Por un Milenio Plural y
Diverso
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Pese a los lamentos del hombre blanco
Philippe Norel
Durante los años 1980 una ofensiva se desató contra el tercermundismo. «El hombre blanco» no tendría nada que reprocharse, el saqueo del Sur sería un espejismo, la colonización habría costado más de lo que reportara
El olvido de la historia nunca es neutral. Borrar el pasado constituye uno de los medios más seguros de esterilizar todo análisis del presente para repetir incansablemente viejas recetas y reiterar los mismos mecanismos de dominación. El Tercer Mundo no escapa a ello y ve proponérsele un «plan Marshall», es decir préstamos masivos a bajas tasas de interés, cuando su endeudamiento con las potencias centrales generosas ya ha celebrado su primer centenario1.
El movimiento tercermundista se ha empeñado siempre en recordar ciertos hechos históricos fundamentales relativos a las relaciones económicas internacionales. No por alguna complacencia morbosa, sino para plantear las condiciones intelectuales de una ruptura con el desorden mundial establecido. Es acusado de simplificar abusivamente la historia, de «no ver en la historia sino la historia de Occidente y de su expansión, de despojar, en una conducta insidiosamente paternalista, a los habitantes del Tercer Mundo de toda responsabilidad en su propia historia»2.
Los historiadores y economistas que conocen el Tercer Mundo no esperaron a ser vilipendiados para mejorar sus propios conceptos y revisar su imagen de un cierto número de hechos mal percibidos en su origen. Tal es el caso del concepto de imperialismo cuya evolución ha sido importante desde comienzos del siglo XX. Circunscribir las tesis históricas tercermundistas con precisión, pero también mostrar sus límites, se vuelve una exigencia frente a las malversaciones ideológicas de las hoy son víctimas. Por lo demás, los desafíos de la hora rebasan la teoría. Conciernen, sobre todo, a una nueva tentativa de ignorar la historia de las relaciones económicas internacionales, tentativa útil a una salida liberal de la crisis actual, que busca sojuzgar nuevamente al Tercer Mundo siguiendo modalidades muy antiguas
La acusación de olvidar la historia y las responsabilidades de los pueblos del Tercer Mundo ya ha sido amplia y preventivamente refutada3. Prácticamente termina por escamotear el hecho de que Samir Amin, entre otros, ha consagrado lo esencial de su obra a analizar las luchas sociales internas de las naciones del Tercer Mundo, en el marco de las relaciones centro-periferia. Es él, por lo demás, quien introdujo la distinción de tres fases precisas en la historia del saqueo del Tercer Mundo. El saqueo de la India y la fortuna de Inglaterra.
Durante la fase mercantilista (siglos XVI-XVIII), América Central y Sudamérica fueron despojadas de sus tesoros y vaciadas de su población (masacrados en más del 90%, desde 1600, en las primeras regiones conquistadas). La esclavitud reemplazará a estos «Indios» muertos por la violencia, el trabajo excesivo y la enfermedad: cerca de 10 millones de africanos llegaron a América durante esos tres siglos. El comercio triangular reportó beneficios sustanciales (300 000 libras esterlinas anuales para Liverpool, sólo gracias a los esclavos, a fines del siglo XVIII, y 4 millones de libras de ingresos por las plantaciones británicas de las Antillas en 17984. Finalmente, el saqueo de la India, a partir de 1760, permitió drenar una parte de sus riquezas hacia Inglaterra para la acumulación de la revolución industrial. A esta lógica del saqueo corresponde, en el plano teórico, la aparición de una habilidad extraordinaria del capitalismo para explotar modos de producción no capitalistas. Así, los españoles extrajeron la plata de Potosí, después de 1570, utilizando una mano de obra libre, que se sustenta de manera autónoma y acostumbrada, además, a proporcionar un tributo en trabajo al poder Inca5. La Inglaterra comerciante supo incluso recrear, con la esclavitud, un modo de producción no capitalista explotable por la economía dominante. Primeras ilustraciones de una capacidad de articular al capitalismo dominante modos de producción diferentes con el fin de extraer de ellos sus fuerzas autónomas de trabajo.
La revolución industrial (1780-1880) constituye el segundo período durante el cual «las formas antiguas (trata de esclavos, saqueo del Nuevo Mundo) desaparecen poco a poco. Se tiene la impresión de que Europa y los Estados Unidos se sustraen de ellos mismos para efectuar el tránsito de formas prehistóricas del capitalismo a su forma industrial acabada», y «los términos del intercambio de productos de ultramar contra productos ingleses manufacturados evolucionan en una dirección conforme a la regla del intercambio igual, con una tendencia de las remuneraciones del trabajo a reducirse a la subsistencia»6.
Pero esta época es, sobre todo, la de la penetración de los mercados hindú y latinoamericano que absorben respectivamente el 22% y el 35% de las cotonadas inglesas exportadas en 18407. Se produce igualmente la obtención de mercados* en China, contrariamente a la determinación del emperador Jia Qing. En 1816, este último escribía al rey George III, que le presionaba para que importara mercaderías inglesas: «Todas las cosas curiosas e ingeniosas de tu reino no pueden ser consideradas como poseedoras de un raro valor»8. Conocemos los medios que emplearon las potencias a fin de forzar este mercado necesario para los productos de la revolución industrial. Por la introducción del opio, la balanza comercial china estaba desequilibrada desde 1825, lo que provocó la reacción del poder imperial y desembocó en las dos derrotas militares chinas de 1842 y 1860.
Con la crisis de los años 1873-1895 se abre el tercer período, que ve en los Estados Unidos la constitución de los grandes oligopolios petroleros, eléctricos, siderúrgicos. En Europa, los bancos desarrollan una capacidad de exportar masivamente capital, sobre todo hacia los límites de Europa-Rusia, el Imperio otomano. Endeudado excesivamente, este último debe ceder ante sus acreedores en 1881. La tutela que debe soportar entonces instituye «un control extranjero sobre los monopolios de la sal y el tabaco, el producto de los derechos de timbre fiscal, los derechos sobre los alcoholes y la pesca, el impuesto a la producción de seda bruta en ciertos distritos»9. Se trata de una verdadera canalización hacia el exterior de riquezas producidas en las economías tradicionales hasta entonces autónomas. Se encuentra allí la articulación del capitalismo a una economía que no lo es, pero quede ser ajustada estructuralmente a sus exigencias de acumulación.
Es este período el que caracteriza a la fase propiamente imperialista del saqueo del Tercer Mundo, imperialismo definido como la capacidad del capital financiero (bancos e industrias) de exportar capital hacia la periferia con miras a extender la esfera de prosperidad capitalista y sobre todo a paliar ciertas bajas de rentabilidad registradas en el centro. Es sobre este punto que las tesis leninistas han envejecido indiscutiblemente10. Hoy, el imperialismo se definiría, más bien, como la exportación del rendimiento de producción capitalista más allá de sus fronteras de origen. A partir de los años 1880, el capitalismo considera la posibilidad de fagocitar (para transformarlos a su imagen y semejanza) los modos de producción diferentes de los que se había alimentado hasta entonces.
El saqueo colonial que se acelera en los años 1920-1930, fundado en el impuesto de capitación y el trabajo forzado, aparece entonces a priori como un residuo arcaico destinado a ceder el lugar a la extensión capitalista propiamente dicha. Pero este trabajo forzado será largamente utilizado por firmas privadas coloniales y constituirá la base de «la acumulación primitiva» de grupos como Boussac y Unilever11. Este «arcaísmo» servirá también de relativo amortiguador a la crisis de los años 1930, permitiendo mantener mercados y aprovisionamientos en el seno de un espacio protegido de la competencia extranjera12.
Sin embargo, este conjunto histórico no está exento de ambigüedades. No sólo que permanece dependiente de aproximaciones conceptuales a veces discutibles o superadas13, sino que obedece a una visión continua de la historia. Es así como las fases anteriormente descritas evacuan las crisis y los momentos de ruptura en los modos de acumulación del capital. Al no permitir vincular las formas en las que el Tercer Mundo es explotado a los diferentes modos de acumulación que resultan de cada gran crisis, este tipo de análisis fracasa parcialmente al rendir cuentas de los desafíos de los años 1980.
Los análisis de los teóricos llamados de la regulación14 muestran, no obstante, la complejidad de las fases recientes del capitalismo. Así, en la crisis de los años 1873-1895 una regulación «monopolista» sustituye a la regulación competitiva en los procesos de ajuste del capitalismo La competencia entre firmas, administrada por recientes concentraciones, ya no permite el ajuste de la oferta a la demanda por el libre juego de las fuerzas del mercado. Desde entonces, el poder de cuasimonopolios se opone a las fuerzas obreras, implanta la organización tayloriana del trabajo e impide la libre circulación de los capitales hacia las ramas de fuerte demanda.
Este nuevo modo de acumulación-regulación desempeña un papel que se atribuye al Tercer Mundo. El taylorismo va acompañado del drenaje hacia los Estados Unidos de una mano de obra periférica no calificada que reemplazará, en las cadenas, a trabajadores especializados no muy contestatarios15. Los monopolios son capaces de imponer a la periferia bajos precios por las materias primas. Sobre todo, logran ganancias sustanciales limitando los salarios de los obreros. Pero como se oponen a toda regulación competitiva que exigiría la transferencia automática de estas ganancias hacia las ramas de fuerte demanda, deben exportarlas. Esta exportación de capital hacia las periferias se convierte, así, en la forma misma de la regulación monopolista a fines del siglo XX.
Este nuevo modo de acumulación y de regulación permite resolver, por un tiempo, la gran crisis del siglo XX, particularmente gracias al papel desempeñado entonces por los países receptores de capitales. Pero los salarios se estancan en el centro, lo que restringe el desarrollo del mercado interno. La exportación de capitales, creadora de mercados hasta los años 1920, tropieza con la insolvencia de ciertos deudores (la URSS después de 1917) y los límites de los mercados externos coloniales16. La crisis de los años 1930 ratificará estas contradicciones.
Es después de 1945 que se generalizará en las economías desarrolladas la regulación *fordista y estatal. El nuevo modo de acumulación se fundamenta en el taylorismo y en progresos tecnológicos constantes. Para evacuar la producción masiva así autorizada, el fordismo consistirá en aumentar regularmente el poder de compra de los trabajadores, mientras el Estado contribuirá a sostener el consumo mediante el salario indirecto (prestaciones sociales), tomando a su cargo los costos colectivos necesarios para la acumulación capitalista (educación, transporte e infraestructura, etc.)
En esta misma dinámica central, la explotación del Tercer Mundo parece desempeñar, a priori, un papel muy secundario. Efectivamente, la parte del comercio Norte-Sur en los intercambios mundiales sufre una regresión de 1945 a 1972. Pero no hay que olvidar el deterioro de los términos de intercambio de los productos primarios del Tercer Mundo, que continúa hasta 1973. No hay que olvidar, sobre todo, las políticas de ayuda, luego de endeudamiento, que sirven para animar a los mercados periféricos del fordismo occidental por el consumo de las capas dominantes del Tercer Mundo. Finalmente, no hay que olvidar los ajustes estructurales que cada déficit en los pagos impone (a través del Fondo Monetario Internacional o no) a las economías dominadas, a fin de ajustarlas a las necesidades (incluso secundarias) de una división internacional del trabajo deseada por los centros17.
Y así como la crisis de los años 1930 registró, a título de paliativo, una intensificación de los intercambios entre metrópolis y colonias, la crisis actual ha visto, desde fines de los años 1960, una renovación de los flujos de capitales y de mercaderías hacia la periferia. Deseosas de remediar a costos de producción demasiado elevados en el centro y de invadir nuevos mercados, las firmas centrales aceleran el movimiento de transnacionalización cuando la crisis se declara en el centro18. Deseosos también de evacuar sus excedentes de euros y luego de petrodólares, los bancos occidentales aceleran sus préstamos al Tercer Mundo, creando así las condiciones de un mercado, simple salvavidas, ante la estagnación de consumo en el Norte. Así, la crisis actual ha buscado un exutorio periférico, como la crisis de los años 1930 conoció un repliegue del imperio colonial, que supuestamente resolvería las dificultades del capitalismo francés de entonces.
El análisis de las fases de explotación del Tercer Mundo respecto de las fases precisas de acumulación-regulación en el centro no presenta sólo un interés teórico. Salir de análisis demasiado generales, a veces conceptuales a priori y que no tienen suficientemente en cuenta las rupturas en el centro, es una condición para captar los desafíos actuales en su originalidad.
Los años 1970 y 1980 vieron implementarse un modo de regulación que parecía tener gran futuro. Algunos pudieron pensar que constituía una solución a la crisis actual. La acción conjunta de los bancos y de las firmas transnacionales en el Tercer Mundo integrando los flujos comerciales, productivos y financieros mundiales bajo el poder de decisión de algunos grupos financieros ha sido, indiscutiblemente, una respuesta a la crisis. Al permitir rebasar los límites inherentes a los poderes de los diferentes gobiernos nacionales, este proceso podía ser un sustituto de las regulaciones estatales desfallecientes. Por la deslocalización del taylorismo y luego del fordismo, para algunos países periféricos (Brasil, México, Corea del Sur) que acogían fábricas de tipo occidental, esta «regulación» transnacional parecía deber, también, redistribuir geográficamente las cartas y romper la pesantez central19. Muy particularmente, el obstáculo constituido por sindicatos fuertes que vuelven a los salarios difícilmente compresibles.
Pese a los éxitos económicos individuales de los capitalismos estatales sudcoreano y taiwanés y a la capacidad de los poderes transnacionales de adaptarse a muchas situaciones nacionales diferentes, la crisis mundial se ha agravado severamente. Hasta ahora, las firmas transnacionales no han sabido, en ningún lugar, recrear los mercados portadores de una auténtica recuperación económica. En el frente financiero, la acumulación de las deudas hace temer lo peor y obliga a reajustes muy dolorosos. Los mismos bancos comienzan a asegurar y a revender a pérdida sus créditos dudosos. La regulación privada mundial no ha sabido, pues, transformar respuestas a la crisis en una verdadera salida de la crisis20.
Si alguna nueva regulación debe darse, la que verá la luz tendrá que integrar al Tercer Mundo, con toda su diversidad, a un funcionamiento capaz de reproducir el capitalismo a escala mundial. Y es grande el riesgo de ver reutilizar viejas recetas incapaces de considerar al Tercer Mundo de otra manera: no como un instrumento al servicio de la acumulación central.
* Traducción de ALAI de la publicación original, Manière de Voir 58, Le Monde Diplomatique, julio-agosto 2001, Francia
Notas:
1 En efecto, es en 1854 y 1862 que el Imperio otomano y Egipto contratan sus primeros préstamos a largo plazo, sobre todo con bancos comerciales franceses.
2 Vocation de la fondation Liberté sans frontières, documento del coloquio del 23-24 de enero de 1985, p.6.
3 Sobre todo en A. G. Frank, LAccumulation dépendante, Anthropos, Paris, 1978, pp. 18-25.
4 E. Williams, citado por Gérard de Bernis, Relations économiques internationales, Dallas, París, 1976, p. 314.
5 Pierre Vilar, Or et monnaie dans lhistoire, Flammarion, París, 1974, p. 147*. Véase también Inmanuel Walterstein, The Modern World System, tomos I y II, Academic Press, 1974 y 1980.
6 Samir Amin, Le Développement inégal, Minuit, París, 1973, p. 160.
7 De Bernis, ob. cit., p. 323.
8 Bulletin de géographie historique et descriptive, 1895, citado por Jean Chesneaux en Histoire de la Chine, vol. I, des guerres de lopium à la guerre franco-chinoise. 1840-1885, Hatier, Paris, 1961.
9 Rondo Cameron, La France et le Développement économique de lEurope, 1800-1914, Editions du Seuil, París, 1971, p. 358 y ss.
10 En primer lugar, la exportación de capital comenzó desde 1850 y, sobre todo, no fue administrada de entrada por los oligopolios sino por los bancos comerciales. Hasta 1934, para Francia las inversiones bancarias en bonos de Estado extranjeros (y todas las inversiones de cartera) prevalecen sobre las inversiones directas de firmas. Igualmente, las repatriaciones de ganancias (intereses y beneficios) rebasan rápidamente el flujo de salida de capitales nuevos, lo que conduce a hablar más bien de importación de capitales por parte del centro que de exportación de capital.
11 Véase, entre otros, J.-Y. Marchal y L. Wilhelm, «Lexpansion industrielle de Boussac et lexpansion coloniale», Le Monde diplomatique, noviembre de 1978.
12 Véase Jacques Marseille, Capitalisme français et empire colonial, histoire dun divorce, Albin Michel, París, 1984.
13 Por ejemplo, la definición leninista del imperialismo, a menudo tomada al pie de la letra y a la cual la realidad se ajusta a veces. Sucede lo mismo con la *baja tendencial de la tasa media de rendimiento (concepto que en ocasiones se vuelve explicativo en sí mismo) o del intercambio desigual basado en los esquemas marxistas de *tránsito del valor a los precios de producción (cuya pertinencia es juzgada como muy relativa por el propio Marx), erigidos en dogmas, incluso cuando la realidad histórica hace que ya no puedan ser utilizados
14 Tesis presentadas, desde un punto de vista histórico, en Bernard Rosier y Pierre Dockès, Rythmes économiques. Crises et chengement social, une perspective historique, Maspéro, París, 1983. Un esbozo teórico de esta problemática fue anticipado por S. Amin, La Crise. Quelle crise?, Maspéro, París, 1982, pp. 169-177.
15 Véase Benjamín Coriat, LAtelier et le Chronomètre, Christian Bourgois, París, 1979, p. 45 y ss.
16 Véase en la obra de Jacques Marseille (p. 188 y ss.) el relato de las tentativas, a partir de *1924, de forzar artificialmente los mercados en el imperio francés. Es particularmente la industria algodonera, en fuerte competencia con el extranjero y deseosa de dar salida a sus productos, la que obtendrá un aumento de las tarifas de las materias primas coloniales a fin de desarrollar su propio mercado en el imperio.
17 Sobre el concepto de ajuste estructural, léase Samir Amin, Le Développement inégal, Editions de Minuit, París, 1973.
18 Véase Wladimir Andreff, Les Multinationales hors la crise, Le Sycomore,, París, 1982.
19 Véase el artículo de Alain Lipietz, «Lindustrialisation du tiers-monde, issue à la crise?», Le Monde diplomatique, octubre 1981. Y, del mismo autor, «Le fordisme périphérique étranglé par le monétarisme central», Amérique Latine, n° 16, octubre-diciembre 1983.
20 Siguiendo lo expresado por Charles-Albert Michaalet, Les Multinationales face à la crise, PUF-IRM, París, 1985, p. 74.