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Política racializada y racismo estructural

Opinión
22/08/2008
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Un triste dolor recorre nuestros cuerpos al evocar de la memoria inmediata las imágenes de humillación "holocáustica" que vivieron los campesinos de Mojocoya en plena Plaza 25 de Mayo en la ciudad de Sucre, rodeados de jóvenes y no tan jóvenes para "pedir perdón a la ciudad de Sucre" por la supuesta responsabilidad de los hechos de noviembre durante el cerco que los propios torturadores armaron contra la Constituyente.

Los indígenas en plena plaza pública fueron acosados y forzados a negar su pertenencia y simpatía al Presidente Evo Morales, obligados a renunciar a sus opciones sindicales y políticas; obligados -quién puede negarlo- a su identidad étnica, a sus orígenes, a sus ideales; es decir, a su humanidad entera.

En ese momento gregario, impresiona la escena de alguien golpeando por la espalda a Angel Vallejos, Alcalde de Mojocoya, quien caminaba ensangrentado hacia la Plaza hostigado por la turba de universitarios y vecinos; y luego de asestar el golpe cargado de odio, el hombre da la vuelta y se sumerge en la multitud, quién sabe para olvidar... Cuán arcaica la acción de quienes cultivan en sus espíritus el sentimiento (o el fantasma) de la superioridad racial y cultural para traducirla en actos cobardes, escondidos en la masa para luego volver a seguir con sus vidas y… nuevamente sentirse « humanos ».

Para quienes observamos atónitos las escenas de la vergüenza, se desataba todo un imaginario cargado de símbolos difíciles de ordenar pero que, como en una pintura, muestran algunos de los escenarios en que nos debatimos en esta construcción de la Bolivia soñada.

En ese imaginario es inevitable pensar en los orígenes: la colonización, el latifundio, las leyes de ex-vinculación, la propiedad de las tierras, la servidumbre que sobrevive a los ideales de libertad, las muertes de indígenas en las minas de plata y estaño, las masacres campesinas, el abandono, las trabajadoras del hogar, las brechas de clase, la falta de redistribución. Y también en nuestra infancia: poblada de pautas de distancia, códigos de prestigio y ascenso social racistas y clasistas. En fin, en el resentimiento que cultiva ese racismo estructural y que ahora, como un monstruo multiforme, se expresa a través de la intolerancia política, movida por la manipulación de grupos interesados en mellar el tejido social diverso y multicultural que, a pesar de los pesares, nos cobija.

Viejos esquemas y formatos se repiten: el negar la humanidad del indígena y al mismo tiempo aprovechar de su trabajo, su sabiduría, de sus símbolos es un esquema mental que persiste desde los orígenes coloniales. Retorna la milenaria relación de dominación del mundo urbano con el mundo agrario, de las clases dominantes y elitistas con « la indiada », asignándoles siempre un lugar y un territorio subordinado, impersonal, sin aspiraciones propias, manejable, dócil y servicial. La alteridad en este nuestro mundo es vivida como subordinación, abuso y despojo, afecto y desprecio, paternalismo y rechazo, ciudadanos « de primera » y « segunda » en una escala jerárquica colonial y patriarcal.

El castigo, el escarmiento, la violencia autoritaria es otro patrón que se aplica, como lo menciona el Diputado Wilmer Flores, salvajemente golpeado en Abril por una turba en Sucre, rememorando la violencia de la que fueron objeto líderes indígenas como Bartolina Sisa y Tupaj Katari por rebelarse al poder colonial. El castigo, es una forma reinventada desde lo cotidiano desde la relación con los subordinados y con los niños, para ser aplicada en el campo de batalla de las diferencias políticas.

La impunidad, es otra señal que se repite en la historia de nuestro país y que tiene una directa relación con los horribles actos que habitan ahora nuestro espíritu; es la impunidad alimentada por siglos, exacerbada por el autoritarismo y los crímenes de las dictaduras, cultivada desde lo más profundo de la sociedad boliviana para asegurar un bienestar solitario.

Como toda violencia, ese racismo atrapa a sus dos protagonistas: dominador-dominado, en una relación perversa que se traduce básicamente en la incapacidad de asimilar al Otro diferente como igual y que acarrea un profundo dolor e insatisfacción.

Construir al enemigo racializado sigue un patrón que se proyecta desde la vida cotidiana hasta estos hechos de intolerancia racial y política: ojalá –parecen decir- que bastara con cerrar los ojos y « hacer decir » lo que queremos oir. Ojalá –parecen decir- que solamente estuvieran a nuestro servicio y no pensaran por sí mismos. O fuera mejor –parecen decir- un golpe de muerte que los borrara de estas tierras. Ojalá fuéramos otros –parecen decir.
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