Qué pasará después

19/04/2020
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El debate sobre cómo puede ser el día después ya está abierto. Aún cuando las posiciones son unas cuantas, puede decirse que en general destacan dos, colocadas en los dos extremos. Una nos asegura un futuro muy negativo, desastroso para la sociedad mundial en la medida en que se está perfilando un autoritarismo global que recortará libertades y nos someterá a un control individual y colectivo propio de la novela 1984 de Orwell.

 

Sin decir que esta epidemia ha sido fabricada por las elites interesadas en ese nuevo orden mundial concebido como una gran dictadura, quienes defienden que el futuro será oscuro, antidemocrático, nos dicen que esta crisis enorme será aprovechada por un neoliberalismo de guerra.

 

La otra posición, considera que es el neoliberalismo que ha mostrado su fracaso, poniendo al borde del precipicio la continuidad de sus políticas que nos han llevado al desastre. Desde esta posición se valora las solidaridades como respuesta, la conciencia de comunidad que se ha ido creando y la extensión de una defensa de lo público, del común, especialmente de la sanidad, como nunca antes. De este modo la crisis sanitaria es una oportunidad para avanzar en la creación de un mundo nuevo.

 

En mi humilde opinión hay una tercera posición apasionante que nos sugiere que no hay nada predeterminado y que la resultante será la que se derive de una batalla de ideas y valores, pública, larga. Por muy difícil que pueda parecer me niego a creer que el neoliberalismo tendrá por delante una autopista para deslizarse fácilmente. Creo que es nuestra hora, la hora de las sociedades defendiendo la vida, todas las vidas. Una defensa de lo más preciado frente a la furia destructora de un capitalismo que no tiene límites en su codicia y se opone a una conciencia planetaria de la humanidad. Es por ello que es la hora de la comunidad.

 

Antes de seguir con lo que yo pienso, me permito retroceder unas líneas y volver a las dos posiciones defendidas por dos filósofos de altura.

 

Byung –Chul Han, filósofo surcoreano afirma que:  

 

  1. Tras la pandemia el capitalismo continuará con más fuerza

 

  1. Viene una era de regímenes autoritarios. El virus ha conseguido que la ciudadanía apruebe una mayor vigilancia digital y control político por parte del estado

 

  1. El virus ha logrado lo que el terrorismo no pudo conseguir: el estado de excepción pasará a ser la situación normal

 

  1. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte, cada uno se preocupa de su propia supervivencia

 

  1. El capitalismo no colapsará por un virus, sino por una revolución humana.

 

Slavoj Zizek, filósofo esloveno afirma que:

 

  1. La pandemia le ha dado un golpe mortal al capitalismo

 

  1. Se acerca una nueva época de “comunismo”, de comunidad, una cooperación global que pueda controlar y regular la economía

 

  1. El virus derribará el populismo nacionalista que busca cerrar fronteras y fomentará la cooperación mundial

 

  1. La globalización del mercado destruyó la capacidad de los países para fabricar respiradores y mascarillas (deslocalización)

 

  1. La solidaridad y la colaboración global no son un idealismo, sino un acto racional que es lo único que puede salvarnos.

 

A mi modo de ver una consecuencia derivada de la tesis de Byung –Chul Han es que puede dejar a la sociedad noqueada, desmovilizada, resignada, huérfana y bajo la suerte de un rumor paralizante. Yo más bien creo que el día después el mundo será peor o mejor según sea la respuesta de la ciudadanía mundial. Con respecto a la posición de Slavoj Zizek creo que es la música que me gusta oír, pero a la que le atribuyo un optimismo excesivo. En todo caso se trata de dos posiciones muy polarizadas a las que cabría matizar de acuerdo con la virtud aristotélica. Yo puedo decir que soy un pesimista de la razón y un optimista de la voluntad, con la particularidad de que muchas veces la razón práctica se decanta del lado de la voluntad.

 

En estos días una parte grande de la ciudadanía creo que ha entendido o puede entender mejor el que toda la humanidad navegamos en el mismo barco; que si actuamos como especie de manera solidaria tendremos oportunidades inéditas. La fortaleza de lo público y de un Estado social fuerte, democrático, (no policial) es garantía de vida. Habría que parar esta globalización y generar una conciencia crítica de especie que socialice los conocimientos y haga posible que países menos desarrollados accedan a la ciencia y la tecnología orientada a mejorar sus vidas. Una globalización cooperativa que nos ocupe en construir una sociedad de países respetuosa con el medio ambiente y el futuro del planeta.

 

Comprendo bien la postura de los pesimistas que auguran un futuro terrible. Pero esta posición parece anclarse en dos detalles que dudo bastante que se puedan cumplir: a) que los poderes interesados podrán imponerse con cierta facilidad sobre las poblaciones; b) que no habrá apenas resistencias desde abajo. No lo veo así. Lo miro desde la apertura de diferentes posibilidades. Si alguien cree que las potencias mundiales, tradicionales y emergentes, no van a salir fuertemente dañadas de la crisis, se equivoca.

 

Por lo demás no veo que este sea momento para lamentarnos por las esquinas, dicho sea con todo respeto, sino de pensar y dialogar cómo podremos aprovechar la crisis como oportunidad de una vida mejor. Vuelvo a decir que, con todo respeto a quienes piensan diferente, no me “interesa” quedarme pegado al pesimismo, a pesar de que soy plenamente consciente de que las tesis de Byung –Chul Han no son ninguna tontería. Pero prefiero gastar mis energías en algo positivo.  

 

Del lado de la sociedad mundial y de las organizaciones y movimientos sociales hay mucho que decir. La lucha internacional por Estados sociales fuertes y una nueva globalización basada en la cooperación tendrán en el cuidado de la vida, de todas las vidas, a su mejor aliado. Hemos visto las orejas al lobo y ahora sabemos que sin mercados regulados el futuro puede ser una catástrofe aún mayor. Una nueva sociedad con mercados –no de mercados- debe sujetar lo privado para que no se torne enemigo del común.  La regulación, junto a la defensa de lo público y universal, como la sanidad, pueden ser trincheras para rebeliones populares de notable entidad. ¿Qué pasara si el sistema sanitario norteamericano –inexistente- hace perder las elecciones a Trump y surge un nuevo presidente demócrata progresista? También esta posibilidad está abierta.

 

Pero nada irá bien sin respuestas desde abajo. Por eso más que nunca la inteligencia rebelde ha de ponerse al servicio de una unidad, desde la izquierda revolucionaria a la socialdemocracia, pasando por grupos y partidos progresistas. Las estrategias unilaterales de partidos no valen. Sólo el poder que da la unidad en torno a la comunidad y al bien común puede hacer frente con posibilidad de éxito a un neoliberalismo que demuestra ser una bomba de relojería.

 

Por cierto, este no es tiempo de proponer fórmulas tipo Foro Social Mundial. Ni hay condiciones para reunir a miles de personas y para viajar. Pero cabe construir una gran red de redes que abran reflexiones, debates y agendas de movilización en cada lugar. En mi País Vasco la Carta Social puede ser un buena plataforma para una agenda de lucha. Frente a los pseudo tecnócratas que han masacrado el proyecto europeo, podemos y debemos defender otra Europa social.

 

Pero es verdad que el día después no agota el debate. Hay otro referido a las teorías de la conspiración que merece algunas líneas.

 

Me declaro escéptico frente a las distintas teorías conspirativas que señalan a un culpable para explicar la pandemia, sea el gobierno de un país o un grupo de poder o terrorista, Sinceramente, las teorías conspirativas siempre han estado presentes en la historia ya que facilitan de manera simple y rápida una interpretación de algún hecho o acontecimiento que a la humanidad le cuesta entender. Inclinarse por la conspiración evita enfrentarte a una realidad que es compleja y azarosa y exige un grado de observación y análisis meticuloso.

 

La idea de conspiración, argumentada de acuerdo con la lógica puede convencer o hacer dudar, pero tiene el punto débil de que es reversible. Con el mismo nivel de inteligencia, no más, se pueden construir una variada colección de teorías que apuntan a países y a grupos de poder diferentes. Los bulos que circulan estos días no tienen en consideración que vivimos en un mundo peligroso donde armas mortíferas, nucleares, químicas y bacteriológicas están muy repartidas, y si uno ataca puede estar seguro que será atacado. Nadie se chupa el dedo.

 

Yo creo que la conspiración no se explica buscando quién la ha fabricado y extendido. La conspiración puede descubrirse analizando quien y quienes se aprovecharan de ella para fortalecer su poder en un nuevo orden mundial en el que, probablemente, los actores principales cambiaran de lugar. O sea es una conspiración post. Lo cierto es que vamos hacia territorios desconocidos y eso lo será para todos. Tanto que muchos dogmas de uno y otro signo quedarán arrinconados por nueva realidades y modos de pensar.

 

14 de abril de 2020

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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