Mujeres contra el ALCA: razones y alternativas
http://alainet.org/publica/mujalca

Integración económica y migración: Políticas restrictivas en tiempos de libre comercio

Martha Cecilia Ruiz

Mientras las fronteras comerciales se abren y se eliminan las restricciones para el libre flujo de mercancías, capitales, inversiones e información, las fronteras físicas se cierran cada vez más para evitar la circulación de seres humanos de un país a otro. Así, latinoamericano/as y caribeño/as tenemos posibilidades restringidas de vivir y trabajar en países como Estados Unidos y Canadá, pero al mismo tiempo contamos con una oferta cada vez más amplia de productos importados de esos mismos países. Es decir, no podemos movernos libremente a EE.UU. si así lo deseamos, pero en la tienda de la esquina podemos conseguir fácilmente, y a veces a precios bajos, ropa, insumos y hasta frutas y verduras de ese país.

Lo paradójico de esta situación radica en el hecho de que, por un lado, se está impulsando fuertemente los procesos de integración económica y el libre comercio en las Américas, mientras que, por otro lado, este tipo de acuerdos ha excluido el tema de la migración y el intercambio de mano de obra. Por eso, estos temas no son parte del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que desde enero de 1994 integró los mercados de México, Estados Unidos y Canadá, y tampoco forman parte de los debates y negociaciones que actualmente se están dando para crear el ALCA.

Representantes gubernamentales y empresarios han explicado este hecho argumentando que el crecimiento económico, el flujo de inversiones y la apertura comercial son formas de generar riqueza y empleo y, por ende, una manera de prevenir la migración laboral. Este fue precisamente el argumento que utilizó el presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, cuando explicó porque el TLCAN no incluía acuerdos sobre intercambio laboral. El objetivo, defendía Salinas, es “exportar productos para no exportar personas”. Sin embargo, esta lógica no resultó necesariamente acertada.

Hoy en día, se calcula que existen aproximadamente 30 millones de trabajadores y trabajadoras migrantes en el mundo, los cuales envían a sus países de origen alrededor de 67 millones de dólares anuales (Castles y Miller 1998: 5). En base a estas cifras, algunos estudios ubican a las remesas de los y las migrantes en el segundo lugar como fuente de divisas a nivel mundial, solo superadas por el petróleo.

A pesar de la importancia que hoy tienen los flujos migratorios, no solo a nivel económico, sino también político y cultural, y aunque varios países industrializados han reconocido la necesidad que tienen sus economías de mano de obra migrante, los acuerdos de integración económica y comercial siguen obviando el tema de la migración. Es más, estos acuerdos han coincidido con la implementación de políticas migratorias restrictivas y controles fronterizos cada vez más estrictos, como los que hoy existen en la frontera entre México y Estados Unidos. Entonces, cabe preguntarse cuál es realmente la razón por la cual los acuerdos de integración económica han excluido el tema de la migración, y cómo han afectado y cómo afectarán estos acuerdos a los actuales flujos migratorios al interior de la región.

Además, es importante tomar en cuenta que estos acuerdos tendrán consecuencias específicas para las mujeres migrantes, no solo porque su número crece en forma acelerada, sino porque las mujeres migrantes con poca calificación parecen responder muy bien al perfil del trabajador que requiere en este momento la producción capitalista, y por ello su alta demanda.

La lógica de la migración

La explicación más común al tema de la migración internacional ha sido que las diferencias salariales entre el Norte y el Sur “empujan” a latinoamericanos y caribeños (también asiático/as y africano/as) a países como Estados Unidos y Canadá. Supuestamente, los y las migrantes laborales hacen cálculos de costo-beneficio, comparando los gastos y los riesgos de moverse a otro país con los beneficios económicos de vivir y trabajar en un país rico e industrializado. Como, según esta teoría, el balance resulta ser bastante positivo, entonces lo/as potenciales migrantes deciden salir a trabajar en el Norte. Pero, la realidad es mucho más compleja.

Douglas Massey (1998) asegura que los procesos de migración internacional no emergen de la falta de desarrollo económico sino del desarrollo mismo. Mejor dicho, de un tipo de desarrollo que exige ciertas maneras de producir y trabajar, que exige a los países -incluso a los más pequeños y pobres- conectarse con el comercio mundial y que acelera las redes de comunicación e información a nivel mundial (y son justamente estas redes las que facilitan y estimulan los flujos migratorios). Así, las personas desplazadas por los cambios producidos en el mercado y por la implementación de políticas económicas neoliberales, en realidad tienen variadas y complejas motivaciones para emigrar1 .

Con una lógica también simplista, representantes gubernamentales han defendido la idea de que el crecimiento económico y la inversión extranjera son suficientes para reducir las presiones migratorias. Pero este vínculo de libre comercio como solución a la migración laboral es por lo general falso, y lo único que ha conseguido es que “la mano de obra migrante quede sujeta a regulaciones específicas para mantener su carácter de ventaja comparativa regional por su bajo costo” (Sandoval 2001).

En el caso de TLCAN, la migración quedó excluida de los acuerdos que firmaron México, Canadá y Estados Unidos, pero al mismo tiempo se buscaron diversos mecanismos para que la mano de obra mexicana (barata) se incorpore a los mercados laborales estadounidense y canadiense. Eso sí, la condición fue que el gobierno mexicano estableciera fuertes controles en su frontera sur, para excluir a la mano de obra centroamericana.

Sin embargo, las políticas migratorias restrictivas y selectivas y los controles fronterizos cada vez más estrictos no han frenado necesariamente los flujos migratorios. Quizás algunas de estas nuevas políticas y leyes de extranjería (como la de España, por ejemplo) mejorarán la situación de los y las migrantes regularizados, pero al mismo tiempo van a aumentar el número de migrantes irregulares (y las mafias que trafican con seres humanos), a quienes, además, se les ha negado los derechos más básicos.

De hecho, la creciente migración irregular (se habla de entre 6 y 8 millones de migrantes indocumentado/as en Estados Unidos y de tres millones en Europa) está proporcionando mano de obra barata a determinados países y a ciertos sectores económicos que, de otra forma, no serían competitivos (Pajares 2001: 3). Con esta especie de “dumping laboral”, se han beneficiado el sector agrícola, la construcción y el área de servicios. Esta es una de las razones por las cuales se mantienen políticas poco transparentes respecto a la migración (existe una oferta y una demanda de mano de obra migrante no reconocidas oficialmente) y por qué muchos gobiernos deciden no reglamentar la movilidad de la mano de obra.

Con respecto al TLCAN, algunos estudios aseguran que los flujos migratorios crecieron desde que se puso en marcha este acuerdo comercial. Ana María Aragonés (2001) asegura que los resultados preliminares de una investigación realizada en Maryland, Virginia, evidencian que la población hispana creció en un 98% en la última década y que la antigüedad máxima de los migrantes mexicanos que trabajan en esa zona, principalmente en las industrias de pollo, es de 8 a 9 años. Estos migrantes provienen básicamente del sector campesino de México.

Otros analistas señalan que los acuerdos comerciales y los actuales modelos de desarrollo económico tiene efectos diferenciales sobre el flujo de trabajadore/as migrantes (Tuirán, Partida y Avila, 2001: 5). La orientación exportadora de este modelo de desarrollo está generando regiones, sectores de actividad y grupos sociales ganadores y perdedores, los mismos que guardan diferentes relaciones con el fenómeno migratorio tanto interno como internacional. En el corto y mediano plazo, las reformas económicas y acuerdos como el TLCAN y el ALCA pueden contribuir a incrementar la migración de Sur a Norte, “ya sea porque den lugar a un desplazamiento de trabajo de los sectores más vulnerables o, paradójicamente, porque las nuevas oportunidades económicas permiten a los trabajadores acumular los recursos necesarios para emigrar”.

Según estas interpretaciones, a largo plazo, los flujos migratorios podrían disminuir, pero siempre que el libre comercio y la integración económica contribuyan a reducir las disparidades económicas y sociales y el diferencial salarial entre los países del Norte y el Sur. Pero, cabe preguntarse si estas brechas podrán reducirse con el actual modelo de desarrollo. Lo más seguro es que no.

Mujeres migrantes

No todos los sectores ni todas las personas han sido ni serán igualmente afectados por los acuerdos de libre comercio como el ALCA. Las mujeres serán afectadas de manera particular.

Las mujeres han participado activamente en los flujos migratorios nacionales y regionales. Ya en los años 70’s, la instalación de industrias estadounidenses en países de bajos salarios intensificó la movilidad de las mujeres, pues ellas fueron las más solicitadas para trabajar en fábricas de ropa y plantas ensambladoras -como las maquilas instaladas en la frontera entre Estados Unidos y México-, con sueldos bajos y condiciones laborales inseguras y extenuantes.

De igual manera, alguno/as autore/as hablan de una “feminización” en las tendencias de los actuales flujos migratorios internacionales. Aunque algunas de estas mujeres se moviliza para reunirse con sus familiares y parejas, crece aceleradamente el número de mujeres jóvenes y jefas de familia que migran por razones de trabajo y lo hacen de manera independiente. Solo en Europa, se calcula que hay un millón de trabajadoras domésticas, la mayoría originarias de países pobres y viviendo en calidad de indocumentadas.

El empeoramiento de las condiciones de vida en el campo, el aumento del desempleo en las zonas urbanas y, en general, las políticas económicas neoliberales que se han implementado en los países de América Latina y el Caribe han golpeado de manera particular a mujeres con poca calificación, campesinas, indígenas y afrodescendientes, impulsándoles a migrar a la ciudad o al extranjero para encontrar oportunidades de trabajo y mejorar su situación económica y la de sus familias. Debido a esta situación de crisis y dado que las mujeres tienen múltiples y pesadas responsabilidades dentro del hogar, muchas de ellas aceptan trabajos con horarios flexibles, pero mal remunerados y con muy pocos derechos laborales.

Bilac (1994) dice que es necesario pensar la migración femenina en su “relación con cambios generales vinculados a las transformaciones de orden estructural en la economía mundial”, como la globalización de la economía capitalista, la segmentación de los mercados y, especialmente, la desregulación y flexibilización del trabajo, una característica que está presente en los acuerdos que hoy se negocian para dar vida al ALCA. En este contexto, en las grandes ciudades de América Latina, Estados Unidos y Canadá existen nuevas formas y oportunidades de incorporar la fuerza de trabajo de mujeres migrantes (internas e internacionales), pero su incorporación se produce de manera marginal (Sassen 2000) y básicamente en el sector informal: trabajo doméstico y de cuidado, área de servicios y trabajo sexual.

Algunas conclusiones

El crecimiento económico y los acuerdos de apertura comercial no son garantía de que las presiones migratorias se vayan a detener. Por el contrario, la reducción de estos flujos depende en gran medida de una profunda transformación de las condiciones estructurales de los países expulsores y receptores de poblaciones migrantes y, por su puesto, de la reducción de las disparidades económicas y sociales entre esos países.

Por esta y otras razones, no han sido ni serán exitosas las políticas asentadas en el control policial de las fronteras. Mas bien, se requieren políticas económicas y sociales que otorguen a hombres y mujeres del continente lo que Mármora (1999) llama “el derecho a no migrar”, es decir, suficientes oportunidades (acceso a la educación y al trabajo, condiciones de equidad, etc.) para desarrollarse social y económicamente en sus países de origen.

Debido a la importancia y las consecuencias que generan los flujos migratorios a nivel económico, político y cultural, es imprescindible que los acuerdos hemisféricos incluyan en sus debates y convenios el tema de la migración. Claro que hay que reconocer que la realidad migratoria es diversa en cada uno de los países de las Américas, por lo que no se puede imponer una política única y rígida. Así, abrir completamente las fronteras para la libre circulación de trabajadores y trabajadoras migrantes puede resultar contraproducente en ciertos contextos. Por tanto, resulta imprescindible que cada uno de los países de acogida adopten políticas que combinen en forma adecuada el control de su territorio y el respeto a los derechos humanos universales, entre ellos, el derecho a la libre movilidad de las personas.

De igual manera, las políticas migratorias que adopten los países deben reconocer que la migración femenina tiene características particulares, las mismas deben ser tomadas en cuenta al momento de firmar acuerdos comerciales y de intercambio laboral.

Algunas organizaciones sociales han insistido en que es imprescindible que todos los países del continente suscriban y ratifiquen el Convenio Internacional sobre la Protección de los Derechos de todos los Trabajadores Migratorios y de sus familiares (1990), que, entre otras cosas, protege la equidad de trato entre trabajadores/as migrantes y trabajador/as nacionales. Así mismo, se ha propuesto que los acuerdos comerciales y de inversión incluyan subsidios internacionales para programas específicos de desarrollo en zonas exportadoras de mano de obra (Alternativa para las Américas).

Sin duda, existen posiciones sumamente críticas frente al tipo de integración que propone el ALCA, por los efectos negativos que puede ocasionar en los países pequeños y menos desarrollados, así como en las zonas y poblaciones más vulnerables. Por ejemplo, la sindicalista mexicana Berta Luján considera que un modelo de integración como el de la Unión Europea (UE) puede resultar un poco más completo: primero, porque considera las asimetrías en los países que forman parte del acuerdo, por lo que “previeron fondos compensatorios y medidas especiales para ayudar a los países menos desarrollados a alcanzar niveles de crecimiento distintos”; segundo, porque incorporan el tema del libre tránsito de personas en los acuerdos, aunque se cierra las fronteras para lo/as trabajadores que no son de la UE; tercero, porque incorporan cláusulas laborales, y cuarto, porque se ha incorporado a algunos sectores sociales (como los sindicatos) en la toma de decisiones.

En cambio, los acuerdos del ALCA excluyen formalmente el tema del intercambio laboral, aunque, es muy probable, como ha sucedido en el caso del TLCAN, que paralelamente se busquen otros mecanismos y regulaciones para que la mano de obra latinoamericana y caribeña se incorpore a los mercados laborales estadounidense y canadiense, manteniendo su carácter de ventaja comparativa regional por su bajo costo. El riesgo es que, en este contexto de flexibilización laboral y reducidos derechos laborales, la mano de obra femenina resulta la más atractiva.

Bibliografía

- Aragonés, Ana María, 2001, “TLC, ALCA y migración”, en La Jornada, 22 de mayo, México DF.

- Bilac, D., 1994, “Género, familia y migraciones internacionales”, trabajo presentado en el Seminario “Emigración e Inmigración Internacional en el Brasil Contemporáneo”, organizado por el Núcleo de Estudios de Población de la Universidad de Campinas, Brasil, 25-28 de septiembre.

- Castles S. y Miller J., 1998, Age of Migration, Guilford Press, Nueva York.

- Constantini, P., 1998, “TLCAN y después: sindicalista Berta Luján habla del Area de Libre Comercio de las Américas”, en IPS, 23 de noviembre.

- Tuirán R., Partida V., y Avila J., 2001, “Crecimiento económico, libre comercio y migración”, en Puentes, entre el comercio y el desarrollo sustentable, Publicación del ICTSD (Internacional Center for Trade and Sustainable Development), febrero-abril: 5-6.

- Pajares M., “A quién beneficia la migración ilegal?, en Puentes, entre el comercio y el desarrollo sustentable, Publicación del ICTSD (Internacional Center for Trade and Sustainable Development), febrero-abril: 3-4.

- Mármora, L., 1999, “Derechos humanos y políticas migratorias”, en Revista de la OIM sobre Migraciones en América Latina, www.oim.web.cl

- Massey, D., 1998, “Immigration Policy after NAFTA”, en The American Prospect, marzo 1, página electrónica: www.prospect.org

- Sandoval, J. M., 2001, “El plan Puebla-Panamá como regulador de la migración laboral centroamericana y del Sur-Sureste de México”, ponencia presentada en el Foro Internacional de Información, Análisis y Propuestas sobre Libre Comercio y Asuntos Transfronterizos, organizada por RMALC, 12 de mayo.

- Sassen, S., 2000, “Mais porquoi émigrent-ils?”, en Le Monde Diplomatique, noviembre.


Notas:

1 Los/as migrantes no solo buscan un trabajo mejor pagado y radicarse definitivamente en el exterior, sino que muchas veces quieren migrar temporalmente para ahorrar dinero y mejorar sus condiciones de vida en sus países de origen. Existen además motivaciones subjetivas, sueños e imaginarios relacionados con la migración, y un cierto grado de iniciativa personal a la hora de tomar la decisión de emigrar; no se puede hablar solo de movimiento forzados.

<< Anterior         Siguiente >>