La polarización en Estados Unidos, ¿hacia una guerra civil?

06/09/2018
  • Español
  • English
  • Français
  • Deutsch
  • Português
  • Opinión
-A +A

La sociedad estadounidense está dividida entre dos formas irreconciliables de entender el país. Al tiempo que, desde la Casa Blanca, un presidente que enarbola un discurso híper nacionalista sustentado en idearios supremacistas, precisa atizar ese nacionalismo para mantenerse en el poder. Y, por otro lado, amplios sectores que se sienten agravados por ese discurso reaccionan movilizándose en contra de la América blanca de Trump y sus seguidores. Ambos grupos, no obstante, representan un malestar social imperante que tiene bases materiales e históricas que lo explican.

 

Estos dos grupos son los perdedores de la economía financiarizada y globalista entronizada en Estados Unidos desde la década del 70 del siglo pasado. Tras la gran crisis de 1929, que dejó saldos de empobrecimiento y desequilibrios sociales inéditos en el país, las élites de Washington lideradas por el presidente Roosevelt, entendieron que había que montar un nuevo modelo económico cuyo motor fuera una clase media robusta. Las medidas del New Deal, por un lado, aplacaron con programas de asistencia social la pobreza generada por la crisis, y por otro, que fue lo más de fondo, incentivaron un capitalismo productivo tendiente a generar fuertes vínculos entre producción nacional y sectores poblacionales medios. Un tipo de keynesianismo enfocado en la creación de riqueza nacional, que, a su vez, se acompañó de política pública concerniente a la distribución de esa renta nacional entre segmentos de la población. Al mismo tiempo, se impulsó política de regulación bancaria para paliar la especulación (principal causante de la crisis de 1929) e impulsar un Estado fuerte capaz de regir los sectores bancarios. De ese modo, se creó la gran clase media estadounidense que fue motor de los espectaculares ciclos de prosperidad que experimentó ese país por unas tres décadas (de 1940 a finales de los 70).

 

Sin embargo, esa ingente prosperidad poco benefició a la población negra. Ese sector que, al decir Luther King, “vivía en islotes de miseria en medio de océanos de riqueza”. Tampoco se vieron muy beneficiadas otras minorías como la latina y nativa. Pero sí impulsó una clase media blanca urbana muy próspera que, en ese contexto, afianzó su preponderancia cultural nacional y mundial; esto último a partir de finalizada la segunda guerra mundial cuando Estados Unidos se convirtió en la superpotencia dominante del mundo occidental.

 

Empero, desde la década de los 70 muchas cosas cambiaron. Como consecuencia de un agotamiento del modelo de capitalismo productivo, a raíz de una sobreproducción sin su correlato en la demanda, disminuyeron las ganancias en la producción, y, en consecuencia, la economía estadounidense experimentó un cambio estructural fundamental: el sector financiero-especulativo comenzó a ganar preponderancia en desmedro del bloque industrial-productivo. El capitalismo, entonces, buscó nuevos mecanismos de acumulación a través de las finanzas (el desarrollo de la computarización fue clave en este orden, esto es, la economía cada vez se convirtió más en un asunto de algoritmos que de producción en sí). El sector financiero pasó a crear instrumentos propios de generación de ganancias con los cuales se distanció de la economía real. Así, tuvo lugar el fenómeno de la financiarización de la economía en tanto creció la participación en el PIB de la banca financiera-especulativa al tiempo que cayó la del sector productivo. En ese proceso, los banqueros y financieros de Wall Street fueron tomando control de la economía y de la política a través de sus lobbies. Así, surgió una súper élite financiera por encima, en muchos casos, de las propias élites dirigentes (políticas).

 

Como resultado de aquello, la economía estadounidense se redirigió hacia un capitalismo globalista y financiarizado con tendencia a la desterritorialización. Puesto que las finanzas implementaron sus propios instrumentos de generación de riqueza, que, a su vez, estaban generalmente desconectados de la economía real, se quebró el modelo de capitalismo productivo sustento de la clase media. Dicho modelo precisaba de núcleos productivos en torno a cinturones industriales como los existentes en estados como Michigan (industria automotriz), Ohio (industrias), Pittsburgh (siderurgia) y otros. La financiarización desterritorializó el capitalismo, y, por consiguiente, muchas de estas industrias se colocaron en otros países donde hubiese mayor rentabilidad. Así, gran parte de las élites económicas entraron en una lógica en la que para generar riquezas no necesitaban del vínculo con las capas medias que el capitalismo productivo sí propiciaba. La globalización, en tanto fenómeno propulsado por la financiarización, amplió las distancias entre una minoría superrica (vinculada a las finanzas) y el resto de la población. En el plano político, con los dos grandes partidos (Demócrata y Republicano) cooptados por los intereses financieros, esto provocó un gran distanciamiento entre las mayorías y las élites.

 

Por ejemplo, en Estados Unidos, los actuales salarios reales, ajustados a la inflación, son inferiores a los de 1979 (Krugman, 2018). Al mismo tiempo, el 1% más rico posee hoy mayor riqueza respecto al resto menos acaudalado. Estos últimos son los perdedores de la globalización. Las clases medias que hoy tienen menos que la generación de los 70. Y que han visto cómo se empobrecieron sus ciudades con la caída de la producción. Pero que, sin embargo, ven cómo una élite de banqueros de Wall Street que nada tiene que ver con ellos, cada vez es más rica. Y, también, han apreciado cómo gobiernos de los dos partidos, cuando esa élite financiera se ve amenazada por sus propios excesos (crisis de 2008), utiliza dinero público para salvarla.

 

Esa clase media, en tanto sector aspiracional, no logra alcanzar el nivel de vida y consumo que el imaginario americano propone. Al mismo tiempo, es, ante todo, una clase media blanca que, entiende, creó la superpotencia estadounidense desde ese espíritu anglosajón entroncado en el ascetismo, capacidad de trabajo y disciplina. Que siempre vio con desprecio a sus otros inferiores sobre todo a los afroamericanos. Hoy día, en la realidad, esa clase media puede ser tan pobre como sus otros.

 

Esa es, en gran medida, la clase media blanca que vota a Trump. Un sector que perdió con la irrupción del capitalismo globalista y financiarizado. Gente que se adhiere a la promesa trumpista de regresar a la producción con un capitalismo nacionalista que incentive trabajo y productividad fronteras adentro. Y que, asimismo, interpreta en clave específicamente racial el Make America Great Again de Trump: esto es, lo asume como un regreso a la América donde trabajaban los blancos. Obama, entiende esta gente, propició un Estados Unidos de negros, latinos y gays que carecen de legitimidad para ser “auténticos” americanos. De ahí, por ejemplo, el reclamo de este sector contra los deportistas afroamericanos que protestan durante el himno nacional: no son americanos de verdad. E igualmente, el rechazo a las políticas sociales de los demócratas progresistas pues consideran que éstas premian a los negros y latinos que no trabajan, o lo que es lo mismo, que no son verdaderos americanos.

 

Pero hay otra reacción entre los perdedores de la globalización. Son clases medias y pobres (blancas y no blancas) que, ante la perspectiva de vivir en un país controlado por élites desvinculadas del ciudadano común, proponen que lo que se debe hacer es desmontar el actual sistema de privilegios en favor del 1% más rico. Y que, igualmente, apuntan a la diversidad como constitutivo de la “grandeza” de Estados Unidos. No quieren un país blanco sino uno diverso donde la cuestión de clase pese más que lo racial; y por tanto, celebran un nacionalismo que, sin salirse del imaginario de la excepcionalidad estadounidense, se vincula a un ideario en el que cualquier persona, más allá de su color, religión o sexualidad, puede ser americana si cumple con ciertos valores. Este sector encontró en los Bernie Sanders, Elizabeth Warren, Andrew Gillum, Alexandra Ocaso-Cortes, y otros, sus portavoces políticos. Son, así las cosas, la otra reacción a la crisis generada por la globalización financiarizada.

 

Vemos, entonces, cómo hay dos Estados Unidos en disputa. El aumento de incidentes de violencia racial, en medio y después de la presidencia del primer afroamericano, no es casualidad sino causalidad. Es la reacción del blanco anglosajón que se significa en ideas de superioridad, y que, desde la misma formación de ese país, hace parte de una historia de dominio del blanco sobre sus otros. Sujeto histórico que vio en Obama una amenaza contra su idea de país. Por tanto, entiende está en juego su propia existencia. Y, con sus bases de reproducción de vida socavadas por la globalización financiarizada, ha salido con todo a recuperar lo que “le pertenece”. Ahora, con un presidente que les legitima desde el simbolismo del poder se sienten autorizados.

 

Sin embargo, en el otro lado, están las minorías que consideran que este es el momento de la América diversa donde todos (sobre todo ellos) deben optar por querer vivir. Y cuando el ser humano decide vivir, en una suerte de giro heideggeriano, es capaz de desafiar la muerte. La presidencia de Obama, en términos reales, no significó mucho para la masa negra históricamente atropellada y excluida. No obstante, en el plano simbólico hizo creer a muchos afroamericanos (y otras minorías) que el país también es de ellos. Y, como sabemos, lo simbólico es importante porque puede construir materialidad. Los afroamericanos, precisamente, están en ese proceso de hacer valer en lo concreto sus aspiraciones. Los latinos por igual con el agravante de que tienen los índices de natalidad más altos del país. Siendo que, dentro de algunas décadas, serán, juntas las minoría, más que los blancos en muchos estados (y a final de siglo puede que en todo el país). Con lo cual, al largo plazo el triunfo cultural y político de estos grupos es más que una probabilidad.

 

Ahora bien, la peligrosidad de todo esto radica en que, cuando examinamos la historia, podemos advertir que, históricamente, los cambios profundos en Estados Unidos se han dado a través de procesos violentos. Y, en este aspecto, según nuestro análisis, debemos ir a los fundamentos históricos de este país: el recorrido de un hombre blanco que, en el marco de relaciones de poder coloniales, expandió su ser “auténtico” mediante el dominio de su otro no blanco. De ahí la estela de muerte que dejó la expansión blanca hacia el centro y oeste. Esto es, la colonización interna de la cual fueron víctimas los que, en ese contexto, entraban en condiciones de inferioridad en aquella historia: negros y nativos. Teniendo en cuenta estos elementos, podemos, pues, situar en perspectiva histórica la irrupción de Trump en el escenario político estadounidense. Así también, entendemos mejor las reacciones que generó Obama entre quienes se significan en el imaginario blanco y nacionalista cuyo sustrato es la idea de excepcionalidad y superioridad (que son lo mismo en el fondo) constitutivas de lo americano.

 

Ese Estados Unidos profundo y blanco votante de Trump, que, en unas décadas, comenzará a ser minoría en algunos estados, y que, por lo tanto, verá limitarse su capacidad de ejercer hegemonía, ¿cómo reaccionará, si no es violentamente, ante estos cambios y frente a los otros “inferiores” que piden su lugar en el país? ¿Será posible que sean solucionadas, o, en su defecto, apaciguadas estas contradicciones sin violencia? ¿Hasta dónde llevará el discurso de odio de Trump, sustentado en una narrativa histórica de superioridad, en un país polarizado y con una historia de violencia tan profunda? Que Estados Unidos pueda solucionar estas contradicciones sin violencia, esto es, superando su propia historia e ideas fundantes, será definitorio. Tanto para ese país, todavía la mayor potencia mundial, como para el mundo, va a ser clave. Particularmente para los latinoamericanos pues hay dos Latinoamérica: una en nuestros países y otra en Estados Unidos con los millones de latinoamericanos que viven allí.

 

Por último, consideremos lo siguiente: Estados Unidos fue el gran propulsor de la globalización. Que fue un proyecto tanto económico como cultural con el cual logró derrotar la amenaza comunista e insertarse en el mundo como superpotencia única. Sin embargo, al largo plazo la globalización le rebota en contra a Estados Unidos: a nivel externo con unas economías emergentes como China, India y el sudeste asiático en general, que, desde las lógicas comerciales que creó la globalización, se perfilan para superarle económicamente dentro de algunas décadas; y a nivel interno con el empobrecimiento causado por la globalización financiarizada en su otrora emblemática clase media, lo cual ha desestabilizado el país generando conflictos sociales cuya solución sin violencia se advierte muy difícil. Algunos interpretamos, en su momento, el triunfo de Trump como una suerte de patada de ahogado, frente a la inevitabilidad de la pérdida de su hegemonía interna, de la américa blanca y profunda que le eligió. ¿Podrá el país de la globalización salir de su actual atolladero, de esta trampa que su propia historia e ideas identitarias le han tendido, sin muerte? ¿Se evitará la guerra civil?

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/195165
Donaciones
Suscribirse a America Latina en Movimiento - RSS