La construcción mediática del coronavirus y los intereses creados detrás de la gran reclusión

23/06/2020
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“Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora

es el momento de comprender más para temer menos”

(Marie Curie).

 

En principio y como lo señalamos en otros espacios, más allá de conspiranoias encubridoras, existe un virus. Específicamente, un coronavirus llamado SARS-CoV-2 que no fue inventado en un laboratorio –si creemos esto tendríamos que asumir también la posibilidades de que lo implantaron extraterrestres–, sino que al ser alojado en el organismo humano, produce una enfermedad llamada Covid-19. Oficialmente, ante ello se decretaron confinamientos que aislaron a alrededor de 6000 millones de seres humanos, como medida preventiva para detener el contagio del nuevo mal.

 

Lo anterior no es ninguna sorpresa: los seres humanos vivimos inmersos en virus y bacterias como parte de la contradictoria relación sociedad/naturaleza. Esos patógenos son consustanciales en los procesos de adaptación, co-evolución y de los equilibrios de los ecosistemas. De ahí que la actual crisis epidemiológica global está estrechamente relacionada con el colapso climático. Cuando esos virus y bacterias ven diezmadas las barreras que les separan de los humanos, provocaron –a lo largo de la historia de la humanidad– enfermedades contagiosas, y se reaccionó ante ello a través del aislamiento físico de los individuos y familias. Lo contrario, significa mayor muerte, desolación y dolor humano. Hasta allí, nada nuevo bajo el sol pandémico de los últimos meses.

 

Lo inédito en el primer semestre del año 2020 es el cambio de ciclo histórico inducido (https://bit.ly/3fULDsl), que se compagina con –y es antecedido por– la crisis estructural del capitalismo que nutre lo que podríamos llamar una crisis sistémica ecosocietal. También señalamos que la declarada pandemia protagonizada por el SARS-CoV-2 es un hecho social total, que cimbra los fundamentos de las instituciones, estructuras y relaciones del conjunto de la sociedad. Sin embargo, como tal no es fruto de la generación espontánea, ni responde a la lógica propia de las calamidades y eventos catastróficos naturales. Responde, más bien, a decisiones y acciones sociales concretas que le dan forma a los acontecimientos. Esto es, existen fuerzas, agentes, actores y poderes fácticos concretos que tomaron esas decisiones e indujeron no sólo una gran reclusión, sino el agravamiento del colapso mismo de la economía mundial.

 

El apocalipsis mediático (https://bit.ly/3esaRhl) y la desinfodemia (https://bit.ly/2YrkO8U) sembrados desde la industria mediática de la mentira, presentan a la actual crisis sanitaria como algo natural; como un accidente que se atravesó en el ascenso progresivo, meteórico e ilimitado de la humanidad (una crisis transitoria, declararían, con desatino, algunos gobernantes). Sin embargo, esta magnificación mediática del virus no fue obra de la casualidad; sino resultado de intereses creados que perfilan decisiones concretas en torno a una excusa –más que a una causa profunda– que perfila la reestructuración de la economía mundial. En este escenario, buena parte de los Estados –en primer lugar, pero no solo ellos– se erigen en generadores de noticias falsas y conforman una narrativa fundamentada en el síndrome de la desconfianza, el miedo, el pánico y la manipulación emocional. Ello se complementa con la postración de estos Estados (https://bit.ly/2Z3YYre) y la ineficaz operatividad en sus reacciones ante la irradiación global del virus.

 

Entre esa magnificación mediática, se arguye sin responsabilidad alguna y con una narrativa bélica que el coronavirus es un “enemigo común” y que –como tal– detonó la crisis de la economía mundial. Entonces, bajo el imperativo de “salvar vidas”, esbozado por el nuevo Estado sanitizante de excepción, se justifica el parón de las economías nacionales y la gran reclusión.

 

Sin embargo, es necesario mostrar indicios de un mínimo análisis sociológico para comprender la correlación de fuerzas que está detrás de las decisiones tomadas en torno a la magnificación mediática de la pandemia, el parón de amplios segmentos de la economía mundial, los confinamientos y la apertura de un nuevo ciclo histórico a partir de esta coyuntura.

 

En principio, es necesario reconocer que los mercados son finitos y que la fase expansiva e integradora del capitalismo llegó a su fin con la incorporación –a partir de 1991– de las áreas de influencia de la antigua Unión Soviética, en lo que fue un nuevo proceso de acumulación originaria del capital tras el desmonte del modo de producción estatista con economías centralmente planificadas. Cumplido este proceso y agotados los territorios para la expansión irrestricta de la acumulación del capital, los últimos resquicios que le restan al capitalismo para mantener a flote su modelo de crecimiento económico ilimitado regido por el consumismo y la obsolescencia tecnológica programada, es el de las tecnologías de las llamadas energías alternativas en el marco de un Green New Deal y del control privado de los recursos naturales.     

 

A su vez, las élites plutocráticas despliegan –durante el último lustro– una lucha desenfrenada y sin cuartel por la defensa de dos concepciones y modelos contrapuestos de capitalismo. Por un lado, los acaudalados grupos bancario/financieros globales que –a través del proceso de financiarización de la economía mundial– condujeron el dislocamiento de las actividades especulativas respecto a la fase de producción. Nos referimos a grandes bancos, fondos de inversión, aseguradoras y agencias financieras y calificadores, que aprovechan la globalización y los flujos irrestrictos de capital para afianzar un patrón de acumulación rentista, informacional, ficticio/especulativo y parasitario, En estos grupos financieros globales sobresalen nombres como Goldman Sachs, Citigroup, Bank of America, Wells Fargo, Black Rock (fondo de inversión que hacia el 2019 administró 6960 billones de dólares), Vanguard Group (con 5600 billones de dólares), Charles Schwab (3360 billones de dólares), JP Morgan Chase (2780 billones de dólares), y State Street Global Advisors (2700 billones de dólares).

 

Estos y otros bancos y fondos de inversión –que pueden llegar a manejar hasta 4 cuatrillones de dólares–, a su vez, son aliados del complejo militar/industrial de los Estados Unidos, del llamado Deep State (Estado profundo) de esta nación, de los contratistas del Pentágono, los corporativos de la economía informacional (Facebook, Amazon, Twitter, Microsoft, Apple, Google, etc.), del Big Oil, del Big Pharma –con sus tentáculos en la Organización Mundial de la Salud (OMS)– y de los grandes mass media (CNN, CNBC, The New York Times, The Washington Post). El Foro Económico Mundial de Davos, George Soros, Bill Gates, la Comisión Trilateral, la Familia Rockefeller y sus fundaciones filantrópicas, son solo algunos de los rostros visibles de estos grupos.

 

Más aún, la llamada Alianza Democrática, creada en el 2005, y relacionada con la dinastía Clinton, atrae a caras visibles como el mismo George Soros, Pete Lewis y Rob Stein (antiguo alto funcionario del gobierno de Bill Clinton), así como a los intereses corporativos del complejo comunicacional, cinematográfico y tecnocientífico. Anclados al dogma del libre mercado y a ideales progresistas, financian movimientos sociales, grupos de desestabilización política, y organizaciones no gubernamentales que reivindican causas feministas, homosexuales, ambientalistas, pro derechos humanos, pro derecho a la información, etc. Bajo la premisa –estipulada en los libros escritos por Soros– de que el caos y las crisis son la mejor oportunidad para generar mayores ganancias, promueven la noción –tras asumir una ideología de más mercado, menos Estado– de un gobierno global a través de las finanzas.   

 

Por otra parte, despunta un grupo industrialista y regido por el nacionalismo económico, que si bien perdió protagonismo en las últimas cuatro décadas, su poder económico y político se mantiene latente. El rostro visible es el grupo ultraconservador, supremacista y compacto que se nuclea en torno a Donald J. Trump, y que proclama los lemas de “Make america great again” y “America first”. Este grupo, a su vez, tiene el respaldo de las viejas aristocracias europeas, el Vaticano, y los agentes financieros de Hong Kong, Singapur y de la City de Londres. Con la red Koch como principal financista, y que cohesiona a Koch Industries Inc. y a múltiples empresarios del petróleo y la minería. Apuntalada esta plutocracia a través de las alianzas estratégicas con las élites políticas chinas y rusas. En última instancia, el objetivo del movimiento político cuya imagen visible es Trump consiste en la erosión sistemática y la destrucción definitiva de los Acuerdos de Bretton Woods –y de sus organizaciones emblemáticas: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial–, así como del patrón de acumulación regido por modelo petro/dólar.

 

Como esta lucha plutocrática no es viable dirimirla a través de una guerra nuclear que podría comprometer la misma existencia y estabilidad de estas élites, las disputas se presentan en el ámbito mediático o entre las facciones con las cuales están aliados estos grupos antagónicos en múltiples naciones.

 

La finalidad de las élites y plutocracias financieras y de sus fundaciones filantrópicas (Open Society Foundations, Bill & Melinda Gates Foundation, The Rockefeller Foundation) es el control y reducción del crecimiento poblacional, la (re)concentración de la riqueza, la quiebra masiva de la economía real, el hiper-desempleo, y la exacerbación de la desigualdad social. Estas tres últimas se perfilan como alternativas para desprestigiar a Donald Trump ante sus bases electorales y socavar el poder de la élite nacionalista que pretende desmantelar al viejo establishment político de Washington. Si para ello es necesario propiciar las condiciones y la percepción para un confinamiento masivo, se echa mano de la magnificación mediática y de la mentira en aras de sobredimensionar los riesgos de un virus. Incluso, si el dispositivo de poder del coronavirus, no funciona para defenestrar al señor Trump, la plutocracia financiera global ahora financia los movimientos contra el racismo que incendian Estados Unidos, con la finalidad de desestabilizar al gobierno de Trump y ponerlo contra las cuerdas en aras de evitar su reelección en noviembre próximo. Como no funcionó el expediente del juicio político contra el mandatario estadounidense, se recurrió a la pandemia y a las protestas financiadas.   

 

En el caso de la crisis epidemiológica global, que ya cruza lo que va del año 2020, la declarada pandemia del COVID-19 se configura como un dispositivo de poder y dominación a través de la mentira mediática y los consensos que ello genera.     

 

¿Cómo funciona la manufactura del apocalipsis mediático relacionado con la proclamada pandemia? La clave en esta lucha entre élites plutocráticas pasa por el control de los mass media convencionales. A través de ese control, no solo se ataca permanentemente al señor Trump, sino que desde ellos y sus correas de transmisión al interior de las naciones alineadas, se despliega un poder sobre los jefes de Estado y de gobierno, con el fin de abonar a acatar los lineamientos en torno al manejo de las distintas crisis mundiales. Lo contrario, supone que con estos medios se les puede destruir en su carrera política y credibilidad. Entonces, esas alianzas entre las élites bancario/financieras globales y las élites políticas nacionales pueden ser por convencimiento y consentimiento mutuo, pero también a través de apoyos de distinto tipo, sobornos e, incluso, chantajes, sometimientos y desprestigios mediáticos.

 

Estos mass media y los gobiernos alineados reproducen un discurso bélico fundamentado en el miedo, el pánico y la manipulación emocional a partir del posible riesgo ante la enfermedad y la pérdida de la vida. Pero no solo estos poderes fácticos lo hacen: la misma OMS con 118 000 casos en 114 países, y con 4291 personas que perdieron la vida al 11 de marzo (https://bit.ly/2BvGBDG), declararon son celeridad y sin suficiente fundamento como pandemia a esta enfermedad del Covid-19.

 

Entonces se crean las condiciones emocionales a partir de la idea –repetida hasta la saciedad– de que existe un patógeno maligno e infeccioso que se contagia por la cercanía y el contacto físico; que goza de ubicuidad al posar en objetos y superficies; que aún infectados, los individuos se enfermarán de manera asintomática, y que –pese a ello– serán un foco de infección para otros. Difundido así, es para paralizar el cuerpo y la mente de cualquiera, hasta ser presa del miedo y el pánico. Esta narrativa mediática, se convierte en un insumo perfecto para controlar sensaciones, pensamientos, comportamientos y hábitos, pese a que la letalidad del Covid-19 es del 1%.

 

A partir de lo anterior y asumiendo los dispositivos de la era del capitalismo de vigilancia (noción introducida por Shoshana Zuboff), se crearon las múltiples condiciones para el confinamiento y su simultaneidad, en lo que podría ser un ejercicio masivo y global en tiempo real. Y éste ejercicio se emplea como justificación del colapso económico y del desempleo masivo. Entonces, la gran reclusión se emplea con el objetivo oculto de emprender transformaciones radicales de la economía mundial, y, sobre todo, en el campo laboral.

 

Sin embargo, cuando la mentira se impone como racionalidad, lo que se encubre es el hecho de que el confinamiento global ni el parón de amplios segmentos de las economías nacionales representan soluciones viables ni estrategias efectivas ante la crisis epidemiológica. Por el contrario, los perjuicios –desempleo, aumento de la pobreza, mayor desigualdad, probables hambrunas, enfermedades mentales– gestados con la gran reclusión serán mayores que los efectos negativos infligidos en la salud humana por el coronavirus SARS-CoV-2.

 

Entonces, lo que se perfila con estas decisiones es la quiebra premeditada e inducida de la economía mundial con miras a reestructurar el paradigma tecnológico y a transitar a una sociedad de los prescindibles donde las principales víctimas serán –ya lo son– las clases trabajadores (tan solo en los Estados Unidos se registraron, al 18 de junio, 45,7 millones de desempleados). Lo que también se disputa en este proceso es la reafirmación o no del patrón energético y extractivista, opuesto al patrón de acumulación de las llamadas energías limpias, de la robotización y la inteligencia artificial. De ahí que el Foro Económico Mundial, desde principios de junio, hable de una estrategia denominada the great resert del capitalismo (https://bit.ly/2YqyFMN), con miras a reestructurar la educación, las relaciones laborales y los contratos sociales.

 

Este proceso a gran escala de monopolización extrema de la economía mundial y de reconcentración del capital y la riqueza, supone –además de lo que podemos denominar como consenso pandémico– un avasallamiento sistemático de la fuerza de trabajo, con la consustancial precarización de las clases medias y en condición de pobreza, a través de la destrucción de empleos, Lo que también supone una destrucción de las clases medias. Si los Estados Unidos se acercan a los 50 millones de desempleados, serán, en realidad, 200 millones de seres humanos (a razón de cuatro miembros por familia) los que se precipitarán en una situación de pauperización social.

 

La masiva transferencia de recursos públicos a manos privadas bajo el pretexto de evitar la quiebra de empresas y el despido de trabajadores, adquiere sentido con la pandemia como gran excusa manipulada. Hacia el 2016, ya se perfilaba la necesaria recapitalización de buena cantidad de bancos italianos (https://bit.ly/3fUMqcN) amenazados, entonces, por la quiebra. Con la crisis sanitaria –de la cual Italia es uno de los epicentros–, las cuantiosas deudas de 114 bancos quebrados serán condonadas o desgravadas. En ello radica la fragmentación de la Unión Europea respecto a los rescates que se pretenden para los países del sur del continente. 

 

Este cambio de ciclo histórico (https://bit.ly/2YpCNgd), en el contexto de la crisis sanitaria está en función de una sofisticada operación y de decisiones perfectamente meditadas por los poderes fácticos. De ahí que los escenarios y acontecimientos desplegados en los últimos meses no son casuales, accidentales, espontáneos o sujetos a una calamidad sobrenatural.

 

Para esta industria mediática de la mentira, que explota la veta del pánico y la vulnerabilidad humana, el efecto negativo indeseado o el daño colateral socioeconómico de la pandemia es el hiper-desempleo, la pobreza, la muerte, la vulnerabilidad, la angustia y la ansiedad. Entonces –como se trata de pasar la factura de esta inducida quiebra de la economía mundial–, esta plutocracia bancario/financiera y sus fundaciones filantrópicas abogan por postergar el confinamiento global y la reactivación de las actividades económicas. De ahí la presión mediática y médica para alargar la gran reclusión y continuar con la suspensión de la vida económica y el distanciamiento social atomizador.

 

Es muy probable que ello sea lo que explique las reticencias de gobiernos conservadores como el de Donald Trump y Jair Bolsonaro a mantener el encierro y el parón económico. O la dosificación que hace el gobierno mexicano del confinamiento, sin forzarlo ni estipularlo como obligatorio, en un escenario dramático que sitúa a alrededor del 60 % de la población en la economía informal. Es evidente la displicencia del gobierno mexicano ante un problema sanitario mediáticamente magnificado; y ello se evidencia con su llamado al retorno en múltiples actividades económicas. Es muy probable que algo sepan estos gobernantes en torno a las luchas que están detrás de la declarada pandemia.

 

Más aún, en un informe oficial (https://bit.ly/3dnUEIr) encargado por el Ministerio del Interior del gobierno alemán a expertos en diversos temas (desconocido por dicha agencia pública y que vio la luz a través de las filtraciones a la prensa), se concluyó que la peligrosidad y letalidad de la enfermedad Covid-19 fue sobreestimada; al tiempo que en dicho informe de le categorizó como una “falsa alarma global”. El documento indica que en el mundo las muertes por Covid-19 (250 mil hacia principios de mayo) está dentro de los parámetros normales cuando los cuerpos de personas ancianas y débiles en su salud, se exponen a la gran cantidad de virus que les rodean. Esa cifra –indica el informe– está por debajo del millón y medio de muertes por la ola de de gripe o influenza suscitada entre 2017 y 2018. De igual manera, se denunció que alrededor de 52000 cirugías para el tratamiento de distintos tipos de cáncer fueron aplazadas en Alemania (https://bit.ly/31475Xz) por privilegiar la atención al Covid-19. Los riesgos por esta decisión serán evidentes dentro de poco tiempo

 

El otro gran tema es el relativo a los indicios que apuntan a que en países europeos como Italia, España, Francia y otros, las poblaciones de ancianos y sus residencias o asilos padecieron negligencia y abandono durante los primeros meses de la pandemia (https://cnn.it/3dnUMaT y https://bit.ly/312HiPw), aumentado con ello su vulnerabilidad y el riesgo de muerte ante el virus.

 

Por último, pero no al último, es de destacar la importancia del análisis que enfatice en los poderes fácticos que están detrás de toda decisión pública. Al margen de las interpretaciones mediáticas y de las noticias falsas (fake news) que le dan forma a la era de la post-verdad, lo relevante es que las sociedades se acerquen a información confiable que ayude a romper con el miedo, el pánico y el consenso pandémico, que serán más nocivos que el mismo coronavirus. Lo que también está en juego es el tipo de cultura política que construyen para sí los pueblos; en tanto antídoto de cara a los intereses creados de quienes controlan las decisiones en el capitalismo contemporáneo.

 

Isaac Enríquez Pérez

Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Twitter: @isaacepunam

 

 

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/207436
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