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Nelson Mandela, tierno anfitrión

Opinión
09/07/2010
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A mi amigo Venancio Lancerio
 
Dentro de pocas horas, Jabulani dejará de rodar y con ello marcará el final del vigésimo noveno campeonato Mundial de Futbol Sudáfrica 2010. El planeta estrenará nuevo Campeón. Enmudecerán las vuvuzelas y ya no veremos aquellos simpáticos antifaces en los rostros de los sudafricanos. La jornada de trabajo en el mundo volverá a su rutina habitual. Nelson Mandela, el tierno anfitrión, abrió las puertas de Sudáfrica a todas las culturas del mundo.
 
Nuevos aires se respiran ahora en aquella nación africana que en la década de 1960 experimentó la peor crueldad de los blancos contra los negros. A partir de 1948 Sudáfrica fue gobernada por el Partido Nacional, que institucionalizó la segregación racial con el régimen del Apartheid. Mandela se puso al frente de la lucha de resistencia contra el racismo desde el Congreso Nacional Africano y de ahí en adelante la persecución contra él se intensificó.
 
Miles de sudafricanos fueron encarcelados, incluyendo a Mandela, y cientos de personas más fueron sometidas a tratos crueles, inhumanos. Decenas de opositores al Apartheid fueron torturados por el régimen racista. Algunos de ellos fueron muertos a golpes y quedaron tendidos con los ojos abiertos, como mirando un futuro que les era negado o arrebatado. A otros les deshicieron los pulmones a culatazos y con sus gruesos labios reventados quedaron tendidos boca abajo como mordiendo el polvo.
 
A pesar de todo, Mandela no recurrió a métodos violentos hasta que fue absolutamente necesario. Pero hay que decir que la violencia empleada excluyó totalmente los atentados contra vidas humanas. Para entonces, Mandela había sido encarcelado varias veces. En 1964, estando nuevamente encarcelado, lo condenaron a cadena perpetua. En condiciones ingratas, permaneció en la cárcel durante 27 años, hasta que fue liberado en 1990, durante el régimen de Frederik De Klerk, con quien compartió el Premio Nobel de la Paz en 1993.
 
Durante los años que estuvo en presión, a Nelson Mandela se le envejeció la piel y sus ojos se marchitaron. Pero aún con todo el sufrimiento y los tratos crueles infligidos a los negros, abrió su corazón cálido y compasivo y entonces su luz interior brilló como una estrella generosa y amable. Él encarna lo más sublime del humanismo. Encarga también el dolor de todo un continente. Los esclavos africanos, al igual que los indígenas, edificaron la mayoría de ciudades de América Latina. Las manos negras de los esclavos africanos y de los indígenas plantaron el tabaco, los plátanos y bananos de este continente. Los negros aportaron los ritmos musicales más bellos, por tristes y sencillos, y le dieron al futbol la magia y la belleza que ahora parecen extraviadas.
Una vez Mandela llevó flores a la tumba de Oliver Reginald Tambo, su compañero de batallas y hermosos ideales, y seguramente tuvieron un diálogo fraterno. Así de sencillo es Mandela. No dudó en felicitar a los jugadores ghaneses por la osadía de llegar a cuartos de final como únicos y dignos representantes del continente africano. Y también le dio consuelo a Asamaoh Gyan, el mejor jugador de esta Copa del Mundo para quien esto escribe. Hoy, a falta de unas horas para el cierre de esta competencia futbolística, pienso en Mandela y sus luchas, y me pongo a escuchar aquella música africana que me dejó el corazón melancólico para siempre.
 
Guatemala, julio 9 de 2010.  
https://www.alainet.org/es/active/39415

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