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El APRA y la debacle de la universidad peruana

Opinión
05/06/2013
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Hace alrededor de un siglo, en 1918, la juventud universitaria de América Latina fue sacudida por la Reforma Universitaria, también conocida como Grito de Córdoba, una esperanza renovadora que consolidó el perfil de las universidades peruanas como adversarias de la ciencia y la tecnología. Entre los líderes más destacados figura un peruano, Víctor Raúl Haya de la Torre, quien seis años después, en Méjico, el año 1924, fundó la Alianza Popular Revolucionaria Americana, APRA, partido político de orientación anarquista, que al revés de lo que suponía terminó consolidando la educación de perfil preindustrial.
 
Para transitar del feudalismo y la barbarie al desarrollo, debe fomentarse y de manera intensiva un modelo económico cuyas premisas sean la ciencia y tecnología. Pero no es eso lo que plantea el APRA, sino todo lo contrario, el rechazo a la actividad científica en las universidades, en las que a cambio debe fomentarse sin reservas el fervor político, el tumulto, la agitación.
 
En ese contexto, incluyendo la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la más antigua de las américas, formarían profesionales de raigambre preindustrial, con préstamos de conocimientos, sin reparar cuán nuevos o viejos sean, pero sin la intención de participar en la investigación científica, tecnológica y humanística; y, por tanto, sin participar en la producción de conocimientos, sin innovación, consolidando universidades, absolutamente dependientes y hasta neocoloniales, pese a peroratas, himnos, declaraciones, gestos teatrales, marchas, gritos y vivas en contra. Sin ciencia, la economía y la sociedad solamente dependerán de las fuerzas naturales, de la energía física de animales y humanos, con escaza productividad, con pobreza y trabajo humano en condiciones deprimentes.
 
 “En los otros países y en las otras razas ─escribió Antenor Orrego, líder histórico del APRA, con aire de heroísmo─ el aula es, principalmente, docencia científica, preparación técnica o capacitación profesional…” Orrego no está de acuerdo con ese modelo de universidad y agrega: “pero el aula latinoamericana es, ante todo, y, sobre todo, docencia civil, escuela de ciudadanía. Este es su carácter fundamental y el que da la tónica de la Universidad”.
 
Orrego encuentra total incompatibilidad entre universidad  y producción de ciencia y tecnología. Considera que ambos quehaceres son radicalmente irreconciliables y propone la “penetración de la inquietud y del tumulto cívico en el claustro”. El “tumulto”, el zafarrancho, el escándalo, la cachiporra, el vandalismo que se puso de moda en el Perú durante el siglo XX y que aunque atenuada se proyecta hasta hoy. Orrego ─líder histórico del APRA─ pregunta si reemplazar la ciencia y la técnica por el tumulto: “¿es una desviación de los fines y de la docencia universitaria?”, y se contesta: “Los conflictos y los rozamientos que se producen casi a diario en las universidades latinoamericanas se deben, exclusivamente, a esta divergencia fundamental de criterio entre profesorado y alumnado” (Orrego, 1968, p. 110)[1]. Con el devenir del tiempo, el APRA, formaría catedráticos totalmente compatibles con su credo partidario, opuestos programáticamente a la producción científica y tecnológica y eso determinaría el destino de las universidades peruanas durante el siglo XX, con proyección indefinida.
 
El vandalismo que luego se apoderó de las universidades peruanas, reforzando su carácter tercermundista, está aquí plenamente justificado por el vocero aprista, evitando que Perú tuviese universidades modernas acorde a las exigencias de la historia y más bien anclándolas en la precariedad y la anomia.
 
Se ha sostenido que el APRA, el partido fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre, propugnaba la superación del feudalismo y de la aristocracia feudal. En realidad, coincide absolutamente con Alejandro Deustua, el pensador más oligárquico que haya tenido Perú, quien en 1904 escribió que la educación debería servir para cualquier otro propósito menos para fomentar ciencia y tecnología, y por tanto debería estar totalmente desvinculada del desarrollo industrial, inexistente en Perú, lo cual obviamente ─pese a cualquier declaración explícita en contra─ implicaba sostener el régimen feudal, vinculada a la producción agropecuaria, dependiente de la energía física de siervos y animales, contexto en el cual la ciencia y la tecnología constituyen una arremetida en contra.
 
Sin ciencia y sin tecnología las actividades agropecuarias imperantes a lo largo y ancho del Perú, a principios del siglo XX, debían sostenerse exclusivamente mediante la energía física de seres humanos analfabetos y de los animales. La ciencia aplicada, convertida en tecnología, en máquina, multiplica la productividad, permitiendo que los trabajadores fueran sustituyendo el derroche extenuante de energía muscular por la inyección de energía mental. Productividad y humanización van de la mano. Oponerse a la ciencia y la tecnología es auspiciar la continuidad de un modo de producción arcaico, en la que se combinan ignorancia, baja productividad, deshumanización, precariedad total.
 
La Reforma Universitaria trae propuestas interesantes pero a la vez ambiguas, porque va a depender del uso que de ellas se haga. Propone, por ejemplo, el co gobierno. Una vez establecida oficialmente en el Perú a partir de la década de 1960, un tercio de quienes deciden quién será rector, vice rector o decano es el tercio estudiantil, nombre que deviene de la circunstancia de que del total de quienes administran y eligen a las autoridades de la universidad son estudiantes, en proporción de una tercera parte del total de sus miembros. Su origen tiene una visión romántica, muy idealista de la juventud, como si estuviese cubierta por un halo de santidad, de solidaridad, de total desinterés privado. Mariátegui creía que la representación de los estudiantes en la toma de decisiones de la universidad sería utópica, porque siempre los dos tercios de catedráticos se impondrían a un tercio de estudiantes. La realidad demostró algo muy diferente. Los estudiantes resultaron ser casi siempre más audaces, unidos monolíticamente se convirtieron en factor dirimente y resultan ser ellos quienes utilizan a catedráticos oportunistas y finalmente ellos gobiernan la universidad.
 
En Perú la Reforma Universitaria se encontró con la precariedad intelectual y la anomia, reforzándola hasta casi convertirla en inalterable. En otros países las consecuencias han sido diferentes.
 
La reforma universitaria en Latinoamérica fue una iniciativa de los estudiantes argentinos, aquellos hijos de las incontenibles oleadas migratorias procedentes de la Europa heredera de la Ilustración o Siglo de las luces, coherente con un mundo que rescataba el valor de la razón, afín a la naciente burguesía, que quedaron estupefactos ante el predominio del espíritu oligárquico feudal en las universidades latinoamericanas.
 
Si bien el denominado “Grito de Córdoba” se inició en la Universidad de Córdoba, Argentina, aquella universidad no exhibe los pergaminos de otra universidad de aquel país, la Universidad de Buenos Aires (UBA), de la que egresaron cuatro de las cinco excelencias argentinas galardonadas con el Premio Nobel. En 1936, el Dr. Carlos Saavedra Lamas ─ex Rector de la Universidad de Buenos Aires─, fue el primero de los laureados, en este caso con el Premio Nobel de la Paz, seguido del Dr. Bernardo Alberto Houssay, Premio Nobel de Medicina en 1947, eminente médico y catedrático de la Universidad de Buenos Aires. Luis Federico Leloir, bioquímico que estudió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA) ─y cuya tesis doctoral la dirigió el Dr. Bernardo A. Houssay─, recibió el Premio Nobel de Química en 1970. Finalmente, tenemos al Dr. César Milstein, quien nació en 1927, ingresó en 1942 a la Universidad de Buenos Aires (UBA) para estudiar Ciencias Químicas en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales y fue consagrado como Premio Nobel de Medicina en 1984. De Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz 1980, se sabe que es pintor y escultor, formado en instituciones académicas no universitarias.
 
Pero en Perú los resultados son totalmente inversos. El APRA da excelentes muestras de fomentar tumultos en la Universidad Federico Villarreal, creada durante la década de los sesenta, con fines proselitistas. Sería quimérico suponer que de esa universidad y teniendo esa militancia surja algún científico galardonado con el Nobel.  Porque para el APRA, tal como claramente lo expone Antenor Orrego, lo que substancial es el tumulto, la ciencia  y la técnica carecen de toda importancia; aún más, son despreciables.
 
Los apristas sacan ventaja milimétrica de otras dos prédicas de la Reforma: el Derecho de tacha y la Cátedra paralela, tomadas como pretexto para expulsar a los catedráticos amantes de la ciencia.
 
Es imposible encontrar alguna universidad vinculada al partido aprista que sea modelo de investigación académica, como que asimismo sería un milagro encontrar entre los militantes apristas un auténtico sabio matemático, biólogo, economista o un escritor, aunque en el Perú del siglo XX tuvo en Luis Alberto Sánchez a un erudito, pero limitado a memorizar nombres y fechas, jamás a un creador en Literatura, carrera que él había elegido, aunque habilidad política no le faltó, fue tres veces rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, senador y vice presidente de la república. Publicó decenas de libros, pero con toda seguridad, ninguno con la trascendencia de un Bryce Echenique, ni menos con la genialidad de  Mario Vargas Llosa. Una vez fallecido, nadie ni siquiera su partido, el APRA, se interesa por publicarlos, por obvias razones: La retórica no es argumento, y si no fue un creativo en literatura, carece de total importancia.
 
Se regodeaba sumergido en la elocuencia, creatividad cero, como muy bien me explicó uno de los miembros del jurado cuando se compartió el Premio Nacional de Literatura entre Luis Alberto Sánchez y los poetas Emilio Adolfo Westfalen y Mario Florián. Me expuso que más bien habían condescendido con la opinión pública, porque el premio era para creadores y Luis Alberto Sánchez como creador solamente había escrito una novela, El pecado de olazábal, absolutamente intrascendente. ¿O cuál de las tantas editoriales que lanzan a las mejores obras de novela se obsesiona por publicarla?
 
Sánchez, el erudito, estaba de acuerdo con el tumulto y la violencia desatada  en las universidades, en su disputa con la izquierda. Las universidades peruanas quedaron condenadas a mantener el bajo perfil que ahora tienen, no solamente en el contexto mundial, sino también latinoamericano. Desechada la ciencia y la gran docencia como atributos centrales de la universidad, esta quedó convertida en campo de batalla (“tumulto”) a cargo de estudiantes vitalicios que hacen historia por haber muerto en la indigencia o sobrevivir en la cátedra, practicando los eternos valores del aprismo: La anti ciencia. Después de todo, así fue como miles de apristas se aseguraron un empleo.
 
Ese fue el destino de la masa aprista. Pero Haya de la Torre tuvo sus elegidos, alguno de los cuales ganaría la presidencia del Perú, utilizando a esas decenas de miles de “estudiantes eternos” de todas las generaciones y, en cambio él les aseguraría “pan con libertad”, para ellos y su prole. El más exitoso de estos elegidos es Alan García, quien jamás fue “estudiante eterno”, sino que por el contrario realizó una carrera meteórica como estudiante y como político, de modo que antes de los treinta años tenía título profesional, doctorados en sociología y derecho, alcanzó a ser elegido miembro del Congreso Constituyente que organizó Francisco Morales Bermúdez, cuando los militares aceptaron terminar su dictadora de doce años. A los veinte y nueve años era diputado, secretario de organización de su partido casi a dedicación exclusiva, financiado por el congreso, de tal manera que en las elecciones de 1985, a los treinta y cinco años de edad, dejando de lado a los líderes históricos del APRA, fue elegido candidato y presidente de la república, llevando a cabo el más diabólico y catastrófico gobierno “heterodoxo”.
 
Habiendo gobernado dos veces el Perú, Alan García Pérez, demuestra ser fiel a la consigna planteada desde sus orígenes por el APRA: “En los otros países y en las otras razas el aula es, principalmente, docencia científica, preparación técnica o capacitación profesional, pero el aula latinoamericana es, ante todo, y, sobre todo, docencia civil, escuela de ciudadanía. Este es su carácter fundamental y el que da la tónica de la Universidad. Esta penetración de la inquietud y del tumulto cívico en el claustro, ¿es una desviación de los fines y de la docencia universitaria?”
 
Para el APRA, la universidad debe estar penetrada de inquietud y de tumulto cívico: violencia, lanzar carpetas desde los techos, utilizar petardos, bombas caseras, quemar vehículos de transporte público, abuchear a los catedráticos más calificados, patearlos, expulsarlos y repletar de activistas, con título o sin él en las aulas, para que continúen con la práctica del disturbio. Se estableció una nueva meritocracia: más valor tiene el revoltoso que el científico y la universidad no es para científicos sino para revoltosos, expertos en organizar disturbios. Las universidades vinculadas al APRA,  como la Federico Villareal, si hacen noticia es por las revueltas, por los escándalos, por las disputas del poder interno, pero sobre todo por la existencia de mafias que controlan los exámenes de admisión de estudiantes y por la venta de títulos y doctorados en el extranjero, temas que denuncian permanentemente los medios de comunicación. En la gran mayoría de las universidades vinculadas al APRA se practica el proselitismo y quienes mejor contribuyan a ganar elecciones y fortalecer al partido tendrán siempre su recompensa. Así funciona la meritocracia aprista. Quienes trabajan en los ministerios comentan que cada vez que gobernó Alan García creció desmesuradamente el estado y las dependencias públicas quedan repletas de militantes de ese partido.
 
Quien quiera evaluar el estándar de la Universidad Federico Villarreal, fácticamente patrimonio privado del APRA, consúltese el ranking que desee, nacional o internacional, mientras que otra universidad contemporánea que solamente forma médicos y que se desprendió de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, huyendo de la politiquería, es la mejor posicionada según Scimago. La Universidad Peruana Cayetano Heredia desprendida de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Universidad nacional Federico Villarreal son contemporáneas. Pero la Universidad Nacional Villarreal es muy grande y voluminosa en comparación con la universidad Cayetano Heredia. Ambas se crearon como consecuencia de la institucionalización del co gobierno y de la sedición en San Marcos, pero con fines opuestos. Por eso si alguien comenta de alguna propuesta para que Alan García impulse alguna universidad que sea modelo en ciencia y tecnología, podría tratarse de un tonto o de un astuto calculador que espera que Alan García gane las próximas elecciones y lo nombre Ministro de Educación.
 
Antenor Orrego, escribió: “Hagamos, primero, países justos para hacernos, luego, países sabios”[2]. ¿Cuándo llegará el momento de hacer algo porque Perú sea país de sabios?Esta prédica va a cumplir un siglo, ¿habrá que esperar quinientos años más?
 
Antenor Orrego, líder histórico de APRA,  lanza un diatriba contra los catedráticos que quisieran formar sabios: “Son los egoístas de su ciencia y de su especialidad que quisieran plasmar sabios, pero sabios esclavos y sumisos a los despotismos; sabios con las vértebras lo suficientemente elásticas para inclinarse, fácilmente, ante el poder y reclamar su pitanza vergonzante”[3].
 
Aporte aprista a la debacle universitaria peruana
 
Como los apristas co gobernaron el Perú con Manuel Prado Ugarteche entre 1956 y 1962, la izquierda tuvo argumentos para combatir al APRA como partido pro oligárquico. En ese contexto, San Marcos que había sido bastión aprista se convirtió en fortín de la denomina izquierda. Durante el gobierno apro-pradista se aprobó la Ley Universitaria 13417, que legaliza la Reforma Universitaria y por tanto el Cogobierno, la participación con voz y voto de un tercio del total de miembros de los órganos de gobierno, incluyendo la elección de rector, vicerrector, decanos y cuanta autoridad intermedia exista.
 
Esta decisión significó oficializar el motín, la razón de la fuerza, del que más enérgico grita, del que intimida mejor, para elegir autoridades, nombrar y destituir autoridades y catedráticos, siempre bajo presuntos ideales mesiánicos. Fue entonces que los más ilustres catedráticos de la Facultad de Medicina, aquella extraordinaria estirpe de médicos de San Fernando, dejaron San Marcos, precisamente en la década de 1960 y fundaron la Universidad Peruana Cayetano Heredia, la cual a pesar de su juventud y del pequeño volumen de profesores y alumnos supera ampliamente a la mega universidad que es la Universidad Nacional Federico Villarreal; y no porque la Universidad Cayetano Heredia (puesto 95 en el ranking latinoamericano, según Scimago) Heredia sea algo así como universidad sumun plus ultra, sino porque la universidad Nacional Federico Villarreal parece inexistente.
 
 
 
El partido fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre, líder peruano más representativo de la Reforma Universitaria, decidió que habiendo perdido la hegemonía en San Marcos tendrían una universidad paralela; y así fue como nació la Universidad Nacional Federico Villarreal, cuyo historial está signado por la cachiporra, escándalos en los exámenes de admisión, venta de grados  y títulos dentro y fuera del país, entre otras cosas, como a lo largo de sus 50 años de existencia lo vienen denunciando los medios de prensa.
 
“Cuando se habla de la influencia del Aprismo —sostiene Nicéforo Espinoza— en el campo universitario, no se puede negar la obra fecunda de Víctor Raúl Haya de la Torre, jefe y fundador del Partido Aprista y protagonista de la Reforma Universitaria. En efecto, como líder estudiantil y Presidente de la Federación de Estudiantes, fue conductor del movimiento universitario que, inspirado en el ‘Grito de Córdoba’, luchó incansablemente por la reforma de los principios, los métodos y la orientación de la Universidad, así como por la conquista de los derechos de los estudiantes de participar en el gobierno de la universidad y en la tacha  de los profesores mediocres e inmorales” (Espinoza, p 210)[4].
 
Después de todo la Reforma solamente plantea cuestiones políticas. La totalidad de puntos de su propuesta son: a) autonomía política, docente y administrativa de la Universidad, b) elección de todos los mandatarios de la Universidad por asambleas, con representación de los profesores, los estudiantes y los egresados, c) la selección del cuerpo docente a través de concursos públicos que aseguren amplia posibilidad de acceso al magisterio, d) la fijación de mandatos con plazo fijo para el ejercicio de la docencia, sólo renovables mediante la apreciación de la eficacia y competencia del profesor, e) la gratuidad de la enseñanza superior, f) la libertad docente, g) la idea  de que la Universidad debe asumir responsabilidades políticas, frente a la Nación y en defensa de la democracia, h) la implantación de cátedras libres y cursos paralelos, i) libre asistencia a clases.
 
Esta reforma requiere de una contra reforma de acuerdo a las exigencias del mundo actual, dando énfasis a la ciencia y la tecnología, creadora de una riqueza inagotable basada en la producción de intangibles, una alternativa económica frente a la expoliación de los recursos naturales. La universidad no solamente debe formar profesionales, sino también y de manera extraordinaria investigadores que planteen soluciones novedosas a la variedad de problemas socioeconómicos. Precisamente, la calidad de las universidades se mide no por la cantidad de diplomas “al mérito científico” con la que consiguen lealtades y se ha convertido en política extendida ahora en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, sino a la evidencia de que esa producción científica existe.
 
La Universidad Inca Garcilaso de la Vega, una de las tantas universidades públicas y no públicas que administra el APRA, como si fueran su propiedad privada, ha hecho recientemente una noticia tan explosiva, en la que su rector, evitando todo camuflaje a los que se veían obligados los que le antecedieron, se adjudica un sueldo de medio millón de dólares, que sumados los beneficios de su familia, se embolsa casi un millón de dólares al mes, acto cuya repulsa se expresa perfectamente en estas páginas de YouTube confeccionada por la estudiantes de comunicación de la referida universidad: http://www.youtube.com/watch?v=olESNBb2HAU, http://youtu.be/Fkw0NM0Ss_g
 
Este rector que en una de las fotos aparece con Alan García no solamente es aprista sino también masón como lo fue Víctor Raúl Haya de la Torre. ¡Esto es el APRA, qué les parece!, suele ser uno de los estribillos del Partido Aprista Peruano.
 
Lima, mayo de 2013
 
Notas:
 
[1] Antenor Orrego: “La cruzada por la libertad del estudiante”, en Gabriel del Mazo (Compilación y notas de): Reforma Universitaria, Ensayos críticos,  Tomo III, P. 110. Imprenta de la UNMSM, Lima—Perú 1968.
[2] Antenor Orrego: Op. Cit P.111
[3] Idem.
[4]Espinoza Llanos, Nicéforo: Nuevos rumbos de la educación nacional. P. 210. Editorial Escuela Nueva S.A. Lima-Perú, s/f.
 
- Gerardo Alcántara Salazar es Doctor de la Universidad de Buenos Aires, Área Ciencias Sociales
 
https://www.alainet.org/es/active/64510

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