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Morirse a gusto

Opinión
16/07/2010
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El hombre actual contempla la muer­te como el fracaso de su dominio sobre las fuer­zas de la naturaleza. El “hombre tecnificado” puede controlar y manipular casi todo, pero se encuentra indefenso ante el hecho innegable de la muerte.
 
Así, la muerte y el morir no tienen cabida en las so­ciedades industrializadas, no afectan a los sistemas productivos. La muerte, la agonía y la senectud son consideradas como representación de la impotencia de la moderna tecnología biomédica.
 
Y esto es así porque una sociedad centrada en “valores” como el consumo, la producción y la eficacia, necesariamente debe repudiar todo lo que no sea: acción, rendimiento y vitalidad. La muerte, el hecho de morir, implica destrucción y negación de todos esos valores actuales y por esto, la muerte hoy, es un ‘antivalor’.
 
Hasta mediados del siglo XX el gran tabú del ser humano era el sexo, después fue la muerte y actualmente nos atreveríamos a decir que es la situación posterior a la muerte en los supervivientes: el duelo.
 
En el mismo lenguaje reflejamos nuestro miedo a la muerte al utilizar sinónimos o equivalentes de la angustiosa realidad que supone el morir: “ha fallecido”, “ha pasado a mejor vida”, “descanse en paz”, etc. son algunas de las fra­ses que utilizamos en esos momentos. Incluso el duelo y la aflicción por la muerte de un fa­miliar ya no son tan aceptados como en otras épocas.
 
Se ha cambiado la forma ideal de morir: an­tes se deseaba una forma consciente, lúcida y con un apoyo espiritual y sacramental; hoy se desea una muerte rápida y sin sufrimiento (¿sufrió mucho?, ¿se enteró?, son las pregun­tas más frecuentes en estas circunstancias).
 
Con frecuencia, cuando un enfermo terminal afirma: “Me voy a morir”, los familiares suelen contestar: “Todos tenemos que morir; nosotros también nos vamos a morir”. Pero esta respuesta no es sincera: pues el enfermo habla de “morirse” (se está muriendo) y el familiar se refiere a un proceso que dura toda la vida.
 
Freud (1915), en Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte, señala que “la única manera de hablar de la muerte es negándola”, aunque al final de ese mismo trabajo concluye: “Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”.
 
Desde que el hombre existe se ha observado una actitud de ambivalencia, de deseo y de rechazo, de amor y de odio, hacia la muerte; no obstante, mientras el hombre primiti­vo encontró una salida en su animismo, al hom­bre actual esa ambivalencia le lleva a la culpa y consiguientemente a la neurosis.
 
La negación emocional de la muerte puede tener diversos ropajes: desde la preocupa­ción, la ansiedad y el temor, que son las más comunes, hasta una hiperactividad (culto al traba­jo), el narcisismo (culto a sí mismo) o la confianza ciega en la ciencia para evitar la muerte (culto a la técnica médica).
 
Es cierto que la muerte nos hace a todos iguales: tanto el rey como el vagabundo deben enfrentar­se a este hecho de vida en soledad. La muerte es la única vivencia que no podemos compartir. Pero también es cierto que este momento importante de la vida depende fundamentalmente de dos si­tuaciones: ¿Cómo se ha vivido? Y ¿cómo se sien­te ante el entorno? Es decir, morir en paz no se improvisa sino que estará en función de cómo se ha desarrollado la vida: intereses, valores y sentimientos estarán ayudando o entorpeciendo el ‘bien morir’. Pero también de cómo se realice el momento de morirse (en casa, en el hospital, con sufrimiento, lúcido, etc.) favorecerá o entorpece­rá una ‘muerte digna’.
 
Morirse a dis­gusto, según la autora de Morir en la ternura, Cristiane Jomain, se desarrollaría entre dos polos: la desgracia de morir en soledad y la desgracia de no tener un espacio de soledad necesa­rio para vivir. El primer supuesto está amenazado en nuestra cultura pues tendemos a negar la muerte de nuestro familiar en la falsa creencia de que no se dará cuenta, pero igual se siente solo al no poder compartir su miedo ante la muerte próxima. La segunda necesidad del mori­bundo es la de tener un espacio psicológico para poder elaborar la eminente pérdida de la vida y poder despedirse, sin trauma y también sin ago­bio. En este sentido, una excesiva presencia de los familiares y de los cuidadores dificultaría el proceso de ‘morirse a gusto’. Habría que añadir una tercera nece­sidad del moribundo: la ausencia de sufrimiento inútil, que lo único que consigue es prolon­gar una vida vegetal. Si se dan estas tres condi­ciones, entonces si que podríamos decir que se produce una “muerte a gusto”.
 
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Alejandro Rocamora
Psiquiatra y miembro fundador del Teléfono de la Esperanza
 
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