en todo el conocimiento acumulado, pero su alma es el cambio”4.

 

La ciencia es exploración de la realidad. La ciencia es un hacer5. La investigación es su nervio fundamental. Y esto significa plantearse problemas sobre la realidad; elaborar conjeturas o hipótesis que den una respuesta provisional, lógica y refutable con datos de la realidad, a esos problemas; y buscar sistemáticamente, con los instrumentos y técnicas pertinentes, las evidencias empíricas exigidas por la hipótesis. Los problemas, las hipótesis y los resultados empíricos deben ser coherentes entre sí y con el cuerpo de conocimientos acumulado en la historia de la ciencia, en sus distintas disciplinas naturales y sociales. El quehacer científico es, pues, algo vivo, dinámico, creativo: no algo que se puede circuncribir a un conjunto frío y rígido de recetas –tan al uso en no pocos manuales de metodología— que desnaturalizan el trabajo científico en sus distintos campos.

 

El genetista Luigi Luca Cavalli-Sforza deja constancia de la dinámica propia de su campo de estudios, cuando anota lo siguiente en el prólogo de su libro Genes, pueblos y lenguas:

 

“Espero que Genes, pueblos y lenguas transmita al lector las principales motivaciones de nuestro trabajo científico: el placer de la investigación, es decir, el descubrimiento de lo desconocido; la utilidad de ciertas técnicas en la ciencia, como los modelos científico, el análisis cuantitativo (tratando de olvidar las matemáticas, que espantarían a muchos lectores, y recurriendo a como mucho a valores numéricos que todos son capaces de entender), y la utilidad de la simulación; la necesidad de crear nuevos métodos para resolver nuevos problemas; y la tensión continua creada por la proliferación de interrogantes que acompaña a todo proceso científico (cada respuesta suele dar lugar a nuevas preguntas)”6.

 

 

 

IV

 

Desde que Nicolás Copérnico se atrevió a desafiar el geocentrismo prevaleciente siguiendo los procedimientos de la razón matemática y los imperativos de la realidad, el desarrollo y las conquistas de la ciencia han sido imparables. El maridaje entre la astrononomía, la física y las matemáticas ha mostrado ser uno de los más potentes para explorar los secretos de la naturaleza. En la actualidad, se cuenta con un conjunto de disciplinas científicas robustas, naturales y sociales, que nos ofrecen una visión científica del universo y de los seres vivos, incluidos nosotros como una especie biológica singular, sumamente completa, lógicamente fundamentada y avalada por pruebas empíricas, tomadas de la realidad, que nos permiten confiar en ella.

 

Lo cual no quiere decir que sea una visión de la realidad irrefutable, sino todo lo contrario pues la salud de la ciencia se juega en la búsqueda permanente de los errores y fallos de las teorías vigentes, por firmes que sean. Es lo que Popper llamó la “búsqueda sin término” del conocimiento científico.

 

Asimismo, hay campos problemáticos que ocupan a las ciencias y que constituyen las fronteras de la investigación científica, es decir, los ámbitos de estudio científico en los que se juegan los avances y conquistas verdaderamente novedosas. En estos campos –los orígenes del universo, la estructura de fuerzas y componentes del espacio-tiempo, la unificación de la realidad cuántica con la realidad relativista, la materia y energía oscuras, los agujeros negros, la unidad genética de todos los seres vivos, el origen de la vida, la naturaleza biológica de lo humano, las líneas evolutivas que marcaron la irradiación de nuestra especie y la definen, entre otros— se juegan los asuntos cruciales que hoy por hoy ocupan a los científicos más creativos y audaces.

 

La astronomía, la física, la paleontología, la biología molecular, la bioología evolutiva y la psicología evolucionista y congnitiva están generando un cuerpo de conocimientos extraordinario y que está llamado a corregir, en muchos sentidos, la visión hasta ahora vigente del ser humano, de la cultura y de la sociedad.

 

En estos campos y en otros, la investigación científica está en pleno apogeo. Se invierten recursos humanos y financieros de envergadura que no siempre son suficientes. Los resultados no defraudan, porque los conocimientos obtenidos, ya se trate de los laboratorios de genética, el CERN en Ginebra o Atapuerca en Burgos, constituyen una mayor y mejor conocimiento de la realidad natural y social, y en definitiva un mayor y mejor conocimiento de nosotros mismos y de nuestro lugar en el universo. Y las aplicaciones técnicas que se derivan de esos conocimientos mejoran, en general, la vida y los entornos en los que habitamos, ya sea en la salud, en la alimentación o en las comunicaciones.

 

Los cultivadores de la epistemología no siempre han estado a tono con el quehacer científico, su desarrollo y conquistas. Algunas epistemologías dieron la espalda a la ciencia real y elaboraron visiones que poco tenían que ver con ella; en algunos casos se tergiversó el carácter del quehacer científico, reduciéndolo a un conjunto de reglas o protocolos que fueron y son un atentado contra la ciencia viva; en otros, se elaboraron visiones de la ciencia “anticientíficas”, tipo las visiones constructivistas que reniegan de la realidad real; y en otras ocasiones, se ha vendido, desde la epistemología, una visión de ciencia inspirada en un positivismo hace tiempo superado.

 

En no pocas ocasiones, se propició un rechazo a la ciencia, abanderado por “filósofos de la ciencia” que, además de endosarle a esta un carácter “positivista” y “cientificista”, la acusaron y acusan de ser la expresión de un dominio eurocéntrico y neocolonialista, sin darse cuenta de que la ciencia no tiene nacionalidad ni patria. Los epistemólogos, profesionales o no, que defienden estas posturas también suelen defender la tesis que dice que las ciencias sociales no tienen nada que ver con las ciencias naturales, dando la espalda a los engranajes reales que, ontológicamente, articulan lo natural con lo social.

 

Con esto son responsables del rezago investigativo que caracteriza a algunos saberes sociales que se resisten –aunque se consideren “ciencia”— a cumplir con las exigencias que corresponden a cualquier ejercicio científico. La fobia hacia la ciencia que se destila en algunos ambientes universitarios por parte de cultivadores de algunas “ciencias” sociales --al impedir que estos cultivadores se hagan cargo de las conquistas de la ciencia-- no es una buena noticia para avanzar en el conocimiento científico de la realidad social; y es que “una de las mayores contribuciones potenciales de la ciencia moderna puede ser una integración más profunda con su compañera académica: las humanidades”7.

 

En este marco, también cabe mencionar aquellas epistemologías que toman una parte del quehacer científico y lo convierten en el rasgo definitorio de la ciencia. Es el caso de quienes sostienen, contra viento y marea, que la ciencia nace de la observación o que la ciencia es inductiva sólo porque los científicos hacen uso de datos. Muchos manuales de metodología de la investigación, y los profesores               que gustan de ellos y los usan, han ayudado a que esas visiones erróneas se difundan y se tomen como verdades evidentes.

 

 

 

V

 

Por supuesto que los científicos siguen en lo suyo: la ciencia necesita poco de la epistemología; la epistemolgía necesita mucho de la ciencia. Tanto es así que en las ùltimas décadas, son las contribuciones científicas las que le están cambiando el rostro al quehacer epistemológico, y quienes cultivan epistemologías trasnochadas se van quedando como piezas de museo que nos recuerdan el pasado. Si los epistemólogos no prestan atención detenida a la ciencia real terminarán por hacer irrelevante su campo conocimiento, como irrelevantes son las religiones no sólo para el conocer, sino para ser personas rectas y decentes. El peor daño que pueden hacer unas epistemologías desfasadas es influir negativamente en quienes se están formado académicamente, pues se les transmitem visiones equivocadas de la ciencia que son una traba para el fomento de vocaciones científicas. La mejor manera de fomentar estas vocaciones es mediante el contacto de los estudiantes con literatura científica de primera calidad, en decir, el contacto con la obra de creadores científicos, sin simplificaciones o atajos.

 

En fin, las perspectivas para la epistemología son negativas si se mantiene alejada de la ciencia real o si cultiva un anticientificismo de cortas miras. Para los estudiantes que se forman en educación superior (que deberían estar embebidos de ciencia), las perspectivas son sombrías si no logran acceder y asimilar las teorías científicas mejores, y si no se empapan de una visión científica de la realidad. Seguir expuestos a epistemologías trasnochadas tampoco les augura un buen futuro como personas de saber.

 

San Sa lvador, 19 de noviembre de 2019

 

Texto ampliado de la conferencia ofrecida por el autor en la “Semana Científica IEPROES 2019”. San Salvador, 18 de septiembre de 2019.

 

Luis Armando González

Docente Investigador de la Escuela de Ciencias Sociales, Universidad de El Salvador. Miembro del Grupo de Trabajo CIESAS-Glofo, del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

 


1  Steven Pinker, En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. Barcelona, Paidós, 2018, p. 489.

2  Cfr., Michael S. Gazzaniga, ¿Qué nos hace humanos? La explicación científica de nuestra singularidad como especie. México, Paidós, 2019.

3  Steven Pinker, En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. Barcelona, Paidós, 2018, p. 479.

4  Carlo Rovelli, La realidad no es lo que parece. La estructura elmental de las cosas. Barcelona, Tisquets, 2015, pp. 11-12.

5  Lo cual convierte en un sinsentido la expresión “investigación-acción” que tantos adeptos tiene.

6  Luigi Luca Cavalli-Esforza, Genes, pueblos y lenguas. Barcelona, Crítica, 2017, pp. 8-9.

7  Steven Pinker, Ibíd., p. 494.

https://www.alainet.org/es/articulo/203384
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