Argentina: Vaca Muerta, de la salvación al infierno; la deuda y su pago imposible

11/02/2019
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Los hidrocarburos fósiles, que por millones de años se formaron en profundas entrañas del planeta, comenzaron a mostrar la decadencia de sus posibilidades de continuar siendo el alimento predilecto de las máquinas inventadas por los humanos en el último siglo.

 

Ante su progresivo agotamiento florecieron las experiencias destinadas a prolongar la vida de esta fuente de energía. Así fue cómo surgió la técnica del fracking para romper las rocas y sacar el petróleo que éstas guardaban en sus porosidades.

 

Para ello era necesario producir múltiples pequeñas explosiones para hacer estallar esas rocas y extraer el petróleo que tenían escondido. EEUU desde hace unos 10 años vio, en esta técnica, la posibilidad de evitar su dependencia de los países que eran los grandes proveedores de petróleo, uno de los puntos débiles de su hegemonía mundial. Ya veremos la situación actual de esas explotaciones.

 

Las reservas y explotación de Vaca Muerta (en la sureña provincia argentina de Neuquén) responden a esa lógica. Los gobernantes argentinos, cultores del principio “yo resuelvo mi problema, lo que venga después es problema de los que vengan después”, procedieron en consecuencia.

 

El macrismo lo viene presentando como una de sus grandes logros, al transformar a Argentina en exportadora de gas. El cristinismo no le fue a la zaga y reivindica su rol de padres de esa experiencia.   

 

En muchos casos las objeciones de las comunidades locales de pueblos originarios fueron desoídas. El hecho que varios países (Francia entre ellos) hubieran prohibido esas explotaciones tampoco fue considerado. La denuncia de especialistas que consideraron que sus efectos pueden más nocivos que la minería a cielo abierto, al vincular las formaciones de petróleo y de gas con acuíferos, tampoco se escucharon.

 

Las experiencias ocurridas en Holanda e Inglaterra; Ohio, Oklahoma y Arkansas, en el sentido que esa multitud de pequeñas explosiones generaban movimientos sísmicos y desplazamientos de placas geológicas, con terremotos de hasta 5,2 en la escala de Richter, tampoco tuvieron eco.

 

Recientemente los vecinos de Sauzal Bonito, en el área de Vaca Muerta, hicieron saber de su preocupación por los reiterados movimientos sísmicos (hasta tres por día) producidos en los últimos tres años. Los mayores, producidos entre octubre y noviembre 2018, dejaron como secuela “casas partidas con paredes que se rajan y que corren riesgo de caerse”.

 

El negocio es grande, los intereses son muchos. En lo inmediato permitiría arrimar dólares, por las exportaciones de gas. Lo demás… poco importa a los gobernantes.

 

Pero poco a poco, también van apareciendo las limitaciones económicas de ese vasto negocio. Para la economía argentina esos topes toman dos formas. Una de ellas -que ya apareció- es el subsidio para que las empresas inviertan en esa actividad. La otra es la corta vida y los costos de los pozos sometidos a este tipo de explotación.

 

Para asegurar las ganancias empresariales, el gobierno (Resolución 46/2017) garantizó a las empresas extractoras un precio y ganancias (hasta el 2021). El salto en el valor del dólar y los ajustes exigidos por el FMI hicieron imposible mantenerlo, en los montos acordados.

 

 A los valores actuales, solo para el gas, ese subsidio sería de 2.464 millones de dólares, cifra fabulosa, aunque mucho menor a la originalmente prevista y ahora demandada por las empresas.

 

La consecuencia es que está cayendo la producción de gas, las empresas amenazan con despidos; el sindicato petrolero (sin el aval de los gremios de la construcción y de camioneros) y las grandes empresas (encabezadas por Techint) aprietan al gobierno, demandando que se cumpla lo pactado. Amparados en el principio constitucional de la seguridad jurídica van a la justicia y el futuro es incierto.

 

La otra cuestión en danza es la propia viabilidad, a largo plazo, de las inversiones en el método fracking. Todo funciona, El caso argentino es una prueba más de que toda funciona -mientras llueva plata dulce (del Estado en Argentina o inversores privados en EEUU-, hasta que la caída se vuelve irreversible.

 

EEUU, a la cabeza mundial de la explotación petrolera –por el desarrollo del fracking-, parece haber iniciado la etapa descendente. La oportunidad del ataque a Venezuela, parece que tiene una de sus claves en ese tema y la necesidad estadounidense de contar con reservas a mano en un futuro no muy lejano.

 

Como ocurre con la soja y ahora con el fracking, un sospechoso y cómplice silencio social avala la irresponsabilidad de la dirigencia y permite esas políticas. En lugar de buscar alternativas, la comodidad aletarga las conciencias y permite que lo malo aparezca como necesario, en lugar de buscar un camino diferente.

 

Deuda: pago imposible, renegociación o default

 

Esta semana Argentina vivió un corto “veranito financiero”: un dólar tranquilo; los intereses –por las nubes- pero bajando; el “riesgo país” dando un respiro. Las grandes empresas que habían perdido el 50% de sus valores bursátiles, recuperaron, en estos días, cerca de un 20% de los mismos.

 

Al lado de esos datos, las informaciones internacionales nos refieren que es más fuerte la percepción que Mauricio Macri no tiene futuro, que los temores hacia una vuelta de Cristina Fernández de Kirchner a la presidencia.

 

En ese marco reaparece el tema de la deuda externa. Quedan pocas dudas que este tema es una de las formas más eficaces para garantizar nuestra dependencia respecto a los llamados países centrales.

 

Primero, crean las condiciones para endeudarnos. Luego establece las condiciones, a través de los “acuerdos” con el FMI, para subordinarnos a los poderes mundiales generando un sistema que nos ata al capital financiero internacional y las grandes potencias que les sirven de sede. Según la Secretaría de Hacienda, la deuda pública nacional -al 30 de setiembre pasado- era de 308.000 millones de dólares, el 50% de nuestro PBI y sus intereses representan el 18% del total de los ingresos fiscales.

 

El principal acreedor es el FMI: uno de cada tres dólares que Argentina paga por intereses se los debemos a ellos. El endeudamiento macrista (en tres años) es de 71 mil millones de dólares, 10 mil millones más que el período 1991/2001 y casi el doble de los 38 mil en cinco años del kichnerismo (2005/2015).

 

A no asustarse, porque la deuda de EEUU es del 110% de su PBI. Ah, claro … es la deuda de EEUU, patrón del sistema y país decisor dentro del FMI. 

 

Más allá de elucubraciones de laboratorio, la deuda –tal como está tomada- es imposible de pagar. Descartado ese camino quedan dos posibles vías para el próximo gobierno: renegociación o default.

 

Claro está que la eventual continuidad de Macri permitiría que siga algo parecido al actual recorrido, con algunas extensiones de plazos y más concesiones que seguramente implicarán mayores pérdidas de soberanía. Recordemos que se ha presentado en Tribunales una denuncia contra el Presidente por “traición a la patria”, por los compromisos asumidos respecto a los recursos naturales, como garantías por las deudas.

 

En realidad se trata de una renuncia a la inmunidad soberana del Estado, pactando la jurisdicción de los tribunales extranjeros, al igual que todos los gobiernos precedentes, desde la dictadura de 1976.

 

El camino más elegido por los economistas está en las perspectivas de refinanciación. Todos acuerdan que las condiciones de la misma estarán en directa relación con la fuerza y voluntad que tenga y exponga el próximo gobierno.

 

En cuanto al default es rechazado por estos mismos economistas por los dolores que le traería al pueblo. Aunque debemos recordar que los primeros y mejores años del crecimiento kirchnerista se dieron –justamente- en medio del no pago de la deuda y la afectación de esos recursos a otros destinos.

 

- Juan Guahán es analista político y dirigente social argentino, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

 

https://www.alainet.org/es/articulo/198071
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