Entrevista con François Houtart
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Por un bien común general de la humanidad

05/02/2010
Opinión
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"Producir más o bien vivir" expresa una de las contradicciones centrales de la pugna entre modelos de crecimiento, según el filósofo belga François Houtart. Por un lado, el aumento de la producción -aún en condiciones socialmente más justas y más aceptables para el entorno-, significaría poner en peligro el bienestar de partes importantes de la población, en particular los pueblos indígenas, señala Houtart, quien es secretario ejecutivo del Foro Mundial de Alternativas.  De otro lado -afirma-, el "buen vivir" puede aparecer como el rechazo a un progreso destinado a ser aprovechado por el conjunto de la población. Por lo mismo, destaca la necesidad de un pensamiento dialéctico para orientar las soluciones: ni el desarrollo lineal de la modernidad capitalista, ni un fundamentalismo indígena con mirada al pasado, sino una orientación nueva, teniendo en cuenta las exigencias de la salvación del planeta y de los pueblos. Siguen las reflexiones de Houtart, en entrevista con ALAI.
 
En el actual contexto marcado por las crisis, particularmente la referida al calentamiento global, ha cobrado mayor vigencia la demanda de un cambio de paradigma. Es así que el enfoque del Sumak Kawsay se ha puesto en la palestra, cuanto más que se ha visto legitimado por su inclusión en las constituciones de Ecuador y Bolivia. ¿Qué ha significado este aporte en el debate y la reflexión internacional?
 
Pienso que toda esta filosofía en general, lo que se puede llamar una cosmovisión, de otro tipo de relación con la naturaleza -esto es uno de los aspectos- y también de otra manera de utilizar los bienes de la naturaleza, es un aporte que puede ser muy importante, desde el punto de vista de una crítica al modelo de desarrollo capitalista, que para mi, en la historia de la humanidad fue como una paréntesis, porque está llegando hacia su extinción, a límites que ya son casi insuperables.
 
En ese sentido, hay un primer aspecto crítico: que ante la manera de tratar la naturaleza como un objeto de explotación, plantear la idea de que la naturaleza debe ser respetada y que hay, de manera metafórica, derechos de la naturaleza, es un concepto muy importante.
 
Un segundo aspecto, más constructivo, es ver la manera de vivir colectivamente en forma armónica; en armonía con la naturaleza, en armonía social.  En las sociedades indígenas -sin olvidar que también han vivido conflictos e imperios- el acento sobre la comunidad, sobre la solidaridad, conlleva a una manera de vivir que no sea tan contrastada socialmente, como la que tenemos ahora.
 
Así, al mismo tiempo hay un instrumento de crítica y hay una cierta base de reconstrucción.  Es muy interesante tratar de retomar eso en la filosofía fundamental del Sumak Kawsay, o en varios conceptos de ese tipo que no los encontramos solamente en los pueblos indígenas de América; los encontramos también en África, los encontramos en los pueblos asiáticos, los encontramos también en las grandes filosofías asiáticas precapitalistas.
 
En todo caso, no pienso que debemos caer en un fundamentalismo indígena, en este sentido que las culturas indígenas son también situadas en el tiempo y en el espacio.  Es decir que valores fundamentales como los del Buen Vivir o de la Pachamama, se expresan en una cultura situada en el tiempo.  Además, evidentemente no podemos simplemente rechazar el aporte de la cultura occidental, como el Siglo de las Luces, que si bien ha tenido sus desviaciones fundamentales por el sistema económico capitalista, también significó aportes en la cultura y la historia de la humanidad.
 
 ¿Acaso no se trata de enfoques polarizados, de antípodas?
 
Considero que el problema es ver cómo combinar estos varios aspectos; cómo reencontrar los valores fundamentales que viven los pueblos indígenas, por ejemplo en América Latina, o en pueblos africanos o en filosofías asiáticas.  Cómo retomar estos valores que son fundamentales, a la vez para la crítica al modelo actual y para la construcción de otro modelo, pero dentro de un mundo que se ha transformado también en el pensamiento. O sea, se ha pasado de culturas de pensamiento simbólico, donde el símbolo se hace realidad (con la personificación de las fuerzas naturales) a culturas analíticas que localizan las causalidades de los hechos en su propio campo (natural o social).  Las primeras conllevan una aprehensión holística de lo real, pero con dificultades de actuar con eficacia sobre los elementos complejos de la naturaleza o de la sociedad. La segunda posición implica una gran "elementarización" de lo real, que pierde el sentido del conjunto y es incluso capaz de destruir el universo para perseguir fines particulares y para acumular capital, sin tener en cuenta las "externalidades", como los daños ecológicos y sociales, que no entran en el cálculo económico. En verdad, el pensamiento filosófico occidental ha tendido a olvidar o marginalizar totalmente el símbolo, para construirse sobre un símbolo, pero de tipo matemático.
 
Yo pienso que el aporte de estos pensamientos simbólicos es muy importante, pero que no debemos ni idealizar, ni absolutizar las formas de expresión, debemos respetarlas, sin necesariamente tener que adoptar todas las expresiones que son –como hemos dicho- situadas en el tiempo, en la historia y en el espacio.  No podemos acusarlas de no ser racionales; son racionales, pero de otro tipo de racionalidad.
 
Así, aprovechando de toda esta riqueza, podemos reconstruir una manera conceptual y finalmente práctica de realizar al mismo tiempo la presencia del ser humano en la naturaleza, como parte de la naturaleza -vista como fuente de vida y no como fuente de explotación-, y la manera de vivir sin este afán, siempre más grande, de acumular y de consumir, que es la fuerza del capitalismo.  Y así llegar a una manera de producir bienes y servicios en función de las necesidades humanas, vistas dentro del conjunto de la relación con la naturaleza y no en función solamente de la ganancia. Es decir, una filosofía económica totalmente diferente.
 
Adicionalmente, hay elementos como la forma democrática de organizar todas las relaciones sociales. No digo que las sociedades indígenas son perfectas en este sentido, pero allí hay por lo menos un sentido de solidaridad, un sentido de la primacía del grupo, de la comunidad sobre el individuo, que debemos retomar, de verdad.  La civilización occidental ha sido una reacción contra una cierta dictadura de la comunidad sobre el individuo, y ha valorizado el individuo, lo que es un aporte seguramente también importante; pero con el modelo económico capitalista, ha llegado a una exacerbación del individualismo, que es evidentemente contrario al bienestar general, al bien vivir general del grupo humano.  Y finalmente, acoger la idea de una multiculturalidad, de no identificar desarrollo con occidentalización, sino de ver todo lo que otras culturas, religiones, filosofías, saberes pueden justamente aportar para un bien común general de la humanidad.
 
Es por eso que he propuesto en las Naciones Unidas, y en la UNESCO en particular, la idea de preparar una declaración universal del bien común de la humanidad, construida sobre estos cuatro ejes: primero, la relación entre seres humanos y la naturaleza, teniendo en cuenta que hay solo un planeta disponible para la humanidad; segundo, otra definición de la economía con un valor prioritario de uso y no de cambio; tercero, la democratización de todas las relaciones sociales, incluidas las relaciones de genero, y de todas las instituciones; y finalmente la multi e interculturalidad, la formulación de la ética necesaria a la cohesión social.
 
Hace no mucho tiempo, hablar de esas cosas era visto como algo totalmente marginal, asumido por ciertos movimientos sociales, pero que no encontraba un espacio de debate en la sociedad.  Pero últimamente, parece que hay un cambio de percepción social frente a estos temas, no solo en el Sur sino también en el Norte…
 
Sí, yo pienso que hay varias raíces -como en todos esos fenómenos- y una raíz es evidentemente una conciencia siempre mayor del problema del cambio climático. Poco a poco se percibe mejor, en la conciencia generalizada, que este cambio climático no es solamente un accidente, que no es solo un ciclo natural -aunque puede serlo en parte- sino que en gran parte está provocado por la actividad humana, es decir por la actividad industrial, por el modelo de desarrollo que tenemos ahora. Eso hace reflexionar justamente a la necesidad de otros parámetros.
 
La crisis económica acelerada también ha ayudado, me parece, a una cierta toma de conciencia, no tanto en los medios oficiales, ni entre aquellos economistas que piensan que con medidas económicas van a resolver el problema, sin integrar estas nuevas dimensiones.  Pero en la opinión publica, poco a poco, hay la conciencia de que estamos frente a un problema donde, si no cambiamos, estamos realmente en una situación muy inquietante. Así, todo eso ha permitido, justamente, la emergencia de un cierto interés, de una cierta búsqueda de conceptos nuevos.
 
En Europa hay un concepto que no me parece muy feliz, que es el de descrecimiento, décroissance. Creo que es una buena idea, pero un mal concepto, porque hablar de descrecimiento está muy bien para la gente que tiene todo lo necesario y más; pero hablar a los pobres y a los africanos de descrecimiento es un concepto que no me parece adecuado.  Sin embargo, la idea sí es interesante. Es interesante también en América Latina cómo en el movimiento indígena hay todo este redescubrimiento de conceptos y valores tradicionales, que hoy pueden contribuir.
 
En el sistema capitalista hay muchos intereses poderosos atrincherados que van a resistir a un cambio de modelo. ¿Qué camino ves para que vayan creciendo estas ideas y logrando cambios reales?
 
En este sentido no hay milagros.  Es evidente que el sistema va a defenderse y encontrar todos los medios, aun sus propias contradicciones, para poder reproducirse. Eso va a ser extremadamente duro y el sistema puede ser -y ha sido ya en la historia- sumamente violento.  Así, no podemos pensar que las cosas van a evolucionar por sí mismas. Es solamente con una acumulación de fuerzas, de movimientos sociales, de intelectuales, que vamos a poder lograr y conquistar una transformación.  Es por eso que la responsabilidad de los movimientos sociales, de los partidos políticos de izquierda, del pensamiento intelectual -para justamente ayudar con un pensamiento a mediano/largo plazo-, es absolutamente fundamental.
 
Si no tenemos éxito en reunirnos, en hacer converger fuerzas, no vamos a lograr el fin del capitalismo; puede ser que el capitalismo se acabe por su propia lógica de explotación y de destrucción, pero va a destruir a todo el mundo, no solamente a sí mismo.  Todos esos esfuerzos, del Foro Social Mundial, del Foro Mundial de Alternativas, de pensamiento, de agrupación de los movimientos sociales, la idea también de una Quinta Internacional, (a pesar de que la palabra puede eventualmente no complacer a cierta gente), todas estas ideas son fundamentales para llegar justamente a una mayor convergencia de acción, porque las cosas no se realizan solamente pensando y discutiendo, sino que está claro que se debe actuar. 
 
(Texto publicado en la revista América Latina en Movimiento No.452 de febrero de 2010 - http://alainet.org/publica/452.phtml)
Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento: Sumak Kawsay: Recuperar el sentido de vida 06/02/2014
http://www.alainet.org/es/active/36553

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Publicado en Revista: Sumak Kawsay: Recuperar el sentido de vida