Salud pública y dislates privados

La vacuna de la vida

Mientras las billeteras de los mercaderes preparan sus garras, la Argentina arrancó con su plan de vacunación en etapas, gratuita, voluntaria e independiente del antecedente de haber padecido la enfermedad.

04/01/2021
  • Español
  • English
  • Français
  • Deutsch
  • Português
  • Opinión
argentina_vacunas.jpg
-A +A

Hablamos de la vacuna de Pfizer y no decimos la vacuna norteamericana,

hablamos de la vacuna de AztraZeneca y no decimos la vacuna británica.

En cambio, hablamos de la ‘vacuna rusa’ y la ‘vacuna china’.

Todas las vacunas tienen nombre y no necesitamos utilizar su país de origen,

pareciera que a algunas hay que identificarlas por esa vía”.

 

(Dr. Pedro Cahn, director científico de la Fundación Huésped; miembro del Comité de expertos que asesor al presidente Alberto Fernández)

 

El mundo quedó patas para arriba en 100 días. El 1° de diciembre de 2019 se confirmaron los primeros 27 contagios de Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS-CoV-2) en Wuhan (China); el 3 de marzo de 2020 un viajero llegado de Milán (Italia) se convirtió en el “paciente 0” en la Argentina; cuatro días después un porteño de 64 años que había viajado a París fue el primer muerto. El 11 de marzo la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró pandemia a la Covid-19 al reconocer su propagación mundial al afectar a más de un continente y que los casos de cada país ya no eran “importados” sino provocados por trasmisión comunitaria. El 19 de marzo el presidente Alberto Fernández decretó el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) en todo el territorio a partir de esa misma medianoche.

 

Las ciudades quedaron desiertas y se hizo el silencio; enseguida, aparecieron los pájaros y se escucharon las voces de patios y balcones familiares rebotando contra las paredes de los barrios.

 

Fue el tiempo de la muerte al acecho y la vida en resistencia; el Año de la Peste y la Edad del Barbijo. Vida, amores, trabajo, diversiones, conflictos, erotismos, escuela, compras, viajes, familia, lecturas, películas, comidas, reuniones, pesca, fábrica, siembras… Todo fue distinto y las caras pasaron de sonreír, sufrir, protestar, a ser dos ojos por encima de un bozal que encubre el gesto.

 

Los gobiernos tomaron decisiones, el argentino y todos; en una dirección o en la contraria. Los hábitos cambiaron, aparecieron nuevas palabras, se instaló el mundo de las “curvas”, achatadas o aceleradas, comparadas, auspiciosas o angustiantes. Llovieron las estadísticas y las “filminas” fueron la didáctica de las primeras semanas.

 

En enero los científicos chinos ya habían aislado al nuevo coronavirus y la OMS destacaba que la identificación preliminar de un nuevo virus en un corto período de tiempo constituía “un logro notable y demuestra la mayor capacidad de China para manejar nuevos brotes”. El 11 de febrero le puso nombre: COVID-19. 

 

Y empezó la carrera, entre la muerte y la vida. Al cierre de esta nota la cifra de casos avanzaba hacia los 82 millones de personas, las muertes llegaban a 1.800.000 en 181 de los 193 países miembros de las Naciones Unidas.

 

Abrazados al Estado

 

En paralelo, la inmensa mayoría de los gobiernos del mundo habían invertido a escala con sus posibilidades en políticas sociales, de salud y de sostén económico productivo, convirtiendo al Estado en el motor global de contención sociosanitaria tan formidable como el de reparación de daños de cualquier conflicto armado global.

 

Al comienzo del desastre, que ya provocó peores efectos que cualquier otro en un siglo, las advertencias recordaban que se necesitaban años para desarrollar una vacuna. Después de 10 meses, comenzó la vacunación en los países que ya cuentan con las primeras dosis.

 

Si de una crisis se sale a escala de cómo se entró, la pandemia mostró la desigualdad en el mundo, entre continentes, dentro de cada uno de ellos, entre diferentes zonas de cada país, en los distintos sectores sociales, entre grupos de privilegio y sectores vulnerabilizados… A Latinoamérica y el Caribe le tocó enfrentar el vendaval de los virus en pleno terremoto neoliberal, con economías destruidas por los recortes impuestos por el Fondo Monetario Internacional (FMI), poblaciones pauperizadas, con deterioro alimentario y nutricional, desocupación y mala salud, con el agregado de un endeudamiento externo impuesto, con fugas de divisas, que les roba la riqueza que producen y los acorrala hasta el desmayo con las exigencias del pago de cuotas anuales que les quitan recursos a la salud, la educación, la producción, la seguridad.

 

A la hora de los problemas, una vez más, “el mercado”, es decir las corporaciones económicas, abandonaron, y el Estado se paró en el centro de la cancha y, sobre todo, de las inversiones. Decenas de miles de millones debieron destinarse a sostener el sistema sanitario, el aparato productivo y las vidas de los sectores vulnerabilizados, desde la alimentación hasta la educación, desde sus trabajos precarios hasta el techo de los sin techo, Lo mismo sucedió a la hora de desarrollar el proceso de producción de las vacunas.

 

En Europa, el envión inicial fue de 13.900 millones de euros, de los cuales el 62% fue aportado por los gobiernos, el 13,5% por organizaciones sin fines de lucro y solo el 24% por los propios laboratorios que se enriquecerán a la hora de la comercialización del producto.

 

 

El terraplanismo y la abuela que parió

 

En medio de esa pelea desigual, el mundo y el país se encontraron con opositores a… la defensa de la salud. Bolsonaro, Trump, Johnson… fueron los apellidos del dislate internacional.

 

En el caso argentino las corporaciones económicas, su sistema de medios de propaganda encabezado por los grupos de medios de mayor peso en la agenda desinformativa y, básicamente, los sectores partidarios que formaron parte de la alianza que manejó el país entre el 10 de diciembre de 2015 y 2019, gerenciada por CEO de uno de aquellos conglomerados empresariales (Sociedad Macri SA - SOCMA).

 

De la descalificación de la “cuarentena”, única herramienta capaz de disminuir la velocidad del contagio en un país con el sistema de salud destruido por ellos y al que dejaron hasta sin “curitas”, pasaron a bombardear el proceso vacunatorio.

 

Los mismos actores del negacionismo del genocidio ejecutado por la última dictadura cívico militar, con idéntica ceguera, interesada y terraplanística, boicotearon una y otra vez las medidas que fueron adoptando los gobiernos de la Nación, la Provincia y la ciudad de Buenos Aires. Al final, el hilo se cortó por lo más macrista: Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de la administración capitalina, se arrodilló ante los halcones de su partido, impulsó el levantamiento de parte las restricciones a la movilidad y el contagio avanzó con mucha más velocidad.

 

Lo que viene, lo que viene…

 

El Gobierno Argentino desarrolló un “Plan Estratégico para la vacunación contra la COVID-19”, con el propósito de disminuir la morbi-mortalidad, junto con el “impacto socio-económico” que ocasiona la COVID-19. Apunta a vacunar al 100% de la población definida como “objetivo”, en función de un orden de prioridad de riesgo, que se irá cruzando con la disponibilidad de vacunas.

 

La empresa, es para titanes, abarca una población de entre 23 y 24 millones de personas, escalonada en función de criterios de “riesgo por exposición y función estratégica”, ante posibilidad de “enfermedad grave” y teniendo en cuenta “criterios de vulnerabilidad” que incluyen habitantes de barrios populares, personas en situación de calle, pueblos originarios, personas privadas de libertad, migrantes y docentes. Los 763 mil trabajadores y trabajadores de la salud son la prioridad absoluta por ser quienes están en la primera línea de contención del virus; de hecho al momento de publicar esta nota ya comenzó su vacunación con las 300.000 dosis de Sputnik V que llegaron el 24 de diciembre pasado y la Argentina se convirtió en uno de los primeros 30 países del mundo en hacerlo. El escalón más numeroso será el de las personas mayores de 60 años (7.279.499) con prioridad para quienes superen los 70 y/o estén institucionalizados.

 

A la fecha se encuentran en desarrollo más de 260 vacunas contra la COVID-19, se

basan en distintas “plataformas” tecnológicas: desde las tradicionales, desarrolladas en base a virus vivos y atenuados o inactivados; las basadas en “vectores virales” seguros, incompetentes para la replicar la enfermedad que se busca combatir y de baja toxicidad y que pueden o no multiplicarse; hasta las técnicas innovadoras que utilizan “ácidos nucleicos”, portadores de información genética (ADN y ARNm).

 

Fuente: Organización Mundial de la Salud (Actualización del 2 de diciembre de 2020).

Disponible en: https://www.who.int/publications/m/item/draft-landscape-of-covid-19-cand...

 

Sin embargo, la discusión no pasa por los métodos y sus plataformas; ni siquiera por la complejidad de las cadenas de frío.

 

Geopolítica de una solución

 

El 4 de octubre de 1957, la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) logró poner en órbita terrestre al Sputnik 1, primer satélite artificial de la Historia. La potencia comunista coronó su instalación en la carrera espacial cuando el 12 de abril de 1961 su cosmonauta Yuri Gagarin completó una órbita de la Tierra a bordo de la cápsula Vostok 1.


Sesenta y tres años después, la Federación Rusa usa el nombre de aquella primera cápsula espacial y le agrega la “V” de “vaktsina” (вакцина) , forma occidentalizada de escribir vacuna en ruso, idioma predominante en su territorio. Fue su mensaje al mundo de que se ponía a la cabeza de la fabricación de una de las herramientas para combatir al coronavirus.

 

Con el formato de su “Nueva Ruta de la Seda”, que asocia sus intereses estratégicos con las posibilidades y necesidades de países de todos los continentes, la República Popular China encontró en la producción a gran escala de sus vacunas, una nueva herramienta de beneficio compartido y abrió su camino, ahora, hacia lo que explícitamente ya denominan “ruta de la seda de la salud”. Una decisión definida por el presidente Xi Jinping como una «contribución del país para garantizar la accesibilidad y asequibilidad de la vacuna en los países en desarrollo» a partir de convertir a su vacuna contra en un «bien público mundial».

 

La Organización Mundial de la Salud presentó en octubre la Iniciativa global COVAX, para garantizar la distribución rápida y equitativa de las vacunas a países ricos y pobres. China abrazó la causa de inmediato, los Estados Unidos de Donald Trump rechazaron el esfuerzo, dejaron un vacío de liderazgo que, de inmediato, empezó a llenarse desde Beijing.

 

La potencia oriental tiene en desarrollo cuatro vacunas a través de los laboratorios Sinopharm y Sinovac. Todas ellas son más fáciles de transportar y almacenar que los productos de sus “rivales” occidentales, ya que sólo requieren temperatura de -2 a -8 grados centígrados, frente al intenso frío que necesitan las de Pfizer o Moderna, además de las diferencias de sus costos.

 

Economía de un negocio