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Arde París, con petróleo barato

Análisis
03/12/2018
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La violenta manifestación de los “chalecos amarillos” del último fin de semana en Francia es motivo de innumerables reflexiones y análisis por estos días en todo el mundo. Seguramente las causas son varias, así como los intereses explícitos y ocultos, y la red de motivaciones políticas que hay detrás de estos eventos. Pero sin dudas el emergente de todo este problema, la razón primaria, la chispa que encendió París, fue el anuncio de una suba de impuestos a los combustibles.

 

Es imposible, al menos para los latinoamericanos, no recordar los “gasolinazos” de Bolivia en 2010 y de México en 2017. A diferencia de lo ocurrido en Francia, las manifestaciones en estos países se originaron en la quita de subsidios a los combustibles y no en la suba de impuestos. Pero la consecuencia fue la misma: el aumento del precio de la gasolina y la violenta salida a la calle de la población que se vio afectada por la suba de preciosi.

 

También en Bolivia y México las causas y motivaciones de los gobiernos, los actores políticos y los movimientos ciudadanos fueron diversos y seguramente hay muchas interpretaciones sobre las razones de fondo de aquellos conflictos. Pero me interesa para este análisis poner el foco en lo que tienen de común: la amplia movilización ciudadana en las calles ante el aumento de los combustibles.

 

Estas reacciones ciudadanas deberían ponernos en alerta ante el futuro que se avecina. Más allá de los habituales vaivenes de los precios internacionales del petróleo, es evidente que hacia el futuro no hará otra cosa más que subir. Podrá haber fluctuaciones menores pero la tendencia inevitable es al alza. Y no en un futuro lejano, sino en el corto plazo. Y hay dos razones principales para ello: el fin del petróleo barato y las políticas climáticas.

 

“El fin del petróleo barato” es el nombre de un fundamental artículo escrito por Collin Campbell y Jean Larrehere para revista Scientific American en 1998, donde ponía en evidencia que el pico del petróleo convencional era inminente y como consecuencia ya no iba a ser posible sostener los bajos precios del crudo. La actual explotación de petróleo no convencional, con costos muchos más elevados, ha puesto en evidencia que ya no será posible retornar a la era del petróleo barato. Las compañías norteamericanas dedicadas tempranamente a este tipo de perforación, acumulan deudas por 300 mil millones de dólares y solo puede mantenerse la ilusión de los precios actuales del petróleo a fuerza de subsidios y burbujas financierasii. La demanda de petróleo se estima que alcance 106 millones de barriles diarios para 2040, un 10% más que el consumo actual y la mayoría de ese petróleo necesariamente vendrá de los yacimientos no convencionales caros.

 

Por otra parte, desde que se iniciaron las negociaciones sobre cambio climático en 1992 quedó claro que uno de los principales enemigos del clima son los combustibles fósiles. Desde entonces, el retiro de los susidios y de los fondos para la explotación de hidrocarburos han sido pilares de las políticas climáticas a nivel internacional. Con una exasperante lentitud para los intereses del clima, estas políticas han ido avanzando: los subsidios mundiales a los combustibles fósiles han bajado de 500 a 350 mil millones de dólares, instituciones como el Banco Mundial han retirado su apoyo a este tipo de proyectos, legislaciones nacionales han obligado a invertir en tecnologías de reducción de emisiones, etc. Todas estas medidas -aún escasas, parciales e insuficientes- originadas en la lucha contra el cambio climático han ido agregando costos a la producción petrolera. Si los países se toman en serio las Contribuciones Nacionales presentadas en el Acuerdo de París y más aún, si de verdad quieren evitar el aumento de la temperatura por encima de los 2 grados centígrados, estas restricciones serán aún mayores.

 

Estas dos razones, el fin del petróleo barato y los acuerdos climáticos, solo pueden tener como resultado el aumento inevitable del precio de los combustibles. Pero las economías nacionales son altamente dependiente del petróleo para su funcionamiento: industria, transporte, agricultura, minería, son todas actividades que requieren de combustibles para su funcionamiento. El aumento de los costos del petróleo implica ineludiblemente un aumento en los precios de los artículos de consumo de los ciudadanos: transporte, alimentos, energía, etc.

 

Para agravar aún más la situación, los ciudadanos nos hemos acostumbrado a las bondades y beneficios del combustible barato. Hemos llenado las ciudades de automóviles y los supermercados de alimentos traídos desde tierras lejanas. La calidad de vida se ha equiparado al consumo y de esa manera el acceso universal a esos bienes y servicios dependientes del petróleo se ha convertido en una reivindicación social. Los sindicatos, movimientos sociales, y organizaciones políticas opositoras, se alzan entonces ante lo que entienden son sus derechos legítimos.

 

Los gobiernos, de todo signo y color, se encuentran en una encrucijada difícil: han promovido y estimulado un estilo de vida para sus ciudadanos que no podrán sostener. Nos han convencido de que cierta manera de vivir era el objetivo de sus programas políticos y ganaron, o ganarán, sus elecciones prometiéndonos el oro y el moro. Pero el oro y el moro se asientan sobre un material que ya no existe: el petróleo barato.

 

Lo que pasó en Bolivia, México y Francia es solo un avance de una película que veremos en todo su desarrollo en los años venideros. Sociedades petro-adictas que de un día para el otro se encuentran con que ya no pueden pagar la droga. Unos y otros se echarán la culpa mutuamente, pondrán el ojo en las cualidades de tal o cual gobernante, acusarán a esta o aquella política, culparán a los pobres, a los ricos, a los revoltosos, a las corporaciones o al diablo. Pero no habrá un culpable. Todos nos hemos dejado seducir por la ilusión de una energía barata e infinita. Seguramente hay unos más responsables que otros. Pero al fin, nadie es inocente.

 

Gerardo Honty es analista de CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social)

 

i Ver “Gasolinazo: Lecciones para América Latina”; www.alainet.org/es/articulo/182865

 

ii Ver “Una madre contra el fracking”; www.alainet.org/es/articulo/196461

 

https://www.alainet.org/es/articulo/196904

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