La Iglesia Católica y la familia

14/11/2006
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Con mucha razón, la Iglesia ha insistido siempre y sigue insistiendo en la importancia de la familia para la sanidad y bienestar de un pueblo. La psicología y la sociología confirman esta convicción. El ser humano encuentra su perfeccionamiento y su felicidad en la unión matrimonial.

De los padres que constituyen una familia ha de partir el proceso educacional que formará la nueva generación. La familia es el lugar privilegiado para una pastoral religiosa. Allí brota y se cultiva el amor y la experiencia del amor lleva a Dios, pues “Dios es amor” (San Juan). A favor de la familia, la Iglesia cobija diversas organizaciones y celebra múltiples congresos.

Ahora bien, estamos en un mundo en rápida evolución. Estos cambios están afectando fundamentalmente a la familia. Esta se halla diversamente condicionada. Hay una familia tradicional, bien constituida religiosamente, con numerosos hijos y una madre que puede consagrarse a su cuidado. Hay también una familia moderna, con uno o dos hijos y la madre trabajando afuera. Y está también la familia irregularmente constituida. Entre estos últimos pondría aquellas familias en que los padres no están unidos por matrimonio válido ni compromiso definitivo. O la formada exclusivamente por una mujer jefa de hogar. Podría asimilarse la pareja constituida por homosexuales, tengan o no hijos adoptivos.

Últimamente se ha advertido una multiplicación extraordinaria de estas uniones irregulares y una disminución de los matrimonios válidos. Aún entre bautizados, hay una tendencia a emparejarse dejando de lado el mismo compromiso civil. Así en Chile las estadísticas han mostrado que ya son más numerosos los hijos que llamamos “naturales” que los hijos “legítimos”.

Estos cambios y estas nuevas situaciones tienen sus causas. Me parece que lo importante aquí sería constatar que estos cambios y estas nuevas situaciones son estructurales y por tanto estables y aún definitivas. No se pueden echar para atrás sino, a lo más, parcialmente. Una causa es el trabajo de la mujer que la saca de la casa. Otra, la misma promoción de la mujer que la hace más independiente y menos sumisa al hombre. Otra es cultural: un ambiente de cambio e inseguridad que hace más difícil para los jóvenes tomar decisiones definitivas en la vida. La prolongación de la vida humana a pasado en ciertas regiones de un promedio de 50 a 70 años. Lo que se ha llamado la “liberación sexual”. La vida predominantemente ciudadana que hace más difícil tener familias numerosas. Las exigencias de cuidado y educación imponen también una prole reducida.

Frente a estas circunstancias, se podrían concebir dos estrategias pastorales. Una sería exaltar a la familia tradicional como la que refleja mejor el ideal cristiano y buscar su conservación y reimplementación. La otra sería aceptar los cambios y la modernización y buscar nuevos caminos para la pastoral de todas las formas irregulares de familia.

Se dirá que habría que hacer ambas cosas. Ya que la Iglesia lo ha hecho así. Pero nos parece que todo el énfasis ha estado en reproducir la familia tradicional. No se ha tomado en cuenta que las nuevas formas de familia son producto de estructuras estables y definitivas Estas apreciaciones y prejuicios, los vemos confirmados por las noticias que nos llegan del V Congreso Católico Mundial sobre la Familia, realizado hace poco en Valencia, España.

Ya hemos indicado los cambios estructurales que van marcando nuestra sociedad y cómo han afectado la estructura y vida de las familias. Ahora queremos especificar algunas situaciones familiares que piden más urgentemente soluciones de alcance ético y religioso.

1 Está siempre el problema de los “separados y vueltos a casar” con respecto a su readmisión a la comunión eucarística, problema muy vigente en tantas iglesias. Se proponen soluciones que no satisfacen. Creo que se puede ir más a fondo tanto en la reflexión ética como en la práctica pastoral.

2 Los matrimonios que hoy día fracasan. No habrá que re-examinar el problema de la madurez exigida. ¿No podrá haber una segunda oportunidad para casados válidamente pero cuya unión se quebró y que se encuentran, tal vez jóvenes y sin culpa, con sus esperanzas destrozadas?

3 El uso de ciertos medios contraceptivos es tal vez la causa principal del alejamiento de tantos matrimonios de la Iglesia. ¿No se podría aclarar las exigencias éticas a partir de la realidad vivida hoy por las parejas?

4 ¿Puede la Iglesia permanecer pasiva frente a la tremenda difusión del aborto en ciertos países, en Chile se habla de 200.000 abortos anuales? ¿No sería preferible que una ley, legalizando el aborto en ciertas condiciones pudiese regularizarlo, reduciéndolo drásticamente?

5 ¿No lleva la reciente encíclica de Benedicto XVI a cierta rehabilitación del “eros” y de la sexualidad, vinculándolos por cierto al “ágape” y al matrimonio? ¿No habría lugar a cierta reconsideración de la moral sexual la que hasta ahora enfatiza lo negativo y pecaminoso?

6. Hay que comprender la revolución que significa la promoción de la mujer para la estructura de las familias. Hay aquí cambios no reversibles que establecen nuevos derechos y nuevas obligaciones. Y nuevas relaciones familiares que conviene aclarar.

7. A los homosexuales y lesbianas ¿no habría que abrirles el camino a la unión, al encuentro amoroso en el amor y la fidelidad con una persona evidentemente del mismo sexo? ¿No habrá que conceder a esta unión la misma dignidad que tiene el matrimonio heterosexual? La adopción de hijos es sin duda otro asunto que deberá dilucidarse mirando el bien de los menores.

8. Finalmente, la Iglesia deberá abocarse a la tarea de formar y educar a la juventud para el cambio en las instituciones eclesiales y en el contorno social. Deberá revisar la catequesis y la preparación de los niños para acceder a los sacramentos. Deberá atender a la educación sexual tan importante hoy día. Recordemos nuestro error en no apoyar las Jocas ideadas precisamente para entregar una educación sexual.

Estos problemas que hemos enumerado y algunos otros derivan en buena parte de los cambios que ha sufrido la institución matrimonio y el ambiente social en que vivimos. Afectan a las familias que se podrían designar como “las que Dios no ha unido”. Pero Dios no las ha abandonado y no lo podemos hacer nosotros. Jesús buscó preferentemente a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Hay familias tradicionales valiosas que dan hermoso testimonio y hay que mantenerlos. Pero hoy día muchas son admirables pero no imitables. Hay que elaborar una pastoral para estas otras familias modernas y tal vez mal constituidas. La tarea de la Iglesia es dialogar con el hombre moderno, abocarse a sus problemas y ayudarlo a avanzar por los caminos que Dios nos tiene trazados.

- José Aldunate Lyon es sacerdote Jesuita, fundador de la Revista Reflexión y Liberación. Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital.

Fuente: Crónica Digital (Santiago de Chile)
http://www.cronicadigital.cl
https://www.alainet.org/es/articulo/118199
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