La derecha no permite la alternancia de gobierno

26/05/2017
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Presidentes de Mercosur - 2012
Foto: Casa Rosada
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En la segunda parte de su entrevista sobre el actual escenario político latinoamericano concedido en El Salvador, donde reside, el científico político cubano Roberto Regalado afirmó que el gobierno progresista de Venezuela es el blanco de la misma ofensiva política, desarrollada por los Estados Unidos y las oligarquías, que resultó en el cambio de presidentes de izquierda por personajes derechistas en Brasil, Argentina y otros países. Según él, el presidente Nicolás Maduro se enfrenta a una situación extrema, en la que el desafío es permanecer en el gobierno y reconquistar la hegemonía popular. “Nuestros compañeros necesitan defenderse, de cualquier manera”, dijo en referencia a las posiciones del gobierno de Venezuela y a la convocatoria de una Asamblea Constituyente en ese país.

 

Como fundador del Foro de São Paulo y representante del Partido Comunista de Cuba durante los primeros 20 años de existencia de esa articulación política, Regalado es un nombre muy respetado en los medios de izquierda de la región. Eso lo acredita a criticar lo que, en su opinión, fue un grave error de los gobiernos progresistas: el de apostar todo en la vía institucional, dejando de lado el esfuerzo para conquistar hegemonía ideológica en la sociedad. “El poder formal acabó convirtiéndose en la historia de la Cenicienta”, compara. “Cuando llega la medianoche, el carruaje se transforma en calabaza y los caballos en ratas”.

 

Es decir: el imperialismo estadounidense y las burguesías de los diversos países bloquean el alcance de los cambios sociales y luego se lanzan a la ofensiva para expulsar a la izquierda de los gobiernos. Defiende que, sin embargo, es importante que las fuerzas de izquierda continúen participando en los procesos electorales, pero ahora con una nueva estrategia, que “ya no es progresista y sí revolucionaria, en el sentido de que hay que revolucionar la sociedad”. Para él, “si nuestro único objetivo es volver a ganar elecciones, entonces estamos mal”.

 

¿Cómo evalúa usted la actual crisis política en Venezuela?

 

Entre los procesos políticos recientes en América Latina, sin duda, el que más avanzó en términos de transformación política y social fue el de Venezuela. Allí se unieron varios factores importantes: el potencial de su enorme economía petrolera, el liderazgo excepcional de Hugo Chávez y una política social avanzada, que se hizo realidad a través de las misiones. Y, sin embargo, vemos que también allí, como en los demás países latinoamericanos con gobiernos progresistas, hubo un déficit de construcción de hegemonía. Sí, en Venezuela hubo una gran transformación en lo que se refiere a las estructuras estatales de poder, pero aun así hubo un déficit en la construcción de hegemonía popular. Se abrieron flancos que la derecha ahora está consiguiendo aprovechar.

 

Parto de la premisa de que nadie gana una guerra solo porque sea fuerte; en esa victoria son también determinantes las debilidades del enemigo. Los errores de las fuerzas de izquierda en América Latina abren flancos que el otro lado está tratando de aprovechar, así como nosotros, por nuestra parte, también siempre hemos sabido sacar provecho de los errores de nuestros enemigos.

 

¿Cuál es el desafío del gobierno de Nicolás Maduro ante la ofensiva derechista?

 

En Venezuela está en curso, de forma intensa, la estrategia imperialista de expulsar a la izquierda de los espacios de poder que ha logrado ocupar. Por eso, nuestros compañeros necesitan defenderse, de cualquier manera. Necesitan rearticular sus espacios de poder y, a partir de eso, revertir la correlación de fuerzas.

 

Hay que tener en cuenta que cuando la derecha ganó las elecciones para la Asamblea Nacional [en diciembre de 2015], ese hecho estuvo muy lejos de ser un triunfo propio de ella. Lo que hubo fue la presencia muy fuerte de lo que yo llamo abstención de castigo. Necesitamos tener en cuenta que en ninguna de las elecciones en que la izquierda ganó, sobre todo en las primeras, esas victorias solo se produjeron gracias a sus propias fuerzas. Esto ocurrió también por las debilidades del enemigo. Y un voto importante que viabilizó el triunfo de Chávez, de Lula, de [Néstor y Cristina] Kirchner, de Evo [Morales], de [Rafael] Correa, fue el voto de castigo contra los gobiernos neoliberales. Por supuesto que los votos nuestros, los votos populares, fueron decisivos. Pero también fueron decisivos los votos de castigo contra los neoliberales.

 

Y ahora, lo que el imperialismo y las oligarquías están tratando de hacer es que la gente se olvide –porque la memoria es corta– de lo que fueron los gobiernos neoliberales y sus consecuencias, difamándonos. Ellos también se aprovechan de nuestros errores para fomentar contra nosotros ese mismo voto de castigo y conquistar a aquel elector que nunca fue nuestro, pero que en algún momento se volvió contra los gobiernos neoliberales y hoy puede ponerse perfectamente contra nosotros. La derecha busca potenciar ese voto y busca también la abstención de castigo, o sea, influenciar a aquel elector nuestro que es incapaz de votar por [Mauricio] Macri, que jamás votaría a la derecha, pero se siente frustrado con el gobierno de izquierda y por eso prefiere quedarse en casa el día de la elección.

 

Lo que afectó fuertemente a nuestros compañeros venezolanos y los llevó a perder el control del Legislativo fue, en parte, el voto de castigo, que se volvió contra ellos. Pero el factor principal fue la abstención de castigo, o sea, su propia gente que no salió de casa para votar. Esto refleja el problema sobre el que estamos hablando: el de la instalación de un poder formal sin la construcción de la hegemonía. Eso es lo que hay que revertir. Lo que puedo decir es que en situaciones extremas, como la que estamos viviendo en Venezuela, sobre todo hay que tratar de no caer: de mantener el gobierno en manos de la izquierda. Esta es una situación tan extrema como la que Brasil ha vivido recientemente. Allí la derecha hizo un juicio político y destituyó a la presidenta. ¿Por qué dejamos que la situación llegase a ese punto?

 

¿Por qué cree que la situación de la izquierda en América Latina se tornó tan desfavorable?

 

Es necesario hacer un análisis muy profundo de todo esto. Yo recuerdo la euforia que despertó la primera victoria de Lula [en 2002], a la gente saliendo a las calles con sus banderas. Me acuerdo de la Revolución Bolivariana [a partir de 1999], y me pregunto: ¿por qué perdimos la iniciativa? Vale la pena recordar que, en aquel período, los triunfos de la izquierda estaban acompañados de la proyección de una nueva imagen. El lenguaje del PT no era una reproducción de los códigos de la izquierda tradicional: era algo nuevo. También me acuerdo de un momento en que, en el auge del gobierno de Chávez, le escuché a un compañero venezolano decir: Chávez acertó en el punto donde nosotros fallamos. Porque nosotros, para promover la revolución, hablábamos de Rosa Luxemburgo o de lo que dijeron Lenin, Marx o Engels, y la mayoría de la gente no nos entendía. Chávez contaba historias de la vieja lucha contra los españoles, traía a la memoria peripecias de la historia popular venezolana, con héroes locales. A la gente le gustaba, entendían.

 

Con el tiempo, nos fuimos institucionalizando, volvimos a utilizar ciertos códigos de lenguaje que, para nuestra militancia funcionan, pero cuando usted va a conversar con las personas comunes, no funcionan. Así que tenemos que ser capaces, otra vez, de hablar de tal manera que cualquiera entienda. Y yo mismo me considero parte de los confundidos. Yo formé parte de los que creyeron que era posible hacer una transformación política profunda con un cambio de las Constitución, si no como una garantía absoluta, al menos como su pilar fundamental.

 

Ahora me doy cuenta que para saber cuál es el pilar fundamental es necesario releer a los clásicos, y releer a Gramsci. Y allí está que el pilar fundamental es la hegemonía. Nuestro error fue dejar de lado la construcción de la hegemonía. Quiero dejar claro mi respaldo total a la Revolución Bolivariana. Yo apoyo que se defienda de la manera en que tenga que defenderse. Y la gran lección para los venezolanos, y para todos nosotros, es que no debieron esperar tanto para darle prioridad a ese esfuerzo de construcción de la hegemonía, que es el sustento de la Constituyente.

 

¿Qué otras lecciones podemos extraer de la crisis venezolana?

 

Nosotros pasamos por la experiencia del fin del socialismo real y, sin embargo, persistimos en una actitud de creer que, a pesar de errores y problemas, en lo fundamental “todo está bien”. De esta manera vamos dejando de lado los problemas, simplemente no hablamos de ellos. Alguien dice: “Tenemos un compañero que no está haciendo las cosas bien, o tenemos un método demasiado vertical, o no estamos siendo consecuentes con las demandas sociales”. Y ahí decimos: “Sí, pero en lo fundamental todo está bien”. Eso es esconder los asuntos desagradables debajo de la alfombra.

 

Esto, entre muchas otras cosas, es lo que llevó a los procesos revolucionarios a cerrar los ojos y decir “en lo fundamental, todo está bien”. Así se fue acumulando un montón de problemas que, si por sí mismos ya eran graves, además, eran aprovechados por una maquinaria enemiga que siempre buscó detectarlos y “pasarnos la factura” por ellos. Eso es terrible. Otro problema es el de la unidad dentro de la diversidad. Muchos de nosotros tenemos una visión de la lucha de clases como un proceso monolítico, en el que todos los trabajadores piensan de la misma forma, pero no es así. Hay cuestiones étnicas, culturales, y hay que lograr la unidad dentro de esa diversidad, y también comprender que eso implica también diversidad dentro de la unidad.

 

¿Cree que todavía hay espacio para un cambio progresista en América Latina dentro del capitalismo?

 

Creo que ese período en que el PT ganó cuatro elecciones, en que el kirchnerismo ganó tres veces, ese período tiene un horizonte de tiempo limitado. No es posible continuar eternamente con las mismas reglas del juego, con ese Senado, esa Cámara de Diputados, esos gobernadores, ese sistema judicial, esos partidos políticos, esos esquemas de corrupción. Eso no puede continuar eternamente. En mi opinión, es inconcebible creer que los partidos de izquierda podrán gobernar y ejecutar un proyecto transformador sin modificar las reglas del juego. No tiene sentido imaginar que un gobierno de izquierda pueda pasar dos mandatos distribuyendo riquezas y democratizando el Estado, que luego pierde la elección y en los dos mandatos siguientes el neoliberalismo asume y vuelve a concentrar la riqueza y el poder, y entonces la izquierda regresa y comienza todo de nuevo.

 

La propia derecha está demostrando que eso es imposible. Está dejando claro que no está dispuesta a permitir la alternancia de gobierno. Por eso tratan de encarcelar a Cristina Kirchner. Y también van a hacer todo lo posible para meter en la cárcel a las demás figuras de lo que fue el Frente para la Victoria [coalición política de izquierda y centroizquierda en Argentina, liderada por el matrimonio Kirchner] que tengan alguna capacidad de liderazgo. Eso es exactamente lo que están haciendo en Brasil, y en todas partes. De eso se trata. Aunque la gente quiera la alternancia, aunque le demos a la derecha el beneficio de la duda, el sistema no va a permitir que esto suceda.

 

¿Está preparada la izquierda para superar los límites de la democracia liberal?

 

Esta es la pregunta, si estamos preparados para dar ese paso. Yo, por mi parte, ya llegué a la conclusión de que ese ciclo político en que llegamos al gobierno y, a partir de ahí, hacíamos más o hacíamos menos, ese ciclo ya se ha cerrado. Por supuesto, donde somos gobierno vamos a tratar de quedarnos y evitar que nos expulsen, y donde nos sacaron del gobierno vamos a tratar de regresar a él. Pero esa conservación o recuperación del gobierno tiene que ser con un proyecto de transformación, con un horizonte mayor. Vamos a imaginar que hay una nueva elección en Brasil y la izquierda gana otra vez: ¿va a gobernar con ese mismo Senado? ¿Con esa misma Cámara? ¿Con ese mismo sistema judicial?

 

¿Cuál fue el principal error que la izquierda cometió en el período en que gobernó la mayoría de los países de América del Sur?

 

El error fue ejercer un poder formal sin construir hegemonía. El poder formal acabó convirtiéndose en la historia de la Cenicienta. Cuando llega la medianoche, el carruaje se transforma en calabaza y los caballos en ratones. ¿Estamos preparados para evitar que esto suceda de nuevo? Yo creo que no. Podemos estar preparados para lanzar nuevas candidaturas de izquierda. Existe una organización suficiente para ello. Pero, el desafío es construir una nueva correlación de fuerzas políticas y sociales, una hegemonía popular, para que no sea una solo ganar una elección, sino emprender un proceso profundo de transformación. Es una tarea muy difícil, muy compleja, pero para que esto se realice, es importante que desde ya se establezca esta nueva visión estratégica.

 

¿Entonces el regreso de la izquierda al gobierno por medio de las elecciones ya no debe ser prioritario de la forma en que era antes?

 

En todo este ciclo de gobiernos progresistas, la elección presidencial siempre fue considerada como una victoria en sí misma. Desde el momento mismo de ese triunfo ya se comenzaba a hacer concesiones: viejas promesas y viejas ideas eran olvidadas, y la izquierda pasaba a apostarlo todo a la institucionalidad. Ese tiempo se acabó. Creo que debemos seguir luchando electoralmente, por supuesto que sí. No veo a corto o medio plazo la posibilidad de que el camino revolucionario asuma la forma insurreccional. Tal vez eso se plantee en algún momento más distante, si las condiciones de vida continúan agravándose, tanto a escala mundial como aquí, en nuestra región. Pero obviamente eso no está en el contexto actual.

 

Todavía estamos asistiendo a la solución negociada del conflicto más antiguo del continente, que es el colombiano. Estamos viendo las dificultades que el proceso de paz enfrenta. La derecha no se limita a arremeter contra los gobiernos de izquierda; también arremete contra el proceso de paz en Colombia. Eso está claro. Pero también está claro que nuestra victoria no puede resumirse en el hecho de ganar la elección. Si ese es nuestro único objetivo, entonces estamos mal. Si estamos pensando en ganar una elección, eso debe ser considerado como un elemento importante de reposicionamiento estratégico, de apertura de un ciclo que ya no sea progresista, sino revolucionario, en el sentido de que hay que revolucionar la sociedad.

 

¿Qué debe cambiar en nuestra postura con relación a los procesos electorales y a las instituciones?

 

Debe cambiar la concepción porque la elección por la elección no va a dar resultado. Elección acompañada de un proyecto transformador: eso sí puede dar resultado. Pero ese no es un desafío que se resuelva sobre la base del voluntarismo. El punto de partida es reconquistar la confianza del pueblo, recuperar su apoyo y nuestra capacidad de movilizar a esa parte de la población que se ha olvidado de las consecuencias del neoliberalismo. ¿Por qué los argentinos votaron por Macri? ¿Es que se olvidaron de lo que fue el gobierno de Carlos Menem? ¿Se olvidaron de lo que fue el breve período de Fernando de la Rúa? ¿Se olvidaron del “¡que se vayan todos!”?

 

¿Cómo evalúa usted la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca? ¿Cree que la actitud crítica que ha demostrado en relación con los acuerdos de libre comercio crea oportunidades para que América Latina recupere una posición más autónoma en sus relaciones económicas?

 

En la próxima reunión del Foro de São Paulo [en julio de este año] vamos a hacer un análisis profundo de la elección de Trump. El imperialismo enfrenta un problema de fondo: la sociedad estadounidense consume mucho más de lo que produce. Ningún presidente de Estados Unidos tiene el coraje de decírselo a la población porque se suicidaría políticamente. Por eso, de vez en cuando, regresa a la escena pública estadounidense el discurso de: “Hacer a ‘América’ grande de nuevo".

 

Estados Unidos enfrenta un efecto secundario de la política de globalización que impuso al mundo entero en favor de su propio interés. Es el hecho de que los costos de producción en otros países son mucho más bajos que los suyos. Para una empresa de productos electrodomésticos, como Westinghouse o General Electric, sale mucho más barato producir en China y luego transportar a Estados Unidos, o hacer lo mismo en México y en otros lugares.

 

Frente a ello, Trump está proponiendo la adopción de una política comercial unilateralista, mediante la cual Estados Unidos siga aprovechando todas las ventajas de la globalización neoliberal que les benefician, pero en aquellas áreas donde perciben que se están perjudicando van a hacer cambios. Trump está adoptando una política de proteccionismo selectivo. Estados Unidos va a proteger su economía interna, sin dejar de depredar a nuestros países.

 

- Igor Fuser es doctor en Ciencia Política por la USP y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Federal del ABC (UFABC).

 

https://www.alainet.org/es/articulo/185729
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