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La industria humanitaria: Amnistía Internacional (I)

Opinión
14/03/2019
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Recuerdo haber oído una anécdota sobre una conocida política italiana de izquierdas, muy implicada con la invasión estadounidense de Afganistán, que escribió una misiva a una compañera, en la que destacaba los logros que la invasión de la OTAN había producido en temas de igualdad de género. Se refería concretamente a la imposición talibán que obligaba a la mujer a caminar varios pasos por detrás del hombre para no oír sus pasos que, gracias a la intervención militar occidental, había dado lugar a la situación inversa: ahora eran las mujeres las que iban por delante de los hombres, algo que esta política radical consideraba inequívocamente como un síntoma de que las cosas estaban cambiando decididamente a mejor en el país asiático. La respuesta de su compañera es lo que hoy llamaríamos un zas en toda la boca: si las mujeres marchaban ahora por delante de los hombres cuando caminaban, sobre todo en las zonas rurales, no tenía nada que ver con los derechos humanos, solo era ¡por si pisaban minas antipersona enterradas en los caminos!

 

Así son los efectos de las intervenciones militares norteamericanas, jamás traen nada bueno. Ni por equivocación. Es algo que es bien fácil de comprobar de manera empírica. Desgraciadamente, las invasiones protagonizadas por Estados Unidos han sido muchas en nuestra historia contemporánea como para poder inferir algunas conclusiones definitivas. Sin embargo, para Amnistía Internacional no habrán sido suficientes, ya que siguen defendiendo que, ocupaciones como las de Afganistán, sirven para traer prosperidad a los países invadidos.

 

«NATO: keep the progress going»

 

Ese era el lema de la campaña que Amnesty lanzó en EEUU en 2012, que demandaba a la OTAN que siguiera en la línea de mantener los progresos que estaban logrando en Afganistán. Toda una declaración de intenciones en favor de la injerencia, del imperialismo y del militarismo, impropias de una ONG de derechos humanos.

 

 

Con estas marquesinas, Amnesty International recibió el encuentro que la OTAN celebró en Chicago en 2012. Una labor de hoolligans de la guerra realmente impresentable.

 

Pero ¿qué podemos esperar de una organización absolutamente imbricada con el establishment norteamericano? En aquellas fechas, la directora ejecutiva de Amnistía era Suzanne Nossel, una experta en oenegés que había ejercido funciones de asesora en el Departamento de Estado con Hillary Clinton. A Nossel muchos le atribuyen el concepto de “smart power” o poder inteligente. Sea o no así, sí que se ha mostrado como una defensora pública de su aplicación en la política exterior norteamericana. En sus propias palabras, este es el significado de poder inteligente, según manifestó en una entrevista concedida al Consejo de Relaciones Exteriores norteamericano:

 

(el poder inteligente) es combinar el poder duro, la fuerza militar, la coerción con lo que se ha llamado poder blando; la diplomacia, el atractivo de la cultura estadounidense, su gente, los lazos económicos, y ver esos dos elementos no como alternativas en un sentido u otro, sino más bien como elementos complementarios y elementos del poder de los Estados Unidos que deben aplicarse en forma concertada. (…)

 

 

Creo que el texto lo dice todo, Suzanne Nossel es una ardiente defensora de los derechos humanos a bombazos al más puro estilo demócrata norteamericano, que el establisment situó en la cúpula de la principal ONG humanitaria del mundo.

 

Pero no es la única conexión entre Amnistía y la política exterior gubernamental norteamericana. El recientemente fallecido Zbigniev Brzezinski, miembro del equipo directivo de A.I. trabajó para el Departamento de Estado con Johnson de presidente, como Asesor de Seguridad Nacional con Carter y fue el poder en la sombra en temas de geopolítica bajo el gobierno de Obama.

 

Ahora, seguro que la campaña en favor de la OTAN de Amnesty ya no nos debería extrañar tanto ¿verdad? Como tampoco deberían hacerlo las acciones de la organización en contra de SiriaLibia e Irán, perfectamente coordinadas con el gobierno de Estados Unidos y con la práctica de la injerencia humanitaria que el imperio ha puesto en marcha durante los últimos años. Da la sensación de que Amnistía (y otras oenegés) preparan con sus informes y denuncias el camino a las acciones del poder duro, el poder militar norteamericano.

 

Los padres fundadores

 

Las dos personas que crearon Amnistía fueron Peter Benenson y Luis Kutner en Londres en 1961, junto con un pequeño grupo de abogados. ¿Quiénes eran estas almas tan altruistas y solidarias?

 

Peter James Henry Solomon, el nombre de pila original de Peter Benenson, nació en Londres en el seno de una familia judía. Hijo de militar, de filiación profundamente anticomunista, era una persona muy cercana al Ministerio de Asuntos Exteriores británico, el famoso Foreign Office y a la Oficina Colonial. Durante la II Guerra Mundial trabajó para la inteligencia militar de su graciosa majestad, de hecho, es muy probable que jamás dejara de hacerlo en toda su vida. En los primeros años de vida de la organización, los listados de defensores de derechos humanos en las colonias británicas fluían desde Amnistía al gobierno de la metrópoli con toda normalidad. Dos años después de su fundación, en 1963, el Foreign Office pidió en una circular apoyo «discreto» del gobierno a Amnistía para no dañar su credibilidad y exculpaba totalmente a la dirección de la ONG de las acciones que podrían cometer en su relación con ellos, «algunas de las cuales nos podrían avergonzar de vez en cuando». Todo muy edificante.

 

Pero eso no es todo, a su colega cofundador, el norteamericano Luis Kutner, premio Nobel de la Paz, se le relaciona con la delación al FBI del líder de los Panteras Negras de Illinois, Fred Hampton, que fue asesinado días más tarde en una operación de la policía de Chicago y el propio FBI. Dos angelitos…