Fuerza plural para un gobierno de transición

24/10/2017
  • Español
  • English
  • Français
  • Deutsch
  • Português
  • Análisis
que_pare_la_guerra_no_la_paz.jpg
-A +A

El siguiente texto expresa la necesidad y la posibilidad de que en Colombia surja, en medio de la coyuntura crítica que vive el país, una fuerza política plural, o articulación de actores políticos y movimientos sociales, que sea capaz de asumir la tarea de instaurar el 7 de agosto de 2018 un gobierno de transición.

 

La transición que comienza a darse en Colombia no puede reducirse a pasar de la guerra a la paz, sino que debe ser también un paso de la corrupción a la transparencia, de la inequidad económica a la justicia social y ambiental, de la precariedad a la plenitud democrática. Desde hace 25 años el país transita de una semi democracia poblada de violencias a una democracia creciente sin violencia. El reto es gobernar la transición para que se torne irreversible y se profundice.

 

Aquí se discuten algunos de los presupuestos de esa perspectiva transformadora, se identifican actores, insumos programáticos, momentos que implican decisiones claves, con la intuición de que si colapsan los partidos la sociedad sabrá encontrar formas originales para rescatar la política y hacer que cumpla su papel primordial como principio de vida de los pueblos.

 

El propósito de estas cuartillas es incentivar el diálogo entre fuerzas liberales, democráticas, de centro y de izquierda, incluidas las organizaciones y movimientos sociales, a fin de contribuir a que se constituyan en coalición imbatible recorriendo caminos políticos inéditos. La política no es simple inercia, es imaginación y creatividad, puede apelar también a cierto grado de audacia. Hoy es necesario que tales calidades salgan a relucir ante los enormes retos que plantea el 2018.

 

El texto toma en cuenta, a la manera de breves capítulos, algunas de mis columnas publicadas recientemente en el diario El Espectador de Bogotá.

Nuevo rumbo posible1

La sociedad colombiana tiene hoy ante sí dos posibilidades: una, precipitarse aún más en el clima de polarización que predomina, poniéndose de espaldas a los acuerdos de paz con las insurgencias políticas; otra, terminar definitivamente la confrontación bélica y entrar por el camino de la reconciliación cumpliendo con esmero los acuerdos ya suscritos o que se suscriban con las insurgencias políticas.

 

Opositores y partidarios de los acuerdos de paz progresivamente se van posicionando: montan discursos, salen a la calle, realizan foros, utilizan los medios masivos y las redes virtuales para instalar cada uno su punto de vista en la conciencia pública cuando el país se encuentra cada vez más cerca de una ordinaria pero inusual contienda electoral parlamentaria y presidencial. El  gran pulso ocurrirá en marzo–mayo–junio de 2018.

 

Los opositores ladinamente declaran no ser contrarios a los acuerdos sino solo querer reformarlos pero los cambios que pretenden son inadmisibles para una guerrilla que ya quemó las naves y demanda cumplimiento cabal de lo acordado. Entre tanto los partidarios de la paz hacen la defensa de los acuerdos con timidez, soportando el lastre de un gobierno que se desgasta sin remedio día tras día. Escándalos de corrupción ocurridos en el pasado reciente y en el presente asoman por todos lados. Nadie quiere volver a la guerra, pero no todos quieren realmente la paz.  

 

En la percepción general se pierde la centralidad de la paz. El tema de la  corrupción se asume por algunos como el que más directamente toca la sensibilidad pública y,  por tanto, el que es preciso agitar para obtener apoyo y votos. Otros ponen en el centro la discusión del modelo con sus implicaciones sociales y plantean que no hay tal polarización sino meras desavenencias entre compadres que tienen en el fondo los mismos intereses.

 

El país está confundido, los estadistas no aparecen, los partidos no existen, el clamor social no es escuchado, los militantes de causas humanitarias, sociales y de paz son diezmados por grupos herederos del paramilitarismo. Los acuerdos de paz ciertamente se van desarrollando a través de leyes pero con decreciente respaldo parlamentario paralelo al desgaste del gobierno. Los nuevos diálogos en busca de la paz completa no parecen poder consolidarse en los 15 meses que restan del Gobierno Santos. Hay desconfianza por lo que pasa a los que ya firmaron.  

 

¿Todo negativo? No, por fortuna. Ya comienzan a aparecer voces importantes que, superando la momentánea perplejidad, esbozan una inteligente articulación programática entre paz, transparencia y equidad social. Ya hay movimientos de convergencia hacia un bloque alternativo de poder. Ya se visualiza un camino de participación ciudadana como constitución de nuevos sujetos sociales y políticos.

 

La etapa política que viene inmediatamente se desarrollará con reglas de juego renovadas en virtud de la reforma política que se deriva de los acuerdos de La Habana. Se abren posibilidades hasta ahora inexistentes para iniciativas emergentes y para las regiones más apartadas del país.

 

La parte cualitativa que permita el inicio de un nuevo rumbo estaría en que por muchas vías se promueva la incursión plena de las bases ciudadanas en las decisiones, y en que el inmenso sector alternativo sepa hacer uso de las nuevas herramientas para unirse y afirmarse como proyecto de poder y de gobierno. Se avanza, pero aún no es seguro que pueda darse un gobierno de transición.

 

El Congreso Regional-Nacional de Paz que se anuncia para fines de mes (27 en regiones, 29 en Bogotá) será un paso importante en la perspectiva deseable: “Colombia nuevo rumbo, un pacto por la vida y por la paz”. 

Congreso de Fuerzas Alternativas2

Es tiempo de convenciones de los partidos políticos existentes con personería jurídica, 14 según la Registraduría. Se realizó la del Centro Democrático hace unas semanas y en septiembre se hará la del Partido Liberal. En breve, terminada la dejación de armas, se tendrá legalizado el nuevo partido de las Farc fruto de los Acuerdos de La Habana. Aparte de ello en el segundo semestre de este año tendrán lugar consultas partidarias e interpartidarias. 

 

Asuntos ineludibles de definición en estos publicitados eventos son las propuestas que se hacen al país ante problemas y expectativas protuberantes y la formalización de aspiraciones a Congreso y Presidencia de la República. Cada partido y cada bloque político toma decisiones sobre estas materias, con mayor o menor democracia interna, en medio de un tremendo barullo aunque todo está normatizado. La impresión es la de un mercado caótico.

 

Tras la aparente formalidad, en el fondo juegan grandes intereses y poderes. Nombres y propuestas se compran y se venden como productos en el mercado de bienes y servicios. El marketing político desempeña un papel definitivo y, por supuesto, en tiempos de posverdad, funcionan todo tipo de falsedades y manipulaciones como se ha visto en los más recientes episodios electivos en el mundo y también aquí.

 

No serán rutinarias las elecciones de 2018. Durante más de medio siglo los comicios ocurrían en un contexto de orden y violencia. La gran novedad hoy es que se acerca el fin de la violencia política y el país amplía el juego político y, en virtud de ello, podría profundizar la democracia. Colombia vive la transición de un país semidemocrático poblado de violencias a un país con democracia creciente sin violencia. Transición in fieri, aún no culminada.

 

Otro rasgo del contexto es la sostenida agitación social (2011, 2013, 2015) que hoy se materializa en paros de maestros, trabajadores del Estado central, rama judicial y en paros de regiones y ciudades como Chocó y Buenaventura; otros pueden estallar en próximos días. Problemas sociales agudizados, incumplimiento de anteriores acuerdos, defensa de los diálogos y pactos de paz son los motivos de la intensa ola de protestas.

 

Si la política es expresión de lo que pasa, debe y puede pasar en la sociedad: ¿Qué partidos, propuestas y candidaturas expresan mejor el interés de los que quieren paz con cambio, traducción en política del  reclamo social, gestión con transparencia, economía sin depredación de comunidades y naturaleza? No puede haber duda en la respuesta: esa responsabilidad corresponde al amplio conjunto de fuerzas alternativas con que, por fortuna, cuenta el país.

 

La paz les está quedando grande a las élites tradicionales. Desataron y sostuvieron el proceso pero se muestran incapaces de cumplir a cabalidad, de profundizar la recreación cultural, social e institucional que implica la paz positiva y sustantiva después del silenciamiento de los fusiles. Parte de tales élites quieren hacer trizas la paz porque quizá ya se percataron que es la paz, que no se detendrá, la que puede hacerlas trizas.

 

La iniciativa en el actual proceso político no puede dejarse a los de siempre, es preciso que las fuerzas renovadoras pasen a la ofensiva e instalen en el imaginario de electores y electoras la necesidad y posibilidad de transformar sin alterar la vida democrática. Eso es la paz, la realización de un proyecto de país, la erradicación de los factores que dieron lugar a la violencia durante décadas.

 

Se requiere mínimo entendimiento estratégico para tomar la iniciativa política cuando es más claramente necesaria. ¿No será posible realizar con sentido común un gran congreso regional y nacional de fuerzas alternativas?     

 

Coalición imbatible3

 

Las candidaturas a la Presidencia de la República no serán en esta oportunidad de partidos sino de amplias coaliciones. No hay ningún partido o grupo en el espectro político que tenga capacidad por sí solo de ganar una elección poniendo mayoría suficiente.   

 

Pero el asunto no es solo de músculo electoral, existe un descrédito inmenso de la política por corrupción, ineficiencia, incumplimiento, pugnacidad, abuso generalizado. La forma partido pierde fuerza para hacer política. Los poderosos medios de comunicación y las redes virtuales pesan cada vez más en la formación de opinión.

 

En el tiempo de la sociedad líquida toda estructura organizada pierde consistencia y funcionalidad. Los recursos comunicativos a la mano facilitan producir situaciones artificiales de posverdad profundamente nocivas para los pueblos. La mentira vende más que la verdad. El poder se adquiere y reproduce por vía clientelar.

 

Una expresión patética del desvarío actual de la política es que pareciera haber más interesados en impugnar la paz que en consolidarla. El formidable paso histórico de terminar mediante el diálogo una guerra de 50 años parece una fruslería. “La guerra ya se acabó, la paz no tiene porqué figurar entre las prioridades de la agenda nacional para las elecciones de 2018”, se dice.

 

Hace un par de semanas se constituyó la coalición del NO mientras se ve extremadamente difícil constituir la del SÍ. Los del NO, después de confesar a los cuatro vientos que harán trizas los acuerdos de paz si llegan al Gobierno, ahora eufemísticamente dicen que no los desconocerán, sino que solo los modificarán.

 

Claro que hay con quienes formar una gran coalición por la vida, la equidad social, la transparencia, el cuidado de la naturaleza, el equilibrio campo-ciudad, la dignidad nacional, la apertura política, la paz positiva. Diversas propuestas se ofrecen para formar coalición por parte de Gustavo Petro, Clara López, Sergio Fajardo, Piedad Córdoba, Aída Abella, Roy Barreras, Humberto de la Calle…

 

Si tantos hablan de coalición es tiempo de sentarse a precisar entre quiénes, con qué programa, con qué reglas de juego para dirimir aspiraciones. El tiempo político corre velozmente. Si se espera a medir fuerzas en las elecciones parlamentarias, resulta tarde. Si la ilusión es llegar a primera vuelta para saber quién tiene la mayor favorabilidad, más tarde aún.  

 

Alguna forma viable debe haber para una definición oportuna. El 30 de octubre habrá consultas, el 11 de noviembre se abre la inscripción de candidaturas a Senado y Cámara. ¿No está en esos dos momentos la posibilidad de expresar el gran acuerdo entre todas las fuerzas que levantan la propuesta de coalición? Diálogo directo y/o compromisarios quizá sean caminos aprovechables para producir el acuerdo.

 

La democracia es pluralidad y competencia pero no necesariamente polarización extrema, que linda con la violencia. El país necesita un pacto sobre lo fundamental: las armas fuera de la política, monopolio garantista de la fuerza en el Estado. Todo lo demás al libre juego político.  

 

Si desde siempre la vida del país ha sido una mezcla de orden y violencia, es hora de acceder a un orden democrático sin violencia. Ello equivale a un nuevo comienzo de la República. La competencia no puede ser entre odios sino entre visiones de país y capacidades para realizarlas.

 

La bandera de la paz no es continuista. El Estado tiene que cumplir, pacta sunt servanda, pero el curso de la política y el gobierno tienen que cambiar. La paz es cambio, el cambio es paz.                   

 

La Unión Patriótica realizó magnífico congreso. Desde de allí, voces diversas y autorizadas alentaron la propuesta de gran coalición alternativa para el 2018.

 

La República en el posacuerdo4

 

A los 207 años de la independencia de España, Colombia es una república cansada, descohesionada y sin horizonte compartido de futuro. Se agotó la enésima guerra interna y la paz que llega no produce ningún entusiasmo. Esta vez no alcanzó la fuerza del acuerdo para desatar un proceso constituyente inmediato. La mundialización omnímoda atenaza y desvirtúa el Estado nación, muy probable que hoy seamos más dependientes que antes del 20 de julio de 1810.

 

El país maltrecho que tenemos se debe a la política mezquina que practicamos. Política sin proyecto colectivo interiorizado, hecha a la medida de la conservación de los privilegios de unas pocas familias, dedicada al saqueo permanente del presupuesto y demás bienes públicos,  entreguista frente a los poderes imperiales económicos y políticos, con inmensa capacidad de manipulación y abuso del poder, que sin rubor trafica con la adhesión ciudadana, que complacida se deja avasallar por mafias de todo tipo, que de manera imperturbable practica el egoísmo de clase y desecha toda forma de solidaridad con las mayorías excluidas.

 

Ese cuadro deprimente solo es atribuible a las élites tradicionales que siguen mandando en la era republicana con todo el sentido aristocrático y el contexto de escandalosas desigualdades que signó la Colonia hispánica. En estos 200 largos años de historia todas las posibilidades del pueblo (los de abajo, clases subordinadas) para tomar las riendas se han truncado por la cooptación, la exclusión, el asesinato, la represión o el exterminio sin contemplaciones.

 

La realidad imperante es inaceptable, la realidad deseable parece inalcanzable. Esto es justamente lo que tiene que cambiar con el fin de la guerra y el comienzo de la paz. Colombia no es mejor porque le hayan faltado recursos para serlo. Seguimos siendo la caricatura de país que somos porque no sabemos aprovechar razonablemente la enorme riqueza humana y natural que nos tocó en suerte. No vivimos en la pobreza porque seamos pobres sino porque no tenemos medios institucionales para distribuir la riqueza.

 

Esta columna hace la crítica pero también la propuesta. En todo momento ha estado orientada a lograr el marchitamiento de la guerra y el florecimiento de una nueva realidad política. La construcción de esa nueva realidad es posible. Lo inalcanzable se puede volver alcanzable si un conjunto de fuerzas sociales y políticas identificadas con la transformación se coaligan, caminan juntas, acumulan poder real, no se dejan ni seducir ni amedrentar por el poder establecido, sobre todo, si aprenden a sumar, abandonan el estéril campo de la división y dispersión, dirimen con sentido común sus rivalidades y aspiraciones, y se entusiasman con una realidad intencional que las mueva y proyecte a objetivos de claro interés social y  nacional. Frente a un ellos decadente puede surgir un nosotros transformador.   

 

Oportuno visualizar cosas así este 20 de julio de 2017 porque es el momento preciso para que el posacuerdo de paz se convierta en la oportunidad de instaurar la segunda república: más ética, más democrática, más social, más autodeterminada. Colombia se merece un nuevo rumbo. Existen innumerables fuerzas luchadoras con amplia capacidad política, moral y técnica para protagonizar el cambio.

 

Pero las fuerzas alternativas dispersas no logran nada, coaligadas tienen posibilidad de ser Gobierno para cumplir los acuerdos de paz, devolver la transparencia al oficio de administrar y gobernar, combatir la pobreza y profundizar la equidad, modernizar las instituciones y relacionar dignamente al país con el mundo.

 

Al momento en que se acaba la insurgencia armada, se necesita un amplio movimiento democrático de insurgencia civil que suscite confianza y recupere la esperanza. Es posible. Está en camino.           

 

El colapso de los partidos5

 

Imposible no hablar de lo que está pasando ante nuestros ojos y estamos padeciendo en nuestras vidas de ciudadanos y ciudadanas en un contexto de posacuerdo con las Farc y de preacuerdo con el Eln: el colapso de los partidos y del sistema de partidos en el país.

 

Los partidos tienen en la sociedad una función cohesionadora prospectiva, una función electiva y una función gubernativa. La primera la materializan mediante el ejercicio programático estructural y coyuntural; la segunda, mediante el voto y la tercera, mediante el desempeño de cargos públicos. Todas ellas a través de una incesante batalla de opinión y del recurso intensivo a los mass media y redes.

 

Tales funciones subsisten, pero en forma distinta a la de antes, en las condiciones de sociedades informatizadas, globalizadas y desnacionalizadas, vale decir, apelando a la expresión de Zygmunt Bauman, en sociedades líquidas o licuadas por el predominio omnímodo e inmisericorde del mercado que ha flexibilizado y diluido absolutamente todo desde estructuras societales hasta valores y resortes morales.     

 

De gestores de imaginarios para modelar la vida colectiva y ofrecer opciones a la toma de decisiones libres de hombres y mujeres individuales, y de conjuntos sociales, los partidos han degenerado en traficantes de contratos y votos, o en sostenedores abiertos o encubiertos de múltiples formas materiales o simbólicas de violencia, incluidas las prácticas de posverdad. Hasta algunas izquierdas quedan incluidas en esta fenomenología.  

 

El espectáculo de corrupción generalizada (no todo el mundo es corrupto, pero en todos los espacios hay corrupción), de ausencia de liderazgos creíbles y confiables, el deterioro irremediable de bienes públicos tangibles e intangibles, la cortedad para hacer de la transición de la guerra a la paz una oportunidad de cambio y transformación están dejando al desnudo la realidad de una sociedad en la cual la política se volvió propiedad de castas mafiosas y la ciudadanía del común se quedó sin el más común de los bienes que es la política. La palmaria incapacidad de los partidos para organizar el juego político explica el inusitado auge de las firmas para candidatizarse.

 

Los partidos están en crisis, los movimientos, en auge. Los recientes paros realizados por regiones como Buenaventura y Chocó, o sectores como los maestros y las consultas mineras, introducen elementos en el manejo de lo público de verdadero alcance estratégico y estructural. Los acuerdos logrados no solo mejoran las condiciones inmediatas de vida y trabajo, sino que comprometen recursos cuantiosos para toda una década. Los acuerdos suscritos por las guerrillas abren la posibilidad de reformas significantes en aspectos claves del desarrollo territorial económico y social.              

 

No basta reformar la política, hay que recrear lo político. Pero ello no va solo por la vía de hacer reingeniería de los partidos, sino por la de abrirle paso a las potentes dinámicas de insurgencia civil, ciudadana y social. Una democracia sostenida de movilización, dinamizada por un sujeto plural en expansión y articulación, permite avizorar un esperanzador horizonte constituyente. En el fondo, a pesar de la escena decadente que se ve en primer plano, Colombia no se está deshaciendo sino rehaciendo.

 

Sin nervio intelectual no puede haber nervio ético, la política alternativa tiene que alimentarse de un humanismo revolucionario, como utopía provocadora, en el que prosperen hermanadas libertad e igualdad, nunca la una sin la otra. Recrear lo político, realizar una profunda transformación intelectual y moral, hacer que la política recobre en la sociedad la función que el agua pura, el aire no contaminado y el pan saludable y fresco tienen para las personas requiere un formidable movimiento cultural político.            

 

Cohesión y coalición6

 

En ocasiones la política se reduce a la inercia de lo que pasa, pero en otras puede elevarse a un acto de imaginación y audacia que crea soluciones y escenarios inéditos. Es cierto que en el país existe hoy un colapso de los partidos, pero no es cierto que la sociedad esté en plan de prescindir de la política como la vía colectiva para dar salida a aspiraciones y problemas colectivos. 

 

Es patente que en el país se están formando grandes conjuntos políticos a partir de una enorme diversidad de  opciones. El fenómeno de las firmas, a falta de partidos, está dando lugar, en muchos casos, a que se conformen propuestas programáticas, liderazgos y franjas de opinión ciudadana. Una característica del proceso político actual perfectamente identificable es la tendencia a producir coaliciones, o agregados plurales muy amplios, para tratar de construir alguna suerte de mayoría en un piélago de minorías. 

 

Quienes recogen firmas están en campaña. No es cierto tampoco que en medio del pragmatismo, clientelismo y corrupción exacerbados de muchos las propuestas programáticas estén ausentes. Hay posturas que ofrecen mantener la polarización basada en odios, así se haya terminado la guerra, y hay posturas que ofrecen asumir avances ciertos, como el de los acuerdos de paz, y a partir de allí articular una visión transformadora de país. 

 

Colombia vive una inflexión de su curso de los últimos 50, 70 o más años. Vive, desde hace un cuarto de siglo, una transición que consiste en pasar de una semidemocracia poblada de violencias a una democracia creciente sin violencia. Las armas están saliendo de la política. Realmente el reto para sectores liberales, progresistas y de izquierda está en no dejar devolver la rueda de la historia y empujar hacia adelante la transición en curso. El debate político se centra hoy en responder esta pregunta: ¿quién gobierna y cómo la transición? 

 

Absolutamente definitivo que ese inmenso conjunto democrático de la vida política se plantee compartir una estrategia para elegir legisladores y presidente de la República, en marzo y mayo de 2018, con un programa básico común y una voluntad indeclinable de asegurar condiciones sostenidas de democracia y democratización de la vida cotidiana de colombianos y colombianas en todos los espacios sociales y territoriales de la nación. 

 

Dado que la pluralidad que se proyecta en esa perspectiva es inmensa se necesitan dos grandes dinámicas políticas complementarias para asegurar la victoria en las próximas elecciones: una dinámica de cohesión y una dinámica de coalición. Cohesión de actores afines y coalición de todos alrededor de cuatro grandes temas: el cumplimiento de acuerdos, la economía con sentido social y ambiental, el manejo transparente de lo público y un sustantivo cambio político.  

 

En la realidad presente me parece que son sensibles a la consideración que aquí se hace muchos y muchas en el Partido de la U, Partido Liberal, Partido Verde, Colombia Humana, Compromiso Ciudadano, Todos Somos Colombia, Poder Ciudadano, Fuerza Ciudadana, Polo Democrático, en espacios políticos comunistas, camilistas y socialistas, en movimientos sociales e iniciativas de paz que buscan una proyección política, en espacios independientes e inconformes, inclusive en el nuevo partido Fuerza Alternativa.

 

Cohesión entre los más afines y coalición entre todos alrededor de un programa transformador, liderazgos y candidaturas confiables. Desarrollos posibles que suponen superar el sectarismo, el caudillismo y el cortoplacismo. Desarrollos obtenibles si un firme sentido de responsabilidad se abre camino. 

 

Hay una identidad básica en ciernes en este gran conjunto, una potencialidad que desentrañar, unos liderazgos descollantes que generan confianza y esperanza, hay una posibilidad real de ser mayoría triunfante en el 2018.   

 

Los caminos inéditos de la política7

 

La necesidad de reproducirse en el poder, o de acceder a él, da lugar a los más inesperados virajes. La política no es simple inercia, es imaginación y creatividad. Aun una política conservadurista necesita capacidad de innovación para sostenerse. La política es siempre el anuncio de algo mejor, o al menos distinto, al insufrible presente.  

 

Colombia experimenta hoy una volatilización de los actores políticos. Hay muchos, muy diversos, ninguno con capacidad de imponerse por mayoría electoral a los demás. Ello está obligando a buscar agregaciones políticas o coaliciones que permitan mínimos legales y máximos electorales en los que el factor predominante de afinidad no es precisamente el programático.

 

En medio de huracanadas tensiones sociales, políticas e institucionales van dejándose entrever los grandes conjuntos que finalmente disputen el voto en marzo, mayo y junio de 2018. Más fácil está resultando para la derecha posicionarse en el escenario, en sus dos grandes alas, la uribista y la vargasllerista, que para el gran espectro de liberales, centro e izquierda.

 

En esta orilla están el Partido de la U; Coalición por Colombia de Sergio Fajardo, Claudia López y Jorge Robledo; Todos Somos Colombia y ASI con Clara López; Colombia Humana de Gustavo Petro, y Partido Liberal con sus cuatro precandidatos: Edinson Delgado, Juan Fernando Cristo, Luis Fernando Velasco y Humberto de la Calle.

 

¿Llegará la derecha en dos grandes agrupamientos a la primera vuelta o se impondrá la idea de unirse para ganar de una a fin de no correr el riesgo de 2014 cuando muchos se unieron contra Zuluaga? Ello podría ocurrir si Vargas Lleras resulta, en algún momento, atractivo y confiable para el uribe-pastranismo, o si esta ambiciosa combinación rodea a Marta Lucía Ramírez, o si posiciona un outsider como Luis Alberto Moreno que sintomáticamente ya comienza a mojar prensa.     

 

¿Llegará el conjunto de liberales, centro e izquierda plurifurcado o coaligado a la primera vuelta? Los sectores, hoy en ascenso y en pugna, que enfrentan este reto son los de Fajardo, Clara, Petro y Humberto de la Calle. Una vez pasada la definición liberal del 19 de noviembre, y firmas recogidas, se verían abocados a una interpartidaria que podría efectuarse en las parlamentarias de marzo, o acudir a otro medio antes de esa fecha. 

 

Ideal que alguien de este espectro, progresista y partidario de cumplir los acuerdos de La Habana como se firmaron, y de seguir adelante con la mesa de Quito, ganara en primera vuelta o que, al menos, pasara bien posicionado a la segunda. Colosal esfuerzo y refinada sabiduría se necesitan para que las cosas sean así. Difícil, no imposible.

 

Es un asunto de responsabilidad y realismo. Si todos tratan de pasar la puerta al tiempo, no pasará ninguno. Si acuerdan una línea de sucesión, como gobiernos de transición, les irá mejor a todos, clarificarán roles y habrá un horizonte de esperanza para el país. De entre ellos mismos debería salir el estratega capaz de armar el rompecabezas, ese gesto demanda generosidad que puede ser retribuida con la opción abierta para el 2022.  

 

El elemento de oferta política al electorado es definitivo, identificarlo implica dos cosas: capacidad de captar expectativas ciudadanas y capacidad de moldear formas de sentir y pensar del electorado. Colombia necesita instalar en su imaginario de cambio bienes públicos de primer orden: reconciliación, transparencia, cumplimiento, participación, derechos fundamentales. Imposible si la economía no da margen para ello. Se impone afectar el modelo neoliberal extractivista.

 

El país requiere liberar potencialidades latentes. Los sectores progresistas tienen una oportunidad extraordinaria de sobreponerse a la perplejidad y construir una opción viable. 

 

Luis I. Sandoval M.

Integrante de Redepaz, Director Ejecutivo de la Asociación Democracia HOY, columnista de El Espectador. luis_sando@yahoo.es - @luisisandoval

 

 

1 El Espectador - 10 Abr 2017.

 

2 El Espectador - 5 Jun 2017.

3 El Espectador - 3 Jul 2017.

 

4 El Espectador - 24 Jul 2017.

5 El Espectador - 28 Ago 2017.

 

6 El Espectador - 18 Sep 2017.

7 El Espectador - 2 Oct 2017.

https://www.alainet.org/es/articulo/188815
Suscribirse a America Latina en Movimiento - RSS