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Tlatelolco, 50 años después

Opinión
10/10/2018
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Gabriel García Márquez refiere en su Vivir para contarla que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.” Con esa salvedad, procedo a contar mi historia.

 

Nací un 9 de marzo de 1965. El 8 de marzo, mi mamá entró en labor de parto, pero yo me resistía a abandonar su vientre. Pasaron las horas. La Doctora Vera, su ginecóloga, insistía una y otra vez con el consabido: “¡puje señora, puje!” Y nada. En la madrugada del 9 de marzo, la Doctora le hizo una advertencia a mi mamá: “señora, si sólo va a gritar y llorar y no puja, voy a tener que hacerle una cesárea.” Supongo que el temor a una cirugía tras la que la recuperación sería complicada, fue el factor decisivo para que aproximadamente a las 5 de la mañana yo llegara al mundo. “Es una niña muy flaca y muy larga” dijo la Doctora al recibirme. “Es blanca como la leche, demasiado blanca diría yo.”

 

 Cuando nací, mis padres, que vivían en San Pedro de los Pinos, en la calle de Patriotismo, se mudaron a la Jardín Balbuena. Mi mamá refiere que fueron meses complicados porque cada que pasaba un avión yo me estremecía y lloraba. Tras insistir en la importancia de mudarnos, al final mi papá encontró un departamento en la unidad habitacional Nonoalco Tlatelolco, la cual se había construido entre 1957 y 1964, siendo inaugurada el 21 de noviembre de ese último año. Según Carlos Monsiváis, Tlatelolco era un proyecto que buscaba terminar con las vecindades, sustituyéndolas por unidades habitacionales que pudieran albergar a cientos de familias con todos los servicios. Se estimaba que una familia que tuviera el ingreso a tres salarios mínimos -de la época, claro- sería capaz de adquirir un departamento en la unidad habitacional, si bien había una diferencia de precio importante entre los edificios localizados en la primera, segunda y tercera secciones -siendo éstos últimos, los más costosos.

 

Cuando mis padres y yo bebé nos mudamos en 1966, la unidad, que albergaba a 102 edificios, se encontraba escasamente habitada. El edificio en el que residiríamos, el “Veracruz”, sobre Paseo de la Reforma, constaba de 21 pisos y era el primero de cuatro torres idénticas que portaban, cada una, nombres de estados de la República Mexicana -Coahuila, Zacatecas y Oaxaca. A escasos metros del “Veracruz” se encontraba un edificio que no figuraba en los planes originales y que fue edificado con notable celeridad antes de la inauguración del conjunto habitacional: el “Nuevo León.”

 

Yendo de Paseo de la Reforma en dirección a San Juan de Letrán -hoy Eje Central Lázaro Cárdenas- se erige un lugar icónico: la Plaza de las Tres Culturas, donde convergen vestigios precolombinos, una iglesia de la época colonial y la modernidad de los edificios, entre ellos, el “Chihuahua”, idéntico en sus características al “Nuevo León.” Otro edificio emblemático, este diseñado por Mario Pani -al igual que el conjunto de la unidad habitacional- es la llamada Torre Insignia, un edificio triangular donde tuvo su sede Banobras y que mira hacia la avenida Insurgentes.

 

Colindando con la Plaza de las Tres Culturas, sobre la avenida Ricardo Flores Magón, se asentaba la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), diseñada por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y que constaba de 25 pisos. Ahí, en 1967, cuando yo estaba por cumplir dos años de vida, se firmó el tratado internacional que creó la primera zona habitada a nivel global, libre de armas nucleares: el Tratado de Tlatelolco, que aplica para toda la región latinoamericana y caribeña.

 

 Mi memoria, ciertamente, no llega tan lejos como para recordar mis primeros pasos por Tlatelolco. Pero hubo un suceso cuando yo tenía tres años, del que guardo algunos recuerdos en la forma de frases y dichos pronunciados por mi mamá o gritos de gente que corría, además de ruidos y barullos que procedían de la calle. Ese suceso corresponde a la tarde-noche del 2 de octubre de 1968.

 

Cuenta mi progenitora que, por la mañana, cuando fue a una tiendita a comprar algunos alimentos, una vecina la invitó al mitin que se llevaría a cabo por la tarde. Mi mamá, nada afecta a marchas ni manifestaciones, se disculpó explicando a la vecina que tenía una pequeña de tres años bastante enfermiza a quien debía cuidar. Es curioso. Días antes ella me expresaba la alegría que le daba que estuviéramos juntas. Yo no lo sabía en ese momento, pero las cosas entre mamá y papá no iban bien y él se ausentaba del hogar por largos períodos. Previo al 2 de octubre, ella me contó que vivir en la capital del país no lo era fácil. Oriunda de un pueblito cercano a Monterrey, su infancia transcurrió con lo esencial, en una familia de la que ella era la hija número 15. Por ser la menor de la familia, mis abuelos le aseguraron la educación primaria y más tarde, una carrera técnica comercial. No había recursos para más. Tampoco en aquellos tiempos era común que las mujeres tuvieran acceso a una carrera universitaria. Conoció a mi papá cuando éste viajó a Matamoros, donde residía mi mamá a sus veinte y tantos años de edad. Mi papá compraba refacciones para vehículos en McAllen. Era corredor de coches de carreras y tenía un pequeño lote de autos. Cortejó a mi mamá y la convenció para que junto con su hermana Manuela y mi abuela, se mudaran a la capital del país, donde él residía. Ya había una promesa de matrimonio. A mi abuela la altura de la Ciudad de México la afectó mucho y, al poco tiempo, falleció. Mi mamá, apesadumbrada, aceptó casarse cuanto antes. Manuela conseguiría un trabajo en discos Musart y más tarde se mudaría a Acapulco con Iván, el hombre con quien contrajo nupcias.

 

 Todo esto me lo contó mi mamá. Me repitió esta historia posteriormente, varias veces, lo que me ayuda a recordarla. Una de las cosas en las que insistió mucho fue en que quería que yo tuviera una carrera universitaria, que estudiara en la UNAM, “la mejor universidad del país” aseveró. “Quiero verte en la universidad, estudiando y concluyendo una carrera, la que sea”, me dijo.

 

 En ese tiempo no teníamos ni teléfono, ni radio, ni televisión, de manera que las noticias sobre el contexto imperante en la ciudad y en el país, eran desconocidas. Mi papá se encontraba de viaje, por lo que ese día sólo estábamos mamá y yo en el departamento, en el edificio “Veracruz”, que, por su juventud, estaba escasamente habitado.

 

El departamento se integraba por una sala, dos recámaras, cocina y baño y medio. Las ventanas tenían cristales apoyados en marcolitas, material que, con los años, fue reemplazado por Banobras debido a varios incendios que acontecieron en la unidad habitacional en distintos edificios -la marcolita es un material muy inflamable.

 

 Lo que sucedió la tarde-noche del 2 de octubre en Tlatelolco no lo entendí en su momento. Pero hay cosas que recuerdo nítidamente. Escuchaba gritos, ruidos, bullicio como de explosiones -mi mamá me explicó que eran balas, pistolas, ametralladoras. Mi mamá estaba muy asustada. Me dijo “hijita, vamos a tener que dormir en la cocina, porque ninguna otra parte del departamento es segura.” Recuerdo que le pregunté: “pero… ¿por qué tenemos que dormir en la cocina? Es muy fría.” Ella replicó: “hijita… hay guerra.” Fue la primera ocasión que escuché la palabra “guerra.”

 

Al no comprender, pregunté: “mamá, ¿qué es “guerra”?” Los gritos y el bullicio continuaban. Tras un largo silencio, mi mamá atinó a responder: “es cuando matan a la gente hijita… vamos a tener que quedarnos aquí, sin salir y sin hacer ruido.” Pasado un tiempo, no sé cuánto, se escucharon gritos en los departamentos del edificio. Mi mamá afirma que oficiales del ejército iban de piso en piso buscando a estudiantes universitarios. Ella estaba aterrada y me abrazaba. Tocaron a la puerta. Me susurró “no hagas ruido.” Los toquidos, cada vez más fuertes, continuaron. Parecía como si los oficiales quisieran entrar y mi mamá estaba segura de que en cualquier momento forzarían la puerta. Pero no fue así. Un vecino salió al paso. Mi mamá escuchó cuando el oficial le preguntó: “¿sabe si en ese departamento hay estudiantes universitarios escondidos?” Y el vecino le dijo: “aquí no viven estudiantes oficial. En ese departamento vive una señora con su pequeña de tres años de edad.” Los oficiales se fueron -aunque ahora sé que, otros edificios, los más cercanos a la Plaza de las Tres Culturas, como el Chihuahua, fueron escudriñados a detalle. Así que tuvimos suerte.

 

Pasaron varios días, no sé cuántos exactamente. Mi mamá casi no dormía. Cualquier sonido la alteraba y me decía una y otra vez “hijita, no hagas ruido.” No teníamos suministros. Normalmente mi mamá y yo íbamos a una tiendita o al mercado de La Lagunilla y comprábamos alimentos en pequeñas cantidades, básicamente lo necesario para un solo día. El 2 de octubre no fue la excepción. Por lo tanto, los siguientes días tuvimos que sobrevivir con un pequeño frasco de Nescafé, una bolsita de frijoles bayos y unas pocas tortillas, las que se fueron endureciendo y acabando. Cuando ya era insostenible nuestra situación, mi mamá se armó de valor. Me dijo: “hijita, voy a salir para llamar a tu papá desde un teléfono público… no me voy a tardar… sólo quiero decirle que estamos bien y que no tenemos dinero ni comida… te pido por favor que te quedes en la cocina… no hagas ruido, no toques nada y no te desesperes que volveré en seguida.” Yo estaba muy asustada y triste. Me parecía que mi mamá quería huir y dejarme ahí. Al paso de los años entendí que mi mamá no sabía con qué se iba a encontrar en la calle y que no quería exponerme. Así que se fue y regresó al poco tiempo. Hacia la noche llegaron dos asistentes de mi papá con bolsas de comida y dinero. Le entregaron todo a ella. Le dijeron que mi papá había tenido que viajar nuevamente pero que, si necesitábamos algo, ella podía llamarlo.

 

 Años más tarde, un 2 de octubre, cuando yo estaba en la secundaria, mi mamá rememoró lo sucedido en 1968. Yo me animé a preguntarle qué vio cuando, tras varios días, salió a la calle a llamar desde un teléfono público a mi papá. Dijo que vio ropa hecha girones, zapatos, piedras con sangre… que su primera reacción fue correr a refugiarse conmigo en el departamento. Que no había gente en la calle y que transitaban por Paseo de la Reforma muy pocos vehículos. Que sintió mucho miedo pero que necesitaba hacer esa llamada. Se puso a llorar. Me pidió perdón. Su angustia era una mezcla de enojo, de abandono -por parte de mi papá- y del temor de que alguien entrara al departamento a hacerme daño mientras ella no estaba. Yo guardé silencio. Traté de recordar cómo me sentí cuando ella salió a la calle en aquellos días aciagos. Me había quedado sentada en la cocina, tal y como ella me lo pidió. No tenía muchos juguetes, pero sí una muñeca maltrecha que mamá puso en mis manos. La abracé con fuerza. Era lo único valioso que tenía a mi alcance y también lo único a lo que podía aferrarme. Mi mamá dice que fue y regresó lo más rápido que pudo. Seguramente así fue, pero para mí, fue una eternidad. Cuando volvió me abrazó llorando. Me llevó a la sala y me dijo: “mira hijita… ¿ves los hoyos en las ventanas y en las marcolitas? Por ahí entraron balas que pudieron habernos matado.” Luego agarró una escoba y se puso a barrer los casquillos. Pasaron varios meses antes de que dejáramos de dormir en la cocina y algunos meses más cuando las ventanas fueron reemplazadas por parte de Banobras, no tanto por los balazos, sino, como expliqué antes, por las marcolitas inflamables.

 

Al paso de los años he escuchado y/o leído una y otra vez que el “2 de octubre no se olvida.” Sé que generaciones más longevas que la mía presenciaron esos acontecimientos y los vivieron y sufrieron como estudiantes, maestros, hijos, padres y madres de familia. Yo tenía escasos 3 años y no era estudiante, ni maestra, ni madre: sólo una niña pequeña, incapaz de comprender por qué pasó lo que pasó y por qué mi mamá estaba tan agobiada y triste.

 

Hoy a mis 53 años, tengo una historia más larga que contar. Fue en Tlatelolco que pasé por el jardín de niños y por la primaria y la secundaria. Me tocó presenciar incendios en el edificio “Veracruz” y otros, amén de otras catástrofes en la unidad habitacional. Vi el desplome del edificio “Nuevo León” durante el terremoto de 1985. Atestigüé la demolición de ese y otros 13 edificios, además de la reconstrucción del “Veracruz.” Observé la mudanza de la SRE a su nueva sede en la Avenida Juárez y la entrega de las viejas instalaciones de la cancillería a la UNAM en 2006. De manera más reciente confirmo el abandono en que se encuentra Tlatelolco, la irrupción de la delincuencia organizada -que incluye el depósito de restos humanos en los linderos de la unidad habitacional- y la manera estoica en que los restantes 89 edificios sobreviven intentando revertir el deterioro a que toda construcción está expuesta -en este caso, tras 54 años- y de cara a los constantes movimientos telúricos que aquejan a la ciudad. En suma: Tlatelolco tiene una larga historia, con sucesos de enorme trascendencia para la vida nacional. De hecho, me atrevo a afirmar que el surgimiento de la sociedad civil organizada en México le debe mucho a la unidad habitacional: tanto el 2 de octubre de 1968 como los terremotos del 19 y 20 de septiembre de 1985 son hechos que coadyuvaron a ello. Y es que el infortunio es parte de la vida y siempre arroja lecciones. Por ello es que el 2 de octubre es inolvidable para mí. Así que, esa es mi historia, al menos por ahora, porque estoy cierta de que, en otro momento, continuará.

 

María Cristina Rosas es profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

https://www.etcetera.com.mx/revista/octubre-2018-revista/tlatelolco-50-anos-despues-2/

 

 

 

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/195837

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