Los “ni ni” no existen

17/07/2017
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A cuántas personas les oímos decir que son apolíticos, independientes, que no tienen opinión ni a favor ni en contra sobre el acontecer diario y que por lo general no llegan a fijar una postura clara y definida ante las cosas. Los llamados ni ni, que hacen las delicias de los encuestadores ya que, supuestamente, están llamados a convertirse en el factor decisivo de cualquier contienda política.

 

Lamentamos tener que contradecir a los numerólogos políticos, porque desde nuestro punto de vista los ni ni no existen. Los seres humanos somos lo que hacemos y como actuamos y todos, nos guste o no, lo hacemos políticamente.

 

Y cuando decimos políticamente, nos estamos refiriendo a la innegable participación de todos los seres humanos que vivimos en comunidad, en procesos de organización y de intercambio social, procesos de interacción entre nuestros proyectos individuales y los colectivos, regidos por normas que encuentra su expresión en el Estado.

 

A través de esta participación en la vida diaria, vamos creando vínculos sociales, que no son más que las proyecciones de nuestros valores, ideas, creencias. Es la incansable búsqueda de un mundo mejor, nuestros deseos de felicidad, de paz y convivencia como ciudadanos. Son valores abstractos, pensamientos universales que tienen su expresión en un tiempo y espacio determinado.

 

Los valores se concretan en principios que dan pie a nuestras acciones, a nuestro comportamiento y a las posiciones que asumimos en cada circunstancia crítica de nuestra vida. De manera tal que el actuar políticamente con “P” mayúscula, o politiqueramente con “p” minúscula, está referido a una serie de características éticas que provienen de esos valores y principios.

 

Es decir, participamos políticamente en nuestra comunidad a través del ejercicio de nuestra ciudadanía. Dejando de lado los enfoques reduccionistas y comprendiendo la ciudadania como algo más que el cumplimiento y disfrute de deberes y derechos. Por el contrario, entendiéndola en su complejidad de relaciones e interacciones, como un sentimiento de pertenencia, como una identidad con un espacio geográfico, con un hacer social y cultural, y un devenir político.

 

La indiferencia social y política no existe, existen las posturas, existe el miedo a comprometerse, el miedo al qué dirán, existe la manipulación mediática, la compra y venta de conciencias. Y hacia esas situaciones que comprometen el ejercicio de nuestra ciudadanía en la eterna búsqueda de una mejor calidad de vida, es hacia donde pretenden llevarnos los grandes capitales y poderes extraterritoriales que hoy nos acosan.

 

Si bien es cierto que la humanidad confronta retos y desafíos globales que reclaman la participación planetaria, también es cierto que debemos estar atentos ante el avance de los planes globalizadores del gran capital mundial, a través de los cuales se pretende intervenir nuestro ejercicio ciudadano y limitar nuestras oportunidades de participar en la vida política, social y cultural de la comunidad a la cual pertenecemos. Planes globalizadores llamados a transformarnos de ciudadanos activos, en consumidores pasivos de ilusiones globalizadas de participación e individualismo.

 

El desafío que nos plantean estos nuevos tiempos de constituyente, es el ejercicio de nuestra ciudadanía activa. Es la profundización del Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, llamado a proteger la vida, el trabajo, la cultura, la educación, la justicia social y la igualdad, la no discriminación, ni subordinación, entre otros valores.

 

El peor analfabeto 
es el analfabeto político. 
Él no oye, no habla 
ni participa en los acontecimientos políticos. 
No sabe que el costo de la vida, 
el precio de los frijoles, del pescado, 
de la harina, del alquiler, del calzado 
y de las medicinas 
dependen de las decisiones políticas. 
El analfabeto político es tan animal 
que se enorgullece e hincha el pecho 
al decir que odia la política. 
No sabe el imbécil que 
de su ignorancia política proviene 
la prostituta, el menor abandonado, 
el asaltador, y el peor de los bandidos, 
que es el político aprovechador, 
embaucador y corrompido, 
lacayo de las empresas nacionales y multinacionales. 

Bertold Brecht 

 

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/186860
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