La crisis de la política y la sociedad de los extremos

22/10/2020
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Imagen: Jéssica Veleda Quevedo
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La crisis de la política (https://bit.ly/2OdSmBL) –que es parte del colapso civilizatorio contemporáneo (https://bit.ly/3mY2sXo)– marcha a la par de la lapidación de la palabra en tanto fundamento para crear ideas, argumentos, proyectos de sociedad, alternativas y utopías. Es la claudicación de las ideologías y, a su vez, la entronización de la exaltación de las emociones en la vida pública. La incapacidad para imaginar el futuro y para esbozar algo más que paliativos ante los lacerantes problemas públicos es una sombra que se cierne sobre las mentes y acciones de las élites políticas e intelectuales, de tal manera que las deliberaciones públicas no son en torno a ideas y proyectos de nación, sino que se impone en esos remedos de debate la visceralidad, la pulsión, el insulto, la difamación, la provocación, la amenaza, el odio y el ninguneo de “el otro”.

 

Esta orfandad ideológica se corresponde con el vaciamiento del Estado y la trivialización de lo público. No menos importante es la crisis de legitimidad que signa a las élites políticas y el síndrome de la desconfianza endilgado por los ciudadanos ante la desilusión y el desencanto, en lo que sería una era signada por el malestar en la política y con la política (https://bit.ly/2ZKkZgg). Entonces, la pérdida de sentido en la política erige a la polarización destructiva como práctica cotidiana y como guía de los posicionamientos de los actores socioeconómicos y políticos.

 

La misma indiferencia, el individualismo hedonista y el social-conformismo de los ciudadanos, abre paso –de manera irrestricta– a esta polarización visceral, que aumenta a medida que se hace presente el anonimato en la plaza pública digital. El delirio posmoderno puede deambular a sus anchas en la autocomplacencia al convertirse la praxis política en una cultura del espectáculo anidado en el mercado digital del ciberleviatán. El político de profesión vive recluido en las redes sociodigitales y ausente o distante del espacio público y de sus problemáticas, suplantando con ello la formación de ciudadanía. La plaza pública digital como campo de la vida social es una especie de jungla carente de mínimas reglas de convivencia; una lucha de todos contra todos donde priva la obsesión por ganar seguidores en los perfiles, más no ciudadanos racionales. El circo suplanta a la civilidad, y el insulto hace lo propio con el argumento. Toda posibilidad de pedagogía política –la que construye cultura ciudadana– se diluye por la alcantarilla de lo efímero y del descrédito. Por su parte, la comentocracia no hace más que ensalzar esas actitudes insidiosas; al tiempo que perpetúa el desencanto ciudadano. Más que los referentes ideológicos y éticos, se impone la lucha sin escrúpulos del poder por el poder, y ello tiene como telón de fondo la despolitización de la sociedad.

 

El gran triunfo del fundamentalismo de mercado –del mal llamado neo-liberalismo– es directamente proporcional a la postración del Estado y al destierro de la praxis política y del pensamiento utópico. La cultura del escándalo atiza la atomización y la retracción acomodaticia del ciudadano sobre sí mismo; no solo desalienta la participación en los procesos institucionales, sino que decapita la movilización y la acción colectiva ciudadana, haciendo del individualismo un estilo de vida enraizado.

 

Sin el sojuzgamiento de la política sería impensable la utopía del mercado autorregulado y la apresurada proclamación de “el fin de la historia” (Francis Fukuyama, dixit). El mismo encubrimiento e invisibilización de los náufragos o víctimas de las estructuras de poder, riqueza y dominación atraviesa por hacer de la vida pública un espacio expuesto a la tergiversación semántica y al vaciamiento del sentido de la palabra y el pensamiento. Ante ello, el resquicio que tienen los ciudadanos y las élites políticas para posicionarse en dicho espacio es la diatriba, el resentimiento, el ninguneo y la trivialización respecto a aquel que tiene creencias, dogmas e intereses creados diferentes.

 

Entonces, si la polarización de la vida pública es el signo de los tiempos lo que emerge –en medio de la pulsión– es una sociedad de los extremos donde las posturas se tornan irreconciliables en medio del prejuicio, la mentira y el rumor. Toda posibilidad de diálogo –particularmente de aquel con tintes críticos y constructivos– se diluye en el mar del ataque furibundo y amenazante alejado de todo argumento razonado y meditado.

 

La polarización es atizada con las dosis de crueldad, desprecio, clasismo, racismo y xenofobia que caracteriza a los discursos y, sobre todo, a las bufonerías que hacen de la política una (in)cultura del espectáculo. La hipocresía del lenguaje políticamente correcto deja paso a la barbarie. Y no es para menos, pues al sentirse amenazados los intereses creados, aflora el instinto que pretende denostar, crear dolor y subsumir a “el otro”. La finalidad consiste en infundir miedo, pánico, terror, ansiedad, angustia y, en último término, desplegar dispositivos de control sobre la mente, los cuerpos y la intimidad.

 

En medio de la crisis, sea de desigualdad, económica, migratoria o epidemiológica, la propensión al odio aflora y fragmenta a las sociedades. Obnubilados los individuos con su singularidad, toman distancia de otros que son percibidos como distintos y distantes. Esa distancia deriva en indiferencia y en violencia a su vez.

 

Nociones como pueblo, cultura del esfuerzo, destino manifiesto, libertad individual, entre otras, denotan superioridad de unos sobre otros y, por tanto, exclusión social. Y en nombre de ello se despliegan atrocidades que rayan en la violencia física o verbal, y que posicionan un nosotros y un ellos. Las mismas categorías de atrasados, pre-modernos, subdesarrollados, perdedores o vencidos, conforman ese mosaico de palabras que le brindan un dicotómico telón de fondo histórico a esta sociedad de los extremos.

 

Sin la luz de la información veraz y sustentada, la era de la post-verdad posiciona a las sociedades en la ignorancia tecnologizada (https://bit.ly/2BMr039) y el ciberleviatán se convierte en el único refugio ante la tempestad y el naufragio. Vaciada de referentes, las sociedades no solo evidencian la ausencia de pensamiento crítico en el ciudadano de a píe asediado con la desinfodemia (https://bit.ly/2YrkO8U), sino que las mismas élites políticas y empresariales son presas de esa orfandad informativa, e incluso el mismo Estado y sus funcionarios son generadores de esas mentiras o noticias falsas (fake news). Esto es evidente hoy día en medio de la crisis epidemiológica global y de la construcción mediática del coronavirus (https://bit.ly/2VOOQSu). Esto es, los Estados marchan al ritmo de la industria mediática de la mentira, haciendo del miedo la principal divisa en el reforzamiento de las estructuras de poder y en la expansión de las relaciones de dominación. La nueva modalidad de Estado –el Estado sanitizante e higienista (https://bit.ly/3lBM9hE)– es una expresión más del Estado hobbesiano que defiende a los súbditos del miedo a la muerte, y al creer en la existencia de ese peligro, entonces se prefigura un “enemigo” a vencer. En este caso, el Covid-19 y el ciudadano común, sospechoso de contagio.

 

De cara a la ausencia de respuestas acabadas y de certezas, las mismas ideologías conspiranoicas (https://bit.ly/36d82iJ) abonan a esta sociedad de los extremos, y lo hacen a partir del maniqueísmo y la victimización. En este juego, la palabra no es un mecanismo para la construcción de significaciones, sino que se posiciona como dispositivo para la distorsión de la realidad y de la génesis de los problemas públicos.

 

Esta sociedad de los extremos se observa lo mismo en los Estados Unidos desde el 2015 y en el actual proceso electoral, que en el México del 2006 (“López Obrador es un peligro para México”) y del 2020 (“pueblo bueno” y “morenacos” versus conservadores, fifis y Frente Nacional Anti-AMLO), entre otras expresiones observadas lo mismo en Brasil, Argentina, Venezuela, Bolivia, España, Francia, etcétera. Sin embargo, la misma orfandad ideológica de estas posturas afianza el hecho de que se trata de una aparente polarización, pues quienes se confrontan son más movidos por el afán de acceder y perpetuarse en el poder para hacer valer sus intereses facciosos, más que por disputar una transformación alternativa y radical de la sociedad contemporánea y de su patrón de acumulación desigual y excluyente. Las diferencias, en el fondo, son de matices y, a lo sumo, de distintas visiones en torno a la gestión y expansión del capitalismo.

 

Salir de este círculo vicioso amerita vertebrar proyectos políticos que coloquen en el centro la expansión de la cultura ciudadana, así como ir más allá de la ideología falaz de la democratización representativa. Sin información confiable y fundamentada, el camino de las sociedades no será terso, y menos lo será cuando esa misma polarización amenaza con llevarnos al naufragio y a un escenario de posturas irreconciliables y movidas por el odio. Si la emociones no son subsumidas por el razonamiento, las sociedades corren el riesgo de incurrir en un maremágnum de confrontaciones donde los más afectados serían los estratos desposeídos tomados como carne de cañón por aquellas élites políticas y empresariales que defienden sus interés facciosos. Solo la cultura política, el pensamiento crítico y la erradicación de la racionalidad tecnocrática alejarán a las colectividades de esos riesgos.

 

Isaac Enríquez Pérez

Investigador, escritor y autor del libro La gran reclusión y los

vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos.

Twitter: @isaacepunam

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/209443
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