En defensa de Donald

28/08/2018
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El mío es el sino del tío contrariante, insatisfecho, opositor consuetudinario, cortador de cabellos en cuatro, rompe-cojones irredimible. Antes de la elección presidencial yanqui señalé que el más grande peligro no era Donald sino Hillary. A pesar de todo, particularmente de Trump, no he cambiado de opinión.

 

Heme aquí pues, –lo mío es un apostolado–, enzarzado en la poco enaltecedora misión de defender a Donald, un tipo indefendible cuyo comportamiento nos tiene haciendo cola para odiarle. Hay gente así: coleccionadora de adjetivos calificativos poco amenos e inspiradora de condenas definitivas, irrebatibles, palmarias, perentorias, concluyentes.

 

Quien ejerce el poco recomendable oficio de abogado suele recordar que, si queremos conservar el calificativo de humanos, debemos aceptar que hasta para un economista se pueden encontrar circunstancias atenuantes, argumentos lenitivos, consideraciones portadoras de una cierta indulgencia. He ahí la justificación de mi gesto y el meollo de mi alegato.

 

Si quisiera ponérmela fácil recurriría al sencillo expediente del contraste fenomenológico: Bill Clinton es directamente responsable de la desregulación financiera que concluyó en el burdel de la Gran Recesión. Barack Obama, premio Nobel de la Paz, es el mandamás más guerrero en la historia de los EEUU. El propio New York Times destacó que Barack “es el único presidente de los EEUU que ejerció dos mandatos enteros a la cabeza de un país en guerra.” Para no traer a cuento otro demócrata, un progresista, el muy sensible Harry Truman, quien, para ahorrarle mano de obra a la industria estadounidense que tanto la necesitaría luego, ordenó arrojar sendas bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

 

No caeré en tales facilidades. Donald tiene méritos propios que constituyen un zócalo sobre el cual edificar los cimientos que recibirán las bases de la plataforma que sostendrá la losa encima de la cual edificaré el pedestal que le servirá de podio a mi alegato.

 

In animus confidenti preciso que alego culpable. Sí, Donald es un hombre de negocios, es inútil negarlo. De ahí que no tenga sentido exigirle escrúpulos, límites morales, respeto por la justicia, fair play y otras virtudes que los empresarios tienen solo en las películas de Hollywood. El oficio de Donald consiste en ganar plata. Punto. Si hubiese que condenarle por eso, Tatán podría inquietarse.

 

Donald concibió su candidatura no con el propósito de ganar la elección, sino el de ganar más plata. Desafortunadamente, la movida marketing, a pesar de Donald, tuvo más éxito del esperado. Donald fue elegido a pesar suyo, como resultado de la poca credibilidad que la política y los políticos han alcanzado en los EEUU. Donald no es sino el resultado, Donald es apenas una consecuencia. Para explicar su elección hay que examinar la historia reciente de los EEUU, analizar la genealogía de su elevación a lo que Donald no es ni será jamás: un político.

 

Como el hecho perturba la irracionalidad de la elite yanqui, hay quien busca culpables en Rusia. En un país normal Donald es inelegible, debe pues haber razones que escapan a la inteligencia de la intelligentsia. Pero los EEUU no son un país normal. Los EEUU, que intervienen en buena parte de las elecciones dizque democráticas del mundo poniendo candidatos, asesinando candidatos, financiando campañas, manipulando la opinión pública, amenazando con represalias económicas y militares, comprando conciencias, etc., pretenden que la elección de Donald es el producto de una intervención extranjera. No. Donald es un puro producto americano, elegido mediante el curioso sistema electoral americano que por la segunda vez en pocos años lleva a la Casa Blanca al candidato que obtuvo menos votos.

 

Donald recibió su elección como una ducha fría. Pero un buen empresario no rechaza un buen contrato. Puso pues –bien o mal– cara de presidente, e hizo algo que dejó estupefactos a los políticos del mundo entero: empezó a hacer lo que había anunciado que haría.

 

En la materia no se trata de emitir un juicio de valor. Donald comenzó a aplicar el programa que le prometió a los electores, ese que le permitió ser elegido. Nadie, ni el partido demócrata, ni Hillary Clinton, ni ninguno de los poderes constituidos, cuestionó la legitimidad de su elección. Lo que generó escozor, embarazo, rechazo y detestación desde el inicio fue verle cumplir con lo prometido.

 

Que ese programa sea insensato, demencial y torpe, o bien pertinente, genial y hábil, no cambia el fondo de la cuestión: lo inimaginable para un político normalmente constituido fue ver actuar a Donald en coherencia con lo anunciado.

 

Para impedir la llegada de inmigrantes hispanos Donald propuso construir un muro en la frontera mexicana. Un clamor universal condenó la iniciativa. Sobre todo en Europa en donde los muros ya están construidos. La Unión Europea le paga cada año miles de millones de euros a Turquía para que le impida a millones de migrantes estacionados en su territorio acercarse a Europa. Bien calculado, ese muro europeo será más caro que el muro de Trump, y tampoco impedirá las olas migratorias.

 

España mantiene muros en Ceuta y Melilla para impedir la entrada de africanos en África. Francia construyó un muro en el Pas-de-Calais para impedir que los migrantes salgan de Francia para ir al Reino Unido. Hungría edificó un muro en la frontera serbia para detener a miles de migrantes africanos y asiáticos. Austria hizo lo propio en la frontera eslovena. Grecia erigió una barrera en Tracia para impedir la entrada de migrantes desde Turquía. La Unión Europea amenaza a Grecia con sanciones económicas si deja salir de su territorio los cientos de miles de refugiados llegados por el mar. Bulgaria, durante décadas situada tras la cortina de hierro, instaló cientos de km de barreras de alambre de púa. Macedonia la imita.

 

En el mundo hay otros muros de la infamia: el que levantó Israel para segregar a los palestinos. El que mantiene Marruecos –2 mil 700 km– para aislar a los saharauis. La lista es interminable. Si hubiese que condenar a Donald por la idea del muro, muchos jefes de Estado y de gobierno podrían inquietarse.

 

También es verdad que Donald, después de declarar nulos y sin objeto los tratados transpacífico y transatlántico, inició una guerra comercial contra México y Canadá, contra la Unión Europea y contra China. Cosa que también había anunciado durante su campaña.

 

Lo que nos permite entrar en un par de consideraciones importantes de cara a su defensa. Donald pretende que la industria estadounidense deslocalizó sus unidades productivas hacia China, en razón de la abundancia de mano de obra barata, obediente y disciplinada. Al imponerle aranceles a los productos chinos Donald busca mejorar la posición de eventuales fabricantes nacionales. Es lo que los economistas llaman proteccionismo sin poder –ni querer– evitar una mueca de disgusto.

 

En realidad los EEUU siempre mantuvieron sectores industriales cubiertos por alguna forma de proteccionismo, como por ejemplo aquellos al abrigo del Buy American Act, o la agricultura favorecida por millonarias subvenciones. Donald no hace sino acentuar una política practicada por todos sus predecesores sin excepción.

 

Por su parte la Unión Europea, sensible a las presiones de sus multinacionales, se opuso durante años a acordarle a China la categoría de “economía de mercado” en la Organización Mundial del Comercio. Gracias a esa argucia, la UE podía fijarle libremente aranceles a los productos chinos que venían a competir con los productos europeos. Como hubiese dicho René Magritte, el pintor surrealista belga, “Esto no es proteccionismo”. El libre mercado siempre es bueno en los mercados tuyos, no en los míos, no sé si te queda claro. Finalmente, hace un par de años, visto que China es un país tan capitalista como el que más, la UE tuvo que ceder.

 

Ya veremos los resultados, pero entretanto el discurso librecambista sufre una derrota mayor: hasta ahora el proteccionismo, evocado o aplicado de manera vergonzante por unos y otros, ha sido considerado por la teoría económica como una suerte de reliquia bárbara, para usar una expresión keynesiana.

 

Durante años la reflexión económica de la izquierda europea, que se apoya en la noción de proteccionismo solidario, ha sido rechazada como una locura. He aquí que la locura no es solo evocada, sino puesta en práctica –sin el apellido solidario– por el propio imperio. El discurso único está por los suelos y, aparte algunas declaraciones temblequeantes, no vemos ningún gurú de la economía neoliberal lanzarse en picada contra Donald. También es cierto que los economistas suelen acudir en socorro de la victoria, y raras veces se arriesgan a condenar, o a bendecir, aquello que pone a la economía en uncharted waters.

 

Hasta la fecha, las cifras macroeconómicas de los EEUU parecen darle razón a Donald. Algunas Casandras anuncian desastres mediatos, sin olvidar mencionar que más tarde la economía reflorecerá como en primavera: no hay que desesperar a los inversionistas que pagan las previsiones de los gurús de la economía.

 

Como quiera que sea, el proteccionismo dejó de ser una antigualla obsoleta y vilipendiada para redevenir un elemento de política económica contingente. Los “expertos”, tan propensos al anatema en tiempos mejores, callan, temporizan, se acomodan, le dan tiempo al tiempo, estiman que es urgente esperar. Un elemento mayor del dogma económico tambalea, groggy, esperando el uppercut definitivo que lo llevará a la lona.

 

Ese uppercut está en preparación… Donald, otras cosas no pero como bocazas, mal hablado y lenguaraz is second to none. Jerome Powell, nuevo presidente de la Reserva Federal, contaba seguir con la política monetaria de su predecesora Janet Yellen. En otras palabras seguir subiendo las tasas de interés, esgrimiendo razones más que discutibles y que reposan mayormente en que si no modificas las tasas de interés –principal actividad de la FED– todo el mundo se pregunta de qué diablos sirve tener un banco central.

 

Como Powell anunció una nueva subida de tipos, Donald le sugirió amablemente desayunar con caca. Quien nombra al presidente de la FED es el presidente de los EEUU. Y aun cuando el dogma dice que la FED es independiente y que no le rinde cuentas a nadie, no es menos cierto que contrariar al jefe del Ejecutivo –que decide renovar o no tu mandato– es embarcarse en una bronca mayor.

 

Después del subliminal mensaje de Donald, Jerome recogió cañuela, echó pie atrás y cogió un pronunciado color muralla. Ahora consagra lo esencial de su tiempo a mantener un perfil tan bajo como sea posible. Por ahí alegó que la subida de tipos, si la había, sería mínima, casi imperceptible, y que la FED siempre está preparada para bajar las tasas de interés si hace falta.

 

Para que midas la dimensión de esta herejía, basta con saber que equivale a poner en duda el dogma de la virginidad de María, o el de la infalibilidad papal, o aun el de la Santa Eucaristía. Si ya no bebes la sangre de cristo y no te jamas su carne… no sé dónde vamos a ir a parar. Eso deben estar pensando los economistas, mientras aprietan cuidadosamente los esfínteres.

 

De modo que en virtud de lo aquí expuesto, sin desconocer que Donald es un tipo intragable con el que nadie quisiera tomarse una cerveza después del laburo, conmino al honorable jurado de la opinión nacional e internacional tener a bien exculpar a mi cliente de toda culpa, en una palabra declararlo inocente y pronunciar urbi et orbi su definitiva y merecida absolución.

 

Rebus sic stantibus.

 

He dicho.

 

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