La maldición que arrastran los imperios

22/02/2010
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Un nuevo éxodo acontece en el siglo XXI, quizás de mayor trascendencia que aquel que inaugura la historia de las liberaciones. Antes se trató de una salida, ahora la salida ya no es posible (posible es la liberación de los pueblos, inminente la caída de la otrora potencia unipolar y apremiante un nuevo orden mundial). El poder imperial se ha magnificado y ensoberbecido, pero eso no le hace más poderoso sino más vulnerable; por eso inaugura su decadencia con el derrumbe de sus santuarios: precipitando sus torres (de Babel), precipita su propia caída. La salida ahora se expresa como retorno; no sólo por la privatización y mercantilización de la vida y del planeta, sino por devolverle al mundo, y a nosotros, el equilibrio destruido en cinco siglos de explotación inmisericorde e irracional. No hay salidas: nuestro mundo es uno solo. Pero hay alternativas. Si el capital es la muerte, la alternativa es la vida: la vida de la humanidad y la vida de la naturaleza. Por eso tiene sentido el retorno; si el desarrollo que nos promete el primer mundo nos conduce al suicidio, la revolución consiste en frenar esa carrera insensata: si ya no se sabe hacia dónde se va, es menester hacer un alto, darse la vuelta y ver de dónde se ha venido. Retornar quiere decir: recuperar los caminos que, como humanidad, habíamos perdido (en cinco siglos de empoderamiento del sistema-mundo moderno). Si lo que propone el primer mundo es vivir mejor; la pregunta inevitable es: ¿mejor que quién? Cinco siglos de modernidad responden: mejor que el resto del mundo; por eso enjuiciamos, de modo categórico, al “desarrollo” moderno: ese “desarrollo” es subdesarrollo nuestro, la riqueza del primer mundo es miseria para el resto del mundo, el precio de esa riqueza es la muerte de la humanidad y de la naturaleza.
 
Pero el imperio no escucha y, en esa sordera, precipita su propio derrumbe. Así como se endureció el corazón del faraón, así se endurece el corazón del imperio; y todas las plagas que provoca son plagas que salen de su boca. La primera plaga hiere al río Nilo, cubriéndolo de sangre; lo que era objeto de culto, para los egipcios, se derrumba ante sus propios ojos (el Nilo era considerado una divinidad; la vida provenía de sus aguas, que llenaba de verdor el desierto inmediato al río). Si el objeto actual de culto es el dólar, ¿qué representa la crisis financiera? Si el poderío militar gringo era el alarde imperial, ¿qué significan las derrotas en Irak y Afganistán? Si el control del petróleo del Medio Oriente era la garantía de la hegemonía norteamericana, ¿qué significa la pérdida de ese control? Para decirlo en los términos que le gusta al fundamentalismo gringo, en lenguaje apocalíptico y milenarista: ¿no estaremos presenciando la primera de las plagas que inaugura el colapso del imperio?
 
La narración mítica que evoca la liberación de los esclavos despierta, en la historia posterior, sólo la decrépita fetidez de la decadencia del imperio egipcio. Ya nadie rememora su esplendor, pero todos rememoran los milagros de la liberación; es decir, lo que permanece, en la historia, no es el imperio aquél sino la liberación de los esclavos. Después de aquello, Egipto nunca volvió a recobrar el esplendor milenario del imperio más antiguo de la historia de la humanidad. Babilonia corrió también una suerte parecida, la misma que arrastra a Roma (el paradigma moderno, pues hasta en su arquitectura, siempre busca evocarla). Es una maldición que arrastran los imperios. Semejante destino replican aquellos que se alzan en la época moderna: son gigantes de bronce con pies de barro. Por eso su decadencia es siempre interna. El peso de su poder se hace tan descomunal que, precisamente, ese peso, los desmorona por dentro. Pero no es sólo un peso físico (militar por ejemplo), sino el peso de la arrogancia y la soberbia: escupen a los cielos sus propósitos perversos quienes en la tierra se alzan como si fueran dioses. España fue imperio alrededor de tres siglos, Inglaterra logra su hegemonía mundial por casi un siglo, Estados Unidos apenas supera el medio siglo pero, ya en plena decadencia, arrastra esa maldición como penitencia. ¿Presenciaremos en sus demenciales apuestas bélicas la catastrófica caída del imperio más soberbio en la historia de la humanidad?
 
Repasemos esta decadencia. El mito de la globalización, alimentado por la mediocra-CIA global, feneció ya en marzo de 2004, cuando no sólo British Petroleum, sino la banca anglosajona, admiten la imposibilidad de controlar el petróleo de Irak, es decir, delatan la pérdida de la guerra que habían desatado por el control geoenergético del medio oriente. A esto hay que añadir que, en el orden geoestratégico, Rusia (triunfante ante la agresión de Georgia en Osetia del Sur), en agosto de 2008, obliga a rediseñar la geopolítica global: acababa el orden unipolar en el mundo. Las nuevas potencias emergentes: China, Rusia, India, Brasil, además de Irán, logran reconfigurar el nuevo orden multipolar del siglo XXI. La crisis financiera global, desde septiembre de 2005, con la quiebra de Lehman Brothers, no hace más que confirmar el fin acelerado de un modelo. Pero el modelo, cuya decrepitud amenaza toda la vida en el planeta, no se refiere sólo a un modelo económico, el capitalismo, sino a lo que le sostiene: su modelo de vida (cuya expresión económica es el capital) que, en quinientos años, se desató como la bestia del apocalipsis, hambrienta de todas las riquezas del mundo.
 
¿Ironías de la vida o justicia histórica? Esta decrepitud empieza a carcomer, de modo ostensible, las economías de las potencias que se originaron a lo largo de la época moderna. Pues no se trata sólo de Estados Unidos e Inglaterra (hijos putativos de la libertad y la democracia), comprometidos en una doble guerra financiera global, contra el yuan chino y contra el euro; sino que, resultado de la crisis financiera y producto del complot mediático de la banca anglosajona, España y Portugal (junto a Grecia e Irlanda) parecen ser los primeros sacrificados del colapso que amenaza a la eurozona. Francia y Alemania actúan a la defensiva y se arriman a Rusia, algo impensable después de la caída del muro, pero algo inevitable ante la debacle europea. Europa y Estados Unidos se preguntarán: ¿cómo es que nos arrastra esta decadencia si somos los creadores de la mejor economía y la mejor democracia? El resto del mundo (el 80% que debe sufrir la miseria que produce la riqueza del primer mundo) responde, interrogando al G-7: ¿es acaso la economía del primer mundo la mejor economía, es acaso la democracia que han producido una verdadera democracia, es acaso su política una buena política? La perversidad del proyecto moderno, en el primer siglo de su primera globalización, siglo XVI, produjo más de cien millones de muertes; ¿cuántas más ha producido en su posterior expansión? En definitiva, ¿cuál es el precio real de “modernizar” todos los ámbitos de la vida? El último despliegue globalizador consistía básicamente en la actualización del propósito inicial: mercantilizar todo, es decir, ponerle precio a todo; esto condujo a la privatización acelerada de, no sólo las responsabilidades públicas de los Estados, sino de los recursos básicos que hacen posible la vida de la humanidad. Resultado de ello: la muerte de la humanidad trae consigo la muerte del planeta.
 
Hasta la década de los sesenta, el mercado global de productos agrícolas, según la FAO, aseguraba excedentes comerciales cercanos a los 7000 millones de dólares anuales, en los países del sur del globo. Este excedente desaparece para fines de los ochenta, cuando todos estos países, fieles a las doctrinas de los organismos internacionales, abrazan las prerrogativas neoliberales: apertura de fronteras, ventajas comparativas y ajustes estructurales. Hoy, sin excepción, todos los países del sur son, irremediablemente, importadores de alimentos. Producto de las políticas neoliberales se mina la soberanía alimentaria y, en consecuencia, se produce la generación de miseria y hambruna a escala planetaria. Si la comercialización de las semillas se encontraba (aunque precariamente) democratizada, hoy, más del 80% del mercado de semillas, a nivel global, es propiedad de 10 empresas transnacionales (como Monsanto, Syngenta, Dupont, Bayer, etc.), que imponen al mundo qué se debe producir, qué y cómo se debe comer y dónde se debe de comprar.
 
El primer mundo moderno-occidental argüirá: ¿pero nunca la humanidad había producido tanta riqueza? Pero, preguntamos: ¿cuál es el precio de esa riqueza? ¿Es racional una riqueza que produce muerte y desolación? Si el fin de todos es ser feliz, ¿se puede ser feliz produciendo infelicidad en los demás? ¿Puede acaso el 20% rico del planeta vivir feliz produciendo la muerte acelerada del planeta entero? Desde que el norte rico impuso al sur pobre la fatalidad de su destino: abastecerle de recursos, esclavos, mercados, oportunidades financieras (robo legal), hasta basurero de sus desperdicios; minó toda posibilidad de convivencia racional. Para ello fueron los imperios modernos los causantes de la aparición de regímenes totalitarios en todo el planeta (por eso la colonialidad es consustancial a la modernidad). El sistema-mundo moderno, que reordena el globo produciendo una clasificación mundial es, por eso mismo, moderno-colonial. Por ello puede decirse que la clasificación social es posterior, porque previamente acontece una clasificación racial. Se puede decir que el racismo es el núcleo ético-mítico del mundo moderno. Todo su conocimiento posterior (y hasta el marco categorial de sus relaciones jurídicas) tiene como fundamento el prejuicio moderno por antonomasia: el racismo. La determinación inicial de este racismo (fenómeno exclusivamente moderno) es el eurocentrismo, núcleo ontológico y ordenador epistemológico de la filosofía y las ciencias modernas.
 
La hegemonía norteamericana, que se hace global gracias a la segunda guerra mundial, pues como país triunfante impone al mundo su orden financiero (a partir de su moneda), patrocina también su revolución cultural. Aquello imputable sólo a China es algo que siempre se hizo para construir hegemonía (algo que no desea reconocer Europa es que la inquisición, la quema de brujas, fue la revolución cultural de la cristiandad latino-europea; la “extirpación de las idolatrías”, en el Nuevo Mundo, fue la masacre civilizatoria que inaugura la revolución cultural de la modernidad, seguida por el racismo ilustrado francés y el romanticismo alemán –justificaciones ideológicas de la expansión europea en el mundo–, frente a los cuales, la revolución cultural en China fue un juego de niños). La revolución cultural gringa era Hollywood, pero ahora, con la mediocra-CIA, esta revolución radicaliza sus propósitos; ya no se trata de una expansión del mercado global sino de la invasión y ocupación de la subjetividad: control total y absoluto (pretensión idolátrica de quien se cree dios en la tierra). El totalitarismo se resignifica con las grandes cadenas mediáticas. Los ejércitos son precedidos ahora por las grandes cadenas de información. Pero este pretendido control total no es más que una ilusión. Por eso la infantería no desaparece y, ahora, con la privatización de las funciones militares, no hace más que demostrar que el control práctico es el que, en última instancia, define la potestad real. Por eso la “tormenta en el desierto” no se podía ganar desde las computadoras. En esa tormenta siguen atrapadas las potencias y, aunque presuman a diario de sus victorias, sólo evidencian su larga y sinuosa derrota (Irak y Afganistán han descubierto los límites del poder militar del Pentágono; quienes ahora, miran pálida y celosamente, la superioridad tecnológica militar que están alcanzando Rusia, India, China y hasta Corea del Norte).
 
En la lógica de la mafia, que fue la política que desplegó en el mundo la decadente potencia unipolar, desobedecer no era opción política. Pero, privando de opciones a los demás, los gringos se privaron, ellos mismos, de toda opción. En eso consistió la administración Bush; las bravuconadas últimas eran la antesala de una decrepitud que ya daba síntomas de insania. Pretendiendo controlar el petróleo del medio oriente, acabó minando su propia hegemonía energética mundial, al grado de haber posibilitado que Rusia (su enemiga histórica) sea quien conduzca, de ahora en adelante, el orden geoenergético global (posicionando también, de mejor modo, a Brasil, Venezuela e Irán). China (el otro adversario gringo), cuando se acelera el colapso del G-7, logra, de modo estratégico, llevar la batuta en el orden geoeconómico (junto al circuito étnico que le rodea: Hong Kong, Taiwán, Singapur, Macao); los antiguos aliados gringos se le escapan de las manos: Japón, Turquía y, ahora, Ucrania. Triunfos para Rusia y China, y grandes pérdidas geopolíticas para Estados Unidos.
 
Mientras más desbocado es el despliegue militar, más catastróficas las derrotas (sobre todo en lo económico: según el reporte Wegelin, la deuda gringa sobrepasa en 600% en relación a su PIB); las más de 900 bases militares gringas desparramadas en el mundo, suponen un gasto, sólo en mantención, de cerca a 300.000 millones de dólares anuales, sin contar el último desembolso que solicitó Obama al congreso de 900.000 millones. Es decir, todo esto no hace más que socavar la base financiera que soporta la musculatura militar gringa (la última que le queda). Además de reeditar, por su ceguera histórica, producto de la maldición que arrastra, los errores de los imperios: sobre extensión imperial y guerra perpetua, la cual, para llevarse a cabo, provoca la insolvencia y el colapso de su poderío militar. Esto es lo que originó, entre otras cosas (como la desregulación financiera, los paraísos fiscales, cuentas fantasmas, etc., artilugios neoliberales), el derrumbe financiero; perdido el control de los hidrocarburos, ¿sobre qué pretendían recomponer su orden global?, ¿acaso sobre el conocimiento y la información? Uno de los productos de este supuesto conocimiento “infalible” son los derechos especiales de giro; ¿acaso esto remediará la decrepitud del dólar? No sólo el rublo y el yuan amenazan la hegemonía global del dólar (también el euro desea salvarse presenciando de palco el declive del dólar) sino la moneda que propician las petro-monarquías árabes, el gulfo (hasta Ambrose Evans-Pritchard admite esto). La urgencia del sucre pasa por este reordenamiento financiero global. El 65% que todavía posee el dólar en los flujos financieros y comerciales globales tienen como único respaldo su fuerza militar. Por eso la fisonomía, que no se aclara todavía, del nuevo orden financiero global, arrastra este lastre: la insolvencia de un dólar que tiene, como única garantía, sus bombas nucleares.
 
El despliegue militar que emprende Estados Unidos es un despliegue que arrastra una serie de maldiciones; como lo es la arremetida contra el país de los talibán (donde Estados Unidos no ha hecho más que desarrollar la producción de opio: toda la tierra destinada al opio supera en tres veces la destinada en toda América a la producción de coca, esa es su famosa guerra declarada contra las drogas). Afganistán fue la tumba de los soviéticos y antes fue la tumba de Alejandro el Magno (la máxima expansión helénica; desde entonces los afanes expansionistas de lo que ahora se considera occidente –ignorancia histórica moderna–, nunca pudieron ir más allá del cercano oriente, como sucede con Roma; hasta que aparece el mundo moderno, pero, aun así, nunca, por ejemplo, llegaron a colonizar China). Perdida la guerra en Afganistán (cuando la última reunión de los invasores, en la conferencia sobre Afganistán llevada a cabo en Londres, ya discute el cómo salir sin el rabo entre las piernas), se pierde la posibilidad de controlar la distribución gasífera del Asia central (cuyo control pasaba por controlar la provincia de Kandahar y su conexión estratégica; similar a la desestabilización proyectada en Pakistán, para negarle un conducto geográfico a China del petróleo proveniente de Irán). El unilateralismo gringo les propinó esta suerte de derrota histórica, además de propinarse a sí mismo, el imperio gringo, otra derrota: confiados ciegamente en el éxito, pues para eso destruyeron las torres gemelas (con la hollywoodense puesta en escena de un atentado), abandonaron a su patio trasero; lo cual les costó un resurgir de procesos revolucionarios en América Latina.
 
Por eso el decadente imperio se encuentra en apuros y, en medio de estos, actúa por mero instinto de sobrevivencia. Su hundimiento es inminente, pero en ese hundimiento, la apuesta que realiza es suicida; como quienes conducen los aviones que se estrellan en las torres gemelas. Ante la crisis global, la repuesta es amenazante: si caigo, haré de mi caída una catástrofe, de tal magnitud, que produzca la caída de todos. Ni el mundo, ni el planeta tienen prioridad a la única prioridad que maneja la agenda gringa: su sobrevivencia. Por sobrevivir está dispuesta a acabar con la humanidad entera. Eso retrata la película 2012, cuyo único logro parece ser esta nota: el plan de los ricos del mundo es salvarse a sí mismos. El plan financiero pasa por la misma necedad: salvando a la banca privada no se salva nada, es más, es la mejor forma de perder todo. Sale más caro salvar a la banca que salvar del hambre a la humanidad entera, con el aditamento siguiente: salvando a la banca se acelera el derrumbe financiero, pues los banqueros son adictos a los juegos especulativos porque, además, los gobiernos les acostumbraron a garantizar sus pérdidas con dinero de los contribuyentes.
 
La banca financiera es insolvente; no en vano se pronostica (LEAP/Europe 2020) que para el 2010 los bancos se desplomarán nuevamente, cuando se descubra que la crisis no fue enfrentada sino, más bien, fueron los causantes socorridos con dinero público, haciendo de los problemas pasados verdaderas pesadillas futuras. Por eso se dice que, no sólo Obama o Gordon Brown, sino los otros jerarcas del decrépito G-7, en su perorata sobre las dimensiones de la crisis global, no hacen más que manifestar su ignorancia sobre la naturaleza de la crisis (si Bernanke, presidente de la Reserva Federal, andaba coreando que la economía gringa se recuperará –mientras USA declina a menos del 25% del PIB global y los países emergentes suben por encima del 35%–, Neil Barofsky, inspector general por parte del Congreso de los Estados Unidos para vigilar los rescates bancarios, en enero del 2010, señaló que la crisis no se ha resuelto y que probablemente será mucho peor). La ignorancia proviene precisamente de quienes producen la crisis. Las palabras de Lula (que omitieron las grandes cadenas de información, con excepción del Telesur) no podían ser más certeras, en abril del 2009, previas a la reunión del G-20, ante Gordon Brown, en Brasilia: “esta crisis no fue producida por ningún indio, ni ningún negro, ni ningún pobre. Fue causada por gente blanca de ojos azules, por los comportamientos irracionales de los ricos del primer mundo”.
 
Y las palabras, del cacique Guaicaipuro Cuatemoc, no podían ser más actuales: “… también yo puedo reclamar pagos e intereses. Consta en el Archivo de Indias, que solamente entre el año 1503 y 1660 llegaron a San Lucas de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América (…) deben ser considerados como el primero de muchos otros préstamos amigables de América, destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir la devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios (…) prefiero pensar en la menos ofensiva de estas hipótesis. Tan fabulosa exportación de capitales no fueron más que el inicio de un plan para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, creadores del álgebra, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización (…). ¿Han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o por lo menos productivo de los fondos tan generosamente adelantados? (…). En lo financiero, han sido incapaces, después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus intereses, cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta y provee todo el Tercer Mundo (…). Aducir que Europa, en medio milenio, no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar ese módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo”.
 
La irracionalidad provoca la ceguera, y ésta, la demencia en los actos. Hay una guerra desatada por los gringos, en el orden geoenergético, contra Rusia y China (a quien Estados Unidos, sin decirlo, ya le ha declarado una guerra fría). En el orden geopolítico, la guerra supone recapturar las áreas de influencia. En eso consiste la invasión a Haití. La triangulación actual le permite el control del Caribe (control extendido al sur del continente): Honduras (donde propicia el golpe del gorileti), Haití y Colombia (con la instalación de las 7 bases). El terremoto no es algo que le cae del cielo sino algo que provoca de modo anticipado (como lo fue el tsunami del 2008); por ello la hazaña logística de la invasión (con 10.000 efectivos ya el primer día) sólo puede tener una explicación: el pre-posicionamiento estratégico de divisiones militares ya dispuestas. Se trata de provocación y no de producción del evento (lo cual sugiere una serie de condicionantes para que la provocación sea efectivizada). La tecnología del proyecto denominado HAARP (High frequency Advance Aurora Research Project) contiene investigaciones que datan desde fines del siglo XVIII (si consideramos que este proyecto usa el pulso electromagnético tesla, cuyo inventor es Nikola Tesla), pasando por las investigaciones del proyecto “Seal”, en New Zeland, ya en la segunda guerra mundial, hasta las investigaciones soviéticas del Pamir o “máquina de hacer terremotos” que, desde el 1975, realizan experimentos sísmicos en la cordillera Pamir, hasta el 1995, cuando en plena decadencia soviética, son reclutados los investigadores y el laboratorio completo (de Niznhi, en Novgorod) por la US Air Force, llevados a Estados Unidos e integrados en el proyecto HAARP.
 
El objetivo del tsunami del 2008 (provocado por experimentos nucleares submarinos, como lo devela el propio Jerusalem Post) era debilitar a los tigres asiáticos. El objetivo actual, con el terremoto de Haití, es dislocar geopolíticamente el desarrollo de los países emergentes; no se trata sólo de Haití sino de restablecer el control geopolítico del Caribe y, en consecuencia, del sur del continente americano. Si la flota rusa realiza maniobras militares en el Caribe y China acuerdos energéticos en América del Sur, los gringos no tienen otra opción que la recaptura de su área inmediata de influencia. China emprendió acuerdos estratégicos con Venezuela, Brasil y Rusia, otorgándoles créditos, para exploración y explotación de petróleo, de 6 billones de dólares al primero, 10 al segundo y 25 al tercero, asegurando así la adquisición de petróleo por décadas. Mientras Estados Unidos le va cerrando a China los corredores de los golfos de Omán y Aden (por eso la invasión a Yemen, para cerrar las puertas de las riquezas hidrocarburíferas de la península arábiga, cerrando el estrecho de Bab al Mandab o Puerta de las Lágrimas, frenando el abastecimiento energético de China), del estrecho de Ormuz y el de Malaca, además de la reciente venta de 6.000 millones de dólares en armas a Taiwán y las crecientes relaciones de Washington con el Dalai Lama, declarando así la guerra fría con la potencia china; los chinos no sólo que se abren a otros mercados sino que abren geopolíticamente el mundo a nuevas perspectivas que, de aprovecharse de modo efectivo, el orden multipolar estaría dando la estocada final al derrumbe anglosajón.
 
Estados Unidos intenta proteger, con la invasión a Haití, su vulnerabilidad en el Caribe (amenazando además al lado oriental de la isla de Cuba); y con la ofensiva contra Irán (mediante la invasión a Yemen) y el estrangulamiento energético a China, estaría apostando al amedrentamiento (cosa que ya no le sirvió con Corea del Norte; tampoco los últimos regateos de la flaqueza bélica gringa: si pretendió el trueque de Irán por Taiwán con China, o Ucrania por Irán con Rusia, el intento le costó empeorar su debilitamiento; pues Ucrania, con las últimas elecciones, se desmarca de la influencia anglosajona, y Taiwán observa, expectante, la desglobalización, pues si una de las mayores entidades financieras inglesas, como es el banco HSBC, muda sus oficinas centrales a Hong Kong, no hace más que anunciar a los cuatro vientos el ascenso de Asia en las finanzas mundiales). En América del Sur la injerencia gringa juega también sus últimas cartas, ansioso de un cambio de eje en las jefaturas políticas del continente; el triunfo de Piñeyra en Chile le provoca un respiro, con ello pretendería negarle el cobre a China, además de confabular, junto a Perú y Colombia, una suerte de rodeo estratégico a países como Bolivia y Ecuador; el panorama en Argentina le es alentador, gracias a la creciente campaña mediática antigubernamental (como parte de las guerras mediáticas patrocinadas por la CIA y el Pentágono), similar a la antesala del golpe en Honduras. Uruguay demuestra que las llamadas “izquierdas democráticas” son las menos democráticas y las más irresponsables, replicando situaciones históricas anteriores, donde Uruguay sirvió de punta de lanza para disminuir y socavar el posicionamiento de Argentina y Brasil, cosa que, hoy por hoy, estaría a punto de ser posible con la complicidad de las burguesías de ambos países, tan sujetas al dólar. Lo cual no haría más que demostrar que las grandes enemigas de un desarrollo económico independiente de estas economías son sus propias burguesías. Aliarse con el dólar habría sido como un pacto diabólico que las condena a no poder independizarse nunca.
 
En este contexto, quienes se duermen, acaban siendo atrapados por el sueño americano, convirtiendo en pesadilla la vida, ya no sólo de sus países, sino del mundo entero. La apuesta gringa no es apuesta para nadie. El suicidio no es alternativa. El desarrollismo euro-norteamericano-céntrico conduce a un solo fin: el fin de todos y de todo. Por eso se trata, no sólo de una crisis financiera sino de una crisis civilizatoria; no se trata de una crisis sistémica al interior del capitalismo. Lo que constata esta crisis es la imposibilidad de continuar una forma de vida que para desarrollarse, socava constantemente la vida del 80% de la humanidad y la vida del planeta entero. Hasta el magnate ruso del aluminio se da cuenta de algo tan evidente: esta crisis modificará el modelo anglosajón del consumo. Esto inevitablemente tiende a cambiar los valores fundamentales del mundo moderno-occidental. La insistencia en recuperar la hegemonía anglosajona no hace más que precipitar el desorden, hasta de modos dramáticos, del nuevo orden que empieza a gestarse. Por eso Estados Unidos aparece como un estorbo para un nuevo equilibrio político global. Ya no puede insistir su papel rector cuando las instituciones que aseguraban ese papel se hallan, no sólo en decadencia (como el FMI) sino que ya no poseen justificación alguna de su existencia.
 
El nuevo orden se configura ya en el este y, con ello, vuelve el pacífico a ser centro de la economía mundial (como lo fue por milenios), desplazando al atlántico y al occidente; cerrando así una de las épocas más oscuras e infames en la historia mundial (con más muertes y en tan poco tiempo, comparado a los 7 milenios de civilización humana, además de una crisis ecológica nunca antes sufrida): los cinco siglos de modernidad. China, Japón y Corea del Sur empujan un desarrollo tendiente a reducir su dependencia económica con occidente. También Rusia apunta a la creación de un nuevo orden regional en el lejano oriente y el Asia central; los programas de cooperación entre Pekín y Moscú, llegan ya a los 205 proyectos regionales conjuntos hasta el 2018, incluyendo a Kazajstan, Turmekistan y Uzbekistan. China asegura sus inversiones convirtiéndose en la administradora de la seguridad regional, con ello deja en nada la emergencia gringa de cerrar los estrechos de Ormuz y Malaca. Si el golfo pérsico se había convertido en la más explosiva zona de la geopolítica global, donde parecían estrellarse los intereses de Washington y Pekin; con la jugada estratégica china, los intentos de la Casa Blanca caen en saco roto, pues los chinos abren sus intereses por otros lados y los rusos se perfilan como los patrocinadores del nuevo reordenamiento geoenergético global (Francia y Alemania se rusifican, es decir, se alejan de Washington, conscientes de su dependencia gasífera, además del acoso agresivo que sufre el euro de parte de la libra esterlina); donde Rusia ya no brinda sus recursos gasíferos al despilfarro de occidente sino que empieza a usarlo estratégicamente (Turmekistan comprometió su entera exportación de gas a China, Rusia e Irán), teniendo Rusia el 75% de las reservas de gas en todo el Asia central, lo que le coloca en el primer lugar en reservas mundiales. Este reordenamiento geoenergético que patrocina tiene que ver con el hecho de que el mar Caspio posee las terceras reservas de petróleo mundiales, lo cual le posiciona como uno de los lugares geoestratégicos de mayor importancia.
 
Por eso, de hoy en adelante, aparece la prerrogativa de manejar los recursos energéticos con criterios estratégicos, porque la energía se ha vuelto vital para todo desarrollo, por eso no puede abandonarse los recursos energéticos a las irracionales leyes del libre mercado. De eso trata la nueva configuración global; ninguna de las potencias emergentes es autosuficiente (ya sea económica, financiera o energéticamente, todas son vulnerables en algún aspecto), lo cual les conduce a tomar conciencia de algo que empieza a tomar cuerpo: la competencia multipolar pasa por el desarrollo de una política exterior, en todos los ámbitos, que busque y asegure más la cooperación que la confrontación (en Bolivia aparece la cooperación con una especificación más sugerente: la complementariedad y la reciprocidad; el comercio debe reestructurarse a partir de la solidaridad, esto indica una transformación en los principios económicos y políticos de las relaciones internacionales). Los países emergentes ya no pueden perseguir un propio desarrollo desentendiéndose del desarrollo del resto. Por eso no se trata de salir sino de acoger. El mundo es nuestro único hogar.
 
Ningún desarrollo puede socavar aquello que es hogar de toda la humanidad y toda la naturaleza. En este contexto es que se destaca la creación, en China, de la Comisión Nacional de Energía, una especie de comisión supra-ministerial, que reúne a la Comisión de Desarrollo, de Reforma, Energía Nuclear y al Banco Central. El uso de la energía no sólo tiende a su uso combinado, diversificado, sino a su sostenibilidad; cuyo criterio ya no sea la rentabilidad (entendida en términos de ganancia) sino la racionalidad ecológica. El uso racional y responsable de la energía pasa por otorgar capacidad de decisión, en las políticas energéticas, a los afectados por dichas políticas. Si la afectada es la propia naturaleza, ¿cómo es que escuchamos su parecer? Esto, inevitablemente, ha de revolucionar el concepto mismo de política. Ampliar la esfera de las decisiones pasa por una radicalización de la democracia; ya no se trata de la discusión entre democracia representativa o participativa, sino de la recuperación comunitaria y ampliada del “demos” que constituye a la democracia misma. Consolidar el incipiente orden multipolar en el mundo, pasa por esa ampliación democrática, a nivel global. En momentos de crisis económica, el mejor administrador no es precisamente el rico (quien sólo sabe despilfarrar la riqueza) sino el pobre. No hay solución para la pobreza mundial sin la participación de los pobres del mundo. Los ricos también quieren una reforma, pero sin que ésta toque su dominio financiero; de su quiebra inminente no emana consejo que pueda atender la humanidad, es mejor que aprendan a escuchar. A su sentido empresarial debemos oponerle un sentido de responsabilidad, también su salvación depende de una salvación mundial.
 
Un nuevo éxodo se levanta en la historia mundial. El imperio se resiste en su decadencia, “se endurece su corazón”; su boca origina sus propias desgracias. La maldición que arrastra es lo que le desmorona. Informes de inteligencia no sólo delatan la balcanización (producto de los Carteles del narcotráfico y de la excesiva injerencia gringa) de México, sino de la fenecida potencia unipolar. Resurgen en Norteamérica los odios del sur contra el norte; el partido del té es la clara manifestación de una regresión en la política gringa (el sector más racista de la extrema derecha fundamentalista genera el “Tea Party” y promueve a Sarah Palin; si la Unión Soviética colapsó definitivamente con un presidente borracho como era Yeltsin, no es raro que la nueva presidenciable en gringolandia, ante el fracaso anticipado de Obama –quien se volvió blanco más rápido que Michael Jackson–, sea la iletrada ex candidata republicana a la vicepresidencia). Si la opulencia fue el factor principal de estabilidad gringa, ¿qué pasará cuando esta opulencia sucumba? Egipto acabó cuando los esclavos (motor de la economía) abandonaron ese imperio y cruzaron el mar de los juncos, hundiendo al mayor ejército conocido hasta ese entonces; ¿será la repatriación de los inmigrantes lo que selle el fin del imperio gringo? Si el New York Times, en febrero del 2009, ya señalaba que el desempleo representaba una amenaza a la estabilidad mundial, ¿qué decir del desempleo creciente (en las naciones avanzadas) que, en el 2009, evidenciaban 500.000 despidos por mes, desalojos superiores a los 2 millones de viviendas, quiebras continuas de los sistemas bancarios, etc.? Por eso no es grato el futuro de los países sujetos al dólar. La supuesta economía exitosa de Chile registra, desde el 2008, considerables caídas (cerca al 2%) que destacan otro hecho: el supuesto éxito neoliberal no es tal, pues los índices de crecimiento económico de la dictadura, nunca fueron superiores a la media del crecimiento anterior; lo que sí creció, de modo alarmante, fue la concentración de la riqueza en el sector privado. La menor distribución genera la apariencia de mayor riqueza. Ese espejismo es la trampa del modelo capitalista. Su decadencia genera otra apariencia: parece más fuerte cuando es más débil.
 
La modernidad es la era de las apariencias. Produce Estados aparentes, democracias aparentes; por eso, lo más que puede prometer, en plena crisis, son reformas y maquillaje. Desde que empodera su presencia global, sólo puede desarrollar una política de dominación; lo que, a la larga, produce una ausencia de sentido histórico en el conocimiento que patrocina. Se hace conservadora. Por eso la política y la historia se le evaden y éstas aparecen, desde el sur, para imprecarle su falta de visión. La ceguera provoca esta desestabilización global. Hoy empieza la Cumbre de Río; terminar con la OEA debiera ser un imperativo. Sólo Venezuela y Bolivia levantan una voz que debiera ser unánime, no sólo por Honduras, sino por toda la amenaza regional que representa la última invasión a Haití. El 2001, desde Estados Unidos se lanzó otra santa cruzada contra el mundo entero, era la llamada guerra del bien contra el mal. Inventaron un monstruo: el terrorismo; para luchar contra éste se hicieron, ellos mismos, monstruos. Ahora creen que generando cataclismos saldrán ilesos. Pero no se asesina impunemente. Asesinato es, como dice Franz Hinkelammert, suicidio. La injusticia genera maldición y la maldición acaba con el que la origina. Esa es la maldición que arrastran los imperios.
 
- Rafael Bautista S. es Autor de “pensar bolivia: del estado colonial al estado plurinacional”.
https://www.alainet.org/es/articulo/139614
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