Estudiar la historia del pensamiento revolucionario latinoamericano y del marxismo

Una necesidad de la proyección internacionalista de la Revolución Cubana

23/06/2017
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Martínez Heredia fue investigador titular del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello.
Foto: Emilio Herrera/PL
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Entrevista a Fernando Martínez Heredia, fundador y exdirector del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y de la revista Pensamiento Crítico. También fue investigador e integrante del Consejo de Dirección del Centro de Estudios sobre América (CEA). Fue  director general del Instituto Cubano de Investiga­ción Cultural Juan Marinello. En el 2006 recibió el Premio Nacional de Ciencias Sociales de la República de Cuba. Esta entrevista fue realizada el 2 de marzo de 2012. Luego de transcribirla y de transformarla en un testimonio, la versión fue aprobada por Fernando el 17 de junio de 2014. Se publicó en el ebook: Luis Suárez Salazar y Dirk Kruijt: La Revolución Cubana en Nuestra América: El internacionalismo anónimo, RUTH Casa Editorial, 2015.  

 

Nací en Yaguajay, una población pequeña en la antigua provincia de Las Villas. Me formé dentro de una familia de origen humilde, pero que se hizo de una posición económica holgada y logró que sus hijos estudiaran. Mi padre nunca fue a la escue­la y mi madre solamente estudio durante un año. Las primeras personas que com­pletaron la enseñanza primaria en la historia familiar fuimos mis hermanos y yo. En 1950, cuando tenía once años, me fui para Santa Clara a estudiar la enseñanza media. Estando en esa ciudad empecé a participar en las protestas contra la tiranía de Fulgencio Batista y a inicios de 1956 me incorporé al M-26-7. Como combatiente clandestino participé en diversas actividades de acción y de propaganda.

 

Cuando triunfó la Revolución estaba en Santa Clara; pero al amanecer del 2 de enero pedí autorización para regresar a Yaguajay. Allí formé parte del gobierno cole­giado que se formó en los primeros meses del año 1959 y, a su vez, de la Dirección del M-26-7 en ese municipio. Simultáneamente, en mayo de ese año, matriculé la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana, pero alternaba los estudios con una gran cantidad de actividades políticas en Yaguajay, donde me pasaba gran parte del tiempo. Como muchos jóvenes de entonces, fui fundador de las Milicias Nacio­nales Revolucionarias y de los Comités de Defensa de la Revolución. En mi carácter de dirigente municipal del M-26-7, también fui fundador de las ORI.

 

A partir de enero de 1961 me quedé definitivamente en La Habana; pero me negué a concretar mi traslado en las ORI porque estaba en desacuerdo con el secta­rismo que primó en su dirección nacional hasta los primeros meses de 1962. En el ínterin, como integrante de las MNR, pasé varios cursos militares de artillería e in­fantería, así como participé en todas las movilizaciones militares que se produjeron en esos años para enfrentar o disuadir las agresiones provenientes de los Estados Unidos. Fui un buen alumno de Derecho, pero muy irregular, por mis actividades. En 1964 me gradué de esa carrera universitaria.

 

Mis primeras confrontaciones con el marxismo dogmático que comenzó a estudiarse en Cuba

 

Previamente, en 1961 había respondido al llamado de la máxima dirección del país para formar profesores de Secundaria. Con tal fin, aprobé el que entonces se llamó Plan Fidel en Estudios Sociales. Durante el curso 1961-1962 fui profesor de Secun­daria Básica y, al final, me promovieron a profesor de Preuniversitario. Pero en el verano de 1962, mientras estaba con la Unidad Militar (UM) 2254 en las Escaleras de Jaruco, hubo una convocatoria en la Universidad de La Habana para pasar una Escuela de Filosofía Marxista-Leninista y, quienes la aprobaran, se convirtieran en profesores universitarios de esa asignatura. Fui seleccionado para cursar esa escuela.

 

En consecuencia, en septiembre de ese año inicié mis estudios de filosofía marxista. Mi primera sesión en esa escuela me dejó destrozado: la asignatura era Materialismo Dialéctico y los estudiantes y profesores nos pasamos toda la tarde discutiendo si la sombra era o no materia. Un debate estéril. Como mi UM acababa de ganar una emulación en el Ejército de Occidente, pensé: “Esto tiene que ser un castigo. No puede ser que me hayan mandado a esta porquería”. Sin embargo, continué en aquella escuela durante cinco meses con la dedicación extrema con la que se hacía todo en aquellos años.

 

En Filosofía estudiábamos Materialismo y empiriocriticismo de Lenin, el Anti-Du­hring y el Ludwig Feurbach de Engels, así como varias monografías; pero nuestro texto básico era el manual Fundamentos de Filosofía Marxista, de Konstantinov y otros filósofos soviéticos. En esa Escuela tuve dos grandes discusiones públicas. La primera se produjo porque me opuse a la tesis de que la Revolución Cubana tenía dos etapas: la primera “democrática, popular, agraria y antiimperialista” —como la llamaban por temor a calificarla como “burguesa”—, y la segunda “socialista”. Lo peor era que decían que la primera etapa había sido violenta y la segunda pacífica. Una interpretación ridícula para tratar de legitimar el concepto soviético de “la vía pacífica al socialismo”. Defendí el criterio de que nuestra revolución era una sola, ininterrumpida y sin etapas delimitadas entre sí, así como que ambas habían sido y seguían siendo “violentas” en razón de las constantes agresiones del imperialismo estadounidense.

 

La segunda discusión se produjo cuando, al igual que ya habían hecho otros compañeros, tuve que exponer ante todos los estudiantes de la escuela un acápite del Manual de Konstantinov. Me tocó el que trataba de la dictadura del proletariado. Luego de explicar lo que se decía en el libro, critiqué que Stalin hubiera mandado a matar a tantos compañeros suyos del Partido Comunista. Ese choque fue mucho más duro, porque esos crímenes no se mencionaban en una escuela como esa, a pesar de que en marzo de aquel año 1962 Fidel Castro había criticado el sectarismo impuesto en la dirección de las ORI por un exdirigente del PSP. La enseñanza en las que ya llamaban “escuelas del partido” era dogmática.

 

Cuando aún estaba comenzando el curso, el 22 de octubre de 1962, el presiden­te de los Estados Unidos John F. Kennedy decretó una “cuarentena naval” alrededor de Cuba. De inmediato nos leyeron una nota del director nacional de las Escue­las de Instrucción Revolucionaria, en la que nos orientaba que, en aquella situación, nuestro deber era “como dijo Jorge Dimitrov: estudiar y estudiar”. No acepté esa orientación. Me vestí de verde olivo, tomé mi pistola y me fugué de la Escuela. A las once de la noche estábamos saliendo con la División Anti-desembarco de Occidente hacia el sector de costa Mariel-Base Granma, delante de una gran base de cohetes soviéticos. Ahí me pasé 31 días, hasta que nos desmovilizaron. Regresé a la escue­la. Mis compañeros me aplaudieron al llegar.

 

Al final de ese primer episodio de estudio ardoroso, pero accidentado y conflic­tivo del marxismo, seleccionaron a 21 alumnos de esa escuela como profesores universitarios. Yo no estaba en la lista inicial (ordenada por orden alfabético), ya que mi nombre apareció después de la letra Zeta, Alguien después me contó que el subdirector de la Escuela, quien era un antiguo combatiente del M-26-7, había exigido que me incluyeran.

 

Nunca aceptamos la tesis de “las dos etapas” de la Revolución Latinoamericana

 

El 1ro de febrero de 1963, los seleccionados comenzamos a trabajar como docen­tes en el recién fundado Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. No creo necesario explicar la historia de ese departamento, ni de su fruto más trascendente: la revista Pensamiento Crítico. Ya lo he hecho en otros lugares.[1]* Solo menciono que pasé por todas las responsabilidades del Departamento. Desde 1963 formé parte del Consejo de Dirección que creó nuestro primer director, Luis Arana Larrea. Fui jefe de una de las tres áreas de trabajo que establecimos en 1965, y subdirector. Me nombraron director el 1ro. de septiembre de 1966. También fui el director de Pensamiento Crítico todo el tiempo que duró, pero la revista se creó y funcionó aparte del Departamento de Filosofía. Tenía su propia dirección, administración y oficina, a dos cuadras de ese departamento.

 

El modo como entendimos nuestros deberes como docentes nos llevó a pro­fundizar en los estudios del marxismo, y establecimos un sistema muy fuerte de superación y especialización. Hasta que fue disuelto, en noviembre de 1971, el De­partamento de Filosofía operó como un grupo de intelectuales revolucionarios muy sólido en sí mismo y muy polémico hacia fuera, porque nos propusimos participar en el desarrollo de una filosofía de la Revolución Cubana, y tuvimos que oponernos abiertamente a la teoría y la ideología de orientación soviética.

 

Uno de los fundamentos de esa oposición fue nuestra comprensión de que —a diferencia del marxismo de factura europea y específicamente del elaborado en la Unión Soviética— el pensamiento revolucionario latinoamericano —incluido el marxismo— surgió y se desarrolló a partir de las resistencias y las luchas contra el colonialismo, el neocolonialismo y por la justicia social. Por tanto, formaba (y forma parte) del pensamiento de los pueblos colonizados y neocolonizados de los continentes del entonces llamado Tercer Mundo. A diferencia de Asia, África y algu­nos territorios del Caribe insular y continental, en América Latina había sido mucho más precoz la constitución de Estados independientes, al par que sus nexos con la cultura europea y “occidental” eran mucho más íntimos. En nuestros conceptos, esa historia específica explicaban (y explican) las críticas que en la tercera década del siglo xx se les formularon al marxismo europeo desde América Latina y, por tanto, que en ese continente haya surgido una producción y elaboración propia del marxismo.

 

Nosotros éramos hijos de la Revolución Cubana. Por consiguiente, nuestro marxismo estaba obligado a enfrentar las necesidades ideológicas, políticas, teóri­cas e intelectuales de esa revolución. Era un instrumento de participación, dirigido a un mejor planteo de los problemas prácticos fundamentales, establecer algunas certezas y defender la política nacional e internacional, los ideales y el proyecto de la Revolución. Desde esa posición asumimos la obra de Marx, de Lenin, la historia real del marxismo, sus temas, problemas y productos, las vidas de los pensadores y los condicionamientos políticos, ideológicos y culturales del marxismo.

 

Además, a partir del estudio directo de las obras de los grandes pensadores que estaban a nuestro alcance, y no de lo que decían otros autores acerca de ellas, pusimos en relación sus ideas con la historia de las sociedades europeas en que vivieron, su capitalismo y sus conflictos principales, las ideologías y las políticas que existían, los enfrentamientos entre revolución y contrarrevolución, el desarrollo del reformismo y del colonialismo. Es decir, estudiamos al pensamiento mismo y a sus condicionamientos.

 

Como consecuencia de esa posición, desde 1965 erradicamos el estudio del lla­mado “Materialismo Dialéctico e Histórico”. A partir del año siguiente le llamamos a nuestra disciplina “Historia del Pensamiento Marxista”, porque ese era el contenido de nuestra docencia. Esa perspectiva lógico-histórica nos permitió conocer, por ejemplo, cómo las organizaciones marxistas legalizadas de los países imperialistas abandonaron los objetivos revolucionarios, se adecuaron a la dominación burguesa y fueron cómplices del colonialismo en los terrenos de las prácticas y de la teoría.

 

Nuestra otra línea de estudio era la del pensamiento y las realidades del mundo que fue colonizado por el capitalismo. La teoría marxista nos servía como brújula, pero nunca utilizamos los conceptos y las clasificaciones elaboradas en nombre del marxismo como camisas de fuerza. Cada sociedad, cada cultura, es un complejo entramado con sus características propias, al mismo tiempo que es violentada y modificada por los agentes externos de la colonización. Por eso, al mismo tiempo que abordábamos un gran número de asuntos estrictamente filosóficos y teóricos, investigábamos cuestiones relacionadas con los conflictos y las luchas que se de­sarrollaban en nuestro continente.

 

Por ejemplo, criticamos duramente dos creencias existentes en América La­tina, profundamente erróneas y que causaron mucho daño a las causas popula­res. La primera fue el criterio de que las burguesías se dividían en “nacional” y “exportadora”, y la primera tenía intereses “objetivos” opuestos al imperialismo y, por consiguiente, sería una probable aliada de los revolucionarios. La segunda, el concepto de que los países latinoamericanos tenían “modos de producción se­mifeudales”, por lo cual el “carácter de la revolución” que habría que hacer sería “democrático-burgués”’, para avanzar una “etapa”’ de la evolución histórica que el eurocentrismo de izquierda consideraba obligatoria para todos los países. También asumimos o elaboramos tesis como la de que existe un sistema capitalista mundial, en el cual están inscritos todos los países bajo su dominio, y no “dos mundos”, uno “desarrollado” y otro “subdesarrollado”.

 

En aquella aventura intelectual se nos hizo claro que era imprescindible cono­cer cómo se construye la adecuación a ser subordinados, la mente colonizada, la incapacidad de romper las prisiones de la dominación. Esa fue una de las razones por la que el pensamiento de Gramsci resultó tan importante para nosotros, porque él realizó análisis muy profundos de las formas de dominación cultural, elaboró conceptos muy valiosos y produjo la obra marxista de mayor alcance después de la de Lenin. Adicionalmente, nos apoderamos del pensamiento de los marxistas revo­lucionarios de América Latina, Asia y África. Era una especie de gran rompecabezas. A nuestro juicio, el pensamiento marxista más influyente (el elaborado en la Unión Soviética o en otros países europeos) no estaba a la altura de la Revolución Cubana y de las otras revoluciones que se estaban produciendo en los años sesenta.

 

Nuestras búsquedas en el pensamiento revolucionario latinoamericano

 

Por consiguiente, retomamos a José Martí —un referente principal para cualquier cubano—, en busca del valor excepcional de su pensamiento y su propuesta. Él fue el primer pensador anticolonial que comprendió el imperialismo y el sentido pro­fundo de la liberación nacional. Propuso una “república nueva” como organización social de libertad, justicia social y solidaridad latinoamericana. Retomamos a Julio Antonio Mella, el pionero del socialismo cubano, con su comunismo antimperialis­ta, patriótico y de lucha armada popular. El otro gran socialista cubano de aquella época, Antonio Guiteras, nos brindó la clave de las bases prácticas del socialismo cubano. Al estudiar su vida y sus ideas me di cuenta de por qué el Che hizo su discurso sobre Guiteras tres semanas después de la derrota de la invasión mercenaria de Playa Girón y de la declaración del socialismo en Cuba.

 

Entre los primeros luchadores latinoamericanos que estudiamos se destacaron Augusto César Sandino y José Carlos Mariátegui. Sandino no fue solo un luchador práctico. Conocía muy bien las cuestiones políticas y aspiraba a un régimen re­volucionario popular con una política agraria, antimperialista y latinoamericanista. En enero de 1930 escribió sobre los perjuicios que le ocasionaba a la causa de Nicaragua la nueva línea sectaria de “lucha de clase contra clase” impuesta por el VI Congreso de la Internacional Comunista de 1928, que abolió el frente único le­ninista. Sandino planteaba que su tropa de humildes, al pelear directamente contra Wall Street, era la vanguardia del enfrentamiento al imperialismo en el continente, y estaba encendiendo la mecha de la gran revolución proletaria en América Latina. Por cierto, los comunistas Farabundo Martí, salvadoreño, y Carlos Aponte, venezo­lano, fueron forzados a salir del ejército sandinista.

 

Mariátegui fue el primer gran pensador marxista latinoamericano. Fue conde­nado por la Internacional Comunista desde 1930 y sus ideas fueron olvidadas por el movimiento comunista internacional y latinoamericano. La Revolución Cubana triunfante inició su recuperación, con la publicación por parte de la Casa de las Américas de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. El pensamiento de Mariátegui fue muy importante en nuestro desarrollo como latinoamericanos marxistas.

 

Otra gran influencia en nuestra formación fue la obra de Frantz Fanon, el marti­niqués marxista que hizo aportes extraordinarios al pensamiento anticolonialista a mediados del siglo xx. Los Condenados de la Tierra y Piel negra, máscaras blancas nos impactaron muchísimo.

 

El movimiento intelectual promovido por la joven Revolución Cubana era, a la vez, muy ortodoxo, en cuanto a rescatar, estudiar y analizar críticamente a los clásicos del marxismo, y muy firme en la defensa y utilización del pensamiento revolucionario cubano y del llamado Tercer Mundo. Es imprescindible tener eso en cuenta para entendernos, y para entender aquel movimiento que he llamado “la herejía cubana”.

 

Sería demasiado largo detallar ese proceso; pero creo importante señalar, al me­nos, que también estudiamos el pensamiento de Mao Tse Tung y el de Ho Chi Minh, con el método que ya utilizábamos: analizar la obra de ellos en sí misma y, al mismo tiempo, sus circunstancias. Y el de Trotsky y otros bolcheviques. Investigamos todo lo que pudimos sobre los sistemas de dominación coloniales y neocoloniales en sus procesos históricos, las luchas de liberación nacional y de clases, las especificida­des de los países, las ideas y los movimientos.

 

Las revoluciones eran los eventos más importantes y a ellas les dedicamos enormes esfuerzos de estudio, pero no eran los únicos que nos interesaban. Es­tudiamos las diferencias, divisiones y conflictos existentes en el seno de los opri­midos, las formas de adecuación y subordinación de los de abajo para sobrevivir y salir adelante, la construcción de las hegemonías y sus reformulaciones por los dominantes después de las revoluciones.

 

El socialismo cubano no triunfará del todo sin el avance del socialismo a escala continental y planetaria

 

El internacionalismo y la teoría comunista de la revolución nos situaban en el terreno de los problemas de la revolución mundial. No se trataba solamente de tesis y de convicciones: sabíamos que el socialismo cubano no triunfaría del todo sin el avance del socialismo a escala continental y planetaria. Pero nos sentíamos hijos de una gran revolución nacional y como tales pensábamos y actuábamos. El principal problema político y teórico del socialismo marxista en el siglo xx fue el de las rela­ciones entre lo nacional y lo social, las luchas de clases y el nacionalismo popular, la liberación nacional y el socialismo. No podíamos restringir los debates a la letra de los pensadores y las líneas políticas formuladas en términos muy generales. En la realidad, la cuestión estuvo ligada a esfuerzos tremendos y a errores descomunales, a tragedias sangrientas y a polémicas muy duras, a jornadas gloriosas y a derrotas terribles. En incontables situaciones, las discusiones, las experiencias, los argu­mentos y las tesis tenían para nosotros nombres de personas, de organizaciones, de países y de acontecimientos.

 

Nuestras primeras publicaciones propias las hicimos con un mimeógrafo. En enero de 1966 publicamos un primer libro destinado a la docencia, Lecturas de Filosofía, que tenía una estructura y un contenido totalmente ajenos al llamado mar­xismo-leninismo, y lo proclamaba desde la presentación. Entre los más de vein­te autores reunidos estaban Marx, Engels, Lenin, Gramsci, Fidel, el Che, Amílcar Cabral, Althusser, Regis Debray, que en Cuba estuvo adscrito al Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana.

 

En febrero de ese año fundamos El Caimán Barbudo, semanario cultural, con otros jóvenes poetas y literatos. Antes del fin de año también fundamos la revista mensual Pensamiento Crítico, que publicó su primer número en febrero de 1967. Este estuvo dedicado íntegramente a las luchas armadas latinoamericanas. Lo abría Camilo Torres, muerto en combate en febrero de 1966, con el ensayo “La violencia y los cambios sociales”. El segundo artículo era “La revolución verdadera, la violencia y el fatalismo geopolítico”, de Fabricio Ojeda, presidente de la Junta Patriótica que derrocó a la dictadura de Pérez Jiménez en 1958, que se unió al movimiento guerri­llero en 1962 y fue presidente del Frente de Liberación Nacional-Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) de Venezuela. Fue asesinado en julio de 1966. El tercer ar­tículo era “Perú: Revolución, insurrección, guerrillas”, de Américo Pumaruna, seu­dónimo de Ricardo Letts, dirigente de la organización Vanguardia Revolucionaria. Discutimos con el autor nuestro desacuerdo con su posición, pero lo publicamos completo —era el más largo de los cuatro—, con una nota editorial extensa y dura. El último texto era “Contra la tendencia conservadora en el Partido”, de Julio del Va­lle, seudónimo de un cuadro del Partido Guatemalteco del Trabajo, un combatiente que posteriormente perdió su vida en la lucha.

 

Elementos principales de la estrategia de la revista eran sus publicaciones acer­ca del proceso revolucionario cubano, la teoría revolucionaria, el socialismo y los problemas esenciales de la transición socialista. Nuestro trabajo publicístico e inte­lectual se inscribía en un marxismo dialéctico y de la praxis, y en la posición de Fidel y el Che. Llegué a la convicción, que después aprendí a fundamentar, de que en la mayoría de los países del planeta la época del poder revolucionario anticapitalista y la transición socialista no puede obedecer a las etapas sucesivas del desarrollo evolutivo que postulaban el socialismo llamado real y su ideología llamada marxis­mo-leninismo.

 

Entre otras relaciones, interactuamos con Tricontinental, el órgano oficial de la Ospaaal, una revista de gran calidad que daba mucho peso a los reportajes y las fotografías. Estaba más cerca de la información y la orientación de opiniones inmediatas. Esto hacía que nuestras revistas fueran diferentes y, en cierto sentido, se complementaran. Fue muy emocionante cuando, cumpliendo lo convenido con el Che, se decidió dar a conocer su Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental. Se sacó un lunes, el 17 de abril de 1967, y se publicó casi simul­táneamente en varios países.

 

Asimismo, mantuvimos una relación muy fuerte con los periodistas de la agen­cia Prensa Latina. Ellos escribían para Pensamiento Crítico análisis breves, que le daban a la revista más agilidad y cobertura. Los trabajos de estos compañeros so­lían exponer los aspectos fundamentales de una coyuntura determinada en un país, someterlos a análisis, valorar el conjunto y a veces hacer pronósticos. En ocasiones se dedicaban a un tema, no a un país. Ese trabajo lo hacían como voluntarios, sin paga, que era como hacíamos todas las tareas de Pensamiento Crítico todos los involucrados, excepto la secretaria y el diseñador.

 

En el primer número se indicó que había sido preparado por el Grupo de Es­tudios Latinoamericanos, pero realmente tal grupo no existía. Fue la fórmula que utilizamos para que dos de nuestros compañeros se presentaran con una grabadora y entrevistaran a personalidades del continente que pasaban por La Habana y nos interesaban. Habíamos empezado a hacerlo mucho antes de que apareciera la re­vista. Por ejemplo, en enero de 1966, recibimos en el Departamento de Filosofía al comandante guerrillero guatemalteco Luis Augusto Turcios Lima, quien participó en la Primera Conferencia Tricontinental.

 

Otro de los grandes revolucionarios latinoamericanos que entrevistamos fue el brasileño Carlos Marighella, que vino a la Conferencia de Olas en julio-agosto de 1967. Carlos prefirió sentarse y escribir a mano sus respuestas a las preguntas que le formulamos. Después de su muerte en 1969 publicamos una parte de aque­llas notas en copia facsimilar, y la entrevista completa. Comunista desde que era un jovencito, Marighella es uno de los más destacados ejemplos del camino que tuvieron que recorrer muchos marxistas revolucionarios de aquellos años.

 

Entre ellos estuvo Roque Dalton. Sostuve con él una relación muy estrecha, como de hermanos, y sentía a su familia como parte de la mía. Conversábamos mucho acerca de lo humano y lo divino, discutíamos lo que cada uno escribía. Roque escribía a máquina, con copias. Pese a esa práctica, se perdieron algunos de sus textos, cual fue el caso de un largo y profundo análisis que realizó sobre la sociedad salvadoreña. Yo lo leí. Yo iba leyendo todo lo que él escribía. Fue un gran pensador revolucionario al mismo tiempo que un gran poeta, y entregó su vida a la revolución. Su libro Revolución en la Revolución y la crítica de derecha (publicado por Casa de las Américas) tuvo y tiene un valor extraordinario para estudiar la gran polémica internacional que se produjo luego de la publicación también por Casa de las Américas del folleto de Debray titulado Revolución en la Revolución.[2]*

 

Monthly Review publicó un número con un grupo de textos de aquella polémica. En el Departamento de Filosofía hicimos una sesión pública de análisis crítico de Revolución en la Revolución, con participantes diversos. Abordamos las discusio­nes que entonces existían con relación a las formas de lucha armada, la posición cubana y algunas otras cuestiones de enorme interés.

 

En esos quehaceres también conocí personalmente a Carlos Fonseca Amador. Fue un hombre extraordinario. Muy estudioso. Le regalé mi ejemplar del Sandino, general de hombres libres, de Gregorio Selser, porque él no lo tenía. Fonseca fue un marxista de ideas muy profundas, un pensador destacado, que se vio precisado desde muy joven a ser un hombre de acción y un dirigente revolucionario. Recuerdo la valoración que me hizo del célebre poeta nicaragüense Rubén Darío, y sobre la necesidad de que los militantes sandinistas lo reconocieran. Era un ser humano de una gran sensibilidad. Creo que es necesario que rescatemos el pensamiento de Fonseca, hoy olvidado. Por fortuna fue bastante publicado en Nicaragua en los años ochenta, después del triunfo de la Revolución Sandinista.

 

En fin, tuvimos muchas relaciones con compañeros revolucionarios de un buen número de países del continente que estaban envueltos en luchas armadas. Re­cibíamos sus informaciones y criterios, se hacían debates, y publicábamos en la revista sobre esas luchas, en artículos o en dossiers. El tratamiento y publicación de las acciones, el pensamiento y las condiciones de esa vía revolucionaria formó una parte realmente importante del trabajo de Pensamiento Crítico.

 

Los que trabajamos en Pensamiento Crítico éramos seguidores de las ideas de Fidel y el Che

 

Y esto fue así porque todos los que trabajamos en esa publicación éramos seguido­res muy firmes de las ideas de Fidel y del Che. Por ejemplo, cuando Che pronunció su famoso discurso en Argel, el 24 de febrero de 1965, lo reprodujimos en nuestro mimeógrafo y lo repartimos dentro y fuera de la Universidad de La Habana. Recuer­do que algunos nos acusaron de “revisionistas de izquierda”. Cuando el Che desa­pareció de Cuba en los primeros meses de 1965, asumimos que estaba cumpliendo alguna tarea muy importante. Fidel leyó su carta de despedida el 3 de octubre de ese año y nos dimos cuenta del paso crucial que había dado, dentro de la proyección internacionalista de la Revolución Cubana.

 

En la revista también le dimos el seguimiento que pudimos a la guerrilla de Bolivia. Recuerdo que publicamos uno de los pocos manifiestos del ELN. Cuando el 10 de octubre nos llegó la noticia trágica de que eran ciertas las informaciones acerca de su muerte fue un golpe terrible para nuestro grupo, como para el pueblo entero. Esa misma noche comenzamos a hacer lo que estaba a nuestro alcance: un número completo de Pensamiento Crítico con una selección de escritos del Che. Trabajamos sin parar, y ya el viernes lo tuvimos listo. Fue el número 9 de la revista; era “un homenaje y un escalón imprescindible en la necesaria tarea de templar las armas y las mentes”, terminaba el desafiante y breve editorial. En la práctica fue un libro de 224 páginas. Fue el primer volumen que se publicó en el mundo con una selección de escritos del Che. Como había una verdadera hambre de conocer sus ideas, decidimos reeditarlo cuatro meses después, utilizando el papel del número 14, ya que no teníamos otra opción. Salió ese número con unos pocos textos más que el anterior, y alguna diferencia en la cubierta.

 

En lo personal me afectó mucho la caída del Che, y seguramente fue igual para muchos. Pero nadie pensó que eso significaba el fin de nada. Nadie preveía que unos cuatro años después terminaría la que he denominado “primera etapa de la Revolución Cubana en el poder”, ya que en 1967 la profundización del socialismo, el internacionalismo, la herejía cubana y la creatividad de sus ideas estaban en su apogeo. Su influencia era inmensa en todo el continente, y fue inevitable que se fortaleciera mucho la posición revolucionaria que priorizaba la forma de guerra rural irregular.

 

A mediados de los años sesenta le llamaban “desviación guatemalteca” a la va­riante de darle mucho espacio a la guerrilla urbana. Pero poco después comenzó un importante debate alrededor del “foquismo”. En mi opinión, una de las tantas tareas intelectuales necesarias en la actualidad es el estudio del conflicto armado como una de las variantes que, tal vez, tengan que enfrentar los procesos revolucionarios que se están desarrollando o que en el futuro se desarrollen en nuestro continente. Las formas de lucha armada es un corolario indispensable dentro de ese tema. Aho­ra que es posible analizar aquel debate sin ira, ese estudio pudiera resultar valioso.

 

Pensamiento Crítico muy pronto pasó a publicar quince mil ejemplares por número. Tuvo una circulación internacional muy amplia y bien organizada. Po­días encontrarla en toda América Latina. En la ensangrentada Colombia entraba legalmente, mientras que en la democrática Uruguay las retenían y quemaban. En algunos países se introducía por medios clandestinos y era considerada material subversivo por los represores. La revista era sumamente leída y buscada. Un gran número de los autores que publicaban en ella eran latinoamericanos. Fue un gran vehículo de las ideas, las experiencias y los debates de aquella época.

 

Nuestras relaciones con el VMT y con Manuel Piñeiro

 

A ello contribuyó mucho la estrecha relación que mantuvimos varios integrantes del Departamento de Filosofía, y en especial los que trabajamos en Pensamiento Crítico, con el órgano revolucionario entonces encargado de las prácticas inter­nacionalistas de nuestro país —el entonces llamado VMT del Minint —, y con su jefe, el comandante Manuel Piñeiro. En coordinación con compañeros de ese viceministerio contribuimos a que los revolucionarios de diferentes organizaciones del mismo país se conocieran y se acercaran, probaran a trabajar juntos en un terre­no favorable y avanzaran así hacia coordinaciones reales y hacia una futura unidad.

 

Un ejemplo de esa práctica fue el caso de las organizaciones revolucionarias argentinas. Le pedimos a cada una de ellas que nos entregaran un texto suyo, a sabiendas de que era con un fin unitario, y los publicamos juntos. Con los revolu­cionarios brasileños logramos un trabajo muy valioso. Esto nos permitió la prepa­ración del número 46 de Pensamiento Crítico. Prefiero leer el inicio del editorial: “La parte monográfica de este número está destinada a las raíces, la situación actual y las perspectivas de la revolución brasileña. Sus textos tienen la dignidad superior de haber sido elaborados por la izquierda revolucionaria, aquella a quien corresponde el mérito y la responsabilidad de ser el factor dinamizante de esa lucha”.

 

La primera sección de aquel número se componía de siete escritos que eran fruto del trabajo conjunto de ellos. Seguían tres textos, firmados por Carlos Lamarca, el M-R-8 y Joaquín Cámara Ferreira, además de una entrevista a este último.[3]* Ce­rraban la monografía cuatro textos inéditos de Carlos Marighella. Ese número tuvo una buena acogida y repercusión, porque mostraba lo que era posible obtener con un enfoque unitario de las luchas revolucionarias.

 

En los días de la realización de la Primera Conferencia de la OLAS yo no estaba en Cuba, porque Piñeiro me había enviado a Chile. Allí tuve reuniones bilaterales con casi todos los dirigentes de izquierda, entre ellos Allende y Corvalán. Conocí a Miguel Enríquez (quien todavía no era el secretario general del MIR), a Manuel Cabieses (director de la revista Punto Final) y a Augusto Olivares, quien posterior­mente cayó combatiendo en el Palacio de La Moneda, el 11 de septiembre de 1973.

 

Por cierto, de los compañeros que tenían responsabilidades políticas, Miguel fue el único que me expresó la disposición de su organización (que aún estaba en proceso de formación) a enviar compañeros a pelear con el Che en Bolivia, e hizo una propuesta concreta. Me impresionó mucho por sus cualidades y, al regreso de ese viaje, propuse que se le trajera a Cuba. Nos hicimos amigos. Lo recuerdo, poco tiempo después, haciéndome una valoración crítica del célebre texto Capitalismo y subdesarrollo en América Latina, de André Gunder Frank, recién publicado. Miguel leía y estudiaba sin descanso. En ese afán me mandó a pedir el ejemplar que tenía en mi biblioteca del Tratado de Economía Política, de Ernest Mandel, que por cierto nunca me devolvió. En mi concepto, entre los cuadros y dirigentes de las organizaciones político-militares latinoamericanas, entre los que hubo muchos realmente destacados, Miguel fue uno de los más brillantes intelectuales marxistas revolucionarios latinoame­ricanos de esa época, al mismo tiempo que un extraordinario dirigente y combatiente.[4]*

 

La polémica decisión de cerrar Pensamiento Crítico y el Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana

 

El organismo que dirigía Piñeiro nos ayudaba de manera sistemática, y también compañeros de otros servicios del Minint. Nunca me alejé de Piñeiro. Mantuve siempre una relación de colaboración informal con él (en tareas de análisis o cuan­do me pedía que hiciera otras tareas) después que la máxima dirección política del país decidió cerrar Pensamiento Crítico y el Departamento de Filosofía, en agosto y noviembre de 1971, respectivamente. A veces pedía vacaciones para hacer las tareas que me solicitaba, ya que Piñeiro no podía modificar mi situación.

 

El proceso del cierre fue muy polémico. Yo dije abiertamente todo lo que pensa­ba. La revista tenía un gran prestigio dentro y fuera de Cuba. Unos opinaron que el cierre era algo perjudicial. Otros, que era necesario. Entre los compañeros latinoa­mericanos primó la confianza absoluta en la Revolución Cubana. Al mismo tiempo, recibí numerosas expresiones de solidaridad o afecto.

 

Por ejemplo, poco después del cierre de Pensamiento Crítico, intelectuales del gobierno de la Unidad Popular chilena comenzaron a sacar una revista teórica, Economía y Sociedad, cuyo director era Clodomiro Almeida, dirigente del Partido Socialista y ministro de Relaciones Exteriores. Me pusieron en el Consejo Editorial junto a otros intelectuales muy conocidos, pidiendo mi autorización. En aquella co­yuntura, acordé con el compañero Jesús Montané que no iba a responder la carta en que me pedían mi aprobación, de manera que no les dije ni sí, ni no. Pero me dejaron en el Consejo de su revista hasta el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.

 

Fue inevitable que muchos relacionaran de un modo u otro el cierre de Pen­samiento Crítico con el acercamiento que por aquellos años se produjo en las rela­ciones entre Cuba y la URSS. Una entre tantas reacciones de intelectuales europeos fue la de Kewes Karol, el autor de Los guerrilleros en el poder (1970). En 1972 la editorial de Seix Barral publicó la edición en español, con una introducción bastante crítica, pero razonada y respetuosa, respecto a los cambios sucedidos en Cuba en los dos años transcurridos desde la edición original de ese texto.

 

En él se reconocía que “Cuba sigue viviendo años difíciles, marcados aún por la dificultad de alcanzar una autonomía en el desarrollo económico y, por ende, conservar una efectiva autonomía política e ideológica”. Y comentaba “el empo­brecimiento del clima político, del que resulta sintomático el enmudecimiento de las voces teóricamente más comprometidas, como la revista Pensamiento Crítico”. Pero lo más usual entre los intelectuales militantes o comprometidos europeos fue no hacer manifestaciones públicas sobre el cierre de esa publicación.

 

Para algunos éramos “diversionistas ideológicos”, pero otros tantos no lo creían

 

Cuando se produjo el cierre del Departamento y la revista pedí ser enviado a cual­quier parte del país a hacer cualquier cosa, pero la persona involucrada en la deci­sión no quiso proceder en esa dirección. Aunque su motivo era loable, quedé en una situación difícil. Fui adscrito al rector de la Universidad, José Miyar (Chomi), y hacía investigaciones sobre la educación superior. Por cierto, escribí un texto que jamás se ha publicado, “La educación en Brasil, un caso de capitalismo neocolonial”. No carecía de trabajo, pero estaba como suspendido en el aire. Para muchos éramos “diversionistas ideológicos”, aunque en realidad otros tantos no creían eso.

 

Cuando sustituyeron a Chomi de ese cargo comencé a quedarme sin tareas que realizar, y eso no lo acepté. Él se enteró, pasó por mi casa y me llevó a trabajar consigo en la agricultura. En esos momentos era el director nacional de Cítricos y Frutales del Instituto Nacional de Reforma Agraria (Inra). Trabajamos juntos poco más de un año. Fue una experiencia realmente muy gratificante, hasta que hubo un cambio de dirigentes superiores y nos sacaron a los dos.

 

Estuve dos meses sin trabajo, hasta que lo supo el compañero Marcos Lage, entonces ministro de la Industria Azucarera. Él me conocía de los tiempos de las movilizaciones militares. Me fue a buscar a mi casa y me llevó para su Ministerio. Trabajé allí dos años y medio, en labores propias de un técnico medio. Al mismo tiempo, era el secretario general de uno de los núcleos del PCC del organismo y presidente de la Comisión de Historia del Minaz

 

En diciembre de 1976, el miembro del Buró Político del CC del PCC Carlos Rafael Rodríguez (quien me conocía desde la década anterior) me llamó a su oficina y con­versamos durante varias horas. Fue muy gentil conmigo. Habían decidido pasarme al Centro de Estudios de Europa Occidental, adscrito al Comité Central del PCC. Allí trabajé como investigador hasta 1979.

 

El Centro, entonces el único en el CC del PCC, tenía muy circunscrita su esfera de actividad. Dirigí dos secciones: la de relaciones entre la Europa capitalista y la socialista, y la de temas económicos y militares. Pero esas responsabilidades nunca se oficializaron; había instrucciones de que fuera así. Escribí muchos textos que se imprimían para las instancias del Partido en libros u otros formatos, pero nunca para el lector común. En los años setenta solo hubo dos excepciones: un artículo mío se publicó en 1973 en Verde Olivo, la revista del Minfar, y otro se publicó en 1978 en la revista Economía y Desarrollo, de la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana.

 

Las diversas tareas que cumplí entre 1979 y 1984 en la Nicaragua Sandinista

 

Como dije, mantuve vínculos con Piñeiro y con las labores que él dirigía, tanto en la denominada DGLN del Minint como en el entonces recién fundado Departamento América del CC del PCC. Eso me llevó a tener nexos con el movimiento sandinista y a ser seleccionado para integrar el grupo de compañeros que abrimos la Embajada de Cuba en la Nicaragua sandinista. Estuve allá desde 1979 hasta 1984.

 

Fueron años de una actividad tan intensa que al marcharme se comentó que me habían sustituido cuatro y media personas. Atendí a una parte de las estructuras del nivel central del Frente Sandinista y de su organización juvenil. Llevé las rela­ciones con todas las organizaciones de masas sandinistas, trabajadores del campo, mujeres, campesinos, la Central de Trabajadores y los Comités de Defensa de esa Revolución. Me ocupé de muchas tareas políticas concretas, y llevé algunas líneas específicas de trabajo sistemáticamente. Al par, hice una multitud de análisis sobre la situación nicaragüense, y algunos de otros países centroamericanos.

 

Al mismo tiempo, fui el responsable de las áreas de Cultura y de Prensa de la Embajada, lo que me llevó a desarrollar una relación intensa con la intelectualidad nicaragüense y con una masa enorme de extranjeros. Algunos eran intelectuales, pero la mayoría no, ya que en aquellos años para muchos Nicaragua fue como una Meca.

 

Adicionalmente, participé en la sombra en un enorme número de eventos aca­démicos y sostuve una infinidad de intercambios con expertos o intelectuales, pero siempre bilaterales o en pequeños grupos y de manera informal. Nunca fui ponente o conferencista en eventos públicos. Eso correspondía al carácter de mi presencia y mi trabajo en Nicaragua, así como a la línea que seguía el Departamento América del CC del PCC.

 

Tuve la gran fortuna de gozar de la amistad de Ernesto Cardenal. Dos de mis mejores amigos en Nicaragua fueron Carlos Fernando Chamorro, director de Barricada, el diario del Frente, y Luis Rocha, periodista, poeta y diputado sandinista. Tuve una relación muy estrecha con el sociólogo sandinista Orlando Núñez Soto, un pensador realmente brillante, y nunca olvidaré a mi amigo y compañero Víctor Ro­meo, jefe de Patrullas de la Policía Sandinista, quizás el más joven de los “viejitos” del MIR de Chile.

 

Adicionalmente, tuve relaciones de colaboración muy amplias con la Escuela Nacional del FSLN y con su directora, Vanessa Castro. Pero nunca aparecí oficial­mente en nada, porque la contraparte cubana de ellos era la Escuela Nacional del PCC Ñico López. Me ocupaba de cosas del pensamiento, digamos que discretamen­te, cuando el compañero embajador Julián López, que era nuestro jefe, me lo pedía, o se estimaba que era necesario.

 

El ateísmo es una ideología burguesa

 

Era el responsable del trabajo nuestro en el campo religioso, un aspecto que tuvo una importancia extraordinaria en la Revolución Sandinista y que fue sumamente influyente en ese terreno en toda América Latina, y también, en alguna medida, en los Estados Unidos y Europa.

 

La Revolución Sandinista ayudó a modificar bastante las ideas de muchos revolucionarios acerca de las funciones de la fe religiosa, la naturaleza que debían tener las iglesias, la teología, las organizaciones populares. A la vez, les ayudó a desarrollar su pensamiento propio, incluido el marxismo, y a combatir la colonización mental “de izquierda”. Esas influencias benéficas alcanzaron también a los cubanos.

 

Sostuve relaciones con activistas religiosos y laicos, teólogos, comunidades eclesiales, católicas —que eran mayoría— y protestantes. Con algunos establecí una profunda amistad. Mantuve relaciones muy grandes con los jesuitas —men­cionaré solamente a Amando López, mártir en El Salvador, y Xavier Gorostiaga, ya fallecido—, y también con sacerdotes de otras órdenes y seculares, monjas y pastores protestantes.

 

Desde muy joven he sostenido que el ateísmo es una ideología que, para des­gracia de la concepción y de las prácticas revolucionarias, fue asumida por el mal llamado marxismo-leninismo como parte de su adecuación paulatina a la cultura burguesa, A partir de la implantación del sistema dogmático, la Filosofía soviética comprendía siete especialidades. Una de ellas era el llamado Ateísmo Científico, una falta de respeto a los creyentes religiosos y una incapacidad de comprender las realidades culturales de la fe religiosa y las religiones.

 

Nuestro Departamento de Filosofía no la aceptó, y esa “asignatura” no existió en la docencia universitaria hasta después que el Departamento fue disuelto. El Ateísmo Científico fue introducido en las universidades como parte de una rígida campaña de adoctrinamiento en la educación, los medios de comunicación, el PCC y otros sectores. Se formaron profesores de ateísmo, se publicaban divulgaciones y se llegó a estimar que ser creyente religioso era un demérito político y un indicador de potencial desafección a la Revolución.

 

En enero de 1980 me enviaron unos días a Cuba, para que participara en una reunión. En esa ocasión el compañero Jesús Montané, que era el organizador del CC del PCC, quiso conversar conmigo y me pidió mis criterios acerca de nuestra política con relación a la religión. Le di mi visión crítica y le enfaticé lo que tenía de perjudicial para el trabajo con América Latina. Me preguntó por mis actividades en ese campo en Nicaragua y le pareció que lo que hacía estaba muy bien y que debía­mos seguir avanzando en esa dirección.

 

Nicaragua sandinista, la Revolución Salvadoreña y el ambiente que se creó in­fluyeron en hacer más sensibles a los cubanos en este terreno. El libro Fidel y la religión, publicado en 1985, legitimó los pasos de avance que se habían venido dando. Pero la estructura ideológica del ateísmo logró resistir hasta la gran crisis de inicios de los años noventa.

 

La entrega práctica, que para numerosos creyentes significó la pérdida de la vida, el acompañamiento de los pueblos, las comunidades cristinas de base y el pensamiento teológico de liberación de un gran número de religiosos y religiosas durante los procesos revolucionarios de Centroamérica, es una página muy hermo­sa, que también debe ser rescatada en la actualidad.

 

En 1980, una monja sandinista me informó que un cura italiano organizaba en Estelí, al noroeste del país, un círculo de estudios marxistas clandestino, con curas y monjas, en el cual explicaba el pensamiento de Gramsci. Era Giulio Girardi. Lo busqué y nos conocimos. Conversamos. Le di la razón en cuanto a estar con Gramsci, pero le pedí que no siguiera identificando a Cuba con el manual de Konstantinov. Lo invité a venir a Cuba. Le organizó el viaje el compañero Rafael Hidalgo, el joven miembro del Departamento América que llevaba las cuestiones religiosas. Con él sostuve una relación muy estrecha durante dos décadas, y labramos una firme amistad.

 

Girardi se volvió un rendido amante de la Revolución Cubana, y practicó con ella una solidaridad sin condiciones e inquebrantable hasta el reciente fin de su vida. Participó en innumerables actividades intelectuales en Cuba. Fue uno de los cuatro del pequeño equipo que se hizo en ocasión de la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba. No puedo hacer aquí el elogio que merece Giulio Girardi, uno de los más destacados intelectuales revolucionarios de estas últimas décadas.

 

En Nicaragua también se cometieron graves errores. Recuerdo un evento muy triste, resultado de las desconfianzas y el escaso desarrollo de la conciencia política que padecían comunidades originarias de la llamada “Costa Atlántica”, y de desacier­tos del gobierno sandinista. Como parte de la Cruzada Nacional de Alfabetización, se organizó la llamada Alfabetización en Lenguas para los pueblos autóctonos del país, pero primaba la mentalidad de supremacía del idioma español y la subestimación de las culturas de los autóctonos. El día en que culminaba esa tarea tan po­sitiva, en 1981, se produjo un incidente sangriento en Prinzapolka y comenzó una insurrección que tuvo consecuencias muy dolorosas, cuyas bases y motivaciones eran diferentes a la terrible guerra contrarrevolucionaria organizada por los Estados Unidos en Las Segovias y el Norte del país.

 

Mis principales tareas en el CEA

 

Desde mi regreso a Cuba hasta la derrota sandinista de 1990 mantuve un trabajo sistemático de análisis sobre Nicaragua que incluía estancias periódicas en ese país. Durante 1984 trabajé en el propio Departamento América del CC del PCC. La idea inicial de Piñeiro era que me quedara en la Sección de Análisis de ese Departamento, pero finalmente se aprobó que pasara al Centro de Estudios sobre América (CEA), donde acababan de designar como director a mi compañero y amigo Luis Suárez Salazar.

 

Al igual que los demás compañeros del CEA, durante los once años y medio que trabajé en ese centro de investigación siempre actué en total coordinación con el Departamento América, tanto en las tareas que desarrollé en un buen número de países del continente, como en las diferentes actividades que organizamos en Cuba.

 

En la revista de ese Centro, Cuadernos de Nuestra América comenzamos a pu­blicar sobre cuestiones religiosas. Lo primero que publiqué fue la defensa de Gustavo Gutiérrez de su libro clásico Teología de la Liberación, al recibir un doctorado en Lyon, y un texto de Leonardo Boff, motivado por la medida tomada contra él por Joseph Ratzinger, en aquel momento prefecto en el Vaticano de la llamada Doctrina de la Fe. En el número siguiente de Cuadernos publiqué —a pesar de las protestas de algún oculto censor, desestimadas por Luis Suárez y por el Consejo editorial de la re­vista— un largo ensayo titulado “Cristianismo y liberación”. Ese ensayo tuvo una repercusión muy positiva en los medios cristianos.

 

Durante una larga etapa se mantuvieron relaciones amistosas con innumerables medios de creyentes y religiosos avanzados del continente. Vinieron a Cuba un gran número de religiosos, y ayudamos a la formación ideológica y política de cubanas y cubanos en este campo tan importante. En los temas religiosos nos ayudaron mucho los latinoamericanos —que suelen tener un desarrollo superior al de los cubanos en ese campo— y algunos europeos; de manera descollante, François Houtart. Me reuní dos veces con Gustavo Gutiérrez, el iniciador de la Teología de la Liberación, y le trasmití una invitación a Cuba de Fidel. Pero Gutiérrez era un cura secular, es decir, no pertenecía a ninguna orden, y no entendía posible hacer ese viaje sin alguna sombrilla eclesiástica.

 

En mis actividades en Perú conocí y establecí una amistad hermosa con Alberto Flores Galindo, que era uno de los mejores historiadores del continente. Militaba en el partido mariateguista, junto a Javier Diez-Canseco. Alberto era un notable marxista; murió joven, de cáncer. Su libro Aristocracia y Plebe 1730-1830 debería ser un clásico. Buscando un Inca y La agonía de Mariátegui están también entre sus obras importantes.

 

El rescate del pensamiento del Che

 

El CEA también emprendió una actividad ejemplar en lo concerniente al impulso del rescate del pensamiento del Che, tanto en seminarios como en publicaciones del Cen­tro y de otras instituciones. Luis Suárez tuvo un papel fundamental en esa iniciativa. Él promovió un seminario en el que cubanos estudiosos del Che de muy diversas procedencias nos asignamos temas de su pensamiento. Debatíamos y discutíamos en el colectivo los textos que cada uno fue elaborando. El libro resultante, Pensar al Che, abarcó un enorme arco de asuntos, pero es muy orgánico, por la articulación de su proceso de creación y, sobre todo, por la comprensión de conjunto que lo­gramos acerca del pensamiento del Che. Se publicó —en dos tomos— y sirvió para cubrir una necesidad social y política importante: el rescate del gran revolucionario.

 

La que he llamado “segunda etapa de la Revolución en el poder” —del inicio de los años setenta a fines de los años noventa—implicó graves detenciones y retro­cesos, pero también notables avances. Fue una etapa muy contradictoria. Entre los aspectos que no cedieron ante la influencia soviética y la burocratización estuvo la política internacionalista irreductible de la Revolución, que redobló sus esfuerzos en esa etapa a un grado colosal. Brindó vivencias y educó a cientos de miles de cubanos en valores muy superiores, y fortaleció el socialismo a escala de todo el pueblo. La epopeya internacionalista de Angola es un capítulo ejemplar de esa política revolucionaria.

 

El rescate del Che fue estimulado por el proceso político que se llamó “rectifica­ción de errores y tendencias negativas”, iniciado por Fidel a fines de 1984 y conver­tido en una campaña con el pueblo en 1985. El 8 de octubre de 1987 —en ocasión del vigésimo aniversario de la caída del Che—, Fidel hizo un discurso sumamente crítico en Pinar del Río, en el que describió los males que vivía el país en media docena de bloques de hechos, casi sin adjetivos. Cada vez que terminaba un bloque, decía: “Si el Che hubiera visto esto, se hubiera horrorizado”. Estaba indignadísimo. Aquel discurso conmovió al país.

 

En el CEA regresé al trabajo intelectual sistemático y entré a participar de lleno en la batalla de la rectificación, que yo prefería llamar “proceso de profundización del socialismo”. En el marco del seminario que produjo Pensar al Che elaboré un ensayo sobre la concepción teórica del Che acerca del socialismo, pero continué trabajando ese tema hasta dedicarle todo un libro, que exponía la específica concep­ción marxista del Che, sus determinaciones principales y la batalla que libró dentro de la Revolución Cubana para que esas ideas fueran asumidas. Con el título Che, el socialismo y el comunismo, ganó el premio de ensayo Casa de las Américas, en enero de 1989.

 

Previamente, en 1985 se había celebrado en Nicaragua una reunión que con­gregó revolucionarios y políticos progresistas latinoamericanos, y algunos inte­lectuales comprometidos, entre ellos Pablo González Casanova. Fui uno de sus organizadores. Pasamos revista a los problemas prácticos y de pensamiento que confrontaban los opuestos al sistema en aquella coyuntura adversa que acumulaba los efectos de las gigantescas represiones, las graves derrotas sufridas y el lento y complicado proceso de “democratización” o “redemocratización” que se iniciaba en cierto número de países.

 

En aquel encuentro nació la idea de repetir la reunión cada año. El Partido Co­munista rgentino, que estaba en pleno proceso de “viraje” con su joven secretario general, Patricio Echegaray, ofreció que asumiría la reunión del año siguiente. En junio de 1986 se realizó en Buenos Aires el primer seminario del que llamamos “Pensamiento Revolucionario del Che”. Puestos bajo esa advocación inconfundible, su contenido principal eran las situaciones y los conflictos que vivía el continente. A partir de aquel inicio hubo al menos un encuentro grande todos los años, y otras actividades.

 

La revista América Libre

 

En aquellos años los participantes en esos encuentros podían ser muy disímiles, porque había diversas posiciones y muchas confusiones. Se vivía bajo las conse­cuencias de las derrotas. El “posibilismo” y la consiguiente reducción de los objeti­vos de la izquierda, que equivalía a la aceptación de la dominación, tenía numerosos adeptos. La perestroika de la URSS, vista como “esperanza”, era otro factor negati­vo. Toda persona decente que ganábamos era una victoria.

 

En ese contexto fundamos la revista América Libre, y fui el primer miembro cubano de su Comité Editorial. Esto fue autorizado por la dirección del CEA y el De­partamento América del CC del PCC. La publicación surgió a partir de la idea de dar un paso superior en el camino hacia una unificación ideológica, mediante un órgano que expusiera una estrategia socialista, radical, sin sectarismos y antidogmática. Sería una revista latinoamericana, no de un solo país. Y algo fundamental: tenía que ser una publicación con calidad de contenido y belleza en su forma, que diera gusto leerla y ayudara a educar al lector.

 

A partir de las relaciones fraternales que tenía con él desde 1980, convencí a Frei Betto de que el único director viable era él, que por muchas razones tenía un prestigio enorme en varios campos y, al mismo tiempo, no militaba en ninguna or­ganización política. Llegué a decirle que él pondría sobre todo su nombre, porque la mayoría de las tareas las haríamos otros. Pero lo cierto fue que desde que asumió la dirección hasta que pidió ser relevado, en 2002, por haber aceptado un cargo del presidente Lula, trabajó todo el tiempo con una dedicación ejemplar, un gran rigor y numerosas iniciativas.

 

Nuestra base principal era Argentina. Ahí se celebraron la mayoría de los se­minarios, se imprimía la revista y tenía su local. El Partido Comunista Argentino era el principal aportador de recursos. En la segunda mitad de los años noventa comenzamos a tener cada vez más actividades en Brasil, con el CEPIS, el MST y otros compañeros que siempre fueron muy activos y muy solidarios. Todos esos años de tantas actividades fueron felices para mí, y me he sentido muy honrado de haber sido un representante cubano en aquellas tareas.

 

América Libre tuvo que enfrentar una época muy difícil. El final tan bochornoso de la URSS y los demás países europeos de su campo, el formidable desprestigio del socialismo a escala mundial, la caída de los proyectos y las esperanzas de de­sarrollo de la mayor parte de los países del Tercer Mundo, el profundo retroceso de las luchas de clases y de liberación nacional, el triunfo en toda la línea del neoli­beralismo, el predominio norteamericano en el campo imperialista y el colapso de los conceptos de progreso y soberanía nacional, parecieron constituir un conjunto aplastante. El socialismo, las revoluciones y una gran parte de las conquistas so­ciales del siglo xx fueron remitidos al pasado y condenados por inoperantes. En esa situación, los anticapitalistas éramos considerados ilusos, o locos. Y así fue prácticamente todo el fin de siglo.

 

Mi adscripción al Centro Juan Marinello

 

Como ya dije, durante once años trabajé en el CEA, una institución de investigación vinculada con el CC del PCC que realizó una gran cantidad de tareas necesarias con notable calidad, y en consecuencia se ganó un sólido prestigio en un gran número de medios del continente, por sus calidades intelectuales y su posición como repre­sentante de nuestra Revolución.

 

Por eso para mí, como para otros muchos compañeros, fue un episodio suma­mente desafortunado que —luego de formular una devastadora crítica pública— la máxima dirección del PCC decidiera “reorganizar” el trabajo de ese centro. El complejo y polémico proceso que se desarrolló entre marzo y septiembre de 1996 culminó con la disgregación de la mayor parte del colectivo de investigadores que trabajábamos en el CEA, así como en la virtual desaparición de todo el trabajo que venía desarrollando desde hacia más de una década.

 

Al día siguiente de la última reunión de aquel proceso —que fue a la única a la que asistí, ya que en ese momento no formaba parte de los órganos de dirección de la institución—, el compañero Armando Hart, ministro de Cultura, le solicitó al miembro del Buró Político del CC del PCC, compañero José Ramón Balaguer, que autorizara mi traslado para una institución del Ministerio de Cultura. Balaguer, que había conducido todas las discusiones que se efectuaron con el Consejo de direc­ción del CEA, autorizó mi traslado. Con Hart me unían treinta años de relaciones y una plena identificación en cuanto a las ideas.

 

A partir de ese momento comencé a trabajar como investigador en una institu­ción del Ministerio de Cultura, el Centro Juan Marinello, dedicado a las investigacio­nes culturales. Desde hacía pocos meses el director era Pablo Pacheco López, con quien tengo hondas relaciones fraternales. Allí laboraban investigadores muy valio­sos que habían trabajado muchísimo, y tenido una gran participación en la prepara­ción del fabuloso Atlas Cultural de Cuba. Pero no habían podido publicar nada. Bajo la dirección de Pacheco se dinamizó y revolucionó el Centro, que fortaleció y amplió sus líneas de investigación y viabilizó el conocimiento de sus resultados. Además, desplegó una labor sistemática de eventos científicos, conferencias y cursos, y logró bajar el promedio de edad de sus investigadores. La publicación de libros se inició y creció vertiginosamente: se han publicado más de ciento treinta títulos.

 

El Instituto cumple cierto número de funciones diversas, aunque la principal es la investigación cultural. Por el Marinello ha pasado un gran número de intelectuales de América Latina, y también de otras regiones del mundo. Una de las líneas de pu­blicación de sus libros es la de temas latinoamericanos. A mi juicio, lo fundamental es que el Marinello se ha convertido en un foco cultural, un lugar de trabajo intelectual sistemático y de amplios debates, una institución fuerte en la defensa y el desarrollo de la cultura de la Revolución Cubana.

 

Comenzar a trabajar en esa institución fue para mí un cambio realmente grande, pero me adapté pronto, y estuve junto a Pacheco, colaborando siempre con él en la tarea maravillosa que llevó a cabo. Es el centro de trabajo en que más tiempo he permanecido en toda mi vida: casi dieciocho años. He experimentado una enorme cantidad de satisfacciones; entre ellas, ver como logramos en muchos casos resul­tados valiosos, y en los demás, lo intentamos con real dedicación. Un factor decisi­vo en esas satisfacciones ha sido compartir muy fraternalmente con compañeras y compañeros de notable calidad humana y como trabajadores.

 

Aunque atendiendo a mí reclamo, Hart y yo habíamos acordado que allí no des­empeñaría a ninguna responsabilidad, desde abril de 2009 soy el director general del que se decidió convertir en Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.

 

Mi participación en la Red en Defensa de la Humanidad

 

Como se sabe, siempre ha existido una sistemática campaña mediática contra Cuba, que forma parte de la agresión sistemática del imperialismo norteamericano contra la Revolución Cubana, porque ella es el mal ejemplo permanente, de lo que puede ser capaz un pueblo en lucha, y jamás nos lo perdonarán. Esa campaña puede ser o no bien hecha y eficaz, pero sobran los recursos materiales y los peones para hacerla. Al inicio del siglo xxi el imperialismo lanzó la inmensa e intensa campaña mundial de “lucha contra el terrorismo” y, como era de esperar, se nos calificó de “país terrorista”. El día que cayó Bagdad, en el momento en que asesinaban a miles de niños y mujeres inermes en Irak, el embajador de los Estados Unidos en Repú­blica Dominicana se permitió sugerir públicamente que el próximo país “liberado” fuera Cuba.

 

En aquel momento tan difícil, Fidel tuvo la idea de que se convocara a los inte­lectuales a actuar. Fidel presidió una reunión muy amplia de intelectuales cubanos, que duró dos días. Una de las iniciativas fue contactar a intelectuales solidarios de otros países. Me llamaron a mi casa en busca de los teléfonos de Pablo González Casanova, quien asintió de inmediato, convocó a los mexicanos —que fueron el centro de aquella iniciativa internacional—y vino a Cuba con un grupo. Nos reuni­mos con Fidel y nació la red “En Defensa de la Humanidad”.

 

En esos días se realizaron discusiones muy ricas entre compañeros de América Latina, con participación de algunos europeos. Poco después, en el enorme desfile y concentración de la Plaza de la Revolución por el 1ro. de Mayo, entre los discur­sos de representantes de trabajadores, tomó la palabra Pablo González Casanova y expuso a todos la iniciativa de la red “En Defensa de la Humanidad”.

 

El trabajo organizado con intelectuales es de la mayor importancia, por el va­lor intrínseco de lo que hacen y por la influencia que tienen en las sociedades. El trabajo intelectual es un campo específico, con su naturaleza, sus problemas y sus exigencias. Si se cumple bien, cuando surgen las cuestiones ya hay pensamiento elaborado acerca de ellas. Sobre las que no parecen hacer falta, pero son necesa­rias, hay que trabajar igual, para el día en que hagan falta. Pero opino que debemos ser realistas ante el valor que puedan tener actualmente los manifiestos que durante varias generaciones han firmado intelectuales y artistas, en defensa de buenas cau­sas. En esta época de predominio del control imperialista sobre la democratización del consumo cultural, las hojas con grandes firmas al pie tienden a parecer piezas de museo.

 

No obstante, la Red de Redes en Defensa de la Humanidad ha sido un paso muy grande en la organización y despliegue de la resistencia. Surgió cuando el crimen y la idiotez presidenciales rompían marcas mundiales —la hora de Bush y la cruzada “contra el terrorismo”—, en la isla demonizada, y fue forjada por personas que suelen ser vistas como miembros de una especie en extinción. Ha sobrevivido a los peores tiempos, persiste y lucha.

 

El Foro Social Mundial tuvo una importancia extraordinaria para América Latina en la coyuntura del ascenso popular que se iniciaba con este siglo. Seguramente fue un acierto no pretender convertirlo en un instrumento de organización continental, pero en los años que siguieron se ha ido quedando atrás, prisionero de límites que lo condenan a repetirse y perder influencia. De todos modos, el Foro mantiene su carácter plural, su convocatoria social y su crítica a las acciones del imperialismo contra la mayoría de las personas y contra el planeta, y esas características son muy positivas.

 

La Red de Redes en Defensa de la Humanidad continúa viva y muy activa, en unos países más fuerte que en otros, pero con una línea muy acertada. Es uno de los factores que impulsan la coordinación internacional y la concientización anti­capitalista, a favor de una nueva manera de vivir en Nuestra América. Por consi­guiente, nuestra participación en esa red, al igual que en algunas actividades del FSM constituye una forma más de desplegar la política internacionalista de la Revolución Cubana.

 

Reflexiones finales

 

Desde 1993 he vuelto a realizar estudios y esfuerzos —ahora sistemáticos— en Historia, la disciplina social que más me ha gustado a lo largo de mi vida. Trabajo en ella con arreglo a mi específica posición marxista y epistemológica, y de acuerdo a mis ideales. He publicado varios libros y numerosos textos más breves sobre te­mas de Historia de Cuba, impartido cursos de posgrado y conferencias, y brindado tutorías y asesorías.

 

Al mismo tiempo, durante estos veinte años he seguido estudiando las realida­des contemporáneas cubanas y escribiendo sobre ellas, el pensamiento del Che y otros temas análogos. Sostengo mi posición específica de revolucionario cubano y de marxista, y la divulgo. De manera paulatina en los años noventa, y mucho más dinámica y favorable en los últimos años, he recibido reconocimientos por mis la­bores intelectuales —por ejemplo, el Premio Nacional de Ciencias Sociales 2006—, y publico textos e intervengo oralmente en público muy a menudo. Guío toda mi actividad por los ideales socialistas que asumí en mi primera juventud, acendrados por las experiencias, y privilegio en mi actividad todo lo que pueda servir a los jóve­nes de hoy, que son los que librarán las batallas decisivas.

 

Nunca he abandonado mis estudios y mis relaciones latinoamericanas. Junto a numerosos intelectuales de la región —con muchos de los cuales he anudado gran amistad— mantengo una participación sistemática en los análisis y los de­bates de las cuestiones que interesan a los movimientos populares combativos y a los procesos revolucionarios. Los acompaño en la medida de mis posibilidades. El ideal internacionalista que formulara Carlos Marx como parte indispensable de su concepción, y que han desarrollado incontables latinoamericanos durante más de dos siglos de heroísmos y sacrificios, es para mí la cualidad más hermosa de los re­volucionarios, porque su altruismo, el desarrollo de los seres humanos que propicia y su alcance universal anuncian la posibilidad cierta de que se lleguen a lograr en el mundo las más abarcadoras y profundas liberaciones sociales y humanas.

 

Notas

 

[1] Ver, entre otros, “Conversación sobre los años sesenta”, en Fernando Martínez Heredia; A viva voz, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007; F. Martínez Heredia: El ejercicio de pensar, Ruth Casa Editorial / ICIC Juan Marinello, La Habana, 2008 (tiene varias ediciones); “A cuarenta años de Pensamiento Crítico”, en F. Martínez Heredia, La crítica en tiempos de Revolución, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2007.

 

2 Mi breve ensayo “Roque Dalton, guerrillero leninista” ha sido publicado varias veces.

 

3 Carlos Lamarca: “Caminos de la guerrilla”, pp. 78-88; “M-R-8: Las relaciones vanguar­dia-masa en la fase actual de la Revolución”, pp. 89-119; Joaquín Cámara Ferreiro (Toledo): “Análisis de la situación brasileña, pp. 120-125 y entrevista a este último, pp. 126-133 en Pensamiento Crítico, No. 46, noviembre de 1970, La Habana.

 

4 “Recuerdo de Miguel Enríquez”, un texto acerca de él, puede leerse en Fernando Martínez Heredia, Si breve…, pp. 24-29, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007.717

 

 

[1] Ver, entre otros, “Conversación sobre los años sesenta”, en Fernando Martínez Heredia; A viva voz, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007; F. Martínez Heredia: El ejercicio de pensar, Ruth Casa Editorial / ICIC Juan Marinello, La Habana, 2008 (tiene varias ediciones); “A cuarenta años de Pensamiento Crítico”, en F. Martínez Heredia, La crítica en tiempos de Revolución, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2007.707

 

[2] Mi breve ensayo “Roque Dalton, guerrillero leninista” ha sido publicado varias veces.

 

[3] Carlos Lamarca: “Caminos de la guerrilla”, pp. 78-88; “M-R-8: Las relaciones vanguar­dia-masa en la fase actual de la Revolución”, pp. 89-119; Joaquín Cámara Ferreiro (Toledo): “Análisis de la situación brasileña, pp. 120-125 y entrevista a este último, pp. 126-133 en Pensamiento Crítico, No. 46, noviembre de 1970, La Habana.716

 

[4] “Recuerdo de Miguel Enríquez”, un texto acerca de él, puede leerse en Fernando Martínez Heredia, Si breve…, pp. 24-29, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007.717

 

https://www.alainet.org/es/articulo/186373
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