Javier Valdez, el cazador de historias

14/05/2018
  • Español
  • English
  • Français
  • Deutsch
  • Português
  • Análisis
javier_valdez_la_jornada_custom.jpg
Javier Valdez Cárdenas
Foto: La Jornada
-A +A

Mirar abajo

 

Cada día, a las 7 de la mañana, Javier Valdez llegaba a tomar café en el Bistro Miró, en el centro de Culiacán. Se sentaba en una pequeña mesa con dos sillas, pegada a la pared, la 9, y escribía su columna semanal Mala Hierba o platicaba con amigos. Allí le preguntó a una mesera con la que tenía confianza, y que tenía poco de andar de novia, si ya había tenido relaciones. La mujer lo miró durante treinta segundos con una sonrisa luminosa y le dijo: hay preguntas que se contestan con una sonrisa.

 

Poeta del instante, Javier memorizó la frase. Así le hacía. Cazaba frases e historias que luego compartía en crónicas, conferencias y entrevistas. Era un apasionado narrador de vidas, incluyendo la suya propia.

 

En una ocasión, un tipo mal encarado se acercó desafiante a una mesa de El Guayabo, la cantina de Culiacán en la que el periodista acostumbraba a ir a echarse un trago, con frecuencia solo, y a tomar notas para sus crónicas en una pequeña libreta. El hombre le soltó sin preámbulo alguno: “Yo sé que tú eres Javier Valdez y que escribes sobre nosotros.”

 

Valdez temió lo peor. Para sus adentros se dijo: “¡En la madre! ¿Qué me va a pasar?” Y, dejando de lado su estilo desenfadado e irreverente, le respondió temiendo lo peor: “Sí, soy yo.”

 

En lugar de agredirlo, el hombre se presentó, no con su nombre, sino con su oficio: “Yo soy un matón”, le contó sin pregunta de por medio y sin justificación alguna. “¿Sabes qué es lo que me ha marcado cuando las gentes a las que mato están muriendo? Que te ven a la cara, te sostienen la mirada y te lo cuentan todo.”

 

Como si lo conociera de toda la vida, el sicario se sentó, se bebió dos cervezas y siguió conversando. Javier le habló de usted, para poner la barrera que siempre levantaba en conversaciones así, y lo escuchó con atención y respeto. No puso en duda lo que le decía. Y cuando finalmente el hombre se marchó, no supo ni cómo se llamaba, ni quién era o si era cierto lo que le acababa de confesar. Pero le dio igual: se quedó con esa historia, como lo hizo tiempo después con la frase de la mesera. 

 

Con ellas y muchas otras más que recolectó, cazó o le fueron espontáneamente obsequiadas a lo largo de su carrera de periodista y escritor, elaboró una serie de sorprendentes y estremecedores relatos. Con ese material elaboró siete libros, redactó cientos de notas, columnas y crónicas en las páginas de La Jornada y Ríodoce y, a la manera de los antiguos juglares, hilvanó historias que contó en presentaciones de libros, conferencias y entrevistas. Gracias a ellas es que podemos sumergirnos en las entrañas del mundo del crimen organizado, la narcopolítica y, sobre todo, de sus víctimas.

 

Javier se dio a sí mismo el mandamiento de mirar y escuchar abajo y narrar la vida de los afectados. Griselda Triana, viuda de Javier, casada con él durante veintiséis años y madre de sus hijos Tania y Francisco Javier, lo ha explicado con todas sus letras: “No se consideraba experto en el tema del narcotráfico y aunque conocía ese ambiente decía que su especialidad era contar las historias de la gente que ha padecido al narco para, en sus palabras, ‘ponerle nombre y apellido a las víctimas, escribir sobre sus sueños y amores, odios e ilusiones, preguntar a los hijos de los desaparecidos y a las esposas y viudas de los ejecutados’”.

 

javier_valdez_cardenas.jpg
 

Una ciudad enferma por el narcotráfico

 

Javier Valdez nació en 1967, en Culiacán, Sinaloa, una ciudad con más de cien años conviviendo con las drogas, en una época en la que los culichis tenían prohibido alternar con los narcos. Aunque vivieran a unas casas de distancia, los vecinos no los invitaban a sus fiestas, ni permitían que sus hijos noviaran con las hijas de ellos. Se les conocía como gomeros, porque trabajaban elaborando goma de opio. Lo suyo era una forma de vida, todavía no un asunto policíaco. Vivían, sobre todo, en Tierra Blanca, desde donde subían y bajaban a la sierra.

 

Para tratar de que los señores del dinero (muchos de ellos grandes agricultores) no se mezclaran con los gomeros, la ciudad se privatizó. Se construyeron exclusivos fraccionamientos privados a manera de guetos. Según Ismael Bojórquez, fundador del semanario Ríodoce junto con Javier, “estas privadas se inventaron buscando seguridad y la gente terminó encerrada junto al enemigo... La privada tuvo éxito hasta que la seguridad detrás de esas murallas fue buscada también por los narcotraficantes a través de prestanombres, algunos conocidísimos hombres de empresa. Primero llegaron toda clase de políticos arribistas, empresarios, líderes sindicales enriquecidos con el sudor de obreros y maestros… luego arribaron los narcos. Por todos lados, de mil formas”.

 

Efectivamente, todo fue en vano. Aunque no tenían su pedigrí, los barones se doblegaron ante los nuevos ricos. Los narcos se extendieron por las zonas privilegiadas de la urbe. Adquirieron las mejores casas y vehículos de lujo y comenzaron a frecuentar los mismos lugares de recreación de las familias de la buena sociedad. Mandaron a sus hijos a escuelas privadas de renombre. Se volvieron parte del paisaje. La convivencia con ellos fue inevitable y se normalizó. Los grandes negocios inmobiliarios florecieron de la mano de las agencias funerarias. A un tiempo, el narcotráfico enfermó a Culiacán y se apoderó de ella.

 

En ese mundo creció Javier. La casa de su mamá era una especie de hospicio para los chavos del barrio donde podían hacer lo que no les permitían hacer en las suyas. Y, justo enfrente, vivía un comandante de policía que trabajaba para Juan Manuel Salcido Uzeta, el Cochiloco, uno de los socios mexicanos de Pablo Escobar en México más cercanos al colombiano.

 

Para la generación de Valdez, incorporarse al crimen organizado se convirtió en una opción de vida. Al Bato (como le decían sus amigos) le tocó ver cómo uno de los muchachos que llegaba por allí, al que querían mucho y que era maltratado por su familia, de repente se transformó. Lo llevaban a jugar futbol y beisbol, se quedaba a dormir en la casa de Javier y le disparaban el refresco. Pero, en plena adolescencia, el chavo le entró a la demencia del sicariato y comenzó a estar armado, cargar un montón de dinero, manejar vehículos de modelo reciente. Hasta que lo asesinaron en una emboscada.

 

En la década de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, Sinaloa vivió una intensa ebullición política que tuvo en la lucha campesina y jornalera por la tierra y en la movilización por la autonomía sus principales epicentros. Javier estudió el bachillerato de tres años en ese ambiente de agitación estudiantil. Estudió sociología en la universidad y luego encontró en el periodismo lo que su esposa Griselda llamó “su otro matrimonio”.

 

En El amante de Janis Joplin, Élmer Mendoza, paisano del Bato aunque dieciocho años mayor que él, narró con extraordinario oficio los dilemas de una generación que tuvo que escoger como opción de vida entre la lucha armada, el crimen organizado y la policía. Con la guerrilla de la Liga Comunista 23 de Sepiembre derrotada pero en un clima de enorme inconformidad social, Javier escogió ser militante de izquierda, defender los derechos de los migrantes y contar los efectos de la violencia del narcotráfico entre la población. Militó en su juventud en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), fue su candidato a diputado y se sumó a la campaña presidencial de doña Rosario Ibarra de Piedra. Apoyó, entre otras muchas luchas, las protestas de la Unión de Ejidos Independientes de Sinaloa y las movilizaciones por los desaparecidos de la Guerra sucia. 

 

Y, de manera casi natural, se volvió reportero, porque para él escribir era un acto de protesta. Lo hizo –según confesó– “a punta de chingadazos, cayendo y levantándome. En ocasiones no sabía qué preguntar o a quién entrevistar, pero fui encontrando mi camino: el de las personas en el centro, sus hábitos y rituales públicos, la vida pública, la calle, el transporte colectivo, los testimonios, esa heroicidad sin medallas de la gente de abajo, en las colonias, los barrios, las zonas perdidas de la ciudad”.

 

Picando piedra

 

Los periodistas que fundaron Ríodoce no se propusieron escribir sobre narcotráfico: se atravesaron con él siguiendo las noticias. Su objetivo fue –de acuerdo con Ismael Bojórquez– “hacer periodismo y punto. Porque hacer periodismo es investigar, ir más allá, confirmar dichos, mirar más arriba en busca del árbol y no del bosque.” Sin embargo, explicaba Javier, “en una región en la que todos los caminos conducen al narco, no hay manera de evadir el tema”.

 

Tierra del cártel más asentado territorialmente, del más poderoso, Sinaloa es esa región. Es imposible hacer periodismo allí sin hablar del crimen organizado. El mundo de las drogas está en todos lados. No hay espacio que se haya dejado libre. Javier lo abordó en un primer momento escribiendo cosas chuscas, incluso historias de amor. Pero cuando, en 2008 el cártel de Sinaloa se fracturó en la facción del Chapo Guzmán y la de los hermanos Beltrán Leyva y estalló la violenta guerra entre ellos, le fue imposible seguir haciéndolo así.

 

Desde el primer momento de su carrera, Javier huyó del periodismo burocrático y oficialista. Lamentaba que buena parte del periodismo que se hace en el país está basado en seguir las huellas del poder. Reproduce los discursos y los dichos de los poderosos: el gobernador, el presidente, el alcalde. Está en sus conferencias de prensa y en las ceremonias del gobierno. Él creía que hacer periodismo era otra cosa. Lo suyo era reportear donde las cosas suceden. Es –decía– mover las nalgas y gastar las suelas de los zapatos pateando la calle, porque en la calle está la vida y las historias que hay que contar.

 

Así lo plasmó desde su primer libro, De azoteas y olvidos, una nostálgica colección de más de setenta crónicas sobre Culiacán, sus ciudadanos de a pie y sus grupos de rock, escritas entre 1995 y 2005. Una serie de historias en las que la ciudad misma es personaje central y le coquetea como una mujer lo haría desde el olvido. Ahí da cuenta de cómo la urbe deja atrás sus antiguas señas de identidad en nombre de la “modernidad”, convirtiendo su centro histórico en un enorme cajón para estacionar automóviles. Una crónica escrita por un “poeta de los baches” (que siempre rechazó ser poeta), con música de fondo de Joaquín Sabina y Real del Catorce.

 

Sin embargo, lo quisiera Javier o no, en esa su ciudad casi todas las historias terminan desembocando inevitablemente en el narco. Allí, el crimen organizado está entre los agricultores, en la venta de automóviles nuevos, en las florerías. Es un fenómeno cotidiano inevitable del que, como periodista, no pudo escabullirse. Escogió entonces –dijo en múltiples ocasiones citando a Juan Villoro– dedicarse a contar historias de vida en medio de la muerte.

 

Con la ruptura del cártel de Sinaloa, comenzaron a aparecer cadáveres colgando de los puentes, los sepelios terminaban en balaceras, comenzaron a estallar coches bomba en las avenidas y multitud de jóvenes fueron asesinados. En 2009, sicarios aventaron una granada a las oficinas de Ríodoce.

 

Fue entonces cuando el periodista comenzó a sentir miedo. Se respiraba en la calle y en la redacción. Aparecía cuando se escarbaba en la basura informativa. Y obligaba a cuidar cada línea publicada. A calibrarla, a autocensurarse para poder seguir escribiendo.

 

Cuando le preguntaban cómo le hacía para reportear en su ciudad natal en medio de toda esa violencia, respondía con su infatigable sarcasmo: “Con una mano en el culo. Por eso nadie me quiere saludar de mano, prefieren darme un beso.”

 

María Herrera Magdaleno

 

A María Herrera Magdaleno le desaparecieron cuatro de sus ocho hijos. Trabajaban de comerciantes, comprando y vendiendo oro. El 28 de agosto de 2008 su vida cambió drásticamente. De un momento a otro dejó de saber qué hacer y cómo hacerlo. Desde entonces los busca cada día. Tiene sesenta y nueve años y ha hecho de todo para encontrarlos. Recorrió oficinas públicas y habló una y otra vez con autoridades gubernamentales. Creyó ingenuamente que le iban a solucionar el problema.

 

María Elena tenía un pequeño taller en Pajuacarán, Michoacán, en el que producía uniformes escolares para venderlos en los ranchos cercanos a su pueblo. No le pedía nada a nadie. Vivía una vida digna. Pero cuando le desaparecieron a sus hijos, todo cambió. A partir de ese momento cada día, cada minuto, cada hora se volvió una pesadilla. Cada día, nada más amanecer, la incertidumbre y la agonía se apoderan de ella. Muchas veces se sintió como si estuviera muerta.

 

En su peregrinar se reunió en una ocasión con el entonces presidente Felipe Calderón, en Los Pinos. No quiso aceptarle ni un vaso de agua. “A mí no me dé agua. Estoy cansada del cafecito y las galletitas. Yo quiero a mis hijos”, le dijo al mandatario. Calderón le ofreció dinero para que viviera el resto de sus días. Ella le respondió: “Mis hijos no están en venta. ¿Sus hijos tienen precio? Si sus hijos tienen precio pues dígame cuánto y así hacemos cuentas.” El Presidente enmudeció.

 

Gustavo, el nieto de la señora Herrera, tenía siempre el puño cerrado. Así nació. “Mis manos se han hecho así porque mi papi no llega”, le contó a Javier. Doña María quiere que cuando muera la paseen en un ataúd por todas las dependencias de gobiernos que la ignoraron en vida.

 

Javier escuchó esa desgarradora historia en un foro al que lo invitó su tocayo Sicilia. Y le dolió profundamente. María Herrera le reclamó allí a los periodistas por qué los medios se habían olvidado de los desaparecidos, tal y como lo hacía el gobierno y los poderosos. Quedó –como acostumbraba decir él asegurando que se trataba de un concepto científico– encabronado.

 

Se sintió conmovido y hermanado. Se puso en los zapatos de las víctimas. Pensó en las mujeres y en los hijos de los desaparecidos. En su larga y difícil espera. En sus noches y sus días en la escuela. En su “inexistencia. Porque, si los desaparecidos son invisibles para la sociedad mexicana y para los medios, sus familiares son inexistentes”.

 

No le fue fácil relatar la historia, a pesar de la urgencia que le entró por hacerlo. Sentía que hacerlo era contaminarla. Necesitaba apaciguarse un poco. Pero como padecía insomnio la escribió de madrugada. Lo hizo contando la intimidad del dolor provocada por una guerra estúpida. Metiéndose en el corazón y las entrañas de hombres y mujeres que lloran a solas, a oscuras. La tituló “Morir cuatro veces”.

 

Buscó otras historias similares y con ellas escribió Huérfanos del narco, el libro donde cuenta cómo “sobreviven los seres que perdieron a sus familias”. Si María está luchando y dice eso y protesta y está indignada –decía Valdez– ¿por qué chingados voy a quedarme yo callado?

 

Fue un gran reto. Quizás el mayor que tuvo junto a la cobertura de los funerales de Nacho Coronel o como con Arturo Beltrán Leyva. Entrar a las casas de las familias de los desaparecidos y de los asesinados y platicar con los niños, recoger esos testimonios fue tan doloroso como espinoso.

 

No fue en vano. Doña María se lo reconoció públicamente. “Gracias, Javier –le dijo en un evento público organizado por la Brigada para Leer en Libertad– por atreverte a ser como eres. Porque gracias a personas como tú, que han alzado la voz, ha sido posible que alguna parte de la sociedad voltee a vernos”.

 

En su último libro Narcoperiodismo: La prensa en medio del crimen y la denuncia, Javier salió de su estado natal para hacer una dramática radiografía de las relaciones entre la prensa y el narcotráfico en varias regiones del país. Allí, al igual que había contado antes el drama de las mujeres, los niños y las familias rotas, narró la tragedia que atraviesa el periodismo nacional.

 

Javier –dijo Griselda, su viuda durante el homenaje que la Feria Universitaria del Libro Leer 2018 rindió al reportero– murió con la misión que abrazó hasta el final de su vida y que fue denunciar y visibilizar a través de sus textos publicados por más de dos décadas en La Jornada, en Riodoce y en cada uno de sus libros, las consecuencias que deja entre la población la violencia que azota a este país. A través de sus historias dejó constancia de la impunidad que todo lo cubre, de un Estado fallido que pacta con la delincuencia y exime de toda responsabilidad a sus políticos corruptos, de instituciones que sirven para todo menos para lo que fueron creadas, de un gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto que ha hecho lo mismo que quienes le han antecedido: mentir. 

 

Adolorido por la muerte de su compañera Miros-lava Breach y del resto de sus colegas, preparó un texto para ser leído el 4 de junio de 2017. “Es inevitable –escribió allí– sentir que uno muere, aunque sea un poco, cuando hay este tipo de asesinatos. No es un periodista más, es una sociedad herida en la muerte de cada periodista. No puede uno ser periodista del silencio, porque entonces no es un periodista. El silencio es una forma de complicidad y de muerte. Y yo, ni soy cómplice ni estoy muerto.” No pudo leerlo.

 

El 15 de mayo fue arteramente asesinado

 

Además de Huérfanos del narco, Javier Valdez publicó en vida otros seis libros. Entre ellos Los morros del narco, una serie de historias de jóvenes involucrados en el crimen organizado y de muchachos víctimas de la violencia.

 

De azoteas y olvidos, editado en 2006, fue su primer “hijo de papel”. Es una colección de historias de personas de carne y hueso, lejanas al poder y al dinero, que trabajan para sobrevivir, sufren, hacen cola a la hora de subir al camión, esperan el verde el semáforo y aguardan para comprar las tortillas. Nació de la necesidad de acercar el periodismo a la vida real, de dar cuenta de la lucha por la sobrevivencia en la selva del chapopote.

 

Malayerba es la madre de todas sus historias, su simiente. Los textos que la integran fueron publicados originalmente en su columna en Ríodoce. Escribiendo esos textos cortos, todos reales aunque en ocasiones con finales inesperados, comenzó a ser lo que Javier llegó a ser. 

 

Miss Narco, finalista del premio Rodolfo Walsh en la Semana Negra de Gijón, España, en 2010, es un libro de mujeres en el que se cuentan las dos caras de la moneda: de un lado, damas casadas con narcos más o menos conocidos cuyos hijos prendían los cohetes de Navidad quemando dólares, mientras ella se moría de hambre y el marido la violaba y la golpeaba. Y, del otro, féminas heroicas que enfrentan al crimen organizado. 

 

Levantones es un libro muy fuerte, compuesto por un conjunto de reportajes y testimonios de quienes fueron privados de la libertad o de la vida. 

 

Con una granada en la boca toma su título de la historia de Karla Lugo, una joven de Navolato, Sinaloa, que vendía mariscos en el sur de Culiacán, a la que le lanzan una granada cilíndrica de fragmentación a la boca y le destrozan la mitad del rostro. Los médicos que la operan corren el riesgo de que la granada explote. 

 

Narcoperiodismo reportea a los reporteros y a sus medios. En sus páginas conversa con los periodistas silenciados por el narco, y da cuenta de cómo el crimen organizado ha tomado por asalto las redacciones. Muestra cómo la narcopolítica determina el trabajo diario de muchos profesionales de la prensa.

 

http://jornadabc.mx/tijuana/13-05-2018/javier-valdez-el-cazador-de-historias

 

https://www.alainet.org/es/articulo/192867
Suscribirse a America Latina en Movimiento - RSS