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El buen vivir en el campo y en la ciudad

Opinión
30/07/2014
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Hay dos maneras de no sufrir el infierno.  La primera es fácil: aceptarlo y volverse parte de él, hasta el punto de no verlo.  La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio…
 
Marco Polo (según Italo Calvino, en Las ciudades invisibles)
 
Hace varios años que vivo en una pequeña granja agroecológica en el oeste de la República Argentina, en una comunidad rural donde la Vía Campesina tiene importante desarrollo.
 
Viajo sistemáticamente a Buenos Aires, atravesando de oeste a este el país, pasando por regiones del árido, semiárido y pampa húmeda.  Recorro, desde la ventanilla del colectivo, zonas rurales empobrecidas, grandes extensiones de secano muy degradado, para luego entrar en la pampa húmeda donde es difícil ver un alma (una persona puede trabajar 500 hectáreas de soja, y el desarrollo tecnológico tiene como meta llegar a 1000 hectáreas).
 
Antes de bajar del colectivo, nos da la bienvenida en Buenos Aires, la villa 31, casi una ciudad de excluidos, la mayoría de ellos hijos de campesinos y campesinas expulsados del interior del país, pero también de Paraguay (seguro compro unos chipas en la calle), Bolivia, Chile… Cerca de allí un hipermercado que, junto con otros parecidos, controlan casi el 80% de lo que se consume, y sus corporaciones amigas (27 empresas) el mismo porcentaje de la producción de alimentos.
 
Es que Argentina es un país con cabeza grande (93% de población urbana, de la cual un tercio vive en Buenos Aires) y cuerpo pequeño (7% de población rural).
 
De aquí la reflexión de cómo avanzar propositivamente en el camino del “buen vivir”, que implica fortalecer la cohesión social, los valores comunitarios, la participación activa de los individuos en las decisiones relevantes, en un marco de respeto a la diversidad, sin exceder los límites de los ecosistemas, es decir en armonía con la Madre Tierra.
 
Van aquí entonces algunas ideas fuerza, que pueden ayudar a caminar hacia ese horizonte:
 
a) La vuelta al campo: la idea del crecimiento occidental propuso que los países desarrollados estaban asociados a un alto porcentaje de población urbana, donde se podían lograr fuerza de trabajo especializada vinculada a la industria, los servicios, las finanzas.  Luego de las crisis sistemáticas del capitalismo, particularmente la desindustrialización producto de las políticas neoliberales, sectores importantes quedaron fuera del sistema, pasando a formar parte de los marginados.  Esto tuvo también un correlato en el campo, donde la prédica de lo urbano como opción, pero también el avance del capital financiero sobre los bienes naturales y la producción de alimentos, exponenciado por la tecnología, dejó grandes extensiones de zonas rurales desiertas.  En otras zonas, la presión por la tierra, el agua, hace que las familias de agricultores familiares campesinos se mantengan en alerta permanente, destinando gran parte de la energía en la resistencia y no en la producción/comercialización, tecnología… etc.
 
Con la crisis alimentaria, los datos vinculados al calentamiento global, la crisis energética, la desigualdad social, podemos asegurar que esta idea de desarrollo generada a partir de los ochenta, está lejos de ser una opción.
 
El equilibrio territorial, la ocupación real del territorio, el consumo de energía, ponen en jaque este paradigma, dando espacio a que países con alta porcentaje de población rural y encaminados hacia el “buen vivir” discutan de igual a igual con los países otrora considerados desarrollados.  No se puede pensar en armonía con la naturaleza sin democratizar el acceso a la tierra y a los medios de producción, de modo también de democratizar la producción de alimentos.
 
b) La autoproducción de alimentos como forma de refundación cultural: redefinir qué parte de la producción de alimentos es para el auto consumo familiar significa, además de una decisión en el campo de la producción y de aprovechamiento en la unidad campesina, también una decisión de autonomía relativa respecto del agronegocio.  Esta idea que, en el campo, pareciera más o menos fácil, tiene también su correlato en las ciudades.  Existen en el mundo cerca de 800 millones de agricultores urbanos.  Está claro que cuando existen políticas públicas en ese sentido, las huertas urbanas florecen, y no solo en momentos de crisis, cuando la huerta pasa a ser un factor de subsistencia.
 
Es también, entonces, una forma de construir el buen vivir.  El contacto con la naturaleza a través del trabajo con la tierra y la producción de alimentos es, en esencia, el vínculo con la Madre Tierra, aunque se esté en medio de grandes edificios, o se trabaje en un balcón.  Sin caer en frivolidades, hay un vínculo que se crea mediante el trabajo, poniendo los pies (o las manos) en la tierra.
 
c) Verse las caras productores y consumidores: una de las lógicas que se han perdido, por los avances de los hipermercados, es reconocer a quienes producen alimentos.  El contacto de la mayoría de las personas con el productor de tomate es a través de una publicidad que muestra a una hermosa mujer que sirve un hermoso plato de fideos con salsa a un hermoso esposo, alcanzando por medio de su sabor algo parecido a la felicidad.
 
Reconocer entonces a los verdaderos protagonistas es conectarse y comunicarse.  Mercados populares, cooperativas de consumidores, compras directas, ferias de productores, son algunas de las formas que tienen que multiplicarse, desde la iniciativa popular y con fuerte apoyo del Estado.
 
d) Reducción del uso de agroquímicos en camino hacia la agroecología: si tomamos la idea de que las personas son lo que consumen, y de la relación suelo sano, alimentos sanos, hombres y mujeres sanas, por propiedad transitiva, entonces entiendo que estamos en serios problemas… El agronegocio es imposible que se desarrolle sin el uso de agrotóxicos (insecticidas, herbicidas, funguicidas, biocidas, fertilizantes de síntesis químicas).  Gran cantidad de estudios demuestran la relación que existe entre los pueblos cercanos a las fumigaciones y el avance de diversas enfermedades, pero tan grave como eso es la relación entre niveles de toxicidad en el cuerpo vinculados, no a la exposición directa, sino sencillamente al consumo (sobre todo en los sectores populares, pues las clases acomodadas encuentran alternativas de consumo más “sanas”, pero inalcanzables para ellos).
 
La agroecología nos ha demostrado una forma de producción que puede alimentar a los pueblos, que fomenta el arraigo rural, el respeto por la naturaleza, la cohesión comunitaria… Es, además, un modo de producción que genera desproletarización en el campo, buscando espacios de libertad y tranquilidad, pasando a depender de uno mismo, de la familia o de la comunidad, en contraposición a las relaciones de producción capitalista.
 
Es necesario aclarar que el buen vivir no es cuestión de volver a un pasado idealizado (sin supermercados, sin ciudades, sin tecnología, sin universidades), sino de encarar los problemas de la sociedad contemporánea con responsabilidad histórica, ganando espacios al conocimiento, a la tecnología, a la política, priorizando el diálogo y la pluralidad de saberes.
 
En mi caso seguiría viviendo en la granja agroecológica, solo tenemos que modificar el resto del relato del camino….
 
 
- Raimundo Laugero es militante del Movimiento Nacional Campesino Indígena/CLOC/Vía Campesina, profesor en la escuela campesina de agroecología.  Productor agroecológico.  Ingeniero agrónomo.  Flamante Director de Preservación a la producción artesanal de la Secretaría de Agricultura Familiar de la Nación.
https://www.alainet.org/es/active/79234

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Publicado en Revista: La cuestión urbana hoy: Entre el mercado total y el buen vivir

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