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Brasil, Bolivia y Uruguay ante un mes crucial

Opinión
25/08/2014
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En Brasil (el día 5), Bolivia (el día 12) y Uruguay (el día 26) se celebrarán elecciones presidenciales durante el mes de octubre. Estos comicios se suman a los ya verificados este año en Costa Rica, El Salvador, Panamá y Colombia, y cuyos resultados, en términos generales, mantienen las tendencias que se observan en América Latina en lo que llevamos de siglo: avance de las fuerzas de izquierda y centroizquierda, concretamente las salvadoreñas y costarricenses (pero con mandatos relativamente débiles dada la composición de los congresos y las limitaciones heredadas del modelo neoliberal impuesto hace tres décadas); y en Panamá y Colombia la reafirmación del dominio de unas derecha enfrentadas entre sí, producto de sus propias contradicciones y disputas de intereses, como quedó en evidencia en el caso de la victoria pírrica del presidente Juan Manuel Santos frente al candidato de Álvaro Uribe Vélez.
 
Desde esta perspectiva, las elecciones de octubre cobran relevancia por cuanto las proyecciones de resultados que se desprenden de las encuestas de opinión, especialmente en Brasil y Uruguay, entreabren la posibilidad de que el rumbo progresista suramericano que ha predominado, mayoritariamente, durante los últimos dos lustros, se vea amenazado y hasta fracturado por fuerzas de derecha, centro derecha o un crisol de alianzas pragmáticas coyunturales (por ejemplo, como ocurre en Brasil, con el acuerdo entre “verdes” y empresarios del agronegocio a favor de la candidatura de Marina Silva). 
 
Eventuales triunfos de las derechas, en este ciclo electoral que se avecina, tendrían consecuencias importantes, por un lado, sobre el proceso de integración regional nuestroamericano; y por el otro, sobre el consenso posneoliberal que, a nivel regional y mundial, ha permitido articular posiciones favorables a la construcción de un sistema internacional multipolar.
 
En Brasil, tras el desgaste político de los últimos meses producto de la desaceleración del crecimiento de la economía y las manifestaciones en contra de las inversiones millonarias para la realización del Mundial de Fútbol, la presidenta Dilma Roussef enfrenta la recta de final de la campaña con entre un 36% y un 38% de la intención de voto de los brasileños, aunque el apoyo de sus contendientes ha crecido y algunos estudios perfilan la posibilidad de una segunda ronda de votaciones (contra Aécio Neves o Marina Silva) para elegir al futuro mandatario o mandatario de la potencia suramericana emergente. La presidenta Roussef, por su parte, mantiene como ejes de su mensaje electoral la continuidad de los cambios iniciados por el expresidente Lula da Silva y los logros alcanzado, en distintos ámbitos, durante 12 años de gobierno del Partido de los Trabajadores. Por ejemplo, el incuestionable éxito social, económico, y sobre todo humano, que representa el hecho de que casi 40 millones de brasileños y brasileñas hallan salido de la pobreza.
 
En Uruguay, el Frente Amplio (FA) eligió como candidatos a presidente y vicepresidente a dos figuras con hondas raíces históricas en el partido: al expresidente de la República Tabaré Vázquez (2005-2010), primer presidente frenteamplista y Raúl Fernando Sendic, hijo del líder del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros, Raúl Sendic Antonaccio. Sin embargo, las encuestas no prevén un panorama sencillo: el FA ha perdido puntos de intención de voto en los últimos estudios (pasa del 42% al 39%, entre junio y agosto); en tanto que el Partido Colorado y su candidato, el joven abogado Luis Lacalle Pou, de 41 años, hijo del expresidente Luis Alberto Lacalle, crece en apoyo (pasa del 27% al 30%, en el mismo período).
 
Un triunfo en primera ronda, bajo estas tendencias, no parece fácil y se augura una batalla política intensa en las próximas semanas. Reflexionando sobre estos acontecimientos y el estancamiento electoral del FA, el analista uruguayo Kintto Lucas afirma que “hay algo a nivel subjetivo de la sociedad uruguaya que lleva a proponer un recambio, que lleva a oponerse a lo establecido. Puede gustarnos o no, pero en política y en política electoral más, estamos obligados a leer el momento con una mirada amplia y crítica, aunque es más fácil hacernos trampas al solitario y después, cuando nos chocamos con la realidad, buscar responsables”. Y agrega: “Hay una ruptura simbólica de los jóvenes realmente jóvenes, de los jóvenes de 40 y hasta 50 con el Uruguay pre establecido. El Frente debería darse cuenta de esa ruptura y modificar el rumbo de la campaña mientras haya tiempo. Tabaré y Raúl deberían repartirse la vocería. Raúl debería asumir una vocería claramente diferenciada, en la forma y en los temas reivindicados. Debería marcar y remarcar mucho más un perfil propio, renovador, más allá de reivindicar todo lo bueno que ha hecho el FA”.
 
Un escenario diferente es el de Bolivia, donde la reelección del presidente Evo Morales y de su vicepresidente, Álvaro García Linera, parece inminente. Las encuestas reflejan un apoyo para los candidatos del Movimiento al Socialismo (MAS) que va del 52% al 59%, muy por encima del 15% a 17% del opositor Samuel Doria Medina. ¿Qué está detrás de este contundente crecimiento del respaldo a la gestión de Evo Morales? Seguramente la radicalidad y profundidad de los cambio acometidos por la Revolución Indígena y Cultural, como la define el presidente, sobre todo si se le compara con la pesadilla neoliberal que precedió a su llegada al gobierno.
 
Más allá de las limitaciones, contradicciones y errores que puedan señalarle sus opositores y hasta los militantes y simpatizantes del MAS, las políticas puestas en marcha por Morales y su equipo le han  permitido a Bolivia alcanzar avances sociales y económicos sin precedentes. Katu Arkonada, intelectual vasco que ha estudiado y vivido de cerca el proceso boliviano, considera que la construcción de un nuevo modelo económico posneoliberal, y su impacto positivo entre la población boliviana, es uno de los pilares del alto índice de aprobación de Morales: gracias a la nacionalización de los hidrocarburos, el PIB pasó de $9.525 millones de dólares en 2005 $30.381 millones en 2013; con un gobierno neoliberal, la inversión pública en 2005 fue de apenas $629 millones de dólares, mientras en que con Morales, en 2013, alcanzó la cifra récord de $3.781 millones de dólares, “que se reparten prácticamente a partes iguales entre inversión en políticas sociales, infraestructuras y desarrollo productivo”. Se aumentó el salario mínimo, disminuyó el desempleo urbano,  y se redujo la pobreza extrema (pasó del 38,2% en 2005 al 21,6% en 2012) y la desigualdad (“en 2005 la diferencia de ingresos del 10% más rico era de 128 veces sobre el 10% más pobre, mientras que en 2012 esta diferencia se redujo a 46 veces”).
 
Tres países, tres elecciones, tres rutas posibles del cambio de época en nuestra América. En cada caso, las condiciones particulares que han debido enfrentar los gobiernos determinan, a su vez, la velocidad y profundidad de las transformaciones, lo mismo que la naturaleza de los liderazgos políticos. Cada uno representa, además, las coordenadas de un posneoliberalismo diverso, creativo y posible, que hoy encara el desafío de derrotar una vez más, mediante el sufragio popular, a una derecha maquillada que sueña con volver al pasado.
 
Con todos los claroscuros que tengan, los gobiernos progresistas y nacional-populares llevan sobre sí muchas de las esperanzas de los pueblos de la región. Permitir que su marcha se detenga ahora, después de tantas décadas de luchas, sería un error y un golpe terrible para la construcción de una América Latina más libre, más independiente y más soberana.
 
- Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
 
 
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