La política no es “cosa de locos”… ¿O sí?

24/09/2018
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“Locura” no es un término científico. Si bien es cierto que se asocia inmediatamente con la siempre mal definida idea de “enfermedad mental”, hay que notar que es, en todo caso, una designación de signo ideológico que sirve para marcar, para etiquetar, para sacarse de encima lo que molesta a la “sana” normalidad. Proviene del latín “locus”: lugar, significando entonces –jugando un poco con la semántica–: “el que está en un lugar determinado, que no es el lugar correcto”. Padecer “locura”, estar “loco”, entonces, sería no sólo haber perdido el sano juicio sino ocupar un lugar de exclusión. Y, por supuesto, ahí entra de todo un poco, desde psicóticos alucinados a marginales varios, desde “inmorales” de toda laya hasta todo aquel que la “sana” conciencia ve como raro, peligroso, un atentado al orden y las buenas costumbres.

 

Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”, se ha dicho por allí (expresión atribuida incorrectamente a Nicolás Maquiavelo, pero en verdad del francés Joseph de Maistre), frase que levanta las más enconadas reacciones. En todo caso, hay que situar la aseveración: la clase política es una expresión de la dinámica social. No es que, como pueblo, nos merezcamos “corruptos y ladrones”. Sucede, en todo caso, que los políticos profesionales que supuestamente representan a las grandes mayorías son una expresión –¿un síntoma?– de cómo funciona la sociedad en su base.

 

Hay que partir entonces por entender qué es la política. Tal como están las cosas, vale la mordaz definición de Paul Valéry: “Es el arte de impedir que la gente se entrometa en lo que realmente le atañe”. Y deberíamos agregar: “haciéndole creer que decide algo”. La política en manos de una casta profesional de políticos termina siendo en muchos casos una perversa expresión de manipulación de los grupos de poder, lo cual no tiene nada que ver con la repetida idea de democracia. Aunque votemos cada cierto tiempo, las reales relaciones de poder van por otro lado, no se deciden en una urna. ¿Quién está “loco”: el político, el que lo elige, la sociedad en su conjunto?

 

Vale preguntarse con carácter crítico todo esto. Pero sin apelar necesariamente a la Psicopatología, a la Psiquiatría ni a la Psicología clínica. Aunque, sin dudas, mucho de lo que pasa en el plano político es “cosa de locos”.

 

En Guatemala vivimos una sociedad llamada “post-conflicto”. Pero realmente muy lejos estamos que esto sea “post”. Formalmente terminó la guerra hace ya casi 22 años, aunque el conflicto al rojo vivo sigue siendo nuestra más cotidiana realidad. Una violencia desatada –no sólo la delincuencial; habría que meter ahí diversas formas de violencia como el linchamiento, el racismo, el machismo, la cultura autoritaria, la tenencia desaforada de armas de fuego, factores todos que sobredeterminan nuestra vida cotidiana– junto a una corrupción y una impunidad que ya se nos hicieron normales, son el pan nuestro de cada día. “Sólo borracho se puede vivir aquí” dijo el guatemalteco Premio Nobel de Literatura 1967 Miguel Ángel Asturias. No se equivocaba mucho. De hecho, el alcoholismo tiene una prevalencia muy alta en la población. Y no está de más recordar que dos de las familias más ricas del país son precisamente los fabricantes de cerveza y de ron.

 

E igual que el alcoholismo, otras cosas nos obligan a pensar cómo somos, por qué actuamos como actuamos (200 personas por día salen del país buscando el “sueño americano” sabiendo que una de cada tres llega mientras otra muere en el intento, un tercio de las mujeres son madres solteras porque los padres biológicos se esfumaron, quien fuera sentenciado por crímenes de lesa humanidad -el general José Efraín Ríos Montt- sale libre 24 horas después de la sentencia, la jueza que lo juzgó es sancionada y a quienes protestan porque no tienen para comer se les mete preso). Parecen cosas de locos. Nos declaramos una sociedad católica que no acepta el matrimonio homosexual, pero el país presenta uno de los índices más altos de realización de abortos (ilegales) en Latinoamérica (quinto lugar en el continente, 170 diarios, aunque nos golpeemos el pecho y se movilicen 100,000 personas para adversarlo, como ocurrió recientemente), y el crecimiento de mujeres transgénero que ofrecen servicios sexuales pagados en la ciudad de Guatemala marca un 1,000% de aumento en la última década. ¿Una locura? Por cierto, ningún “macho” se declara usuario de estos servicios. ¿Quiénes serán entonces?

 

Como vemos, hablar de locura, o de lo que sería su contraparte, la salud mental, no se agota ni por asomo en un planteo psiquiátrico. Implica forzosamente hablar de cómo es la sociedad, cómo es nuestra historia, de por qué actuamos así: ¿quién protesta porque se le haga viajar en un bus atestado cobrándole lo que el chofer quiera, o colgado del paragolpes, o incluso en el techo? ¿Cómo es posible que, desde un racismo visceral, alguien pueda ufanarse de “ser pobre pero no indio”? ¿Por qué tenemos la clase política que tenemos? ¿Por qué gana la presidencia una propuesta de “mano dura” para terminar con la delincuencia, haciéndonos creer que eso es posible? ¿Por qué terminamos creyendo que “las maras” son el principal problema nacional, y no la pobreza estructural que afecta a más de la mitad de la población y las genera en las barriadas marginalizadas? ¿Por qué la población pudo votar masivamente por un comediante que “vendió” actoralmente la imagen de no-corrupto, siendo luego en la práctica tan corrupto como cualquiera de los presidentes anteriores?

 

Ahí viene entonces nuestro planteamiento principal del problema: la política, como expresión superior de las relaciones de poder dentro de la sociedad, se ve muy enferma. Y más “enfermos” aún se ven muchos de quienes la practican profesionalmente. La corrupción, la malversación de fondos públicos, el pasarse de un partido a otro como práctica ya común sin el respeto por los valores mínimos de los votantes, la falta de proyectos y la pura improvisación, todo eso ¿no es “locos”?

 

La salud mental de una nación no tiene que ver tanto –o casi nada– con diagnósticos psiquiátricos estigmatizantes sino con esa capacidad de poder llevar gozosamente la vida. Ahora bien: si “sólo borrachos” podemos mantenernos, más allá de la exageración literaria del Premio Nobel, eso algo nos dice. Con más de 30 años de retorno de la democracia y más de dos décadas de “paz”, la vida en Guatemala sigue siendo complicada, difícil, agobiante. Y ni hablar de la situación económica. Se prohíbe la llegada de un grupo musical “blasfemo”, como los suecos Marduk, pero hay aldeas donde no existen escuelas pero sí cantinas e iglesias evangélicas. Es un país productor neto de alimentos (“hombres de maíz”), pero tiene el segundo índice de desnutrición crónica en Latinoamérica, y el quinto a nivel mundial. ¿Estamos todos locos?

 

A las Abuelas de Plaza de Mayo, en Argentina, el poder constituido las trató de “locas”. ¡Y sin dudas no lo estaban! Del mismo modo, si bien la vida en Guatemala no es muy fácil que digamos, de ningún modo ¡estamos locos!..., aunque el clima general sea enloquecedor. ¿Qué sucede entonces? ¿Por qué la clase política da muestras de esta generalizada “insanía”? ¿Por qué, por ejemplo, la actual loca disputa de sectores ultra reaccionarios para evitar que se investigue la corrupción? ¿Cómo es posible que un adalid de los tanques de pensamiento de derecha como Gloria Álvarez tenga que vivir fuera del país para evitar procesos judiciales por corrupción? ¿Puros mensajes enloquecedores? Terminó la guerra, pero hay ahora proporcionalmente más armas de fuego en manos de población civil que durante el conflicto interno. ¿Cómo explicar todo esto?

 

Dentro de unos meses habrá elecciones presidenciales. Eso puede significar una posibilidad para tratar de cuestionar algunas cosas que no funcionan. Mientras sigue muriendo población por hechos de violencia armada, mueren en la misma proporción –o mayor aún– otros guatemaltecos… ¡por hambre! ¡Qué locura! Y con una artera maniobra politiquera se quiso hacer pasar una ley que ponía en absoluto peligro la soberanía alimentaria. Camotán y su hambruna crónica son noticia, curiosamente, sólo en algunas administraciones presidenciales. Pero Guatemala es uno de los países más desnutridos del mundo, aunque produzca mucha caña de azúcar o palma africana para destinar al etanol que llena los tanques de combustible de los vehículos en el Norte quitando tierras a la producción de alimentos. ¡Qué locura!, ¿no? Y los políticos lo avalan…o son los gestores de esto. Recuérdese al en relación a ello la oprobiosa Ley Monsanto, votada incluso con el beneplácito de los pocos congresistas de “izquierda” que hay.

 

¿De qué sociedad democrática hablamos en Guatemala entonces? ¿Cómo es posible que la violencia, a dos décadas de terminada la guerra interna, no desaparece sino que aumenta? Ahora pasaron a ser comunes los desmembramientos y el sicariato infantil, mientras a diario suben las ventas de drogas ilegales y de teléfonos celulares inteligentes. ¿Estamos todos locos? Por cierto, el 10% del Producto Interno Bruto lo aporta la narcoactividad.

 

¿Qué tal si intentamos reflexionar sobre todas estas “locuras”? Reflexionar y buscarle alternativas, más que “ponernos borrachos” (como pudo constatar y denunciar con consternación Miguel Ángel Asturias). Quizá no estamos locos, aunque todo esto que mencionamos tenga mucho de locura. ¿Cómo construir, cómo afianzar nuestra salud mental en un medio tan hostil, tan plagado de problemas y con tan pocos caminos a la vista? El desmembramiento de personas del que hoy nos escandalizamos, o la quema de un ladrón de gallinas o de teléfonos celulares que se comente en cualquier punto del país, (¿”justicia popular” o “barbarie”?), fueron práctica común en los años del conflicto armado realizada contra algún colaborador del movimiento guerrillero en la población civil no combatiente en áreas rurales, aunque de ello no se hable. Pedagogía del terror, se le llamó: se repite activamente (quemar a un ladrón, por ejemplo), lo que se padeció pasivamente. Y si el Poder Legislativo echa un manto de olvido sobre el genocidio con un acuerdo gubernativo que llama a la “concordia nacional” y a “dejar atrás el pasado”, eso no parece muy sano. Así no se arreglan los problemas. Vale la pena recordar lo que reza un cartel a la entrada del infame Museo Memorial del Horror de Auschwitz: “Olvidar es repetir”. En Alemania todavía se siguen inaugurando monumentos recordatorios de la locura nazi para no repetirla; aquí se cierra el capítulo de la guerra por ley. ¿Se obtendrán buenos resultados así?

 

La única manera de hacer prevención en este campo de la salud mental es hablando, sacando a luz lo que “enloquece”. La basura puesta por debajo de la alfombra no desaparece; ahí está, y de algún modo va a retornar. La salud mental de una población no es el silencio: ¡es la posibilidad de hablar de los problemas, de no taparlos con psicofármacos –ni con “un traguito”–, de ventilarlos! No hablar del aborto, por ejemplo, pero practicarlo, no es precisamente lo más sano que pueda haber (valga decir que la morbi-mortalidad materna por causa de los abortos ilegales es altísima). Si ya entramos de lleno en el clima electoral, pues hablemos de política y de los políticos. Hablemos de nuestros problemas –que por cierto son muchos y complejos– sin tabúes, sin prejuicios. Perdámosle el miedo a esto de “estar locos”. Tenemos muchos problemas, sin dudas, y de eso hay que hablar. ¿Qué nos merecemos políticamente? ¿Peleas e insultos en el Congreso? ¿Malversación de fondos y pagos ocultos en las Alcaldías? La política no puede ser sólo eso. ¡No lo es!, definitivamente. Pero, hoy por hoy, la clase política es lo único que nos muestra.

 

El campo de la llamada “enfermedad mental” es, sin lugar a dudas, el ámbito más cuestionable y prejuiciado de todo el ámbito de la salud. “Yo no estoy loco” es la respuesta casi automática que aparece ante la “amenaza” de consultar a un profesional de la salud mental. Aterra al sacrosanto supuesto de autosuficiencia y dominio de sí mismo que todos tenemos, la posibilidad de sentir que uno “no es dueño en su propia casa”, como diría el psicoanálisis en palabras de su fundador Sigmund Freud. Es por eso que, en un intento de aportar algo a los problemas nacionales, desde la Ciencia Psicológica podemos plantearnos algo de todo esto, viendo que las “locuras” de los políticos son una expresión sintomática de un modelo social que definitivamente no está sirviendo a las grandes mayorías, pues no genera ni paz ni desarrollo.

 

En conclusión: quizá los políticos profesionales, esos que ya se nos hizo común ver rodeados de guardaespaldas y con buenas prendas costosas, no están “locos” precisamente sino que expresan una anomalía social más profunda. En ese sentido, la falta de proyecto que pareciera haber, la deshonestidad y la parodia son, en definitiva, lo que el sistema imperante nos ofrece. ¿Eso merecemos? Hay que hablar muy en serio de eso, porque no estamos locos…., aunque nos lo quieran hacer creer.

 

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