Simón Bolívar: la unidad latinoamericana y el equilibrio universal

05/04/2018
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En Bolívar la idea de la unión de las ex colonias hispanas fue original, temprana y permanente; la misma es parte de un concepto superior que abarca la consecución de la autodeterminación de los pueblos, la paz y la justicia internacional, definido por el Libertador como el Equilibrio Universal.

 

Este aporte doctrinario fundamental tiene plena vigencia en el mundo actual, lo que de seguro explica la persecución que la transnacional oligárquica imperialista encabezada por Estados Unidos, ejecuta a nivel planetario contra todo aquello que sospechen relacionado al bolivarismo. No es casualidad que lo gobiernos derechistas arremetan contra los proyectos unitarios continentales, debilitándolos en beneficio de aparatos tradicionales de dominación que, como la OEA, le han servido al propósito hegemonista estadounidense; o, si es de su conveniencia, crean otros parapetos al estilo Cartel de Lima, para cumplir el mandado del que consideran su superior.    

 

Historia de la idea

 

A los 27 años, tras haber participado en la gestación de la Independencia de Venezuela, publica un artículo en el Morning Chronicle de Londres el 15-9-1810, en el cual ya perfila su Doctrina: “El día, que no está lejos, en que los venezolanos se convenzan de que el deseo que demuestran de sostener relaciones pacíficas con la metrópoli, sus sacrificios pecuniarios, en fin, no les hayan merecido el respeto ni la gratitud a que creen tener derecho, alzarán definitivamente la bandera de la independencia…Tampoco descuidarán de invitar a todos los pueblos de América a que se unan en Confederación”. (Pividal, 1987)

 

Cinco años y un mes antes, andando caminos románicos con su maestro Simón Rodríguez, Bolívar pronuncia aquél célebre juramento de romper “las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, sin referirse a un país específico, sino dando por hecho que tales “cadenas” oprimían a un rosario de naciones hermanadas en historia, cultura y causa.

 

Así quedó claro el 4 de julio de 1811 en el que se recuerda como su primer discurso público ante la Sociedad Patriótica: “¿Trescientos años de calma no bastan? …pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad suramericana, vacilar es perdernos”.

 

En su Caracas natal, ahora encendida con la llama emancipadora de la que él es chispa, Bolívar está pensado en la “libertad suramericana”. Tal era su visión de la nacionalidad, nunca restringida a la entidad político-territorial de la Capitanía General, sino extendida a aquella realidad más ancha y profunda, que venía de la pertenencia a un conglomerado sojuzgado por el mismo poder colonial.

 

La Gaceta de Caracas, órgano oficial de la República, en su Número 30 de 1813, transcribe la primera versión de la idea original bolivariana del Equilibrio Universal: “La ambición de las naciones de Europa lleva el yugo de la esclavitud a las demás partes del mundo; y todas estas partes del mundo deberían tratar de establecer el equilibrio entre ellas y la Europa, para destruir la preponderancia de la última. Yo llamo a esto el equilibrio del Universo y él debe entrar en los cálculos de la política americana”.

 

Como se puede leer, el concepto del Equilibrio Universal crea una doctrina geopolítica de valor general, consistente en la unidad de las naciones que sufrieron el sojuzgamiento por parte de los imperios de Europa, para generar una fuerza internacional que aplaque la tentación imperialista de ésta, y establezca un equilibrio de fuerzas entre las regiones de la Tierra.

 

En ese momento todavía el Libertador observa con cierta dosis de ingenuidad a los Estados Unidos, y aún le faltará vivir muchos desengaños con ese vecino del norte que, a las sombras, conspiró desde los inicios contra la causa bolivariana. Hoy sabemos –gracias también al “pensamiento precursor del antiimperialismo” de Bolívar- que USA siempre se comportó en este hemisferio como un invasor europeo, supremacista y expoliador, al punto de conformar con esa Europa ambiciosa, el sistema imperialista que predomina desde finales del siglo XIX.

 

Luego en 1815, redacta su ya legendaria Carta de Jamaica, ensayo luminoso que imagina la nueva arquitectura de la América total, lanza predicciones a posteriori consumadas, y muestra la condición continental e internacionalista de su lucha.

 

En junio de 1818, en carta al Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Pueyrredón, expresa: “Vuestra Excelencia debe asegurar a sus nobles conciudadanos que no solamente serán tratados y recibidos aquí como miembros de una República amiga, sino como miembros de nuestra sociedad venezolana. Una sola debe ser la Patria de todos los americanos, ya que en todo vemos una perfecta unidad”. 

 

El “pacto americano” (pacto implícito) es una idea bolivariana fuerte, permanente y pertinente; “pacto americano, que, formando de todas nuestras Repúblicas un cuerpo político, presente la América al mundo con un aspecto de majestad y grandeza sin ejemplo en las naciones antiguas. La América así unida…podrá llamarse la reina de las naciones y la madre de las repúblicas…” (Carta a Pueyrredón del 12/6/1818)

 

El 4 de febrero de 1821 vuelve a escribir a Pueyrredón sobre esa vital Unidad de que siempre habló, perfeccionando su visión de lo americano como lo hispanoamericano: “Ligadas mutuamente entre sí todas las repúblicas que combaten contra España, por el pacto implícito y virtual de la identidad de causa, principios e intereses, parece que nuestra conducta debe ser uniforme y una misma”.

 

(Y todavía, ignorando tan abundantes pruebas documentales, hay quienes se atreven a esquilmarle a Bolívar la originalidad de su proyecto vital. Tal es el caso del escritor peruano Herbert Morote, acusado de plagiario por otros antibolivarianos como él, que en uno de sus acostumbrados bodrios, para congraciarse con la monarquía española y su influyente industria editorial –método muy disfrutado por Vargas Llosa y Bryce Echenique- sostiene que Bolívar se copió la idea unionista hispanoamericana que su paisano Monteagudo enarboló en 1822. A la vista de las evidencias, resta concluir que “todo ladrón juzga por su condición”).

 

Dotar la idea de corporeidad

 

El día de concretar sus primeros ideales de unión y búsqueda del Equilibrio Universal, comenzó a forjarse con los triunfos patriotas sobre las armas colonialistas.

 

Desde 1821, tras la victoria de Carabobo, Bolívar promueve una serie de tratados bilaterales con las principales repúblicas de Hispanoamérica, con la idea fuerte “de entrar en un pacto de unión, liga y confederación perpetua”.

 

Es el tiempo cuando comienza a atravesársele el gran saboteador de su proyecto libertario: Santander, el traidor venido en agente gringo, que firmó acuerdos comerciales preferentes a Estados Unidos e Inglaterra a espaldas de Bolívar, intentó boicotear la Campaña del Sur, maniobró contra el plan bolivariano de liberar Cuba y Puerto Rico, burló las instrucciones sobre el Congreso de Panamá, y todavía le quedó veneno en la sangre para urdir una guerra sucia de calumnias contra El Libertador, complotarse con el espionaje yanqui al que le sirvió, participar en la componenda de la emboscada al Mariscal Sucre y organizar el atentado conocido como la “Noche Septembrina”, para matar a Bolívar.

 

(Sobre este deshonrado hombrecillo tenemos material abundante como para otros varios artículos).

 

El 6 de diciembre de 1824 Simón Bolívar ocupa Lima, y sus ejércitos con Sucre al frente, presentan batalla en Ayacucho. Al día siguiente de aquél histórico y heroico triunfo, “sin dar descanso a su brazo ni reposo a su alma”, El Libertador firmó la convocatoria a los Jefes de Estado de toda Hispanoamérica, para reunir el Congreso de Panamá; muestra de su verticalidad con los principios pregonados, su compromiso con las convicciones.

 

El Libertador tiene clarísimo que sólo unidos políticamente podríamos sostener la independencia alcanzada, como que hasta no haber derrotado por completo la fuerza militar de España no deberíamos cantar victoria; por eso su pluma escribe cartas y proclamas, órdenes y legislaciones, sin que su espada de guerrero y mente de estratega se distraigan un minuto del objetivo fundamental.

 

Y mientras Bolívar lucha, comanda victorias, recorre un continente librando batallas militares y sociales, dicta leyes, crea instituciones, favorece la construcción de un nuevo mundo; allá en los ociosos despachos de Bogotá, pulula la intriga, la avaricia, la traición. 

 

Estados Unidos hizo alarde de una hipocresía estrambótica; simulando neutralidad entre patriotas y realistas, favoreció a España en cuanto pudo, vendiendo las armas y pertrechos que le negaba a las nuevas y frágiles repúblicas independientes. El caso de la captura de las goletas Tigre y Libertad en el Orinoco, con contrabando bélico para el ejército monárquico, abrió los ojos al Libertador sobre las verdaderas posiciones de los “hermanos del norte”.

 

El 25 de mayo de 1820, le escribe a José Tomás Revenga: “Jamás conducta ha sido más infame que la de los norteamericanos con nosotros: ya ven decidida la suerte de las cosas y con protestas y ofertas, quien sabe si falsas, nos quieren lisonjear para intimar a los españoles y hacerles entrar en sus intereses…no nos dejemos alucinar con apariencias vanas; sepamos bien lo que debemos hacer y lo que debemos parecer”.

 

Dos asuntos claves confrontan la posición gringa al proyecto de Bolívar: la ambición expansionista de USA sobre territorios antes españoles, frente a la doctrina bolivariana de independencia y unión; el otro, la abolición de la esclavitud, frente al interés gringo de mantenerla.

 

Indalecio Liévano Aguirre develó el entramado norteamericano que se montó para obstaculizar la gran misión del Libertador: “El siniestro Joel Poinsett en México, Anderson en Bogotá y  William Tudor en Lima, por sólo citar los principales, organizaron entonces una verdadera red de intrigas, intrigas que se orientaban a ofrecer toda clase de estímulos al espíritu regionalista y a las rivalidades de las distintas Repúblicas hispanoamericanas, a fin de crearle constantes obstáculos a la formación de la Liga Confederal ideada por Bolívar. Dividir el Sur mientras se unificaba el Norte, estimular el parroquialismo en las zonas meridionales del hemisferio mientras la América sajona progresaba en su inteligente proceso de aglutinamiento nacional, fue el plan maestro de los estadistas de Washington, Adams y Clay, a fin de crear el clima propicio para que sus dirigentes dejaran naufragar la histórica empresa de su integración, sustituyéndola por un negativo e interminable litigio sobre sus soberanías y libertades, dizque amenazadas por los proyectos cesaristas del general Bolívar. Esta clase de razonamientos encontró eco en las oligarquías criollas de Hispanoamérica”.

 

Sobre la convocatoria al Congreso de Panamá, el Libertador, desde el 21 de octubre de 1825, había comunicado sus instrucciones de no incluir a Estados Unidos: “No creo que los americanos deban estar en el Congreso del Istmo. Jamás seré de opinión que los convidemos a nuestros arreglos americanos”. (Vicente Lecuna, 1929)

 

Pero Santander ya estaba enfilado en el monroísmo, al que se apresuró a elogiar unos meses después de su proclamación, llamándolo “consuelo para la humanidad”. Así nació el santanderismo como apéndice de la Doctrina Monroe, consistente en lo internacional a la total sujeción de Colombia a los designios imperialistas, y en lo interno, mantenimiento del sistema oligárquico a costa de la represión contra el pueblo trabajador.

 

La maniobra rastrera se camuflaba de leguleyismos cobardes, con efectos letales a un proyecto basado en la confianza que Bolívar irradiaba entre los jefes revolucionarios, pero que no todos fueron capaces de valorar y sostener.

 

El traidor comenzó a destilar su erosiva ponzoña para complacer al amo que le sobó la avaricia con dádivas vergonzantes. “A esta fecha debe haber recibido el gobierno británico una nota nuestra relativa a la Confederación, en la que excitamos al Gabinete a que envíe un comisario como testigo, a la manera de lo que se practica en los Congresos europeos. También se ha avisado políticamente la reunión al comisionado del Emperador del Brasil en Londres. Estos pasos nos parecieron prudentes para quitar todo motivo de alarma y todo pretexto de hostilidades”. (Cartas de Santander)   

 

Santander se burla de Bolívar en lo referente a la convocatoria a Panamá. “Con respecto a los Estados Unidos he creído conveniente invitarlos a la augusta Asamblea de Panamá en la firme convicción de que nuestros íntimos aliados no dejarán de ver con satisfacción el tomar parte en las deliberaciones con el interés que corresponde a unos amigos tan sinceros como ilustrados”. 

 

Lo que Bolívar concibió de su vena más genuina y labró con cincel de gloria en los campos de batalla, Santander se encargó de enlodar, haciendo inviable el plan bolivariano. Es que ya “el cucuteño” –como lo menciona despectivamente Laureano Gómez- era agente infiltrado al servicio del espionaje estadounidense.

 

Este menjurje sin consistencia montado por Santander, aprovechando su reinado en las oficinas bogotanas, llevó a Bolívar a comentarle sus pesimistas expectativas a Pedro Gual, el 11 de agosto de 1826: “No será más que nominal, pues un pacto con un mundo entero viene a ser nulo en realidad”. (Recopilación de Vicente Lecuna, 1929)

 

Unos meses atrás, el 17 de febrero de 1826, el Libertador conversaba en este tono con el Canciller Revenga, sobre los “pro” y los “contra” del mismo asunto: “Estas ventajas no disipan los temores de que esa poderosa nación sea en el futuro soberana de los Consejos y decisiones de la Asamblea; que su voz sea la más penetrante, y que su voluntad y sus intereses sean el alma de la Confederación, que no se atreverá a disgustarla por no buscar ni echarse encima un enemigo irresistible. Este es, en mi concepto, el mayor peligro que hay en mezclar a una nación tan fuerte con otras tan débiles”.

 

Cualquier parecido con la OEA es pura coincidencia casual.

 

Conclusión. La Doctrina Bolivariana sobre la unidad latinoamericana y la búsqueda del Equilibrio Universal tiene el doble mérito de ser originaria y premonitoria, y poseer una vigencia pasmosa, que la hace digna de estudiarse y aplicarse en la lucha contemporánea por una mejor humanidad.

 

 

 

 

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/192059
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