Marx y la inequidad social en América Latina

06/07/2018
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Foto: highwaymagazine.wordpress.com
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De acuerdo con múltiples estudios y particularmente los que la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) ha publicado, nuestra región es la más inequitativa del mundo, por cuanto la mayor parte de la riqueza se concentra en pocas personas, en tanto la enorme mayoría de latinoamericanos recibe solo la parte menor del valor generado y hay millones que continúan viviendo en la pobreza y hasta en la indigencia.

 

La explicación científica de las diferencias sociales latinoamericanas exige, como punto de partida, acudir a la historia. Esta es, además, una exigencia del marxismo como teoría y al mismo tiempo como metodología de investigación.

 

Karl Marx ubicó la era del capitalismo en el siglo XVI, que coincide con el inicio de lo que la corriente clásica de la historiografía mundial denomina Edad Moderna, que se extiende hasta la Revolución Francesa (1789), con la cual se inicia la Edad Contemporánea. Para Marx, desde esta época cabe rastrear el proceso de lo que llamó acumulación originaria del capital, esto es el largo camino en el cual la apropiación de medios de producción por parte de la burguesía, va creando el mercado de fuerza de trabajo libre. Es el proceso de la disociación entre el productor directo y sus medios de producción, para transformarse en proletario, el vendedor específico de fuerza de trabajo.

 

En América Latina, ese proceso tuvo como punto de partida la conquista y sometimiento de los pueblos aborígenes, con Incas y Aztecas a la cabeza. La Edad Moderna -que fue mercantilista para Europa-, fue colonial para América Latina. Pero, aunque comenzó la apropiación privada de medios de producción, no se formó el mercado libre de fuerza de trabajo. La toma de tierras dio origen a la clase terrateniente que en siglo XVIII será visible en las haciendas, latifundios y plantaciones latinoamericanos. 

 

A su vez, sobre los indígenas vencidos se impusieron diversas formas de explotación de la fuerza de trabajo, iniciadas con la encomienda y la mita, y que para el siglo XVIII evolucionaron a la subordinación servil, personal y familiar a la clase terrateniente, como fue el concretase en lo que actualmente es Ecuador. Hay que sumar la importación de esclavos negros, literalmente cazados en África. De manera que la época colonial sentó las raíces de las abismales diferencias sociales en la región. Con mucha razón Severo Martínez Peláez señalaba en su reconocida obra La Patria del Criollo (1970) que el indio, es decir, el sector de población tan miserable, explotada y oprimida en América Latina, era, propiamente, un resultado del coloniaje, y no una condición que pre existía a la conquista.

 

Concluidos los procesos de independencia latinoamericana a inicios del siglo XIX, la vida republicana de los nacientes países no solucionó las diferencias sociales heredadas de la época colonial. A la clase terrateniente se sumaron los grandes comerciantes y los banqueros, normalmente ligados al mismo grupo de familias dominantes. La transferencia de la propiedad privada de medios de producción se garantizó por medio de diversos mecanismos como las herencias, legados o donaciones, la compra-venta y la continuada apropiación ilegítima de tierras comunales, minas y de todo recurso capaz de posibilitar la acumulación de riqueza en una elite que se habituó a contemplar la pobreza generalizada como un asunto natural. En la sociedad se perdió la conciencia del origen de esa acumulación.

 

El desarrollo industrial de América Latina, aunque en algunos países aparece en forma leve durante la segunda mitad del siglo XIX, es propiamente un proceso del siglo XX y, además, no en todas las naciones, que permanecieron tan atrasadas como en el pasado. Esa industria obtuvo la escasa “mano de obra” libre en las urbes, donde se había conformado un sector de no-propietarios, migrantes del campo o población en condición precaria y, por tanto, forzada a venderse como trabajador asalariado. 

 

Ese incipiente desarrollo industrial, si bien dibuja el inicio de las relaciones capitalistas, no trajo mecánicamente la implantación del capitalismo en América Latina, porque continuó la hegemonía de las relaciones “precapitalistas” de las haciendas, recién superadas con las reformas agrarias que comenzaron a implantarse desde la Revolución Mexicana de 1910 y, sobre todo, con el despegue del “desarrollismo” en la década de 1960. Desde 1959 solo Cuba siguió un camino diferente al del resto de los Estados latinoamericanos.
 
Pintado así, a grandes rasgos, el proceso de acumulación originaria en América Latina duró, en buena parte de los países, hasta bien entrado el siglo XX. Esto es lo que explica el largo y continuado camino de la diferenciación social entre ricos y pobres latinoamericanos. Al mismo tiempo, la disociación entre propiedad y trabajo, sumada a otra herencia de origen colonial que es el “clasismo” tan arraigado en las elites dominantes de la región, caracterizado por el menosprecio de los ricos (y, además “blancos” en su origen colonial) a los pobres, en razón de su origen popular, condición étnico-cultural o su calidad social de indígena o negro, explican igualmente la situación miserable en la que creció y se desarrolló la clase obrera asalariada, pisoteada en derechos. 

 

Cuando Friedrich Engels escribe su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) jamás se habría imaginado que la situación obrera en América Latina era incluso peor y, además, no habría podido imaginar siquiera la situación miserable de los indígenas, que todavía en el siglo XX seguían una vida apenas diferenciada de la situación en que les dejó el coloniaje y la república decimonónica.

 

Y aquí está, precisamente, el punto central a tomar en cuenta para comprender, con mayor alcance, la teoría de Marx sobre el trabajo explotado en el capitalismo.

 

En el primer tomo de su magna obra El Capital, Marx realiza un profundo, complejo y a veces arduo estudio del valor de las mercancías (teoría del valor). Esquematizando el tema, solo la fuerza de trabajo es capaz de generar valor. Y por ello el capitalista se apropia del plus-valor (teoría de la plusvalía) creado por el obrero en el proceso productivo. Tanto en El Capital, como en su otra obra fundamental Trabajo asalariado y capital, Marx deja en claro que el salario del obrero le permite reproducir su fuerza de trabajo. Además, que si aumenta el salario del obrero, disminuye la tasa de ganancia del capitalista, lo cual explica su férrea oposición al mejoramiento salarial de los trabajadores.

 

¿Qué habría pasado si Marx estudiaba el fenómeno en América Latina? Es posible que se hubiera topado con otra realidad: el salario del obrero latinoamericano ni siquiera le permitía reproducir su fuerza de trabajo, con lo cual la superexplotación al trabajador ha sido el hecho histórico particular en esta parte del mundo. Por eso, en los análisis económicos que hasta hace poco predominaban en la región se decía que la “baratura de la mano de obra” era una “ventaja comparativa” en nuestros países.

 

En la región, las luchas de los trabajadores, el avance en los derechos laborales, las políticas sociales implementadas por gobiernos reformistas o progresistas, el papel regulador del Estado y las influencias del capitalismo-social en el mundo (nace en Europa en la segunda postguerra mundial como economía social de mercado), todo lo cual solo llega mientras progresa el siglo XX, cierto es que modificó la herencia de los bajos salarios y la superexplotación capitalista. Pero no es una prosperidad irreversible.

 

Como se ha demostrado en nuestra América Latina contemporánea, el arrollador avance de la ideología neoliberal ha alcanzado tal magnitud, que ha provocado que las conservadoras y reaccionarias burguesías de la región acudan ahora a distintas demandas por la precarización y “flexibilización” de los derechos laborales ya conquistados. Varios países viven ese clima y las condiciones de los trabajadores se han agravado. No solo la de los proletarios, sino de la sociedad en su conjunto, mientras se fortalece un sector de poderosos capitalistas que acumulan riquezas excepcionales y extraordinarias, defendidas por todos los medios. Y no contentos con ello, también claman hoy por la reducción de impuestos o su eliminación, así como el retiro del Estado, para que los servicios que también han sido logrados como públicos, pasen a manos privadas. América Latina revive una época en la cual los intereses privados se imponen frente a los intereses nacionales y estatales, con lo que las diferencias sociales nuevamente recuperan posiciones e impiden que la región deje de ser la más inequitativa en el mundo.  

 

Quito, 28/junio/2018

 

Artículo original en Firmas Selectas de Prensa Latina
https://bit.ly/2lTcE5g

 

 

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/193940
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