Pensando a Zizek desde Euskal Herria

La izquierda ante la crisis: ideología y hegemonía

09/04/2012
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En marzo de 2011 Slavoj Žižek visitó Bolivia, invitado por la Vicepresidencia en el marco de los seminarios “Pensando el mundo desde Bolivia”. Esto es, vino a discutir su filosofía y conceptos políticos, desde la perspectiva boliviana. En esos momentos me encontraba viviendo y trabajando en La Paz con el Gobierno boliviano. Desde la victoria electoral de Evo Morales y el Movimiento al Socialismo en diciembre de 2005, han sido innumerables los intelectuales comprometidos que han visitado Bolivia para enseñarnos, debatir y también aprender de una lucha como la que se desarrolla en este país andino-amazónico en el corazón de Sudamérica.
Hoy en día, un año después y en Euskal Herria, el corazón de Europa, un pequeño país con una identidad y un idioma tan milenario como el aymara, el quechua o el guaraní, podemos disfrutar de los textos de Žižek que nos ayudan también a pensar nuestra propia lucha desde posiciones de izquierda, con una base y orientación marxista.
Slavoj Žižek nos plantea que vivimos tiempos interesantes porque a pesar de la crisis del sistema capitalista, e incluso de las duras consecuencias de la misma, podemos aprovechar esta situación como oportunidad para el cambio social. En Bolivia, las consecuencias de la brutal implementación del neoliberalismo generaron las condiciones para llegar al gobierno y disputar el poder. No había mejores o más optimas circunstancias, sino que estas eran consecuencia de profundas crisis estatales. En Euskal Herria hoy en día, la profunda crisis de representación, sumada a la crisis territorial y política además de la implementación del neoliberalismo traducido en la financiarización de la economía e innumerables recortes sociales, permite generar una oportunidad para construir un proyecto alternativo de izquierda. Probablemente nos encontremos en mejor situación de la que estaba Bolivia, porque además de la oportunidad antes mencionada, en Euskal Herria contamos con una fuerza importante con capacidad de movilización y de representación, y por lo tanto, con capacidad de construir poder popular y hegemonía. Por eso, las y los abertzales de izquierda tenemos que dar un paso adelante en la discusión y construcción de un nuevo proyecto político, y en ese sentido, las propuestas, muchas veces en forma de provocación, que nos hace Žižek, nos ayudan a reflexionar de manera colectiva, enriqueciendo la discusión ideológico-política.
Este activista político, que ha sido candidato presidencial en su país natal Eslovenia, pensador marxista y psicoanalista que trabaja desde Hegel a Lenin pasando por Marx, integrando en sus escritos el pensamiento del teórico francés del psicoanálisis Jacques Lacan, nos ayuda a pensar las contradicciones existentes con textos como los que vamos a leer en este libro. Las paradojas de la democracia, la violencia, las identidades, el capitalismo… todo ello desde ejemplos y anécdotas de la cultura popular –el cine, la música o la literatura–, que nos pueden ayudar a entender mejor el mundo en que vivimos, y por lo tanto, a preparar respuestas y estrategias más adecuadas para transformarlo.
La izquierda ante la crisis estructural
Es el colmo de la ironía, socializar el sistema bancario es aceptable si se trata de estabilizar el capitalismo.
Primero como tragedia, luego como farsa, Slavoj Žižek
 
Francis Fukuyama, politólogo liberal estadounidense de origen japonés y autor del libro El fin de la Historia, escribía en 1992 que el mundo tal y como lo conocíamos, como una lucha entre ideologías, se había terminado con la Guerra Fría y en su lugar estábamos llegando a un mundo ideal sin ideologías donde estas iban a ser sustituidas por la Economía, un mundo bajo el sistema de la democracia liberal. Dando una vuelta de tuerca a las tesis de Fukuyama, Žižek afirma que la mayoría de las personas son fukuyamistas,porque aceptan el capitalismo liberal como fórmula de la mejor sociedad posible, o en todo caso como la menos mala de las opciones. Quizás es hora de preguntarse si no ha llegado la izquierda a una cierta clase de resignación fukuyamista al considerar la socialdemocracia y el Estado del Bienestar como el menos malo de los escenarios posibles. ¿Por qué actualmente se cuestiona la crisis pero no el sistema capitalista en sí?
Esto nos lleva a otra de las ideas centrales del trabajo de Žižek, la de que existe la posibilidad de que la principal víctima de la crisis no sea el propio capitalismo, sino la izquierda, que se muestra incapaz de construir una alternativa global viable. Hay un cierto miedo a enfrentar esta situación, recordándonos al Gran Timonel Mao Zedong y una frase suya que viene a expresar la idea del título de este libro, “Todo bajo el sol está en un caos absoluto, la situación es excelente”. ¿Qué quiere decir esto? Que si la crisis llega inevitablemente, a pesar de ser dolorosa y peligrosa, tenemos que verla como una oportunidad que debe ser aprovechada al máximo, siendo el terreno en el que hay que librar (y ganar) las batallas.
En Bolivia por ejemplo, en medio de una tremenda crisis de legitimidad política y tras haber soportado la imposición neoliberal y su doloroso impacto en los sectores populares, siendo además un país sustentado en la explotación que el Norte ha hecho de los recursos del Sur, supieron generar una oportunidad, provocando rupturas tanto socio-políticas –las famosas guerras del Agua en el 2000 o del Gas en el 2003–, como epistemológicas –con una nueva Constitución que consagra el Vivir Bien como un nuevo paradigma alternativo que ayuda a pensar otro modelo de desarrollo y de sociedad, o los derechos de la Pachamama, recogidos en la Ley de la Madre Tierra–.
Esta por ver si en Euskal Herria, en esa periferia del Norte que debería mirar y articularse más con el Sur, somos capaces de aprovecharnos de la crisis estructural que sufrimos, de ver en esos intersticios y antagonismos, junto con la herencia histórica de lucha inherente al pueblo vasco, un resquicio para enfrentar al sistema, y desde una crítica radical al capitalismo, proponer un nuevo proyecto político que se traduzca en un nuevo modelo económico y político.
En ese sentido, el Estado del Bienestar que ahora se apresta a desmontar el neoliberalismo es una trampa para las y los militantes de izquierda. En uno de sus últimos textos, Slavoj Žižek nos habla del surgimiento de una nueva forma de burguesía que ha visto modificada su función, y que ya no es propietaria de los medios de producción, siendo transformada en lo que podríamos denominar una “burguesía asalariada”. Es decir, es posible que la crisis provoque el retorno de una cierta lucha de clases, pero esta lucha va adoptando formas cambiantes, estando también el concepto de “burguesía” sujeto al cambio. Y si bien es obvio que la oligarquía propietaria de los medios de producción tiene más fuerza y poder que nunca, no podemos desdeñar en nuestros análisis el impacto de esta nueva forma de burguesía. En épocas de crisis, afirma Žižek, los estratos más bajos de esta clase social son los primeros afectados por los recortes, y de ahí el recurso a las protestas políticas como medida para evitar unirse al proletariado. Las manifestaciones estudiantiles –cuya principal motivación es el miedo a que la educación superior deje de garantizarles un salario excedente en el futuro–, o el propio movimiento 15-M, contienen varios de estos factores de análisis. Cualquier lucha popular cuyo horizonte sea transformador no puede centrarse en combatir los síntomas del capitalismo, por el contrario, sus esfuerzos deben situarse en enfrentar al sistema capitalista como ideología dominante, ideología cuya tarea fundamental es imponer un relato en el que la responsabilidad del colapso no sea del propio sistema capitalista, sino de otra serie de contingencias menores.
La batalla ideológica
En este preciso sentido, Badiou tenía razón en su afirmación de que, hoy por hoy, el enemigo fundamental no es el capitalismo ni el imperio ni la explotación ni nada similar, sino la democracia: es la “ilusión democrática”, la aceptación de los mecanismos democráticos como marco final y definitivo de todo cambio, lo que evita el cambio radical de las relaciones capitalistas.
¡Bienvenidos a tiempos interesantes!, Slavoj Žižek
Para ese combate contra el sistema capitalista debemos ser muy conscientes del papel que hoy en día juega la ideología en la imposición, dominación y reproducción del sistema en sí.
Entonces, ¿qué es la ideología? El proceso de producción de prácticas y construcción de un sentido común cuyo fin último es la creación, y sobre todo legitimación, de las relaciones de poder. La ideología está conformada tanto por una red de ideas, teorías y creencias, como por el aparataje que sostiene ese entramado, su apariencia externa, materializada en los Aparatos Ideológicos del Estado que tan bien definió Louis Althusser. El Estado y el sistema capitalista dominante se reproducen en la sociedad mediante la religión, la educación, el aparato jurídico-político, los medios de comunicación o la cultura, entre otras. Es decir, mas allá de la lucha de clases y del monopolio del uso legítimo de la fuerza que tiene un Estado siguiendo la conceptualización de Max Weber, todo eso se tiene que imponer mediante la construcción de ideología en la superestructura.
Por lo tanto, la lucha por la hegemonía ideológico-política, es la lucha por la apropiación de aquellos conceptos que son vividos como apolíticos, porque trascienden los límites de la política. O dicho de otra manera, es la naturalización de una mirada del mundo que es propia de una clase, pero que se presenta como universal y única posible.
Siguiendo entonces con esta argumentación, la ideología dominante no trata tanto de ofrecernos un escape de la realidad en la que vivimos, sino de ofrecernos la propia realidad en si misma como escape, volviéndonos personas conformistas que acepten el sistema de dominación sin ningún tipo de cuestionamiento estructural. Para decirlo con una canción de Doctor Deseo, «soy feliz, puedo elegir el color de mis barrotes, vivo en el mejor de los mundos».
Entonces, si volvemos a Fukuyama y a la idea de que vivimos una época postideológica, absolutamente pragmática, en la que reducimos la política a la gestión tecnocrática, nos podemos dar cuenta de cómo opera la ideología en esta sociedad de la tecnología y los medios de comunicación. La economía no es simplemente pura economía reducida al dictado de los mercados, que además se mueven de manera natural según las leyes de la oferta y la demanda. La economía es política. Pero para que no nos rebelemos contra ella, la clase dominante nos impone la ideología de un modo casi invisible. Lo mismo sucede con nuestro concepto de democracia: sabemos que no es realmente democracia, sin embargo, seguimos creyendo en ella.
No obstante, tenemos que tener en cuenta un matiz bien importante. Las ideas dominantes no son nunca directamente las de la clase dominante. Y ahí Žižek nos pone un ejemplo muy gráfico: ¿cómo llegó a convertirse el Cristianismo en la ideología dominante? Incorporando una serie de aspiraciones de los oprimidos («la verdad está con los que sufren y con los humillados», «la culpa y el arrepentimiento son condiciones necesarias para alcanzar la bondad», «el poder corrompe», «el paraíso está en el cielo»…) para re-articularlas de tal manera que fuesen compatibles con las relaciones de poder existentes. Si tenemos este ejemplo en cuenta al analizar cómo se construye ideología dominante, para pensar cómo enfrentarla y construir ideología contrahegemónica, debemos tener claro que la clase dominante se apropia de ciertas aspiraciones de los sectores populares, degradándolas sutilmente, para después legitimar su propio proyecto y restarles, de este modo, la iniciativa histórica. Por consiguiente, en la construcción de cualquier alternativa de izquierda debemos enfrentarnos al peligro de ser víctimas de una revolución pasiva –por colocarlo en términos gramscianos–. Esta revolución-restauración de la que nos alertaba Gramsci, es el principal muro que hay que derribar mediante una batalla de las ideas.
En Repetir a Lenin, Žižek nos propone invertir la siguiente afirmación: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo» (XI tesis sobre Feuerbach de Karl Marx). Nos propone no sucumbir a la tentación inmediata de actuar, de hacer algo de manera urgente como respuesta a la crisis que estamos viviendo, ya que corremos el riesgo de quedar inmovilizados ante la magnitud de la tarea. Ante esa urgencia de transformar el mundo y la más que probable frustración de no poder hacerlo, quizás sea más estratégico comenzar por cuestionar las coordenadas de la hegemonía ideológica.
En la ponencia política «Urrats Berri», debatida y aprobada por las bases de Herri Batasuna en 1992, se decía textualmente: «Muchas guerras perdidas en los campos de batalla se han ganado más tarde en base al efecto de las ideas. Pueblos que no han sido aniquilados por las armas han sido absorbidos por la vía de la destrucción de su identidad, de la imposición de otra cultura, de la preponderancia de una lengua diferente». Si vamos un poco más lejos de esta afirmación, podemos plantear lo siguiente: proyectos que no han logrado una victoria militar pueden imponerse en la batalla decisiva si explotan la posibilidad de construir un proyecto político sólido, un bloque histórico que permita disputar la hegemonía a la ideología dominante. Hoy en día y mediante la lucha ideológica, la batalla de las ideas, siempre unida por supuesto a la praxis –la acción colectiva–, la victoria política está más cerca que nunca.
De la culturización de la política a la politización de la cultura
Quizás haya llegado el momento de criticar esa actitud que domina nuestro mundo: el liberalismo tolerante y multicultural. Quizás se deba rechazar la actual despolitización de la economía. Quizás resulte necesario, hoy en día, suministrar una buena dosis de intolerancia aunque solo sea con el propósito de suscitar esa pasión política que alimenta la discordia. Quizás convenga apostar por una renovada politización.
En defensa de la intolerancia, Slavoj Žižek
 
Y para ello, un primer paso sería responder a las preguntas que Žižek nos formula: ¿por qué hay tantas cuestiones hoy en día que se perciben como problemas de intolerancia más que como problemas de desigualdad, explotación o injusticia? ¿Por qué creemos que la tolerancia es el remedio en lugar de serlo la emancipación, la lucha política o la lucha armada? La respuesta, nos dice él mismo, la encontramos en la operación ideológica básica del liberalismo multiculturalista: la “culturización de la política”, es decir, que las diferencias políticas que se derivan de la explotación política y económica son naturalizadas y reducidas a diferencias culturales que deben ser toleradas.
El multiculturalismo, en cuanto expresión posmoderna del capitalismo para la disputa ideológica en el ámbito cultural, fue impuesto en Bolivia tiempo atrás. Las clases populares fueron golpeadas duramente y el neoliberalismo trajo consigo el multiculturalismo como práctica integracionista para hacer más fácil la asimilación de los pueblos indígenas. Todo ello bajo un supuesto respeto a las diferencias, eso sí, siempre que no cuestionaran el modelo de estado, y sobre todo, el modelo económico.
En Euskal Herria, y en Europa occidental en general, asistimos ahora a ese proceso. Supuestamente tenemos más libertades que nunca, “tolerancia” es la palabra de moda, y en teoría, se combate el racismo a la vez que se amplía nuestra libertad sexual. Es decir, podemos elegir el color de nuestros barrotes…
Debemos afirmar, entonces, que quizás la mejor forma de combatir el actual capitalismo global sea enfrentar ese multiculturalismo despolitizado, rechazando la despolitización de la economía, asumiendo la necesidad de politizar la cultura, reconociendo la diversidad –porque no somos iguales culturalmente–, pero articulándola con el debate de clase, con el reconocimiento de una estructura de clases y de unas formas de dominación.
Es en la batalla de las ideas, en la construcción de una ideología contrahegemónica que enfrente el sistema, que nos permita profundizar en otro modelo de democracia mas allá de la democracia liberal y representativa, donde se nos abre la posibilidad de construir la democracia de alta intensidad que nos propone Boaventura de Sousa Santos. Y es aquí, de nuevo, donde las ideas de Žižek, que retoman el debate gramsciano de la construcción de la cultura como concepto central para comprender la hegemonía y para construir contrahegemonía, adquieren gran importancia.
 
Hegemonía
En términos más generales, mi desacuerdo con Laclau es que no acepto que todos los elementos que entran en la lucha hegemónica sean en principio iguales: en la serie de luchas (económica, política, feminista, ecológica, étnica, etcétera) siempre hay una que, si bien es parte de esta cadena, secretamente sobredetermina el horizonte mismo. Esta contaminación de lo universal por lo particular es ”más fuerte” que la lucha por la hegemonía (es decir, por qué contenido particular hegemonizará la universalidad en cuestión): estructura de antemano el terreno mismo en el que la multitud de contenidos particulares luchan por la hegemonía.
«Mantener el lugar» en Hegemonía, Contingencia, Universalidad, Slavoj Žižek
 
Lo anterior nos lleva a tener que reflexionar en torno al sujeto revolucionario que tiene que liderar ese combate –esa construcción de una democracia de alta intensidad–, y en torno al tipo de alianzas habrá que llevar a cabo para conformar un bloque histórico suficientemente sólido como para hacer frente a esa ardua tarea. Esto quiere decir que hay que pensar también, aunque la izquierda esté acostumbrada a la resistencia más que a la propuesta, en la toma del poder.
Y la toma del poder solo puede tener un carácter revolucionario, o en caso contrario mejor no tomarlo, aunque ello no signifique exclusivamente llegar a él mediante las armas. En Bolivia por ejemplo, y como lo explica perfectamente Álvaro García Linera –Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia–, hay revolución política porque la estructura del Estado es removida, transformada; hay revolución porque se modifica el origen social del órgano ejecutivo así como la composición de clase del Parlamento, además de la manera de tomar decisiones, de definir las políticas publicas; hay revolución política porque el orden simbólico y la enseñanza se modifican y transforman. Lo que nos lleva a poner encima de la mesa las preguntas que en estos momentos se plantean en Bolivia: ¿cómo construir hegemonía revolucionaria por encima de las contradicciones? ¿Cómo construir liderazgo intelectual y moral para abanderar el sentido común de la sociedad? ¿Cómo construir un proyecto político para tomar realmente el poder si la llegada al gobierno no te lo asegura? La teoría es fundamental para pensar la hegemonía, pero no podemos olvidarnos de la praxis, del accionar político: ¿cómo expandir tu proyecto político? ¿Cómo incorporar otras clases y otros sectores sociales, de tal manera que construyas hegemonía, pero sin hacer tantas concesiones que tu núcleo duro, los sectores populares que te han llevado donde estás, se sientan defraudados y te abandonen?
En Euskal Herria, si pensamos dar una batalla ideológica no con la única intención de convencer a la sociedad de lo perverso del sistema dominante, sino con el objetivo de generar un sentido común y construir ese bloque histórico que nos permita alcanzar el poder para transformar las estructuras existentes, deberemos hacer frente también a esas mismas, o parecidas, contradicciones.
Y llegados a este punto, y como se nos dirá más adelante en el capítulo 1, la tragedia es que nunca es un buen momento para tomar el poder, porque la oportunidad se presenta siempre en el peor momento posible, cuando la crisis es más aguda, cuando la clase política ha perdido legitimidad...
Tomar el poder, pensar hegemonía. Hegemonía como posibilidad de articulación de luchas muy diversas, que están ahí, fragmentadas y parcializadas, pero que necesitan ser dotadas de una dirección estratégica. Hegemonía no únicamente como consenso –perversa lectura que hizo de Gramsci el eurocomunismo europeo–, sino como la posibilidad de pensar y articular tanto los mecanismos de coerción (el Estado) como los de consenso (sociedad civil). Porque, como nos recuerda Néstor Kohan, la hegemonía está sujeta a la disputa, a la confrontación, y por lo tanto, quien la ejerce debe renovarla, defenderla y modificarla.
Además, debemos ser capaces de pensar e impulsar la contrahegemonía, el contrapoder, única manera de que nuestra intervención política sea suficientemente efectiva como para ser capaces de construir y liderar una alternativa factible al marco –político, económico…– actual.
¿Qué hacer?
El problema ahora es el estrictamente leninista –cómo ACTUALIZAR las imputaciones de los medios de comunicación: cómo inventar la estructura organizacional que conferirá a esta inquietud la FORMA de una demanda política universal. De no ser así, el momento, la oportunidad se perderá, y lo que permanecerá será una perturbación marginal, quizás organizada como un nuevo Greenpeace, con cierta eficacia, pero también con metas estrictamente limitadas, con estrategias de marketing, etcétera. En otros términos, la lección "leninista" clave hoy es: política sin la FORMA organizacional de partido es política sin política, de modo que la respuesta para aquellos que simplemente quieren los (atinadamente llamados) "Nuevos Movimientos SOCIALES" es la misma respuesta de los jacobinos a los compromisarios girondinos: "Ustedes quieren la revolución sin revolución!". El obstáculo de hoy es que parece haber solo dos caminos abiertos para el compromiso socio-político: o jugar el juego del sistema, comprometerse en una "larga marcha a través de las instituciones", o actuar en los nuevos movimientos sociales, desde el feminismo a través de la ecología al antirracismo. Y, de nuevo, el límite de estos movimientos es que ellos no son POLÍTICOS en el sentido del Universal Singular: ellos son "un movimientos contra un solo problema", que carecen de la dimensión de la universalidad, es decir, no se relacionan con la TOTALIDAD social.
Repetir Lenin, Slavoj Žižek
 
Lenin, en Estado y Revolución, decía que el objetivo revolucionario de la toma del poder era transformarlo, cambiar radicalmente su funcionamiento. Pero para eso necesariamente hay que pensar el poder y el Estado.
Y en esa dirección propuesta, un primer paso es partir de un análisis en profundidad de la historia y de las múltiples crisis que vivimos –económica-financiera, ecológica, energética y alimentaria– y de cómo se articulan entre sí para conformar la crisis estructural del capitalismo, una crisis civilizatoria. Debemos preguntarnos si el capitalismo –que trata de continuar su reproducción mediante la “acumulación por desposesión” que tan bien nos ha señalado David Harvey– contiene elementos suficientemente fuertes y antagónicos que puedan evitar su multiplicación infinita. La vuelta del neoliberalismo trae aparejada no solo el retroceso de lo público y la vuelta de una propiedad privada fuerte –mercados libres y libertad de comercio–, sino que asigna al Estado la tarea de crear mercados  –para luego retirarse y dejarlos en manos del capital– en sectores donde no existían, porque hasta ahora eran públicos: la educación, la salud, el agua o el medio ambiente. Es decir, la oleada neoliberal que sigue a la crisis va a fijar su accionar en ámbitos que hasta ahora eran intocables. Por lo tanto, nuestros análisis deben ser más complejos, y además multidimensionales, pues en Euskal Herria la opresión se tiene que pensar en tres niveles: en una interrelación entre la opresión de clase, de género, y la opresión nacional que sufrimos como pueblo.
Un segundo paso sería la realización de una cartografía de las resistencias, con el objetivo de ser conscientes de las luchas que hay que articular para la construcción de la hegemonía, definiendo asimismo quiénes son nuestros aliados estratégicos y quiénes son nuestros aliados tácticos.
En tercer lugar, y partiendo de esas resistencias, necesitamos construir un proyecto político suficientemente sólido. Un programa que pase de la resistencia a la propuesta. Más allá de politizar las distintas luchas, debe estar basado en una crítica radical y profunda –estructural– al modelo capitalista, presentando alternativas que vayan más allá de la simple defensa del Estado del Bienestar. Asimismo, hay que colocar sobre la mesa la crítica a la estructura política de la que se ha dotado el capitalismo: la democracia liberal.
Esta construcción de un nuevo proyecto político nos debe llevar a un momento de transición, entre lo constituido y lo constituyente, que nos empuje a complicar la democracia, a reinventarla. Una nueva democracia que cree rupturas con esta sociedad postpolítica de adiós a las ideologías y que ayude a restructurar todo el espacio social, logrando una cohesión que impida la naturalización y cooptación de las luchas por parte del propio sistema con el objetivo de rebajar su potencial transformador.
Todo lo anterior debe ser realizado, además, teniendo que superar el miedo de nuestra propia subjetividad, no tanto a la lucha, sino a la victoria. Sabemos resistir y sabemos luchar, y ante la resistencia y la lucha, la derrota es relativamente más fácil de superar. Pero el miedo a la victoria, el miedo a ganar en vano, a repetir lo que otros ya hicieron antes no consiguiendo transformar las cosas, sino simplemente restaurando, o en el mejor de los casos reformando lo ya existente, es un miedo que paraliza, que nos deja inmóviles ante la magnitud del reto al que nos enfrentamos. Como podemos por lo tanto pensar en una victoria que abra nuevos horizontes de transformación es un dilema fundamental que debe pensar la izquierda en la transición, pregunta nuclear de su proceso constituyente.
En Bolivia se llegó al gobierno a través de unas elecciones democráticas (según el esquema de la democracia liberal burguesa) y a partir de ese momento se ha ejercido el poder de una manera no-estatal, fortaleciendo organizativa, orgánica y económicamente a los movimientos sociales y pueblos indígenas, para compensar, de alguna manera, el debilitamiento que provoca gestionar el poder. Pero en cualquier caso, se ha eludido la red de representación político-estatal, en una situación que objetivamente no tiene salida, porque no hay teoría escrita ni tendencia objetiva que muestre la forma de huir de esa contradicción. En Bolivia se ha optado por la heterodoxa salida de, en palabras de su vicepresidente Álvaro García Linera, cabalgar esas contradicciones. En ese sentido, tenemos que ser muy conscientes de que en Euskal Herria nos va a tocar lidiar con contradicciones, articular luchas, construir proyecto, mientras se piensa en el poder, el gobierno y el Estado, y enfrentarse, con respeto pero sin miedo, a esas contradicciones de la gestión del poder.
No estamos solos en ese camino. En tanto periferia del Norte, tenemos un camino natural que recorrer con los pueblos del Sur, desde el respeto y una profunda convicción internacionalista, compartiendo y aprendiendo de las experiencias transformadoras. La resaca de la imposición neoliberal ya esta comenzando a llegar, y quizás la experiencia del Sur, que ya la sufrió con una década de adelanto pues allí no construyeron Estado del Bienestar que sirviera de colchón (no porque no lo desearan sino porque el Norte construyo el suyo gracias a la transferencia de recursos y capital desde el Sur), nos puede dar algunas claves de cómo enfrentar el neoliberalismo, es decir, el capitalismo despojado de cualquier disfraz que pudiera tener anteriormente.
Estos son los retos futuros. Nadie dijo que fuese fácil, pero la crisis estructural nos ha abierto una oportunidad que no podemos dejar pasar. Estamos en un momento histórico, y debemos dar un paso adelante, la teoría sin praxis revolucionaria no sirve de nada, salgamos a las calles a construir ese proyecto político que nos ayude a avanzar en la liberación nacional y social de nuestros pueblos.
 
* Prologo a la edición de ¡Bienvenidos a tiempos interesantes! de Slavoj Žižek, editorial Txalaparta, Euskal Herria, abril 2012
**  Gracias a Slavoj Zizek por la cesión de los derechos de publicación, a la Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia por las facilidades otorgadas para la edición de este libro, y a Alejandra Santillana por los comentarios críticos que han enriquecido este prologo
 
Bibliografía de Slavoj Žižek utilizada
El sublime objeto de la ideología, Siglo XXI, México, 1992.
Estudios Culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Paidós, Buenos Aires, 1998 (con Fredric Jameson).
Contingencia, Hegemonía, Universalidad, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003 (con Judith Butler y Ernesto Laclau).
 
En defensa de la intolerancia, Sequitur, Madrid, 2007.
Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Paidós, Barcelona, 2009.
Lenin reactivado. Hacia una política de la verdad, Akal, Madrid, 2010.
¡Bienvenidos a tiempos interesantes!, Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, La Paz, 2010.
Primero como tragedia, después como farsa, Akal, Madrid, 2011.
En defensa de causas perdidas, Akal, Madrid, 2011
 
https://www.alainet.org/es/articulo/157065
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