ALAI, América Latina en Movimiento
2003-12-09
La hegemonía estadounidense en la creación del Área de Libre Comercio de las AméricasALCA: Negociación para rato
Luis Méndez Asensio
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La reunión que congregó en Miami a más de una treintena
de Ministros de Comercio de América, pretendía reflotar
el mercado común en un continente que atraviesa por una
de sus peores crisis, tanto en el aspecto social como en
el económico. La revitalización de un Tratado de Libre
Comercio (ALCA) que comprometa a los países localizados
entre Alaska y Tierra del Fuego en una progresiva
apertura de sus fronteras, está siendo auspiciada por
Estados Unidos desde hace por lo menos una década,
consciente de que tiene que amarrar nuevos mercados ante
la amenaza comercial que representan sobre todo la Unión
Europea (UE) y China, cuya expansión sólo cabe calificar
de prodigiosa, máxime si tenemos en cuenta que el régimen
comunista sigue levantando suspicacias en buena parte del
planeta con la liberalización de su mercado y la apuesta
decidida por la competitividad, mientras mantiene
apretadas las tuercas de la política y castiga a la
disidencia. Es necesario mencionar, para ilustrar el
magnífico despegue comercial de los chinos y los temores
que este auge despierta entre los países emergentes, que
las carpetas que se les facilitó a los asistentes a la
reunión de Miami fueron facturadas en el país asiático
cuyo logo ocupa ya un lugar muy visible en los tenderetes
internacionales más diversos.
Con la ausencia de Cuba, que sigue pagando un precio
desmedido por su plantón ideológico, los representantes
del comercio americano se propusieron en Miami afinar la
agenda que debería concluir en 2005 con la entrada en
vigor del ALCA, que integrará a 800 millones de
habitantes poseedores de un Producto Interno Bruto (PIB)
de unos 14 billones de dólares. Sin embargo, los
obstáculos para que el ALCA avance conforme a los deseos
de Estados Unidos, empeñado en diseñar un mercado común
que responda fundamentalmente a sus necesidades y no
tanto a las urgencias del colectivo latinoamericano, no
sólo no han sido superados sino que se perfilan como
desafíos de primer orden. En primer lugar, porque las
millonarias subvenciones que el Gobierno de Washington
destina cada año a sus sectores más vulnerables,
especialmente la agricultura, representan un agravio
comparativo que los países latinoamericanos difícilmente
pueden aceptar si no hay significativas compensaciones
económicas de por medio, ya que la sobreprotección que
Estados Unidos practica mientras, paradójicamente,
demanda a sus futuros socios que declaren la apertura
integral de sus fronteras, daña severamente las
posibilidades de crecimiento de muchas economías
latinoamericanas que tienen en el sector agropecuario sus
mejores, y casi únicas, bazas comerciales. El caso de
México, que firmó en 1993 un Tratado de Libre Comercio
con Estados Unidos y Canadá, es un claro ejemplo de que
el intercambio sin trabas entre países desiguales
favorece en lo sustancial a las economías punteras por
más beneficios parciales que el acuerdo pueda reportar al
socio deprimido.
Junto a las subvenciones agrícolas, que estrechan
notablemente el margen de maniobra de los países sureños,
hay que destacar también las resistencias que ofrecen los
grandes países sudamericanos a cualquier tutela promovida
desde el norte. Brasileños y argentinos consideran, y no
les falta razón para ello, que la hegemonía
estadounidense es hoy por hoy avasalladora y que
cualquier tratado de libre comercio con la primera
potencia del mundo repercutirá negativamente en su
soberanía económica y, por ende, en su independencia
política, habida cuenta de la marcada subordinación que
existe entre la una y la otra. La advertencia de la
Iglesia católica argentina, que ejerce en este rubro de
abanderado de los inconformes, sobre las malas derivas de
un ALCA que naciera descompensado, no es una preocupación
excepcional. Son muchos los sectores que entienden que la
apertura comercial puede traer "consecuencias muy graves"
para la zona si refleja el "desequilibrio de intereses y
poderes" entre las naciones americanas. En un continente
atravesado por la miseria y debilitado
institucionalmente, la recomendación eclesiástica
adquiere rasgos de proclama. La historia nos enseña que
Estados Unidos rara vez ha viajado hacia el sur con la
mirada puesta en una relación entre iguales. Todo lo
contrario. Sus incursiones han generado en multitud de
ocasiones graves atropellos en la región, tanto
económicos como políticos. Esta impresión, avalada por
las hemerotecas, pesa y mucho sobre las negociaciones que
tuvieron lugar en Miami. Y de ahí el recelo hacia el ALCA
que se apodera de los grandes actores secundarios de
América Latina cada vez que Washington utiliza los
micrófonos para hacer propaganda del mismo. Con excesiva
frecuencia, por cierto.
* Luis Méndez Asensio. Periodista y Escritor. Agencia de
Información Solidaria
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