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Qué desarrollo frente a la pobreza?

Opinión
23/09/2008
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Cuando hablamos de desarrollo humano y de reducción de la pobreza, no debemos referirnos al consumo desenfrenado de mercancías (desde automóviles, computadoras o teléfonos móviles cada vez más potentes hasta una variedad prácticamente ilimitada de cualquier producto), sino al hecho de que todos los seres humanos puedan satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, salud, vivienda, educación, por ejemplo, así como de disponer de tiempo suficiente para gozar de la cultura y de las artes, tener relaciones sociales enriquecedoras, hacer realidad nuestras vocaciones legítimas en cualquier ámbito que elijamos y, asimismo, tener tiempo libre para el descanso. Se trata de una concepción de la riqueza humana, y por consiguiente de la pobreza, que va mucho más allá de la esfera económica y de su evaluación monetaria o mercantil.

 

En cambio, el modelo de desarrollo que está imponiendo la actual mundialización del mercado no sólo no disminuye la pobreza, sino que acentúa el productivismo y el consumismo destructores del medio ambiente y de la cohesión y solidaridad sociales, así como de la persona humana, reduciéndola a la unidimensionalidad que ya denunciara Marcuse en los años sesenta del pasado siglo [1]. El modelo capitalista de desarrollo que predomina en la actualidad, en realidad, se trata del “desarrollo del subdesarrollo” [2], o del “subdesarrollo del desarrollo” [3], en la medida en que el desarrollo de los más ricos implica el subdesarrollo de los más pobres y que la actual mundialización del mercado no hace sino ahondar la brecha entre ambos, aumentando más y más las desigualdades económicas y sociales, así como las relaciones de dependencia y dominación. En cualquier caso, bien podríamos hablar del fracaso del desarrollo, sobre todo en el tercer mundo y, principalmente, en África [4]. Los hay que van más lejos, al menos en lo semántico, al desechar el término “desarrollo” por considerar que está irremediablemente asociado al capitalismo, es decir, a la “occidentalización del mundo” [5] o a su crecimiento [6], el cual es el “desarrollo realmente existente”. En este sentido, los “antidesarrollistas” proponen una “sociedad de decrecimiento” para así frenar el productivismo devastador que asola el planeta y poder reconstruir el mundo, recuperando sus raíces.

 

Asimismo, hay autores que comparten en gran medida las críticas de los antidesarrollistas, pero que señalan que las alternativas al desarrollo propuestas por estos últimos se asemejan mucho al modelo de desarrollo alternativo promovido por los partidarios del desarrollo endógeno o autocentrado culturalmente [7]. Estos últimos proponen un desarrollo alternativo al “occidentalizado” desde la tradición, pues consideran que las metas mismas del desarrollo, y no sólo sus medios, son los que no deben ser importados desde los países “desarrollados”. Por esta razón, habría que buscar la meta del desarrollo adaptada a una sociedad deteminada dentro del dinamismo latente del sistema de valores de dicha sociedad: sus creencias tradicionales, sistemas significativos, instituciones locales y prácticas populares. En este sentido, las metas de este desarrollo alternativo deben centrarse en mejorar en todo lo posible la calidad de vida y la sociedad, en la forma que la propia comunidad lo entiende, y restablecer de algún modo la armonía con una naturaleza seriamente dañada a causa de la depredación producida por esta naturaleza artificial que es la tecnología moderna.

 

En cualquier caso, resulta arbitrario concebir el desarrollo, así como la pobreza, en un sentido meramente economicista, tal y como lo están haciendo los promotores de la actual mundialización comercial y financiera, es decir, sin tener en cuenta sus dimensiones medioambientales, culturales y políticas y, en el marco de lo meramente económico, ignorando su dimensión redistributiva, con vistas a una mayor igualdad o equidad social y, por lo tanto, a erradicar la pobreza. Por el contrario, debe entenderse el desarrollo de las personas y de los pueblos como un proceso que crea y favorece las condiciones que permitan el pleno despliegue de sus facultades físicas, culturales, políticas, económicas y ecológicas [8].

 

El crecimiento económico no garantiza el desarrollo ni la disminución de la pobreza

 

Se da el caso de que en muchos países el crecimiento económico no sólo no mejora la situación de los sectores más vulnerables y desfavorecidos, sino que la empeora, utilizando importantes recursos en la represión de aquellos que osan protestar. Este es el caso de varios Estados africanos con importantes recursos minerales o petrolíferos (Nigeria, Congo, Guinea Ecuatorial, etc.) o diamantes (Liberia, Sierra Leona, etc.), los cuales suelen estar inmersos en graves conflictos internos que desembocan en sangrantes guerras civiles, alimentadas precisamente por el dinero obtenido en la exportación de esos recursos de su subsuelo, el cual se dedica en gran parte a la compra de armamento y entrenamiento de fuerzas militares y paramilitares para la represión y aniquilación de opositores (caso de Colombia, en América Latina, por ejemplo).

 

El desarrollo humano debe caracterizarse por la transparencia, la equidad y la no discriminación, frente a otro tipo de procesos en los que se pretende un mero crecimiento a toda costa, sin parar mientes en su coste humano y ecológico y en si los beneficios van a ser equitativamente repartidos o no. Según el experto sobre el derecho al desarrollo de las Naciones Unidas, puede producirse un aumento espectacular de las industrias de exportación con mayor acceso a los mercados mundiales, pero sin integrar en el proceso de crecimiento a los sectores económicos más atrasados y sin superar una estructura económica doble y, además, venir acompañado de crecientes desigualdades o disparidades y una concentración cada vez mayor de riqueza e influencia económica, sin mejora alguna en los índices de desarrollo social, educación, salud, igualdad de género y protección ambiental [9].

 

Así pues, es necesario equilibrar el crecimiento económico con el desarrollo social y con el respeto y preservación del medio ambiente. Un auténtico desarrollo humano y sostenible no es posible si no se reconocen y respetan todos los derechos económicos, sociales y políticos, pues sólo así se consigue el equilibrio social necesario para lograr una convivencia pacífica duradera. Por esta razón, hay que combatir la creencia intencionadamente promovida por los poderes hegemónicos, de que ante todo hay que potenciar el crecimiento económico, presuponiendo que todo lo demás vendrá después automáticamente: nada mas incierto, pues como se ha señalado, no existe un nexo automático entre el crecimiento económico y el progreso en materia de desarrollo y derechos humanos, así como en la disminución de la pobreza.

 

En definitiva, un alto crecimiento puede traducirse en un escaso desarrollo, mientras que un pequeño crecimiento puede bastar, si va acompañado de una política redistributiva equitativa, para lograr grandes avances en materia de desarrollo humano y de reducción de la pobreza. Además, el crecimiento económico no es tanto una precondición del desarrollo y de disminución de la pobreza como lo puede ser un reparto más equitativo de la riqueza. Es decir, la redistribución de la riqueza mediante políticas redistributivas equitativas por parte de los poderes públicos en favor de los grupos e individuos más pobres, vulnerables y desfavorecidos sí es condición necesaria del desarrollo en su sentido humano, social y sostenible y, por consiguiente, de la reducción de la pobreza.

 

El crecimiento económico puede ser necesario en la medida en que la construcción de escuelas, de centros de salud o de otros servicios sociales, adecuadamente dotados, se traduce en crecimiento económico. Lo mismo sucede si se incluyen en la contabilidad pública y privada los trabajos denominados “invisibles” por no estar remunerados, como los trabajos domésticos del hogar y de asistencia familiar y social, mayoritariamente efectuados por mujeres. En cualquier caso, hay que desmitificar el crecimiento económico como panacea indispensable, en particular en lo que se refiere a la erradicación de la pobreza, pues como se ha dicho, la actual mundialización financiera y comercial puede que estimule el crecimiento económico, pero no sólo no está erradicando la pobreza, sino que está provocando un enorme aumento de las desigualdades económicas y sociales. Asimismo, este modelo de mundialización continúa destruyendo a pasos agigantados los ecosistemas naturales y degradando el medio ambiente de manera acelerada, sin tener en cuenta que los recursos naturales son limitados y que el aumento de la explotación humana va en contra de la dignidad y del disfrute de todos los derechos humanos por parte de todos, principalmente de los más vulnerables y desfavorecidos.

 

Además, el modelo productivista y consumista de los paises más industrializados en la actualidad es devastador e inexportable debido a que se han desbordado con creces los límites razonables, pues si los países más pobres consumieran y produjeran con la misma intensidad que los más ricos necesitaríamos un planeta de dimensiones muy superiores para que pudiera soportarlo. En efecto, partiendo del hecho de que los ecosistemas naturales tienen una capacidad limitada para reciclar, reabsorber o recuperarse de la presión a que están siendo sometidos por la actividad industrial y el consumo humanos, y de que éstos pudieran medirse en la superficie terrestre necesaria para soportar dicho consumo, un ciudadano de EE.UU., requiere para su consumo cotidiano (el "american way of life") como promedio 9,6 hectáreas, un canadiense 7,2 y un europeo 4,5, mientras que el límite estimado a escala planetaria se sitúa en 1,4 hectáreas. Actualmente, se necesitaría ya un área equivalente al 120% de la actual superficie terrestre. Si todo el planeta consumiera y produjera como EE.UU. necesitaríamos un planeta cuatro o cinco veces más grande. Por lo tanto, el actual modelo de crecimiento económico sólo puede favorecer a unos pocos privilegiados, en detrimento de la mayoría de la población, incluidas las denominadas clases medias y, sobre todo, las más pobres, fomentando así una sociedad cada vez más desigual e injusta.

 

Los pueblos indígenas, así como las poblaciones de muchos países menos industrializados, dan fe de que se puede vivir dignamente sin caer en el consumismo devastador del medio ambiente y de la personalidad humana de los países altamente industrializados. Los derechos humanos, entre otras cosas, se han creado también para hacer posible estos modelos alternativos de convivir y desarrollarse como personas, con plena dignidad y bienestar, sin agredir al medio ambiente, y al margen de un consumismo y de un modelo económico que en la versión dominante actual, de tipo neoliberal, no tolera la libertad de vivir de otra manera, es decir, al margen del mercadeo continuo, del casino bursátil, de la sobreexplotación laboral y del saqueo de la naturaleza.

 

La actual mundialización o globalización económica conlleva una extensión de las relaciones de mercado no sólo en su dimensión geográfica y demográfica, sino también en las esferas más íntimas e internas del ser humano. Todo es comercializable, hasta el genoma y la vida humana: el dinero es la libertad y con dinero se puede hacer y conocer lo que uno desea. Por el contrario, sin dinero en el mercado no se es nadie. Pero lo peor de todo sea, quizás, que la expansión del mercado por todos los confines de la sociedad y de la persona humana se realice a costa de negar toda posibilidad, es decir, toda libertad de sustraerse a dicho mercado y al dinero. De ahí que los pueblos, las culturas y las personas que aún optan por conservar costumbres y modos de vida tradicionales, ancestrales o particulares estén en la actualidad, donde todavía pueden subsistir, agonizando lenta e irremediablemente ante el inexorable avance del mercado y del dinero.

 

En definitiva, el modelo de mundialización económica que se está imponiendo por todos los rincones del planeta limita enormemente, por no decir que anula casi completamente, la libertad de cada pueblo de elegir el modelo de desarrollo que mejor se adapte a sus características particulares. Las políticas de desarrollo y de reducción de la pobreza deberían ser elaboradas principalmente por las personas y grupos afectados porque nadie mejor que ellos para comprender cuáles son sus circunstancias y sus necesidades específicas. Todos los pueblos y todas las culturas forman parte de la herencia y del patrimonio común de la humanidad, y merecen igual respeto y consideración a la hora de preservarlos. Igualmente, deberían tenerse en cuenta las consideraciones medioambientales, pues los ecosistemas también son patrimonio común de la humanidad y de los pueblos que los habitan.

 

- Nicolás Angulo Sánchez  es autor de El derecho humano al desarrollo frente a la mundialización del mercado, editorial Iepala, Madrid 2005 (http://www.revistafuturos.info/resenas/resenas13/derecho_desarrollo.htm).



[1]           Véase MARCUSE, Herbert: El hombre unidimensional, ed. Seix Barral, Barcelona 1972.

[2]         Véase HARRIBEY, Jean‑Marie: Quel développement pour une société solidaire et économe ?, en la revista “Les autres voix de la planète”, périodique du CADTM (Comité pour l'Annulation de la Dette du Tiers Monde), núm. 23, junio de 2004, Liège (Bélgica).

[3]         Véase GUNDER FRANK, André: El subdesarrollo del desarrollo. Un ensayo autobiográfico, colección “Cooperación y Desarrollo” n° 12, ed. IEPALA, Madrid 1992.

[4]         Véase AMIN, Samir: El fracaso del desarrollo en África y en el Tercer Mundo. Un análisis político, colección “Cooperación y Desarrollo” n° 9, ed. IEPALA, Madrid 1994.

[5]         Véase LATOUCHE, Serge: En finir, une fois pour toutes, avec le développement, en “Le Monde diplomatique”, mayo de 2001.

[6]         Véase FERNÁNDEZ DURÁN, Ramón: El desorden se dispara, en el libro “FMI, Banco Mundial y GATT, 50 años bastan. El libro del Foro Alternativo. Las otras voces del planeta”, ed. Talasa, Madrid 1995.

[7]           Véase GOULET, Denis: Ética del desarrollo, ed. IEPALA, Madrid 1999.

[8]           Véase MARTÍNEZ NAVARRO, Emilio: Ética para el desarrollo de los pueblos, ed. Trotta, Madrid 2000.

[9]         Véase el documento de Naciones Unidas E/CN.4/2001/WG.18/2.

https://www.alainet.org/es/active/26517

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