Hablemos de salud y negocios o de negocios y salud

17/02/2020
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Todos conocen, porque los medios de comunicación nos lo recuerdan todos los días, en letras de molde, la “terrible epidemia de coronavirus”, originada en China.

 

Por ello, me puse a recorrer portales de medios de las últimas dos décadas, en que se “informaba” de la existencia de otras epidemias, como la asiática, la aviar, la porcina y otras, y que grande o no tanto fue mi sorpresa, al ver que los titulares actuales son casi una copia textual de los otros sucesos.

 

En todos, se hacía referencia a los millones de muertos que se producirían, la ausencia de camas en hospitales para tratar los afectados, que se estaba trabajando en la elaboración de los medicamentos y antivirus necesarios para evitar la propagación de la plaga, sin dejar de mencionar a los responsables de las mismas, que en este caso ha recaído en el prácticamente desconocido “PANGOLÍN”.

 

Sin menoscabar la importancia del caso, pienso que la generación de miedo entre la población, sobre todo a enfermedades o la muerte, impide a los seres humanos el pensamiento racional y objetivo, lo que los lleva a munirse a cualquier costo de todo lo necesario para enfrentar el peligro.

 

Los laboratorios farmacéuticos y fabricantes de elementos sanitarios como barbijos y otros, están de parabienes, ya que el pánico multiplica en forma exponencial sus ganancias y reactiva sus negocios, sin importar la gravedad del problema.

 

La Organización Mundial de la Salud (OSM) en forma irresponsable abona el terreno en dicha dirección y contribuye a la política del miedo sanitario y nunca se hace cargo de sus yerros, como en las otras oportunidades, sin importar si pierde credibilidad, ya que cuenta con el suficiente blindaje y corsé mediático que la hace inmune.

 

Frente a la parafernalia comunicacional de opinadores varios, funcionarios de toda laya y galenos mediáticos, que siguen haciendo hincapié en el tema, omitiendo otros más acuciantes y cuantitativamente más significativos, con un silencio preocupante, cuando no cómplice.

 

Efectuadas estas endechas, quiero abordar una pandemia de la que tenemos pocos titulares, que está provocando graves consecuencias sanitarias, cuál es la contaminación del aire principalmente en los conglomerados urbanos, donde vive la mayor cantidad de personas.

 

Previo a avanzar en ello, no quiero olvidar lo que pasa en África, donde el SIDA, las hambrunas y otros males provocados por la mala calidad del agua, ponen a borde del genocidio a la población en muchos países, males que en muchos casos son solucionables por unos pocos centavos de dólar. Agreguemos Haití y otras zonas del Planeta y el panorama se torna desolador.

 

En las ciudades se da la mayor densidad de personas y en nuestro país prácticamente el 90 %, viven en ellas, lo que agrava el problema.

 

La situación en el planeta no es halagüeña: la cifra de muertes provocadas por la polución del aire se eleva a 8,8 millones de personas. La mayoría de esas muertes prematuras se producen por enfermedades cardiovasculares. Respirar aire contaminado provoca más muertes que el tabaco.

 

Estudios indican que caminar media hora en un microcentro atestado de tráfico equivale a fumar entre 15 y 40 cigarrillos por día, debido a la concentración de gases, humos y partículas en suspensión, particularmente de vehículos diésel, cuyos efectos son probadamente cancerígenos.

 

En ese contexto las cardiopatías, accidentes cerebrovasculares, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), infecciones de vías respiratorias inferiores, cáncer de tráquea, bronquios y pulmón, Alzheimer, demencia senil y Parkinson están a la orden del día, pero no tienen la repercusión en los medios, salvo en publicaciones especializadas.

 

Sin menoscabar ninguna desgracia, el porcentaje de muertes por coronavirus sobre los habitantes de la Tierra es de 0,00002 %, mucho menos que los decesos por gripe común, y por contaminación del aire, el porcentaje es de 0,01%, lo que habla a las claras sobre la letalidad de uno y otro.

 

Enemigo público

 

El malo de la película, es principalmente el transporte automotor, poco juzgado en todos sus impactos, salvo por unas pocas asociaciones en aspectos vinculados a la preservación de la vida humana.

 

Este transporte cobra negro protagonismo ante luctuosos incidentes, pero, pasadas las catilinarias periodísticas y las imágenes en primera plana de fierros retorcidos, cae nuevamente en letargo, hasta la ocurrencia de nuevos hechos.

 

Nuestros sentidos se alertan, al oír: pasteras, fumigación o minería a cielo abierto, etc., pero no ocurre lo mismo al hablar dela contaminación del aire. ¿A qué se debe ello?

 

En un mundo petróleo dependiente, en el que los intereses son inconmensurables, hablar del coronavirus está bien, pero cuestionar esa matriz energética no es políticamente correcto para muchos.

 

¿Se imagina a fundaciones, como: Ford, YPF, Rockefeller, Avina, o embajadas de Gran Bretaña y EE.UU, o empresas como Repsol, Oxy Petroleum, American Express, entre tantas, aportando fondos para campañas contra el automotor? Seguro que no.

 

Es una paradoja decir que estamos del deterioro ambiental, cuando la verdadera causa del problema es, aceptada por todos.

 

Mahatma Gandhi en 1908, decía: “Los médicos honestos le dirán a Ud. que el estado de salud general empeora en proporción al aumento de los medios de locomoción artificiales”.

 

Los motores continúan emitiendo gases y el peligroso aire que respiramos nos está matando.

 

Un estudio reciente publicado en la revista 'The Lancet Planetary Health', reclama como “urgente” que se mejore la calidad del aire, ya que es un asunto global y que: “más del 93% de los niños del mundo están respirando aire completamente tóxico y esto está afectando de una manera dramática su salud”, se dijo en Ginebra.

 

Los casos extremos de polución, pueden llegar a ser mortales: 600.000 niños menores de quince años murieron a causa de infecciones agudas de las vías respiratorias inferiores causadas por el aire contaminado el año 2016.

 

Otra de las graves consecuencias de la contaminación se da en mujeres embarazadas, ya que sufren un mayor riesgo de dar a luz prematuramente y tener hijos con tallas y peso inferiores a los normales.

 

“Además, la exposición al aire contaminado en la gestación o después, provoca que el cerebro del niño no se desarrolle de la manera que hubiera debido desarrollarse, pero además puede generar asma y cáncer infantil, aumentando el riesgo de enfermedades crónicas como las cardiovasculares.

 

Del estudio se desprende que los niños son especialmente vulnerables a los efectos de la polución ya que su ritmo respiratorio es más acelerado que el de los adultos y, por tanto, absorben más agentes contaminantes y a edad más temprana.

 

Más allá del coronavirus, es mucho más necesario y urgente es hablar de esta pandemia mortal.

 

Ricardo Luis Mascheroni

Docente

 

https://www.alainet.org/es/articulo/204798
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