Mujeres contra el ALCA: razones y alternativas
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La agricultura debe estar fuera del ALCA
Francisca Rodríguez*
Mucho se habla sobre la globalización y sus respectivos acuerdos comerciales, como es el caso del ALCA, sin embargo, aún estamos lejos de tener una claridad con respecto a sus contenidos, implicaciones y transformaciones de fondo que este proceso implica. Lo que ocurre hoy en el mundo no es consecuencia sólo de los cambios veloces que resultan del avance tecnológico realizado en los últimos años. Estas son transformaciones que se vienen gestando desde hace décadas y son un reflejo de los saltos cuantitativos que ha experimentado el sistema de producción capitalista que hoy día gobierna el mundo sin contrapeso.
En el mundo rural, estas transformaciones no sólo son notorias sino que son de fondo. Las transformaciones más evidentes despuntaron con la llamada “revolución verde” a fines de la década de los 50, que coincidió con un periodo importante en la articulación de movimientos sociales, políticos y sindicales, y junto con la revolución cubana fueron respuestas a las grandes desigualdades sociales y el autoritarismo existentes en la mayoría de los países. Frente a ello, Estados Unidos planteó una versión de reforma agraria, con una agenda circunscrita a la tristemente célebre Alianza para el Progreso, cuyas dudosas consecuencias aún están presentes, como lo están aquellas de la “revolución verde”, entre cuyos resultados figuran: la alteración radical de la naturaleza, los cultivos y la vida de campesinas y campesinos. La estrategia de esa “revolución” se basó en la promoción de una reducida gama de cultivos, altamente dependiente de semillas especializadas, plaguicidas, abonos sintéticos, maquinaria y tierra con óptimo riego, es decir, cultivos cada vez más homogéneos y de alta tecnologización.
Estas innovaciones tuvieron grandes consecuencias en la vida de las mujeres y hombres del mundo rural. Una de ellas fue el desencadenamiento del proceso migratorio, especialmente de las mujeres y jóvenes, como consecuencia del empobrecimiento en el campo.
Hemos pasado de una década como la de los 60, que se caracterizó por grandes transformaciones socio-políticas, con una gran presencia de movimientos sociales articulados luchando en pos de sus demandas, a una década de los 70, caracterizada por el dramático golpe dado por Estados Unidos a nuestro continente, con la instalación de dictaduras que desarticularon todas las reivindicaciones logradas.
Al final de la década de los 80 e inicios de los 90 nos sacudió la caída de los socialismos reales y, al inicio del nuevo siglo, el capitalismo neoliberal llegó a dominar el mundo sin contrapeso. Este modelo, impuesto en el mundo por Estados Unidos, la CIA, el FMI y el BM, define claramente las reglas que los países del mundo deben acatar, porque de lo contrario no reciben préstamos necesarios para implementar las políticas públicas nacionales.
Las características más relevantes en esta fase son: el empequeñecimiento de los Estados nacionales, la privatización de las empresas estatales, la transferencia de riquezas nacionales al capital privado nacional e internacional, la liberalización de la economía, y una legislación laboral claramente protectora del mundo empresarial, todo esto de espaldas a una visión de desarrollo integral y con perspectiva de género, entre cuyas consecuencias notables figuran el incremento de la pobreza en el campo, una concentración inmoral de la tierra, la riqueza y del poder político.
De este modo, la globalización y sus acuerdos comerciales no han significado una interdependencia e interacciones más fluidas entre los países del mundo, al contrario, el mundo rural experimenta una acelerada dominación y absoluta dependencia de los créditos externos, mientras se robustece la presencia de las transnacionales.
Impacto de estos cambios en las mujeres del campo
La inserción paulatina de las mujeres en los diferentes espacios públicos, políticos, laborales y sociales no han sido ofrecidos gratuitamente, sino ganados a través de largos años de lucha. Los movimientos feministas, desde su surgimiento, fueron rechazados por hombres que se negaban a repensar la validez de sus privilegios; pero también fueron incomprendidos por muchas mujeres que sentían que su situación en la sociedad era un deber ser. No obstante, el avance de estos movimientos generó en las mujeres una nueva conciencia de sí mismas.
Este hecho, junto con los cambios en los sistemas productivos, a pesar de las pobres condiciones laborales existentes, propiciaron la inserción de las mujeres del campo al trabajo remunerado, sustentada a veces en la obtención de derechos y otras en que el hombre ya no era capaz, por sí solo, de ser el gran proveedor de la familia, dados los grandes niveles de explotación y pobreza. En cualquier caso, esta integración es desigual y bajo patrones de discriminación de género.
La industrialización del campo, el desmantelamiento de la estructura agraria nacional, la apertura de los mercados, los alimentos convertidos en mercancía, la depredación de los recursos naturales, la pérdida de nuestra identidad cultural y, la grave e inmoral, apropiación de la biodiversidad, son los rasgos más impactantes de la globalización y del modelo neoliberal en el sector agrícola.
Es así como se expresa la globalización en el mundo campesino y rural de América Latina, con la ampliación de mano de obra barata, absolutamente desprotegida y sobreexplotada y carente de derechos. El campo se fue llenando de trabajadoras agrícolas golondrinas o simplemente temporeras, mujeres rurales que entran y salen de las economías campesinas, de cuyo trabajo se ha generado gran parte de las riquezas de las transnacionales. Aun así y justamente por eso, las mujeres del campo estamos desarrollando un significativo proceso de articulación y resistencia a la arremetida de las transnacionales, ávidas de acaparar la tierra y los recursos naturales.
El sistema de explotación, de discriminación y marginalidad que domina hoy el mundo, recae doblemente sobre las mujeres del campo. Esto se manifiesta, por ejemplo, en la falta de consideración y la poca atención que las políticas públicas desarrollan hacia las mujeres rurales. Es más, en los últimos años y en casi todos los países del continente, los escasos recursos y programas para las mujeres rurales han ido desapareciendo.
El ALCA y las mujeres rurales
Los acuerdos del ALCA parten de la suposición de que la liberalización del agro aportará beneficios a todos y todas por igual, sin contemplar el universo de desigualdades entre los países, el desbalance de poder entre hombres y mujeres en el campo, y las brechas entre ricos y pobres en el mundo rural y fuera de él. Estos acuerdos parten también de la suposición de que el mercado ofrecerá mejores posibilidades de desarrollo en el mundo rural, a través del trabajo que generarán las corporaciones transnacionales.
Pero la realidad dice otra cosa: la flexibilización laboral y la transnacionalización del agro tan solo han pauperizado la vida de las mujeres y del conjunto de personas del campo, el trabajo sin garantías laborales, el trabajo temporal, la falta de medidas sanitarias, el abuso de productos tóxicos, y otros, ponen en serio peligro el bienestar y la salud de las mujeres; propician las migraciones y la desestructuración de las comunidades rurales.
La expansión económica tiene relación directa con la depredación del medio ambiente. La liberalización de la tierra no solo abre la posibilidad de que las corporaciones actúen con mayor impunidad en este rubro, sino que propician el acaparamiento de la propiedad de las tierras productivas, sustrayendo la posibilidad de que las personas del campo puedan tener acceso a ellas.
El libre comercio y la libre competencia que plantea el ALCA son un callejón sin salida para las mujeres del campo, pues los productos que ellas generan no podrán competir en igualdad de condiciones con aquellos de las corporaciones transnacionales. Además, la eventual aplicación, tanto del capítulo sobre agricultura como aquel sobre propiedad intelectual acarrearán un mayor desposeimiento de los conocimientos tradicionales de las mujeres. Se impondrá la agricultura transgénica en procura de una mayor rentabilidad y se incrementará la importación de productos agrícolas, de menor calidad y a precios más bajos que los que puede ofrecer la producción local, poniendo en serio peligro la producción de autosustento.
Asimismo, mientras en los países de Latinoamérica y el Caribe la eliminación de cualquier apoyo estatal para el desarrollo rural está al orden del día, en Estados Unidos y Canadá se mantienen las subvenciones y medidas de protección a la agricultura, las condiciones de desigualdad entre los países que pretende integrar el ALCA impedirá hablar de competencia entre iguales. Y es que, en nuestros países es cada vez más difícil para las mujeres y el pequeño campesinado acceder al crédito, a la tecnología de punta, a la tierra, y a los recursos para hacerla producir.
Por eso, la Articulación de Mujeres de las Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo -CLOC- ha levantado un contundente NO al ALCA y conjuntamente con la Vía Campesina reclamamos que se retire la agricultura de la OMC. Porque la tierra no es una mercancía, porque consideramos que el campo debe ser preservado para sus comunidades.
Notas:
* Miembra del Consejo de la Vía Campesina y del comité coordinador de la Articulación de Mujeres de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC), co-fundadora de la organización chilena ANAMURI.