Por un Milenio Plural y
Diverso
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ALAIN GRESH
Le Monde Diplomatique
«Ninguna filantropía o teoría racial puede convencer a la gente razonable de que la preservación de una tribu de Cafres de Sudáfrica es más importante para el futuro de la humanidad que la expansión de las grandes naciones europeas y de la raza blanca en general», escribía Paul Rohrbach, responsable de la inmigración alemana en la Africa del Suroeste, en su best-seller publicado en 1912, El pensamiento alemán en el mundo. Añadía: «Se trate de pueblos o de individuos, los seres que no producen nada de valor no pueden emitir ninguna reivindicación del derecho a la existencia».
«Superioridad» europea, «retraso» del Africa, «jerarquía» de las civilizaciones, la teoría de la evolución aplicada a las sociedades humanas sirvió de basamento ideológico a la colonización. En el siglo XIX esta doctrina de la supremacía se vio animada por la invención del concepto de «raza», concepto investido de toda el aura de la ciencia positiva. Desde entonces la diferencia entre los seres humanos ya no compete a la explicación histórica o cultural, sino al análisis biológico. Como lo anota Eric Savarèse, ella «no se demuestra, pero se constata»1. La jerarquía entre Negros, Blancos, Amarillos aparece como una evidencia, al mismo título que la redondez de la Tierra.
Todo el mundo conoce el famoso discurso de Jules Ferry ante la Cámara de Diputados, el 29 de julio de 1885: «Repito que hay para las razas superiores un derecho porque hay un deber para ellas. Ellas tienen el derecho de civilizar a las razas inferiores». El refutaba, sobre todo, el derecho de los Negros del Africa ecuatorial a la igualdad. Pero si los Negros no son nuestros iguales, ¿quiénes son? ¿Cómo se sitúan en la escala que va del animal al ser humano? ¿Son incluso seres humanos?
En 1897 se inventó una munición particularmente mortífera: la bala dum-dum. Su utilización fue prohibida por los Estados «civilizados» desde 1899 por una convención internacional suscrita en La Haya. Quedó reservada a la caza mayor y a las guerras coloniales2. En el mismo momento, Heinrich von Treischke, un experto en política internacional osa escribir: «El derecho internacional no se convierte sino en frases si queremos igualmente aplicar sus principios a los pueblos bárbaros. Para castigar a una tribu negra, hay que incendiar sus aldeas.* Nada se conseguirá si ello no sirve de ejemplo. Si en casos similares el imperio alemán aplicara el derecho internacional, no sería humanidad o justicia, sino una debilidad vergonzosa». Estas teorías no se limitan al Viejo Continente. Al término de su mandato, el presidente norteamericano Theodore Roosevelt, cantor de la colonización declara que, pensándolo bien, «la expansión de las razas blancas ha sido portadora de ventajas duraderas» para los pueblos «atrasados». Incluso si reconoce que «ciertos salvajes se extinguieron, bien o mal tratados, porque eran incapaces de enfrentar la civilización3».
Durante todo este período, fue la humanidad del Otro la que fue negada, toda vez que los «salvajes» estaban más próximos de la animalidad, separados de «nosotros» por una barrera infranqueable. Lo que resalta Frantz Fanon en Los condenados de la tierra: «A veces ese maniqueismo va hasta el final de su lógica y deshumaniza al colonizado. Para hablar con propiedad, lo animaliza. Y, de hecho, el lenguaje del colono, cuando habla del colonizado, es un lenguaje zoológico. Se hace alusión al movimiento de reptación del Amarillo, a las emanaciones de la aldea indígena, a las hordas, a la pestilencia, a la pululación, al bullicio, a las gesticulaciones. El colono, cuando tiene a bien describir y encontrar la palabra correcta, se refiere constantemente al bestiario4».
Esta representación permitió a Occidente justificar su dominación y su increíble brutalidad. Así adquiere sentido el uso de la tortura durante la guerra de Argelia. No fue, de ningún modo, un «accidente», un «exceso», un «abuso» debidos a circunstancias excepcionales de la guerra y fue encubierta por autoridades políticas demasiado cobardes o demasiado ciegas. Fue consustancial a la colonización, desde sus orígenes. No fue sino la prolongación de una percepción del Otro como fundamentalmente diferente, como naturalmente inferior, un Otro al que hay que «civilizar» y al que se puede, llegado el caso, eliminar sin remordimiento. Prolongar el debate sobre la tortura requiere, por ende, pensar la colonización.
Del 31 de agosto al 7 de septiembre de 2001 tendrá lugar en Durban, Sudáfrica, la Conferencia mundial contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y la intolerancia bajo la égida de las Naciones Unidas. Diversos temas han sido abordados en reuniones preparatorias. Las ONGs africanas han solicitado especialmente que el tráfico de esclavos, la esclavitud5 sean reconocidos como «crímenes contra la humanidad». Uno de los principales puntos litigiosos con las delegaciones occidentales concierne la voluntad de antiguas colonias de obtener «reparaciones».
Esta demanda, por justificada que sea, no tiene posibilidad alguna de resultado si Occidente no examina retrospectivamente el colonialismo, sus crímenes, la ideología que los hizo posibles. No se trata solamente de hacer un inventario, si bien éste a menudo cause estremecimiento. Disponemos, sobre algunos de los crímenes masivos del siglo XX, de una cantidad de documentos y testimonios. El genocidio de los judíos ha sido objeto de una literatura inagotable. Los crímenes del stalinismo han sido, particularmente desde el hundimiento de la Unión Soviética, muy documentados. En contrapartida, el precio de las conquistas coloniales a menudo no aparece sino al margen, entre líneas. Con ocasión de los recientes enfrentamientos en Aceh, Indonesia, se pudo leer que la «pacificación» de esta isla por parte de los Países Bajos, a comienzos del siglo XX, había costado 70 mil muertos. En las Filipinas, a propósito de un reportaje sobre las tomas de rehenes occidentales, nos enteramos, al margen, que la represión estadounidense de una insurrección (1899-1907) causó 200 mil muertos. En el Suroeste africano (que se convertiría en Namibia), la conquista alemana se acompaña de un genocidio cometido contra la población Herero cuya amplitud recién comienza a ser reconocida. «Al interior de la frontera alemana, todo Herero, con o sin fusil, con o sin ganado, será fusilado» proclamaba valerosamente el general von Trotha, en octubre de 19046. Se podría multiplicar los ejemplos, del Congo martirizado por el rey Leopoldo II a la India sometida a la dominación británica. Sin olvidar, desde luego, las masacres de Setif en 1945 o la represión de la insurrección malgache de 1947.
No es solamente historia. La vida de millones de hombres y de mujeres persiste afectada tanto por las masacres como por la punción operada durante decenios sobre las sociedades de lo que debía llamarse Tercer Mundo, lo que por cierto justifica la demanda de «reparaciones», levantada igual por los descendientes de esclavos en las Antillas o en los Estados Unidos, como por los países antiguamente colonizados. ¿No podría «intercambiarse» esta «deuda colonial» contra la deuda del Tercer Mundo?
Durante largo tiempo Francia evadió el turbio episodio de Vichy. Se requirieron decenios de esfuerzos, de investigaciones, de controversias, para salir de la era de la mentira. Un trabajo equivalente se vuelve desde ya necesario para toda la historia de la colonización, tanto más cuanto que esta «amnesia colonial» influye también, por vías indirectas, en el destino de Francia. Millones de franceses son originarios de los territorios antiguamente colonizados. Ahora bien, ellos son percibidos contrariamente a sus predecesores italianos o españoles con los mismos prismas, los mismos clichés que produjeron la colonización. «Los magrebinos imaginarios de los años 80 se parecen, hasta el punto de confundirse, a los árabes conocidos a través del filtro de los estereotipos imperiales, anota Eric Savarèse. Bribones, crueles, ladrones, incapaces de librarse a la sexualidad, violentos, fanáticos, peligrosos, vanidosos, cobardes: nada, o casi nada, falta en el retrato establecido, un siglo antes, por los etnólogos y los viajeros». Y añade: «Además no existe hoy en día el problema de la inmigración identificada con la inmigración magrebina de no ser porque la cuestión es ampliamente concebida a través de los rudimentos de una memoria colonial7».
Imaginemos por un momento a jóvenes franceses hojeando manuales de historia. ¿Qué idea le quedará a aquel cuyo padre combatió en las filas del FLN o simplemente «sufrió» la «pacificación»? ¿Cómo reaccionará ese otro, de origen africano, ante el silencio sobre los decenios de colonización de su país de origen? ¿Y aquel otro de origen vietnamita o incluso de las Antillas? Desde luego, «nuestros ancestros, los Galos» han desaparecido. Pero la colonización, que se confunde con una gran parte de la historia de la III, IV y V Repúblicas para no hablar de la conquista de Argelia, permanece abordada de modo alusivo, casi como si se tratara de una historia extranjera, que no «nos» concierne. Ahora bien, para esos centenares de miles de franceses «salidos de la inmigración», esta historia, transmitida por los padres, hace parte de su identidad8. En este comienzo de siglo, la reinvención de una identidad francesa pasa por la creación de una «memoria común» unificadora. Una memoria común que devuelva a la colonización el lugar que, en el plano concreto como en el plano imaginario, ocupó en la historia de Francia.
* Traducción ALAI de la publicación original, Manière de Voir 58, Le Monde Diplomatique, julio-agosto 2001, Francia
Notas:
1 Eric Savarèse, Histoire coloniale et immigration, Séguier, París, 2000.
2 Sven Lidqvist, Exterminez toutes ces brutes, Le Serpent à Plumes, París, 1998.
3 Citado por Bouda Etomad, La Possession du monde, Complexe, Bruselas, 2000.
4 Frantz Fanon, Les Damnés de la terre, Maspéro, París,, 1968.
5 Francia, después de un voto del Senado, finalmente adoptó, el 23 de mayo de 2001, una ley que reconoce la trata y la esclavitud como crímenes contra la humanidad. No puede decirse que la promulgación de esta ley haya suscitado mucho interés en los medios de comunicación.
6 Citado por Bouda Etomad, La Possession du monde, Complexe, Bruselas, 2000.
7 Eric Savarèse, ob. cit.