38 aniversario
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Conmemoración– homenaje de la Revolución Sandinista

17/07/2017
Análisis
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El que hoy celebremos el 38 aniversario de la revolución sandinista, reviste una actualidad que a muchos, les   interesaría   pasase desapercibida.

 

Nicaragua, un país pequeño, que en 1979 tenía unos 3 millones doscientos mil habitantes, no sólo acabó con la cincuentenaria dictadura somocista, y desalojó a las clases dominantes del poder, sino que doblegó la supuesta invencibilidad del imperialismo yanqui.

 

Pero, hay más: acabó también con la legitimación de los poderosos por parte de la Iglesia.             Una y otra cosa las aireó el viento por boca de ilustres testigos. 

 

Dijo el obispo Pedro Casaldáliga: “Nicaragua fue una frontera histórica, ensayó una revolución original, autóctona, latinoamericana. Sandinista en este caso concreto. Un revolución antimperialista y popular, al servicio del pueblo, en las transformaciones radicales que una revolución popular exige: tierra para los campesinos, cultura, alfabetización para todos, salud, alimento, arrumbamiento de privilegios de la burguesía y la oligarquía”.

 

Y Johann Baptist Metz, teólogo, declaró en Managua en 1983:

 

”Yo vengo  de una cultura cristiana y teológica en la que los procesos revolucionarios se han hecho o en contra de la Iglesia y la religión o sin ellas como la Reforma, la Ilustración, la Revolución francesa y la Revolución rusa…Nosotros sólo tenemos experiencia de una iglesia que ha legitimado y apoyado los poderes estatales… Con Nicaragua, el tiempo en el cual la Iglesia legitima a los poderosos habría pasado y habría llegado la época de la liberación y de la función subversiva de la Iglesia” (Metz, J.B., Servicio del Centro Ecuménico Valdivieso, entrevista sobre “La Iglesia en el proceso revolucionario de Nicaragua”, Managua 1981).

 

Y Francois Biot, Director del Centro Bartolomé de las Casas y de la revista Echanges:  “La revolución sandinista constituye  un desafío lanzado  por un pequeño país  pobre  en la misma cara  del capitalismo mundial, Estados Unidos y un desafío de socialismo real al gigante  americano del Norte”.  

 

Nicaragua un David insignificante en el tablero mundial, asestó un golpe que desequilibró si no enloqueció   al mayor imperio del mundo. Sería interminable recordar los    testimonios que cantaron esta proeza de la pequeña Nicaragua. 

 

Pero no renuncio a contar el testimonio, vivido por mí mismo que, frente a la embajada de Estados Unidos en Managua, dieron centenares de  ciudadanos  de Estados Unidos, muy solidarios, que cantaban el  himno sandinista: “Luchamos contra el yanqui,  enemigo de la Humanidad”. Pienso que el recordar algunos rasgos que mejor definen la novedad de la revolución sandinista, y   que dieron la vuelta al mundo. Primero, puede servir, sobre todo a los que por su edad no pudieron vivir este momento excepcional de Nicaragua”.

 

Primero.- La caída de la dictadura somocista no se produjo al azar, ni por una suerte de cesión o evolución interna, ni por ataques de fuerzas políticas externas.

 

Fue el pueblo nicaragüense quien, bajo la guía y voluntad de hombres indomables, cobró conciencia progresiva de su estado de esclavitud y decidió combatirla hasta la muerte. Sandino (1927) y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (1961) con Carlos Fonseca y Silvio Mayorga, encarnaron el nervio y las aspiraciones del pueblo y lo condujeron, tras larga y sangrienta lucha, hasta la victoria.

 

Segundo.- La dictadura de Somoza fue mantenida hasta el último momento por Estados Unidos, incluso cuando ya era universalmente repudiada.

 

Las clases burguesas se volvieron a última hora antisomocistas, no porque intentaran un nuevo proyecto de sociedad, más justo e igualitario, sino porque Somoza era el gran burgués que impedía sus intereses.

 

Parte de la jerarquía eclesiástica, la más significativa en el poder, hizo lo mismo, no por convicción ni por identificación con el pueblo, sino por seguir manteniendo su poder en la nueva sociedad.

 

Dice mucho recordar el hecho  de que  el viejo Somoza  García,  fue nombrado por la  jerarquía  príncipe de La Iglesia  y una hija suya,  fue solemnemente coronada reina en  la antigua catedral de Managua , con cetro de oro y plata,  por el  arzobispo Antonio Lezcano y Ortega, a cuya ceremonia siguió la gala en  el Palacio Nacional con más de tres mil invitados.

 

Con razón, la historia autoriza a lanzar ciertas preguntas: ¿Qué hizo la jerarquía eclesiástica por el pueblo?  ¿Dónde estaba cuando la represión de Somoza?  ¿Qué privaciones, dolores, despojos, persecuciones y muertes hubo de afrontar por denunciar al dictador?    ¿Por qué, una vez aposentada la revolución, lanzó contra el gobierno sandinista reproches que eran mera revancha de la burguesía reaccionaria e imperialista de Reagan?

 

Tercero.- La revolución nicaragüense se hizo por un pueblo que en su mayoría era cristiano y católico.   La fe no le mantuvo lejos, fuera o en contra de la revolución, sino que le hizo estar dentro, con lucha decidida, sin ver entre una y otra contradicción: “Entre cristianismo y revolución, gritaba, no hay contradicción”.

 

Los dirigentes sandinistas reconocieron este hecho, lo elogiaron y lo defendieron afirmando que entre los principios morales de la revolución y entre los principios del cristianismo no había contradicción, sino integración. Y esta integración –que no estrategia- no tiene precedentes en la historia.

 

Me emociona el poder evocar hoy la presencia y participación en el tercer Congreso de Teología, Madrid 1983, de Tomás Borge, que fue ministro del Interior y uno de los más destacados artífices de la revolución sandinista.

 

Me cupo el honor de invitarlo para que tuviera una ponencia y estuvo con nosotros, ante un auditorio de 1.500 asistentes.

 

No podéis imaginar la vocería que se armó en buena parte de la prensa española cuando se supo esta noticia. Esa prensa   venía acusando día tras día a la revolución sandinista de totalitaria y atea, siendo así -¡oh paradoja!- que en el Gobierno sandinista figuraban como Ministros cuatro sacerdotes.

 

 Tomás Borge desarrolló un discurso admirable, por más de una hora. De él entresaco unos parrafitos:

 

“Soy revolucionario de un país que está orgulloso de tener una geografía desproporcionadamente pequeña al tamaño de su poesía, de su generosidad, de su revolución…

 

 En América Latina se ven cada vez más guerrilleros y teólogos, combatientes y sacerdotes, caminando juntos las mismas fatigas, alimentándose en el mismo plato pobre de las luchas populares compartiendo abundantes esperanzas…      

 

En Nicaragua hay cristianos, que entienden la caridad, el amor y la justicia como la negación del hambre, del analfabetismo, del atraso económico y de la dependencia; hay cristianos que niegan las limosnas al pie de los portales, la caridad, el amor y la justicia reservados para los finales de semanas.

 

En Nicaragua, hay cristianos que   visten al desnudo, desarrollando la industria textil;   dan de comer al hambriento, aumentando la producción de granos básicos y distribuyendo con equidad los limitados recursos de la Nación.

 

Los cristianos nicaragüenses se enfrentan a los que dicen amar a Dios mientras mastican, con odio visceral hombres y principios, violando la segunda ley del Evangelio, el amor al prójimo. 

 

No se puede servir a Dios y al dinero. Para los saduceos, de entonces y de ahora, su dios es el oro, la plusvalía, la máquina que vomita tornillos, la mentira desafiante, la indiferencia, el silencio, el desprecio al ruego por la paz y por los muertos.

 

Su dios tira las sobras para que Lázaro las comparta con los perros de Epulón. Estos son los nuevos dioses, los dioses modernos de la sociedad de consumo. La filosofía de estos dioses es la de la muerte… En Nicaragua, se agotaron las posibilidades esenciales de la mentira, no hubo otra alternativa que padecer y combatir las causas de la violencia”.

 

Fue, pues, la revolución sandinista la primera que no se hizo contra la Iglesia ni sin la Iglesia. Y se hizo deliberadamente, preparando como ningún otro país, la visita del Papa Juan Pablo II a la revolución nicaragüense.

 

Pero el Papa. bien por estar mal informado, bien por provenir de un contexto sociopolítico muy distinto, bien por su manera  de entender el ministerio  del Papa, no entendió ni pudo sintonizar con   la original y audaz novedad  de la revolución sandinista, y se erigió en la Misa  misma , que en la plaza de la revolución concentraba a  más de 500.000 nicas, en juez  condenatorio   de  un pueblo creyente y respetuoso, luchador , que había conquistado su dignidad y libertad, y no aceptaba que nadie   le sustrajese el mérito  de su revolución. El Papa, acostumbrado a otro estilo, se equivocó: creía estar en Polonia, y se encontró con que estaba en Nicaragua.

 

Cuarto.- La revolución nicaragüense tiene otra magnifica novedad, que la distingue de todas las guerras: la de magnanimidad y el perdón.

 

Desde el primer momento, el Gobierno declaró ilegal la pena de muerte. No hubo guillotinas, tiros en la nuca, ni paredones ni fusilamientos.  La revolución nicaragüense ha sido la primera que renunció a la venganza.  Los mismos guardias somocistas fueron alfabetizados por soldados sandinistas. Y en cuestión de política carcelaria, la revolución siguió un camino acaso único en el mundo.

 

En uno de mis viajes a Nicaragua, pude constatarlo. Visité la cárcel de Tipitapa. En el frontispicio pude leer: “El pasado no cuenta, miremos al futuro”.           Hablé con los somocistas alfabetizados, y uno de los empleados me contó que un día llegó el comandante Tomás Borge, responsable e interesadísimo en aplicar la nueva práctica carcelaria, y que hablaba con todos los presos. Pero, uno de ellos se resistió a verlo y se quedó en su celda.

 

Tomás preguntó y le dijeron que se empeñaba en no querer salir. Entonces, fue el mismo Tomás quien se acercó hasta él. Al verlo, el preso cayó de rodillas y le dijo: ¿Qué va a hacer Vd. conmigo? Había sido su torturador. Y Tomás, alargándole la mano, le dijo: “Darte tiempo para que reconozcas tus errores”.

 

Qué duda cabe que éstas y otras cosas fueron las que le hicieron exclamar al obispo Pedro Casaldáliga: “La revolución de Nicaragua es la más bonita que se ha hecho”.

 

Ciertamente, la revolución sandinista triunfó, fue acogida en todo el mundo con entusiasmo y regocijo, sobre todo por las clases humildes y oprimidas.

 

Pero el imperio es el imperio y no permite que ninguna derrota le humille y sea duradera.

 

Es a lo que precisamente quiero referirme para acabar esta mi intervención.

 

Hoy estamos asistiendo en Venezuela a una agresión muy parecida a la sufrida por la revolución sandinista, diría tan obsesionada y endemoniada como la que practicaron en Nicaragua a través de los Contras.

 

Lograda la victoria sandinista, la política norteamericana apuntó todas sus armas – ideológicas, mediáticas, militares…- para presentar a Nicaragua como la esencia del mal y del terror, y destruirla con gran poder y absoluta hipocresía y cinismo.

 

Sería objeto de todo un estudio que iluminaría hasta dónde llega la paranoia imperialista de Estados Estados Unidos, en relación con Nicaragua, Centroamérica y toda América Latina.

 

Yo, como otros muchos, podría descifrar el porqué de esta agresión. Pude aprenderlo   en Cuba, Nicaragua.  El Salvador, Guatemala, Colombia y otros países. Y, naturalmente, descubrí la utilización de las cadenas mediáticas para engañar, mentir y moldear el sentir de las gentes. Es lo primero que cualquier imperio hace, dominar los medios para dominar y corromper las mentes. Hoy las batallas y las guerras se ganan ante todo con las agencias y medios de comunicación, no con batallones de soldados, tanques y fusiles.

 

Tan es así, que los sectores mayoritarios de nuestras sociedades, no llegan a descubrir esta repugnante fortaleza mediática y siguen creyendo que la política de Estados Unidos es, según les cuentan, la correcta, la auténticamente democrática, la defensora de los derechos humanos y de las libertades y que puede servir de modelo para todos los otros países del mundo.

 

Muy otra es la verdad real. Y para llegar a ella no hay sino entrar en sus propios documentos y declaraciones y leer a qué clase de política se han apuntado, desde que hicieron suyo el Destino Manifiesto. Declaraciones que todo el mundo debiera conocer, para caer de la inopia y entender de una vez lo que encierra su política del Destino Manifiesto.

 

Oigan por lo menos un par de   textos,

 

Justo al poco tiempo de acabar la guerra en 1945, George Kennan, jefe del grupo del Departamento de Estado de los Estados Unidos decía:

 

”Poseemos cerca de la mitad de la riqueza mundial. Nuestra tarea principal consiste en el próximo período en diseñar sistemas de relaciones que nos permitan mantener esta posición de disparidad sin ningún detrimento para nuestros intereses” .    

 

 Y Albert J. Beverige, uno de los máximos exponentes de la ideología del “Destino manifiesto”, añadía:

 

“El destino nos ha trazado nuestra política; el comercio mundial debe ser y será nuestro. Lo adquiriremos como nuestra madre (Gran Bretaña) nos enseñó.

 

Estableceremos despachos Comerciales en toda la superficie  del mundo como centro de distribución de los productos norteamericanos. Cubriremos los océanos con nuestros barcos mercantes. Construiremos una flota a la medida de nuestra grandeza. De nuestros establecimientos comerciales saldrán grandes colonias que desplegarán nuestra bandera y traficarán con nosotros. Nuestras instituciones seguirán a nuestra bandera en alas del comercio. Y el orden americano, la civilización americana, la bandera americana se levantarán en lugares hasta ahora sepultados en la violencia y el oscurantismo”. 

 

 Y el senador Brown dejó escrito: “Manifiesto la necesidad en que estamos de tomar América Central, pero si tenemos necesidad de ello, lo mejor que podemos hacer es obrar como amos, ir a esa tierra como señores”. 

 

Paradójicamente, otro estadounidense, Noam Chomsky, de muy distinto pensar, superconocido y admirado, denuncia: “Cuando en nuestras posesiones, se cuestiona la quinta libertad (la libertad de saquear y explotar) los Estados Unidos suelen recurrir a la subversión, al terror o a la agresión directa para restaurarla”.

 

 Autores de la más diversa índole y valía confirman hoy la verdad de esta política, estampada en el Destino Manifiesto.          Quien no entienda esto no entenderá nada de la política internacional. No entenderá cómo estamos implicados en ella y cómo intentan establecernos bajo su dominio total, sin que les importe éticamente nada los medios de que puedan valerse para lograrlo.

 

Este sí que es el imperio del mal, de las mil caras de la mentira y la esclavitud, pero propalado y revestido con los falsos destellos de la Democracia y de la Estatua de la libertad. .

 

Quiero concluir con una referencia al que fue uno de los más insignes sandinistas y que acaba de fallecer hace 37 días: el P. Miguel D´Escoto, que formó parte del Grupo de los Doce del Sandinismo en 1977, fue  Ministro del Interior   por diez años  en el   Gobierno de Daniel Ortega, decidió hacer un ayuno por 30 días desde el  siete de julio  al 6 de agosto de 1985,  “para acompañar a mi pueblo  que sufre agresión  y poner fin al terrorismo  de Estado del Gobierno de los Estados Unidos contra Nicaragua”,   y que  ocupó la presidencia de la ONU durante el año  2008-2009.  

 

Podría hablarles mucho de él y sacar importantes consecuencias para nuestro tiempo   de su misión como sacerdote y político.

 

El 21 de diciembre de 1511, en Santo Domingo. Capital de la actual República Dominicana, Fray Montesinos pronunció lo que probablemente haya sido el más valiente, cristiano y fuerte sermón jamás predicado en la historia de nuestra América Latina y el Caribe. Este célebre sermón de Montesinos, confiesa el P. Miguel, tuvo que ver con mi ordenación sacerdotal 450 años después. Y como la situación actual no es mejor que la que entonces denunció Fray Montesinos, “He decidido, dice,    asumir el compromiso personal que va incluido en MI MANFIESTO PARA EL SIGLO XXI POR LA PAZ Y LA VIDA. De ese Manifiesto son estas palabras: 

 

. “En nombre    de mi Señor Jesús y en honor al 500 aniversario del célebre y valiente sermón de Fray Montesinos, pronunciado el 21 de diciembre en 1511, en Santo Domingo, hoy capital de nuestra hermana República Dominicana, que influyó en que yo, 450 años después, fuera ordenado sacerdote, prometo que, desde este 21 de diciembre de 2011 en adelante, cada vez que me toque referirme a los Estados Unidos de Norteamérica, diré el terrorista, asesino y genocida imperio estadounidense”.

http://www.alainet.org/es/articulo/186872

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